Ene 27 2014
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La izquierda europea ya sabe cómo puede responder el capitalismo

Durante la mayor parte del siglo XX, la palabra “reforma” se asociaba por lo común a la seguridad de la protección del Estado contra los caóticos efectos de la competencia del mercado capitalista.  Hoy en día se utiliza de modo absolutamente generalizado para referirse al desmantelamiento  de estas formas de protección.

No se trata simplemente de un asunto de apropiación del término por parte de quienes, en la UE y las agencias internacionales de préstamos, lo están utilizando como contraseña de las exigencias de que Grecia, por ejemplo, lleve a cabo más recortes todavía en los empleos y servicios del sector público. Es también la forma en que usan cada vez más el término los partidos de centro-izquierda. Así, por ejemplo, el líder recién elegido del Partido Democrático italiano (sucesor del que fuera antaño el mayor partido comunista de Europa Occidental), Matteo Renzi, ha pedido al gobierno que se muestre aún más decidido a la hora de poner en práctica su paquete de reformas económicas. El paquete entraña reducir el gasto público y cambiar la regulación para flexibilizar los mercados de trabajo y atraer inversión extranjera.

Señalando cuántos son los países europeos que hoy se dedican a “desmantelar furiosamente las formas de protección en el lugar de trabajo en un intento de reducir los costes laborales”,  un reciente artículo del New York Times [1] ubicaba su origen en  los “esfuerzos por mejorar la competitividad” por parte del gobierno socialdemócrata alemán en los primeros años de este siglo. Se llevó a cabo de tal modo que “erosionó aún más la protección del trabajador, fomentando el auge de ‘mini-empleos’ a corto plazo y de bajos salarios que hoy contabilizan más de un quinto del empleo alemán”.

Existe un viejo debate en la izquierda entre reforma y revolución. Pero se ha quedado anticuado, y no sólo debido a lo extremadamente limitado de las perspectivas y fuerzas de cambio revolucionario. El actual significado de la palabra “reforma” contrasta agudamente con la forma en que la utilizaban los socialdemócratas hace cosa de un siglo. Fuera o no que lograsen la transformación social sin someter a la sociedad al sufrimiento de la revolución las reformas de incremento progresivo que figuraban bajo la rúbrica de gradualismo, estaban destinadas a promover la solidaridad social contra el mercado.

Quizá la mayor ilusión de los socialdemócratas del siglo XX fue su creencia de que una vez se consiguieran reformas sería para siempre. De hecho, podemos ver hoy hasta qué punto las viejas reformas se vieron sometidas a la erosión de la competencia capitalista a escala global. Se han visto tan minadas por la lógica de la competitividad que parece muy difícil ver hoy de qué modo podrían asegurarse en nuestro tiempo formas de protección  del Estado contra los mercados sin medidas adicionales que podrían considerarse revolucionarias.

La idea de que resulta inaceptable hacer algo por debilitar la inversión privada se ha convertido en algo increíblemente poderoso. Es esto precisamente lo que hace tan tímidos a los políticos socialdemócratas de nuestra época. Y pocas dudas puede haber de que, para apoyar reformas en el viejo sentido progresista del término, un gobierno tendría que poner en práctica amplios controles para impedir la fuga de capitales y debería socializar probablemente instituciones financieras con  el fin de conseguir espacio suficiente para poder maniobrar

Syriza, en Grecia, es el único partido de izquierda que ha alcanzado gran éxito electoral en la crisis europea rechazando la forma en que ha venido a definirse la reforma. Un presupuesto central de su programa político implica , además, transformar el sistema bancario en propiedad pública, por medio de una radical reconversión de su funcionamiento .

Ciertamente, lo que hace que las élites europeas se sientan íncomodísimas por el hecho de que Grecia ocupe el turno de la presidencia de la UE que le corresponde durante los próximos seis meses es que una nueva crisis política conduzca a unas elecciones generales que podrían convertir, con la actual mayoría de Syriza en las encuestas, a Alexis Tsipras, en primer ministro de Grecia.

Lo que resultaba particularmente impresionante del programa político de “reforma radical” aprobado por Syriza en su congreso del pasado julio es que concluía con las siguientes palabras: “El estado en que hoy nos encontramos requiere algo más que un programa completo elaborado democrática y colectivamente. Exige la creación y expresión del más amplio movimiento político, catalizador, militante posible…Sólo un movimiento así puede llevar a un gobierno de la izquierda, y sólo un movimiento así puede salvaguardar el rumbo de dicho gobierno”.

Sin embargo, los dirigentes del partido no tienen más remedio que ser conscientes de que, a menos que se produjera un cambio en el equilibrio de fuerzas que le dejara espacio a un gobierno de Syriza para aplicar reformas progresistas, el pueblo de Grecia sufriría aún más al verse económicamente penalizado y aislado. Sin duda, esta es la razón por la que, cuando el mes pasado se postuló a Tsipras como candidato del pequeño contingente de partidos de “extrema izquierda” del Parlamento Europeo para substituir a José Manuel Barroso el próximo mayo como presidente de la Comisión Europea, se refirió él a la “oportunidad” que hoy existe de una alternativa de izquierda al actual modelo europeo capitalista.

Esto nos retrotrae a la otra cara del debate de reforma versus revolución de hace un siglo, lo que nos recuerda lo que sucedió cuando no se realizó la esperanza de que una revolución en la periferia de Europa desencadenara revoluciones en los países capitalistas más fuertes.

La izquierda solía molerse a palos, a veces literalmente, en debates sobre reforma contra revolución, parlamentarismo contra extraparlamentarismo, partido contra movimiento, como si una cosa descartara a la otra. La cuestión en el siglo XXI no estriba en reforma contra revolución sino más bien en qué clases de reformas, con qué clase de movimientos populares tras ellos comprometidos en el género de movilizaciones que pueden inspirar transformaciones semejantes en otras partes, pueden resultar lo bastante revolucionarias como para resistir las presiones del capitalismo.

Nota:

[1] Americanized Labor policy is Spreading in Europe , The New York Times, 3 de diciembre de 2013.

* Editor del Socialist Register, famoso y ya clásico anuario de la izquierda anglosajona, y profesor investigador de Ciencias Políticas en la Universidad de York, en Canadá y coautor con Sam Gindin de The Making of Global Capitalism: The Political Economy of American Empire (Verso, Londres, 2012)

La izquierda europea ya sabe cómo puede responder el capitalismo
Por Leo Panitch (*)
Durante la mayor parte del siglo XX, la palabra “reforma” se asociaba por lo común a la seguridad de la protección del Estado contra los caóticos efectos de la competencia del mercado capitalista.
Hoy en día se utiliza de modo absolutamente generalizado para referirse al desmantelamiento  de estas formas de protección.
No se trata simplemente de un asunto de apropiación del término por parte de quienes, en la UE y las agencias internacionales de préstamos, lo están utilizando como contraseña de las exigencias de que Grecia, por ejemplo, lleve a cabo más recortes todavía en los empleos y servicios del sector público. Es también la forma en que usan cada vez más el término los partidos de centro-izquierda. Así, por ejemplo, el líder recién elegido del Partido Democrático italiano (sucesor del que fuera antaño el mayor partido comunista de Europa Occidental), Matteo Renzi, ha pedido al gobierno que se muestre aún más decidido a la hora de poner en práctica su paquete de reformas económicas. El paquete entraña reducir el gasto público y cambiar la regulación para flexibilizar los mercados de trabajo y atraer inversión extranjera.
Señalando cuántos son los países europeos que hoy se dedican a “desmantelar furiosamente las formas de protección en el lugar de trabajo en un intento de reducir los costes laborales”,  un reciente artículo del New York Times [1] ubicaba su origen en  los “esfuerzos por mejorar la competitividad” por parte del gobierno socialdemócrata alemán en los primeros años de este siglo. Se llevó a cabo de tal modo que “erosionó aún más la protección del trabajador, fomentando el auge de ‘mini-empleos’ a corto plazo y de bajos salarios que hoy contabilizan más de un quinto del empleo alemán”.
Existe un viejo debate en la izquierda entre reforma y revolución. Pero se ha quedado anticuado, y no sólo debido a lo extremadamente limitado de las perspectivas y fuerzas de cambio revolucionario. El actual significado de la palabra “reforma” contrasta agudamente con la forma en que la utilizaban los socialdemócratas hace cosa de un siglo. Fuera o no que lograsen la transformación social sin someter a la sociedad al sufrimiento de la revolución las reformas de incremento progresivo que figuraban bajo la rúbrica de gradualismo, estaban destinadas a promover la solidaridad social contra el mercado.
Quizá la mayor ilusión de los socialdemócratas del siglo XX fue su creencia de que una vez se consiguieran reformas sería para siempre. De hecho, podemos ver hoy hasta qué punto las viejas reformas se vieron sometidas a la erosión de la competencia capitalista a escala global. Se han visto tan minadas por la lógica de la competitividad que parece muy difícil ver hoy de qué modo podrían asegurarse en nuestro tiempo formas de protección  del Estado contra los mercados sin medidas adicionales que podrían considerarse revolucionarias.
La idea de que resulta inaceptable hacer algo por debilitar la inversión privada se ha convertido en algo increíblemente poderoso. Es esto precisamente lo que hace tan tímidos a los políticos socialdemócratas de nuestra época. Y pocas dudas puede haber de que, para apoyar reformas en el viejo sentido progresista del término, un gobierno tendría que poner en práctica amplios controles para impedir la fuga de capitales y debería socializar probablemente instituciones financieras con  el fin de conseguir espacio suficiente para poder maniobrar
Syriza, en Grecia, es el único partido de izquierda que ha alcanzado gran éxito electoral en la crisis europea rechazando la forma en que ha venido a definirse la reforma. Un presupuesto central de su programa político implica , además, transformar el sistema bancario en propiedad pública, por medio de una radical reconversión de su funcionamiento . Ciertamente, lo que hace que las élites europeas se sientan íncomodísimas por el hecho de que Grecia ocupe el turno de la presidencia de la UE que le corresponde durante los próximos seis meses es que una nueva crisis política conduzca a unas elecciones generales que podrían convertir, con la actual mayoría de Syriza en las encuestas, a Alexis Tsipras, en primer ministro de Grecia.
Lo que resultaba particularmente impresionante del programa político de “reforma radical” aprobado por Syriza en su congreso del pasado julio es que concluía con las siguientes palabras: “El estado en que hoy nos encontramos requiere algo más que un programa completo elaborado democrática y colectivamente. Exige la creación y expresión del más amplio movimiento político, catalizador, militante posible…Sólo un movimiento así puede llevar a un gobierno de la izquierda, y sólo un movimiento así puede salvaguardar el rumbo de dicho gobierno”.
Sin embargo, los dirigentes del partido no tienen más remedio que ser conscientes de que, a menos que se produjera un cambio en el equilibrio de fuerzas que le dejara espacio a un gobierno de Syriza para aplicar reformas progresistas, el pueblo de Grecia sufriría aún más al verse económicamente penalizado y aislado. Sin duda, esta es la razón por la que, cuando el mes pasado se postuló a Tsipras como candidato del pequeño contingente de partidos de “extrema izquierda” del Parlamento Europeo para substituir a José Manuel Barroso el próximo mayo como presidente de la Comisión Europea, se refirió él a la “oportunidad” que hoy existe de una alternativa de izquierda al actual modelo europeo capitalista.
Esto nos retrotrae a la otra cara del debate de reforma versus revolución de hace un siglo, lo que nos recuerda lo que sucedió cuando no se realizó la esperanza de que una revolución en la periferia de Europa desencadenara revoluciones en los países capitalistas más fuertes.
La izquierda solía molerse a palos, a veces literalmente, en debates sobre reforma contra revolución, parlamentarismo contra extraparlamentarismo, partido contra movimiento, como si una cosa descartara a la otra. La cuestión en el siglo XXI no estriba en reforma contra revolución sino más bien en qué clases de reformas, con qué clase de movimientos populares tras ellos comprometidos en el género de movilizaciones que pueden inspirar transformaciones semejantes en otras partes, pueden resultar lo bastante revolucionarias como para resistir las presiones del capitalismo.
Nota: [1] Americanized Labor policy is Spreading in Europe , The New York Times, 3 de diciembre de 2013.
(*) Leo Panitch es editor del Socialist Register, famoso y ya clásico anuario de la izquierda anglosajona, y profesor investigador de Ciencias Políticas en la Universidad de York, en Canadá y coautor con Sam Gindin de The Making of Global Capitalism: The Political Economy of American Empire (Verso, Londres, 2012). En “Bitácora” de Uruguay, 27.02.14.
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