Jul 27 2006
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Economía

La obstinada memoria necesaria. – YO FUI UN PRISIONERO DE GUERRA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

1973. 11 de septiembre. Las hordas fascistas dan el golpe de Estado contra el gobierno constitucional del presidente Salvador Allende. Miles de chilenos y chilenas son detenidos y conducidos a los Campos de Concentraciones como “prisioneros de guerra”: guerra ficticia, al puro estilo nazi, el Hitler.

Narraré los horrores de esta guerra. Fui detenido el 14 de septiembre de 1973 por ser partidario y defensor del gobierno de la Unidad Popular, militante de un partido de gobierno, el Partido Comunista de Chile, miembro del Comite Regional del lugar de mi residencia, dirigente sindical y de la Central Única de Trabajadores. Y regidor y alcalde subrogante de la comuna de Iquique.

El campo de concentración de Pisagua ya lo conocia: lo abrió por primera vez el gobierno de la “Traición Nacional” de Gabriel Gonzalez Videla en 1947, que además puso fuera de la ley al partido bajo el pretexto de una iminente tercera guerra mundial y porque –era el “razonamiento”– los comunistas actuarían como enlace con la Unión Soviética. Ese año cumplía mi servicio militar y fui destinado a ése campo de concentración.

Era el tiempo de la represión legalizada sólo contra el Partido Comunista; seguía funcionando el parlamento y el Poder Judicial. Los chilenos detenidos –hombres y mujeres– en su mayoría dirigentes sindicales del salitre, carbón, cemento, ferroviarios y portuarios. Sumaban más de cuatro mil personas. Llegaban en calidad de relegados y vivían en barracas o casas construidas para este fin, si las había disponibles. Por ser “relegados” no podían ser recluídos en la cárcel. Habian visitas médicas periódicas de la Cruz Roja y del parlamento para comprobar los alimentos, el trato que recibían y sus condiciones de vida.

Veinte y seis años despues de ésta represión (1973) vuelvo nuevamente a Pisagua; ésta vez como “prisionero de guerra”. Ahora todo el lugar convertido en campo de horror y de muerte. Las mujeres encerradas en los altos del viejo mercado sumaban 50 personas. Los prisioneros hombres abarrotábamos la escalofriante y vetusta cárcel de tres pisos; éramos alrededor de ochocientos.

Entre los detenidos llegaron varios matrimonios, obligados a dejar a sus hijos, en su mayoría menores, a merced de vecinos y familiares –que vivían aterrados ante el temor de ser detenidos por socorrer a hijos de marxistas–. Quién narra la tragedia de Pisagua, fue detenido junto con su compañera..

Al Consejo de Guerra del 11 de Febrero de 1974 –montado para el Partido Comunista– fueron incorporadas todas las mujeres detenidas; esto debido a la presión internacional de los organismos de derechos humanos y la propia del general Óscar Bonilla.

Los soldados, marinos y carabineros fueron adiestrados para aplicar las más horrendas prácticas de la tortura, que tenían lugar en lugares escogidos y bautizados por ellos mismos: El Campo del Honor, El Muro de los Lamentos, Reten de Carabineros, El Circo Romano (éste en la pesquera vieja).

Las guardias se renovaban cada mes bajo el mando de un capitán de ejército y cuatro tenientes, más el personal de suboficiales: cabos y personal de tropa. Salvo raras excepciones, llegaban adiestrados o con el cerebro lavado con la monserga del antimarxismo.

Las torturas a que fuimos sometidos fueron aberrantes. Con la mente desquiciada descargaban todo su odio contra sus compatriotas por el sólo delito de pensar diferente. Los simulacros de fusilamiento, castigos corporales –con aplicación de corriente eléctrica generada por magnetos–, trabajos forzados y colgar por horas de los pies a los prisioneros en el Circo Romano..

Existía la costumbre de ablandar durante varias horas a los prisioneros antes de los interrogatorios del fiscal, mayor Mario Acuña, que pedia las penas del infierno a sus víctimas. Este siniestro personaje que no alcanzó a ser juzgado por los crimenes de Pisagua –murió en el Hospital Militar de Santiago victima de una extraña enfermedad–. Él ordenaba que los prisioneros fueran colocados y separados por una distancia de tres metros y de cara al Muro de los Lamentos; el que se desmayaba o caía extenuado era levantado a culatazos y mojado con baldes de agua. Cuándo llegaba al “interrogatorio” en el Retén de Carabineros, lo hacía fírmar su sentencia.

Los castigados en la cárcel, eran sacados semidesnudos a pasar toda la noche a la interperie y soportar las heladas de la madrugada. En el día los abrigaban con frazadas a todo Sol, sin agua ni alimento. Este castigo se aplicaba en la cancha del Campo del Honor, situado frente a la cárcel.

 Consejos de guerra

Los siniestros consejos de guerra –una farsa de la justicia militar amparada por la fuerza bruta de las armas– se realizaban sin ninguna defensa de los condenados, con falsas declaraciones firmadas por otros sometidos a consejo previa y cruelmente torturados. Su jugaba una parodia de abogados designados para una seudo defensa, serviles incondicionales de la dictadura.

Y tuvo un rol la prensa venal y corrompida, como los diarios El Tarapacá y La Estrella de Iquique que azucapilla de aislamiento 24 horas antes de su ejecución en las tenebrosas catacumbas ubicadas en la cárcel. A las seis de la mañana –y con velas encendidas que iluminaban los tres pisos del edificio– se oficiaba la tétrica misa del capellan de ejército, capitán Murillo, quién llamaba a los condenados a someterse a la “vida eterna” al amparo de Dios después de haber “reconocido sus delitós”.

Delito ninguno, sólo el odio engendrado en esas almas tan perversas. Su misión era matar la inteligencia y la sabiduría.

fotoA las siete de la mañana, en ambulancias del ejército, eran conducidos al cementerio de Pisagua y fusilados con un disco rojo en el corazón. A los que quedaban vivos, un oficial les daba el tiro de gracia y los lanzaban a la fosa clandestina. Así se sucedían periodicamente los consejos de guerra. Siempre luego el mismo escalofriante espectáculo: abrir la fosa para enterrar nuevas victimas del genocidio y cubrirlas con bolsas de cal.

Veintiseis compatriotas quedaron sepultados en ésta fatídica fosa clandestina, descubierta un dos de junio de 1990, cuando ya se había recuperado esta seudo democracia. Amarrados con alambres, perforados por las balas, quebrados y mutilados; momificados por la sal del decierto y con gestos de dolor, clamando por justicia y castigo a los criminales.

Construccion de las barracas

Bajan de la cuesta de Pisagua en noviembre de 1973 diez transportes de alto tonelaje, con estructuras y perfiles mecánicos, puertas, ventanas, cholguanes, pizarreños, literas, colchones y ropa de cama. Hubo que descargarlos en tiempo récord por órdenes superiores porque los vehículos no pueden pernoctar allí más de un día.

Los “prisioneros de guerra”, separados por grupos de profesionales; mecánicos, soldadores, albañiles, mueblistas, carpinteros y eléctricos empezamos la construcción de las barracas bajo las órdenes de un ingeniero alemán y personal técnico traído de la capital. Eramos vigilados en nuestra labor por soldados armados.

Doce barracones que albergarian a 60 prisioneros por barracón, construídos sobre los radieles que utilizó la ex Pesquera Internacional como cancha de almacenamiento de harina de pescado. Con baños y servicios higiénicos que desembocarían en el mar, con cierres de mallas y nidos de ametralladoras para la vigilancia. Los cierres serían electrificados. El proyecto no se logró concretar y las barracas que ya estaban construidas no fueron usadas. Estaban destinadas para albergar a 800 “prisioneros de guerra” que serian trasladadoss desde el Estadio Nacional.

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* Ex “prisionero de guerra”.
Para mayor información sobre el proyecto y colaborar con la publicación del libro, puede escribirse a maestrowin@hotmail.com .

Addenda

El Campamento de Prisioneros de Pisagua fue utilizado, desde septiembre de 1973 hasta octubre de 1974, como centro de detención y tortura, especialmente de los presos políticos de la zona norte, bajo la dependencia de la sexta división del ejército.

Los testimonios entregados al Informe Valech revelan que hubo más de 800 personas detenidas allí. En los años ochenta, fueron enviados al campo otras 100 o más personas. Según los testimonios, los detenidos permanecieron allí en muy malas condiciones de vida: fueron mantenidos largos períodos vendados y esposados, constantemente golpeados, amenazados, sometidos a trabajos forzados, privados de alimentos, agua y sueño. Se los incomunicaba por largos períodos, en grupos de cerca de 15 personas, en un calabozo de dos por cuatro metros, autorizados a salir al baño sólo dos veces al día.

Los testimonios de sobrevivientes describen haber sido objeto, durante los interrogatorios, de golpizas constantes, en ocasiones con manoplas; cortes en el cuerpo con objetos cortantes, como corvos o yataganes; simulacros de fusilamiento; eran amarrados y se les vendaban los ojos, colgados; entre otros tormentos les aplicaban el teléfono, el submarino en agua y excrementos, corriente eléctrica, quemaduras con cigarrillos.

Se los enterraba en fosas hasta la cabeza y se les orinaba encima, a pleno sol, por largos períodos; se les golpeaba hasta ocasionarles fracturas, eran atacados por perros; los obligaban a pelear entre ellos por comida; se les encerraba en unos toneles para lanzarlos cerro abajo. Existen relatos de personas sometidas además a agresiones sexuales.

Se les mantenía a torso desnudo bajo el sol, hasta provocar quemaduras graves en sus cuerpos, y por las noches quedaban a la interperie, sufriendo las bajas temperaturas. Eran obligados a subir y bajar los cerros corriendo y golpeaban a aquellos que por su salud física o avanzada edad no lograban seguir el ritmo de los demás prisioneros…

Más información en: Memoria Viva.

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