Nov 13 2020
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OpiniónPolítica

La responsabilidad de los intelectuales

 

En este nuevo ensayo, Noam Chomsky escribe sobre la responsabilidad que tienen los intelectuales de posicionarse en ciertos conflictos, contar la verdad, denunciar la mentira y cuestionar los discursos de poder.

El concepto de ¬ęintelectuales¬Ľ es bastante curioso. ¬ŅA qui√©nes podemos considerar como tales?

He aqu√≠ una pregunta que fue abordada de un modo muy instructivo en un ensayo cl√°sico que Dwight Macdonald escribi√≥ en 1945, titulado La responsabilidad de los intelectuales. Ese texto es una sarc√°stica e implacable cr√≠tica a aquellos pensadores distinguidos que pontificaban sobre la ¬ęculpa colectiva¬Ľ de los refugiados alemanes cuando √©stos sobreviv√≠an a duras penas entre las ruinas catastr√≥ficas de la guerra. Macdonald comparaba all√≠ el desprecio farisaico que tan distinguidas plumas manifestaban hacia los desdichados supervivientes con la reacci√≥n de muchos soldados del ej√©rcito vencedor, que, reconocedores de la humanidad de las v√≠ctimas, se compadec√≠an del sufrimiento de √©stas. Y, sin embargo, los primeros son los intelectuales, no los segundos.

Macdonald conclu√≠a su ensayo con unas sencillas palabras: ¬ęQu√© maravillosa es la capacidad de poder ver lo que se tiene justo delante¬Ľ

¬ŅCu√°l es, entonces, la responsabilidad de los intelectuales? Quienes entran en esa categor√≠a disfrutan de ese relativo grado de privilegio que tal posici√≥n les confiere, lo que les brinda oportunidades superiores a las normales. Las oportunidades conllevan una responsabilidad, la cual, a su vez, implica tener que decidir entre opciones alternativas, algo que, a veces, puede entra√Īar una gran dificultad.

As√≠, una posible opci√≥n es seguir la senda de la integridad, lleve adonde lleve. Otra es aparcar esas preocupaciones y adoptar pasivamente las convenciones instituidas por las estructuras de autoridad. La tarea, en este segundo caso, se limita a seguir con fidelidad las instrucciones de quienes tienen las riendas del poder, a ser servidores leales y fieles, no como resultado de un juicio reflexivo, sino por una respuesta refleja de conformismo. √Čsta es una forma muy sutil de eludir las complejidades morales e intelectuales inherentes a una actitud de cuestionamiento, y de rehuir las potenciales consecuencias dolorosas de esforzarse por que la b√≥veda del firmamento moral termine curv√°ndose hacia la causa de la justicia.

Estamos familiarizados con esa clase de alternativas. Por eso distinguimos a los comisarios y los appar√°tchiki de los disidentes que asumen ese desaf√≠o y afrontan las consecuencias (unas consecuencias que var√≠an en funci√≥n de la naturaleza de la sociedad en cuesti√≥n). Muchos disidentes alcanzan la fama y un merecido reconocimiento, y el duro trato que reciben o recibieron es debidamente denunciado con fervor e indignaci√≥n: ah√≠ est√°n V√°clav Havel, Ai Weiwei, Shirin Ebadi y otras figuras que componen una larga y distinguida lista. Tambi√©n es justo que condenemos a los apologistas de la sociedad mala, aquellos que no pasan de la ocasional cr√≠tica tibia a los ¬ęerrores¬Ľ de unos gobernantes cuyas intenciones califican global y sistem√°ticamente de benignas.

Hay otros nombres, sin embargo, que se echan en falta en la lista de los disidentes reconocidos: por ejemplo, los de los seis destacados intelectuales latinoamericanos, sacerdotes jesuitas, que fueron brutalmente asesinados por fuerzas salvadore√Īas que acababan de recibir instrucci√≥n militar del Ej√©rcito estadounidense y actuaron siguiendo √≥rdenes concretas de su Gobierno, sat√©lite de Estados Unidos. De hecho, apenas si se les recuerda. Muy pocos conocen siquiera c√≥mo se llamaban o guardan el menor recuerdo de aquellos sucesos. Las √≥rdenes oficiales de asesinarlos no han llegado a√ļn a aparecer en ninguno de los grandes medios de comunicaci√≥n en Estados Unidos, y no porque fueran secretas: se publicaron con total visibilidad en los principales rotativos de la prensa espa√Īola, por ejemplo.

No estoy hablando de algo excepcional. Se trata, m√°s bien, de la norma. Aquellos hechos no tienen nada de inextricables. Son de sobra conocidos para los activistas que protestaron contra los horrendos cr√≠menes promovidos por Estados Unidos en Am√©rica Central, y tambi√©n para los expertos que han estudiado el tema. En una de las entradas de The Cambridge History of the Cold War, John Coatsworth escribe que, desde 1960 hasta ¬ęla ca√≠da sovi√©tica en 1990, las cifras de presos pol√≠ticos, de v√≠ctimas de torturas y de disidentes pol√≠ticos no violentos ejecutados en Am√©rica Latina superaron con mucho a las registradas en la Uni√≥n Sovi√©tica y sus sat√©lites del este de Europa¬Ľ.

Sin embargo, ese mismo panorama se dibuja justamente a la inversa seg√ļn aparece tratado en los medios de comunicaci√≥n y en las revistas de los intelectuales. Por poner s√≥lo un ejemplo llamativo de los muchos posibles, dir√© que Edward Herman y yo mismo comparamos la cobertura que The New York Times hab√≠a realizado del asesinato de un sacerdote polaco ‚Äďcuyos asesinos fueron prontamente localizados y castigados‚Äď con la de los asesinatos de cien m√°rtires religiosos en El Salvador ‚Äďincluyendo al arzobispo √ďscar Romero y a cuatro religiosas estadounidenses‚Äď, cuyos perpetradores permanecieron mucho tiempo ocultos a la justicia mientras las autoridades de Estados Unidos negaban los cr√≠menes y las v√≠ctimas no recib√≠an de su Gobierno m√°s que el desprecio oficial.

La cobertura informativa del caso del sacerdote asesinado en un Estado enemigo fue inmensamente m√°s amplia que la dispensada al centenar de m√°rtires religiosos asesinados en un Estado sat√©lite de Estados Unidos, y tambi√©n su estilo fue radicalmente diferente, muy en sinton√≠a con las predicciones del llamado ¬ęmodelo de propaganda¬Ľ de explicaci√≥n del funcionamiento de los medios de comunicaci√≥n. Y √©sta s√≥lo es una ilustraci√≥n entre muchas posibles de lo que ha sido un patr√≥n constante a lo largo de muchos a√Īos.

Puede que la mera servidumbre al poder no lo explique todo, desde luego. En ocasiones ‚Äďmuy escasas‚Äď, s√≠ llegan a consignarse los hechos, aunque acompa√Īados de un esfuerzo por justificarlos. En el caso de los m√°rtires religiosos, el distinguido periodista estadounidense Nicholas Lemann, corresponsal de nacional de The Atlantic Monthly, revista de l√≠nea editorial ¬ęliberal¬Ľ (de centroizquierda), aport√≥ una explicaci√≥n alternativa en una respuesta pretendidamente sarc√°stica a nuestro trabajo: ¬ęEsa discrepancia puede explicarse diciendo que la prensa tiende a concentrarse s√≥lo en unas pocas cosas en cada momento concreto¬Ľ, escribi√≥ Lemann, y ¬ęla prensa estadounidense estaba entonces centrada sobre todo en Polonia¬Ľ.

La tesis de Lemann es f√°cil de contrastar examinando el √≠ndice de The New York Times, donde se puede ver que la duraci√≥n de la cobertura informativa dispensada a los dos pa√≠ses fue pr√°cticamente id√©ntica en ambos casos, e incluso un poco mayor en el de El Salvador. Pero, claro, en un contexto intelectual donde tienen cabida los ¬ęhechos alternativos¬Ľ,* detalles como √©se poco parecen importar.

En la pr√°ctica, el t√©rmino honor√≠fico ¬ędisidente¬Ľ est√° reservado a quienes son disidentes en Estados enemigos. A los seis intelectuales latinoamericanos asesinados, al arzobispo y a los otros muchos que, como ellos, protestan contra los cr√≠menes de Estado en pa√≠ses sat√©lites de Estados Unidos y son asesinados, torturados o encarcelados por ello, no se les llama ¬ędisidentes¬Ľ (si es que llegan a ser mencionados siquiera).

También dentro del propio país hay diferencias terminológicas. Hubo, por ejemplo, intelectuales que protestaron contra la guerra de Vietnam por razones diversas. Por citar un par de destacados ejemplos que ilustran lo limitado que es el espectro de visión de la élite, el periodista Joseph Alsop se quejó en su día de que la intervención estadounidense estaba siendo demasiado contenida, mientras que Arthur Schlesinger (1) replicó que una escalada probablemente no funcionaría y terminaría siendo demasiado costosa para nosotros.

No obstante, a√Īadi√≥, ¬ętodos rezamos¬Ľ por que Alsop tenga raz√≥n al considerar que la fuerza de Estados Unidos tal vez se imponga, y si lo hace, ¬ępuede que entonces todos reconozcamos la prudencia y el sentido de Estado del Gobierno estadounidense¬Ľ para conseguir la victoria, aun a costa de dejar a aquel ¬ędesdichado pa√≠s destruido y devastado por las bombas, calcinado por el napalm, convertido en un erial por los defoliantes qu√≠micos, reducido a ruinas y escombros¬Ľ, y con un ¬ętejido pol√≠tico e institucional¬Ľ reducido a cenizas.

¬ŅCu√°l es la responsabilidad de los intelectuales?Y, sin embargo, a Alsop y a Schlesinger no se los llama ¬ędisidentes¬Ľ. M√°s bien, se les considera un ¬ęhalc√≥n¬Ľ y una ¬ępaloma¬Ľ, respectivamente: dos figuras que marcan los extremos opuestos del espectro de lo que se entiende que es la cr√≠tica leg√≠tima a las guerras de Estados Unidos.

Por supuesto, tambi√©n hay voces que caen fuera del espectro por completo, pero a √©sas tampoco se las considera ¬ędisidentes¬Ľ. McGeorge Bundy, consejero de Seguridad Nacional de Kennedy y de Johnson, dijo en un art√≠culo para Foreign Affairs, una revista del establishment, que se trataba de ¬ęsalvajes entre bastidores¬Ľ que se oponen por principio a las agresiones estadounidenses, m√°s all√° de las cuestiones t√°cticas sobre su viabilidad y su coste.

Bundy escribi√≥ esas palabras en 1967, en un momento en que el implacablemente anticomunista historiador militar y especialista en Vietnam Bernard Fall, muy respetado por el Gobierno estadounidense y los c√≠rculos de opini√≥n dominantes, tem√≠a que ¬ęVietnam como entidad cultural e hist√≥rica [‚Ķ] est√© corriendo peligro de extinci√≥n [‚Ķ] [ahora que] el campo se est√° muriendo literalmente bajo los impactos de la mayor maquinaria militar jam√°s desplegada contra un territorio de esa extensi√≥n¬Ľ. Pero s√≥lo los ¬ęsalvajes entre bastidores¬Ľ ten√≠an la desfachatez de cuestionar la justicia de la causa estadounidense.

Al t√©rmino de la guerra en 1975, intelectuales de todo el espectro de opini√≥n dominante dieron sus interpretaciones de lo sucedido. Abarcaban todas las franjas del espectro Alsop-Schlesinger. Desde el extremo de las ¬ępalomas¬Ľ, Anthony Lewis escribi√≥ que la intervenci√≥n comenz√≥ con una serie de ¬ętorpes esfuerzos bien intencionados¬Ľ (¬ętorpes¬Ľ porque fracasaron, y ¬ębien intencionados¬Ľ por principio doctrinal, sin necesidad de demostraci√≥n), pero hacia 1969 ya era obvio que la intervenci√≥n era un error porque Estados Unidos ¬ęno pod√≠a imponer una soluci√≥n sino a un precio demasiado costoso para s√≠ mismo¬Ľ.

Al mismo tiempo, los sondeos mostraban que en torno a un 70 % de la poblaci√≥n no consideraba que la guerra fuera ¬ęun error¬Ľ, sino ¬ęintr√≠nsecamente injusta e inmoral¬Ľ. Pero, claro, como aquellos soldados de 1945 que empatizaban con el sufrimiento de los desdichados refugiados alemanes, los encuestados no son intelectuales.Guerra de Vietnam - Wikipedia, la enciclopedia libre

Los ejemplos son los t√≠picos. La oposici√≥n a la guerra alcanz√≥ su pico m√°ximo en 1970, despu√©s de la invasi√≥n de Camboya orquestada por el d√ļo Nixon-Kissinger. Justo entonces, el polit√≥logo Charles Kadushin llev√≥ a cabo un extenso estudio de las actitudes de los ¬ęintelectuales de la √©lite¬Ľ. Y descubri√≥ que, a prop√≥sito de Vietnam, √©stos adoptaron una postura ¬ępragm√°tica¬Ľ de cr√≠tica a la guerra por considerarla un error que acab√≥ saliendo demasiado caro. Los ¬ęsalvajes entre bastidores¬Ľ ni siquiera contaban, perdidos entre el margen de error estad√≠stico.

Las guerras de Washington en Indochina fueron el peor crimen de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. El peor crimen del actual milenio es la invasi√≥n brit√°nico-estadounidense de Irak, con horrendas consecuencias en toda la regi√≥n que a√ļn distan mucho de llegar a un final. La √©lite intelectual tambi√©n ha estado a su acostumbrada altura en esta ocasi√≥n.

Barack fue muy elogiado por los intelectuales liberales de centroizquierda por posicionarse con las ¬ępalomas¬Ľ. Seg√ļn las palabras del presidente, ¬ędurante la √ļltima d√©cada, las tropas estadounidenses han realizado extraordinarios sacrificios para brindar a los iraqu√≠es la oportunidad de reclamar para s√≠ su futuro¬Ľ, pero ¬ęla dura realidad es que todav√≠a no hemos asistido al final del sacrificio americano en Irak¬Ľ. La guerra fue un ¬ęgrave error¬Ľ, una ¬ęmetedura de pata estrat√©gica¬Ľ con un coste m√°s que excesivo para nosotros, una valoraci√≥n que bien podr√≠a equipararse a la que muchos generales rusos hicieron en su d√≠a sobre la decisi√≥n sovi√©tica de intervenir en Afganist√°n.

Se trata de un patr√≥n generalizado. No hace falta citar ning√ļn ejemplo, pues hay sobrados estudios publicados al respecto, aunque √©stos no parecen haber tenido el menor efecto en la doctrina de la √©lite intelectual.

De fronteras para dentro, no hay disidentes, ni tampoco comisarios ni appar√°tchiki. S√≥lo salvajes entre bastidores, por un lado, e intelectuales responsables ‚Äďlos considerados como los verdaderos expertos‚Äď, por el otro. La responsabilidad de los expertos la ha detallado uno de los m√°s eminentes y distinguidos de todos ellos. Alguien es un ¬ęexperto¬Ľ, seg√ļn Henry Kissinger, cuando ¬ęelabora y define¬Ľ el consenso de su p√ļblico ¬ęa un alto nivel¬Ľ (entendi√©ndose como ¬ęp√ļblico¬Ľ aquellas personas que establecen el marco de referencia dentro del que los expertos ejecutan las tareas a ellos encomendadas).

Las categor√≠as son bastante convencionales y se remontan al uso m√°s temprano del concepto de ¬ęintelectual¬Ľ en su sentido contempor√°neo, durante la pol√©mica del caso Dreyfus en Francia. La figura m√°s destacada de los dreyfusards, √Čmile Zola, fue condenado a un a√Īo de c√°rcel por haber cometido la infamia de pedir justicia para el acusado en falso Alfred Dreyfus, y huy√≥ a Inglaterra para evitar una pena mayor. Fue entonces duramente reprobado por los ¬ęinmortales¬Ľ de la Academia Francesa. Los dreyfusards eran aut√©nticos ¬ęsalvajes entre bastidores¬Ľ.

Eran culpables de ¬ęuna de las excentricidades m√°s rid√≠culas de nuestro tiempo¬Ľ, por decirlo con las palabras del acad√©mico Ferdinand Bruneti√®re: ¬ęla pretensi√≥n de alzar a escritores, cient√≠ficos, profesores y fil√≥logos a la categor√≠a de superhombres¬Ľ que se atreven a ¬ętratar de idiotas a nuestros generales, de absurdas a nuestras instituciones sociales, y de insanas a nuestras tradiciones¬Ľ. Osaban entrometerse en asuntos que deb√≠an dejarse a los ¬ęexpertos¬Ľ, a ¬ęhombres responsables¬Ľ, ¬ęintelectuales tecnocr√°ticos y pol√≠ticamente pragm√°ticos¬Ľ, seg√ļn reza la terminolog√≠a contempor√°nea del discurso liberal de centroizquierda.

Pues bien, ¬Ņcu√°l es, entonces, la responsabilidad de los intelectuales? Siempre pueden elegir. En los Estados enemigos, pueden optar por ser comisarios o por ser disidentes. En los Estados sat√©lites de la pol√≠tica exterior estadounidense, en el per√≠odo moderno, esa elecci√≥n puede tener consecuencias indescriptiblemente tr√°gicas para esas personas. En nuestro propio pa√≠s, pueden elegir entre ser expertos responsables o ser salvajes entre bastidores.

Pero siempre existe la opci√≥n de seguir el buen consejo de Macdonald: ¬ęQu√© maravillosa es la capacidad de poder ver lo que se tiene justo delante¬Ľ, y tener simplemente la honradez de contarlo tal como es.

Nota:

|.- Chomsky alude aqu√≠ a la expresi√≥n que Kellyanne Conway, asesora del presidente Trump, utiliz√≥ en una entrevista televisiva en enero de 2017 para referirse a unas declaraciones falsas del secretario de prensa de la Casa Blanca por no llamarlas ¬ęmentiras¬Ľ. [N. del T.]

*Extracto del nuevo libro de Noam Chomsky ‚ÄėLa responsabilidad de los intelectuales‚Äô (Sexto Piso, 2020). Traducci√≥n de Albino Santos Mosquera. Fuente: https://www.lamarea.com/2020/10/19/adelanto-editorial-noam-chomsky/

 

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