Ene 7 2013
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La tenaz persistencia zapatista

De la movilizaci√≥n de las comunidades zapatistas que tuvo lugar el pasado mes de diciembre, cree Ra√ļl Zibechi que los movimientos antisist√©micos y anticapitalistas de Am√©rica latina debieran extraer importantes ense√Īanzas, con el fin de poder romper el ¬ęcerco¬Ľ del progresismo.

La movilizaci√≥n de las comunidades zapatistas el 21 de diciembre y los tres comunicados del Ej√©rcito Zapatista de Liberaci√≥n Nacional (EZLN) el 30 del mismo mes fueron recibidos con alegr√≠a y esperanza por muchos movimientos antisist√©micos y luchadores anticapitalistas en Am√©rica Latina. De inmediato los medios de comunicaci√≥n de estos movimientos reflejaron en sus p√°ginas la importancia de la masiva movilizaci√≥n, que se produce en momentos dif√≠ciles para quienes siguen empe√Īados en resistir el sistema de muerte que nos des-gobierna.

Los √ļltimos a√Īos han sido especialmente complejos para los movimientos que se empe√Īan en construir un mundo nuevo desde abajo. En la mayor parte de los pa√≠ses de Am√©rica del Sur la represi√≥n contra los sectores populares no ha cesado, pese a que la mayor√≠a de los gobiernos se denominan progresistas. En paralelo, han puesto en marcha un conjunto de ¬ępol√≠ticas sociales¬Ľ destinadas, seg√ļn dicen, a ¬ęcombatir la pobreza¬Ľ, pero que en realidad buscan impedir la organizaci√≥n aut√≥noma de los pobres o neutralizarla cuando ya alcanz√≥ cierto grado de desarrollo.

Las pol√≠ticas sociales progresistas, como bien lo muestran los casos de Argentina, Brasil y Uruguay entre otros, no han conseguido disminuir la desigualdad, ni distribuir la riqueza ni realizar reformas estructurales, pero han sido muy eficaces a la hora de dividir organizaciones populares, introducir cu√Īas en los territorios que controlan los sectores populares y en no pocos casos desviar los objetivos de la lucha hacia cuestiones secundarias. No han tocado la propiedad de la tierra y de otros medios de producci√≥n. Las pol√≠ticas sociales buscan atenuar los efectos de la acumulaci√≥n por desposesi√≥n sin modificar las pol√≠ticas que sustentan este modelo: la miner√≠a a cielo abierto, los monocultivos, las represas hidroel√©ctricas y las grandes obras de infraestructura.

Con las excepciones de Chile y Per√ļ, donde la lucha del movimiento estudiantil y la resistencia contra la miner√≠a siguen vivas, en la mayor parte de los pa√≠ses la iniciativa ha pasado a los gobiernos, los movimientos antisist√©micos son m√°s d√©biles y est√°n m√°s aislados, y hemos perdido horizonte estrat√©gico. El trabajo territorial urbano, desde el que se lanzaron formidables ofensivas contra el neoliberalismo privatizador, se encuentra en un callej√≥n con dif√≠cil salida a corto plazo, toda vez que los ministerios de desarrollo social, de econom√≠a solidaria y otros, han comenzado a infiltrarse en los territorios en resistencia con programas que van desde las transferencias monetarias a las familias pobres hasta diversos ¬ęapoyos¬Ľ a emprendimientos productivos. Inicialmente los movimientos reciben estas ayudas con la esperanza de fortalecerse, pero en poco tiempo ven c√≥mo cunde la desmoralizaci√≥n y disgregaci√≥n en sus filas.

¬ŅQu√© puede hacer un colectivo de base cuando levanta un bachillerato popular en un barrio, con enorme sacrificio en base al trabajo colectivo, al observar c√≥mo poco despu√©s el Gobierno crea otro bachillerato en las inmediaciones, con mejor infraestructura, cursos id√©nticos y hasta poni√©ndole nombres de conocidos revolucionarios? La respuesta es que no sabemos. Que a√ļn no hemos aprendido a trabajar en los que fueron nuestros territorios y ahora son espacios invadidos por legiones de trabajadores y trabajadoras sociales con discursos muy progres, y hasta radicales, pero que trabajan para los de arriba.

El zapatismo ha salido fortalecido de esta pol√≠tica de cerco y aniquilamiento, militar y ¬ęsocial¬Ľ, donde el Estado se empe√Ī√≥ a fondo en dividir a trav√©s de ¬ęayudas¬Ľ materiales como complemento de las campa√Īas militares y paramilitares. Por eso muchos y muchas recibimos con enorme alegr√≠a la movilizaci√≥n del d√≠a 21. No porque sospech√°ramos que ya no estaban all√≠, algo que solo los que se informan por los medios pueden creer, sino porque comprobamos que es posible atravesar el infierno de la agresi√≥n militar sumada a pol√≠ticas sociales de contrainsurgencia. Conocer, estudiar, comprender la experiencia zapatista es m√°s urgente que nunca para los que vivimos bajo el modelo progresista.

Es cierto que el progresismo juega un papel positivo respecto a la dominaci√≥n yanqui al buscar cierta autonom√≠a para un desarrollo capitalista local y regional. Frente a los movimientos antisist√©micos, sin embargo, los que pretenden seguir el camino de la socialdemocracia no se diferencian en absoluto de los gobiernos anteriores. Es necesario comprender esta dualidad dentro de un mismo modelo: la colisi√≥n progresista con los intereses de Washington pero dentro de la misma l√≥gica de acumulaci√≥n por desposesi√≥n. En sentido estricto se trata de una disputa por qui√©nes son los beneficiarios de la explotaci√≥n y opresi√≥n de los abajos, papel en el cual las burgues√≠as locales y los administradores de los partidos de ¬ęizquierda¬Ľ aliados con cierto sindicalismo empresarial, reclaman parte del bot√≠n.

El recorrido zapatista nos deja algunas ense√Īanzas a los movimientos y personas que vivimos ¬ęcercados¬Ľ por el progresismo.

En primer lugar, la importancia del compromiso militante, la firmeza de valores y principios, el no venderse ni claudicar por más fuerte y poderoso que parezca el enemigo y por más aislados y débiles que sean los movimientos antisistémicos en un momento dado.

En segundo, la necesidad de persistir en lo que cada quien cree y piensa m√°s all√° de los resultados inmediatos, de los supuestos √©xitos o fracasos moment√°neos, en coyunturas que muchas veces son fabricadas por los medios. Persistir en la creaci√≥n de movimientos no institucionalizados ni prisioneros de los tiempos electorales es la √ļnica forma de construir con solidez y a largo plazo.

Tercero, la importancia de una forma diferente de hacer pol√≠tica, sin la cual no hay nada m√°s all√° de lo medi√°tico, lo institucional o lo electoral. Un intenso debate atraviesa a no pocos movimientos sudamericanos sobre la conveniencia de participar en elecciones o de institucionalizarse de diversos modos, como forma de evitar el aislamiento del trabajo territorial y para ingresar en la ¬ęverdadera¬Ľ pol√≠tica. Los zapatistas nos muestran que hay otras formas de hacer pol√≠tica que no giran en torno a la ocupaci√≥n de las instituciones del Estado y que consisten en crear, abajo, formas de tomar decisiones en colectivo, de producir y reproducir nuestras vidas en base al ¬ęmandar obedeciendo¬Ľ. Esa cultura pol√≠tica no es adecuada para quienes pretenden usar a la gente com√ļn como escaleras para aspiraciones individuales. Por eso tantos pol√≠ticos e intelectuales del sistema rechazan esos nuevos modos, en los cuales deben subordinarse a lo colectivo.

Cuarto, la autonomía como horizonte estratégico y como práctica cotidiana. Gracias al modo como las comunidades resuelven sus necesidades, hemos aprendido que la autonomía no puede ser sólo una declaración de intenciones (por más valiosa que sea) sino que debe asentarse en la autonomía material, desde la comida y la salud hasta la educación y la forma de tomar decisiones, o sea de gobernarnos.

En los √ļltimos a√Īos hemos visto experiencias inspiradas por el zapatismo fuera de Chiapas, incluso en algunas ciudades, lo que muestra que no se trata de una cultura pol√≠tica que tiene s√≥lo validez para las comunidades ind√≠genas de aquel Estado mexicano.

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