Nov 23 2010
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OpiniónPolítica

La vía brasileña

Emir Sader*
Para las élites brasileñas existían solo dos horizontes: el estado de bienestar social europeo o el dinamismo y el acceso al consumo de los EEUU. El primero se hallaba identificado con la civilización y la estabilidad. El segundo con el dinamismo y la modernidad.

El getulismo fue nuestro modelo de bienestar social, con un estado asumiendo responsabilidades sobre el desarrollo económico y los derechos de los trabajadores. Este modelo fue siempre repudiado por las élites que sin embargo se beneficiaban con la expansión industrial impulsada por los gobiernos, manteniendo siempre su rechazo a Getulio (Vargas), por considerar que él no las representaba políticamente. El modelo de alianza de clases que Getulio impulsaba, con la expansión del mercado interno y el apoyo de la base popular, nunca fue digerido ni siquiera por la burguesía industrial.

El mismo JK(Juscelino Kubitschek) –más claramente moderado en su estilo de liderazgo político. además de la hegemonía económica que pasó a estar en las manos del capital extranjero, con la instalación de la industria automovilística, nunca agradó por ejemplo al gran empresariado paulista (JK quedó en tercer lugar en las elecciones de 1955, detrás de Adhemar de Barros y del candidato udenista Juárez Távora)

Jango (Joao Goulart) se instaló como gobernador cuando el impulso económico mostraba señales de agotamiento, con una gran puja distributiva entre los trabajadores y el gran empresariado apropiándose del escenario político reflejado en un gran brote inflacionario. La resolución del conflicto se produjo por la vía violenta (“La burguesía prefiere un fin violento antes que una violencia sin fin” decía Marx en el XVIII Brumario)

El modelo instalado cortó drásticamente el proceso de distribución de los ingresos con expansión del mercado internacional, favoreciendo la acumulación del capital basado en el consumo del mercado de las clases altas y en la exportación. El ajuste salarial y la intervención de los sindicatos produjo una luna de miel para el gran capital nacional e internacional, que nunca ganó tanto como con la dictadura.

El eje de referencia de la élite se unificaba en torno a un modelo usamericano de libre comercio, de competencia, de crecimiento con exclusión social y concentración de la renta, de dinamismo del capital internacionalizado. Desapareció el tema del bienestar social y el desarrollo fue asimilado a la expansión del gran capital internacionalizado mientras que el mercado interno de consumo popular se mantuvo deprimido.

La redemocratización fue atropellada por la crisis de 1979/80, cuando la economía dejó de crecer – prácticamente por primera vez desde 1930 – y la crisis de la deuda hizo que la economía funcionara en función de la exportación con el objeto de recaudar recursos para pagar la deuda, – multiplicada por la crisis. El desarrollo y el bienestar social quedaron relegados.

La década neoliberal terminó de enterrar el desarrollo, con el objetivo central de mantener la estabilidad monetaria. La democratización no trajo ni recuperación de la expansión económica ni mejoramiento social en en la mayor parte de la población. El neoliberalismo institucionalizó esa tendencia, ante la expectativa de que el control de la inflación se reflejaría en las condiciones sociales de la población. Eso fue inmediatamente cierto, hasta que el impulso se agotó, la economía sufrió a su vez la mayor recesión de los últimos tiempos y la situación social del pueblo volvió a degradarse fuertemente.

La social democracia llegó al gobierno en el momento de su conversión al neoliberalismo – comenzando por Francia y España, referencias básicas de los tucanes. No trajo el estado de bienestar social, sino el modelo más mercantilista que hayamos conocido.

Con el gobierno de Lula la superación de la crisis llegó por medio de un modelo, construido de a poco. Que incorporó el consenso nacional para el control de la inflación pero no hizo de eso el centro del modelo, sino solo una de sus dimensiones La especificidad del nuevo modelo fue la recuperación del crecimiento económico estructuralmente articulado con la expansión del mercado interno del consumo popular, que requirió políticas sociales como papel inductor del crecimiento y garantía de los derechos sociales por parte del Estado. Brasil va construyendo así su propio camino de desarrollo histórico.
 

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