Sep 26 2012
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OpiniónPolítica

Las balcanizaciones de la OTAN: Quebec, Escocia, Cataluña, Bélgica, Padania

La profundización de la grave crisis de la desregulada globalización financierista a los dos lados del Atlántico norte –dos de los tres motores de la economía global con China– conlleva como corolario, a escala local, la pérdida de su dominio cupular plutocrático y un reajuste de la correlación de fuerzas con el resurgimiento y/o rebelión de los segmentos oprimidos de la sociedad.

A escala global/regional, el debilitamiento del modelo neoliberal global, al borde del colapso, conlleva la desglobalización, con profundas implicaciones centrífugas en la geopolítica que ya habíamos advertido hace 10 años.

El colapso soviético –catástrofe geopolítica, según el presidente Vlady Putin– desembocó en su balcanización y en el advenimiento de numerosas repúblicas valetudinarias a quienes buscaron capturar militar y económicamente tanto la OTAN como la Unión Europea (UE).

Dada la coyuntura presente, la bifurcación de la desglobalización opera a diferentes niveles en forma aparentemente contradictoria hacia dos grandes polos de atracción: regionalizaciones y/o balcanizaciones.

Se han acentuado las balcanizaciones –más por motivos geopolíticos que geoeconómicos/geofinancieros–, en regiones de África (Sudán del Sur, Mali) y otras del Transcáucaso (Abjazia, Osetia del Sur), al unísono del reincendio de rescoldos nacionalistas en varias regiones relevantes de la OTAN: Canadá (Quebec), Reino Unido (Escocia, Irlanda del Norte), España (Cataluña), Bélgica (flamencos y valones) e Italia (Liga del Norte/Padania).

Si la desregulada globalización financierista significó el avasallamiento del Estado-nación (concepto que sustituyó al feudalismo teocrático europeo en 1648 con el Tratado de Westfalia), la desglobalización permite su renacimiento –y hasta de impensables subnacionalismos– y la eclosión de nuevas formas de cohesión grupal para la supervivencia cotidiana donde se abrigan los individuos que comparten los mismos anhelos cosmogónicos frente al tsunami de la crisis multidimensional: financiera, económica, energética, alimentaria y civilizatoria.

La eurozona vive su balcanización financiera entre el norte pudiente, lidereado por Alemania, y el sur subsidiado a quien epitomizó despectivamente Ambrose Evans-Pritchard, analista vinculado al todavía segundo centro financiero del mundo (la City), como los PIIGS (por sus siglas en inglés: Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, España) y en donde tres de ellos exhiben vorágines independentistas.

Las reciente elecciones en Quebec, la provincia francófona y francófila, han reavivado las tendencias centrífugas añejas de la nueva Francia para separarse de la parte anglófona y anglófila que va desde Ontario hasta Columbia Británica (pletórica en hidrocarburos).

La superpotencia hidráulica de Quebec, la provincia más extensa de Canadá, con 20 por ciento de su PIB total (como Cataluña en España), ha sufragado dos referendos sobre su soberanía(1980/1995), ambos rechazados (el más reciente, por mínimo margen).

Desde la célebre proclama del general De Gaulle: “Vive le Quebec libre”, llama la atención que el cántico independentista no haya amainado durante casi dos generaciones y haya vuelto a resurgir con el reciente triunfo electoral (también muy apretado) del opositor Partido Quebequense, que ostenta una agenda independentista, sumado del partido de izquierda Solidaire.

El desfalleciente Partido Liberal, de corte librecambista, sufre un fuerte revés, cuyo descenso se agudizó con la magna protesta juvenil que aún no ceja, por su carácter meta-electoral.

La Cámara de los Comunes de Canadá, con el fin de apaciguar las veleidades secesionistas, votó una moción simbólica que reconoce el estatuto particular de Quebec como nación (sic) dentro de una Canadá unida, lo cual se presta a todo tipo de interpretación.

La mayoría de los quebequense se consideran latinos, lo cual denota la nueva fuerza latina en el corazón anglosajón desde Canadá, dominado por ingleses, hasta Estados Unidos, donde los WASP (blancos protestantes anglosajones) están siendo desplazados por la fuerza biológica latina, que tendrá profundas repercusiones culturales en el TLCAN y que demográficamente se puede transmutar en un bloque de mayoría latina.

El caso de Bélgica es ampliamente conocido y cada día que pasa se agudiza la separación al parecer inevitable, con o sin la OTAN, entre los flamencos del norte, proclives a Holanda, y los valones francófonos y francófilos del sur.

En Italia, desde 1991, el norte –pudiente y más industrializado que el sur (tildado despectivamente de terun en los circuitos de Milán)– expresa sus veleidades secesionistas de Padania –neologismo geopolítico cuyo significado proviene de la región del valle del Po (Padus en latín)– mediante el partido Liga del Norte, fundado por Umberto Bossi, cuyo centro operativo es Milán (la capital tecno-industrial italiana), que penaliza la inmigración clandestina y promueve la disminución de los subsidios (mediante el federalismo fiscal) a las regiones sureñas, que juzga parasitarias. En 1996, la Liga Lombarda, que evolucionó en la Liga del Norte, tuvo un intento abortado de independencia que otra vez empieza a recalentarse conforme avanza la crisis financiera de la eurozona.

The Guardian ha consagrado una serie especial sobre los anhelos independentistas de Escocia, con pletóricos recursos petroleros, que cuenta entre sus promotores a Sean Connery (ex James Bond).

El modelo escocés es crucial porque es imitativo para Cataluña. Polly Curtis aduce que el premier David Cameron ha dicho que un referéndum debe ser realizado en los próximos 18 meses.

Sin entrar en los dédalos vascos, la crisis española ha colisionado a Mariano Rajoy (aliado de José María Aznar López: ambos del impopular PP) con Artur Mas, quien, según el polémico El País (23/9/12), “pasará a la historia por haber sido el primer presidente de la Generalitat desde la recuperación de la democracia que ha lanzado el órdago de reivindicar para Cataluña ‘estructuras de Estado propio’”.

A juicio del rotativo británico con máscara española (¿para mejor penetrar en Iberoamérica?), la independencia de Cataluña comportaría evidentes problemas jurídicos. ¿Se quedan o salen de la UE?

El País conjetura que Artur Mas ha sorprendido a propios y extraños al dar el salto al vacío y hacer un jaque al Estado tras la gigantesca manifestación de la Diada: ha sido “aupado por el sector soberanista de Convergencia conocido como pinyol” con su apuesta para pasar del catalanismo al soberanismo durante “la multitudinaria manifestación en Barcelona bajo el lema ‘Somos una nación. Nosotros decidimos’”.

¿No que la desregulada globalización financierista había aniquilado al Estado-nación?

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