Oct 11 2007
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Sociedad

LAS GUERRAS CONTRA LAS MUJERES

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Hilary McCollum, Liz Kelly y Jill Radford deshacen algunos de los muchos nudos que entrelazan la supremacía masculina, el militarismo y la violencia sexual cuando hay una guerra y cuando no la hay. El año pasado, nos alarmó —como le ocurrió a muchas mujeres— la manera en que se informaba sobre el uso de las violaciones y la violencia sexual como arma de guerra en la ex Yugoslavia. Como ya apuntó Susan Brownmiller en los años 70, aunque a lo largo de la historia, en cualquier conflicto armado, las mujeres han sido siempre para los hombres un objetivo de ataque sexual y violación, de esto no se ha informado adecuadamente al hablarse de las guerras.

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Uno de los aspectos más preocupantes de la noticia de que la violencia sexual se estaba concibiendo, organizando y utilizando en la estrategia de la guerra es que apenas hubo declaraciones feministas; más bien al contrario, muchas de las declaraciones que se hicieron parecían abordar el hecho como desde fuera, estableciendo claras diferencias explícitas e implícitas entre éste y otros tipos de violencia contra las mujeres.

Aquí sugerimos que se puede desarrollar una perspectiva feminista si, en lugar de tratar por separado la violación en la guerra y los embarazos forzosos, se analiza el tema de la violencia de los hombres hacia las mujeres en cualquier contexto.

En primer lugar, enumeramos las ideas que no se han tenido en cuenta en la mayoría de las discusiones entabladas hasta el momento:

– La violencia contra las mujeres no se da únicamente en los contextos de guerra.

– Existen diferentes grados de justificación de esta violencia en esos otros contextos.

– Los hombres ejercen la violencia individualmente y/o en grupos organizados por ellos mismos o por otros hombres.

– La violencia sexual se da en los ámbitos público y privado.

– Algunos hombres usan la violencia con las mujeres para fortalecer sus relaciones y, en ocasiones, como ritual de iniciación para entrar en grupos masculinos.

– Se abusa sexualmente de mujeres, niñas y niños en una serie de contextos donde se dan relaciones jerárquicas y se usan uniformes.

– Se consiente la presunción de que los hombres necesitan “desahogos” sexuales, por lo que, si no se está en guerra, se acepta la prostitución y la pornografía.

– Los hombres atribuyen una carga sexual de preponderancia masculina a ciertos objetos (coches, armas, misiles) que vinculan a la cosificación sexual de las mujeres.

– Se culpabiliza a las mujeres, y a las niñas y niños, de los crímenes cometidos en su contra.

– Los hombres que son violentos fuera de la casa, lo son también con su mujer e hijos; y los hombres que son violentos en casa usan la violencia fuera de ella.

– Se divide a las mujeres en dos grupos bien diferenciados del tipo esposa / puta, aliada / enemiga, y se considera que el primero, teóricamente, tiene que ser protegido (rara vez ocurre en la práctica), y que el segundo es merecedor de abusos.

A continuación consideraremos estas ideas con mayor detenimiento y terminaremos el artículo explorando el significado de los conceptos de guerra y paz para las mujeres.

Trazando las conexiones

Todas las formas de violencia que existen hacia las mujeres y que se dan en contextos convencionalmente definidos como de guerra (acoso y ataque sexual por un individuo o por un grupo, violación, tortura, embarazos forzosos, prostitución forzosa y femicidio© también se dan en periodos de “no guerra”. La violencia de los hombres puede ser ritual en el entorno cotidiano y doméstico, y conlleva entonces una serie de actos, de palabras y de símbolos fijos.

Por ejemplo, en lo que ha acabado llamándose “abuso sexual ritual”, uno de los casos más claros, muchas de las formas de tortura y control mental empleadas con las mujeres imitan las que se dan en contextos militares. Cuando las emociones fuertes de los hombres y su comportamiento de hecho se combinan con el tema de los roles o se asocian con elementos simbólicos (a menudo militaristas), quienes perpetran la violencia se sienten libres de toda responsabilidad individual.

La información sobre los embarazos forzosos en la ex Yugoslavia, rara vez se relacionó con lo que ocurrió durante la esclavitud, cuando se violaba continuamente a las mujeres negras y se las obligaba a concebir hijos de los hombres blancos propietarios de esclavos. Este permiso que se otorgaban los propios hombres blancos no terminó con la abolición de la esclavitud. La concepción como resultado de una violación, o el embarazo forzoso, tampoco está restringida a estas particulares circunstancias históricas.

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En Estados Unidos, los últimos estudios reflejan los altísimos porcentajes de embarazos entre las adolescentes violadas (algunos mencionan incluso un 40%); la concepción obligada es una de las consecuencias posibles de la violación, y no ha recibido la atención que merece.

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Nota de la traductora: La entrada de femicide de A Feminist Dictionary [Un diccionario feminista] (Pandora Press; Londres, 1985) es la siguiente: The murder of a woman by her husband. “The subordinate position of women in Bangladesh and their status as `property of men’ have been leading to a number of `femicide’ cases almost parallel to the bride-burning phenomenon in India. (…) Most of the murders, accomplished with the aid or collusion of in-laws, [are] due to dowry [disputes].” (Shahana Rahman 1984,7).

Traduzco: El asesinato de una mujer por su marido.
“La subordinación de las mujeres en Bangladesh y su estatus de `propiedad de los hombres’ llevan tiempo desembocando en una serie de casos de femicidio que podrían casi compararse al nivel que alcanzó el fenómeno de la quema de novias en India. (…) La mayor parte de los asesinatos, que se consuman con la ayuda o connivencia de los parientes políticos, se deben a discusiones sobre las dotes”).

Lo que sí fomentan las situaciones de conflicto es la actuación de los hombres en grupo, donde todos participan o donde unos miran y jalean, y otros actúan. Sin embargo, este uso de las mujeres para alentar o consolidar los vínculos entre los hombres no se restringe a las situaciones de conflicto. En otras situaciones, la violencia sexual ocurre de forma planeada y organizada y en contextos relativamente públicos. Todas las formas de violación en grupo conllevan la cooperación y la participación (aunque sea como observador) de varios hombres.

Las investigaciones de Peggy Reeves Sanday revelaron el papel fundamental que tenía la violación en grupo para ciertas asociaciones universitarias masculinas de Estados Unidos, y también que proxenetas y clientes llegan a organizar violaciones colectivas de mujeres prostituidas.

Recientemente en Suecia se han empezado a contar historias de fiestas de gente joven que acaban con una violación en masa. Un caso sobre el que se informó ampliamente en Estados Unidos el año pasado ilustra los vínculos existentes entre el ejército, la violencia sexual organizada y las llamadas épocas de paz. Se lo conoció como el Tailhook [follaculos], y consistió en acoso y ataque sexual, de manera organizada y en público, a las mujeres que asistían a una función social de la marina. Se las obligó a pasar por un pasillo de hombres que se tomaban la libertad de tocarlas y decirles todo lo que se les pasaba por la cabeza.

La convención popular dice que el sexo es un asunto privado, pero para los hombres muchas veces es una experiencia pública y compartida que adopta distintas formas. Parte de la industria del sexo se basa en este deseo que tienen de actuación conjunta –con extraños o con compañeros/amigos–. Éstos a menudo sellan su unión en actividades relacionadas con lo sexual, como por ejemplo, yendo a un espectáculo de strip-tease.

La violación en grupo es a menudo utilizada como forma de iniciación y vinculación entre los hombres. En algunos grupos, se espera de los nuevos miembros que dejen al resto del grupo “probar” a sus novias; después, ella puede pasar a “pertenecer” al macho individual. Los conflictos que se dan entre estos grupos suelen denominarse “enfrentamientos de bandas” y se tiende a pensar que luchan por un territorio. Sin embargo, rara vez se trata sólo de controlar un espacio público o alguna actividad ilegal: se pretende conseguir también el acceso a y el control de las mujeres de ese territorio.

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Estas situaciones sirven para consolidar la primacía de las relaciones entre los hombres y la subordinación de las mujeres. Los hombres se afirman como tales excluyendo, humillando, cosificando y degradando a las mujeres. Habría que examinar con más profundidad si las organizaciones actuales de hombres con estructura jerárquica crean condiciones donde se fomenta y se pone en ejecución una heterosexualidad obligatoria. Hablamos de organizaciones como equipos de deportistas, clubes privados, bandas, sociedades secretas y organizaciones militares.

Valgan como ejemplo los ataques sexuales y las violaciones que llevan a cabo los oficiales de prisiones y de inmigración, o lo que la ley india reconoce como “violación bajo custodia”, de la que son víctimas las mujeres bajo custodia policial o militar. Las instituciones exclusiva o predominantemente masculinas que han establecido una jerarquía y que utilizan uniformes parecen ofrecer la oportunidad y la justificación para que se ejerza la violencia sexual.

La protitución forzosa

La presunción de que los hombres “necesitan” el sexo está también vinculada a la violencia. Como defensa de la prostitución y de la pornografía, es una justificación de la violencia sexual en cualquier contexto. Esa “necesidad” de sexo y de tener acceso también a la pornografía y a las mujeres prostituidas, está explícitamente vinculada a lo militar, y no, como se cree, al “mercado libre” y a la “libertad personal”. La complicidad del ejército con la industrial sexual organizada sugiere un vínculo, a un nivel profundo, entre la militarización, la violación de mujeres y la heterosexualidad.

Para relacionar al ejército con la prostitución no es necesario que se esté librando una guerra, como lo demuestra la historia de los últimos treinta años en el sudeste de Asia. El ejemplo más reciente, publicado en International Children’s Rights Monitor [Control internacional de los derechos de las y los niños], describe cómo el despliegue de las tropas de “mantenimiento de la paz” de las Naciones Unidas en Camboya supuso un “sobrecogedor incremento de la prostitución, incluyendo la infantil”. Una funcionaria de la salud estimó que el aumento de mujeres y niñas implicadas en la prostitución en Phnom Penh ha sido de 6.000 en 1991 a 20.000 en 1992. Como ocurrió en Bosnia, algunas de las mujeres y de las niñas involucradas son víctimas de la pobreza, y otras han sido violadas por hombres de su propia comunidad, por lo que ya son “incasables”.

Eva Arnvig comenta que: La tragedia de que Camboya haya pasado a ser parte del mercado de sexo es que ocurre justo cuando el país, tras más de dos décadas de violencia, destrucción y represión, se encamina supuestamente a la creación de una “nueva” sociedad. Alguien podría argüir: Al menos no hay guerra, hay paz.

Las mujeres camboyanas han exigido que se nombre a alguien de las Naciones Unidas para que represente los intereses de las mujeres y remedie esta situación. Asimismo, actualmente, han solicitado que se haga algún tipo de justicia las mujeres taiwanesas usadas como esclavas sexuales por los militares japoneses durante la segunda guerra mundial y las mujeres filipinas que sufrieron tres décadas de presencia estadounidense en sus bases militares.

La cultura de la pornografía

La pornografía es un elemento esencial en la cultura militar de Occidente, y lo ha sido a lo largo de muchas décadas. Durante la segunda guerra mundial se consideraba que coleccionar y exhibir pósters de chicas ayudaba a mantener alta la moral; así lo consideraba el ejército y así se representaba en las películas. Aunque ahora es más fácil acceder a la pornografía y aunque su expresión ha adoptado muy distintas formas, esta actitud no ha variado.

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Muchos hombres presionan a sus compañeras y esposas para que adopten posturas pornográficas en fotos y vídeos caseros que luego utilizan a modo de recordatorio o para consumo personal. Es probable que esta presión sea incluso mayor en las mujeres cuyos hombres están en el ejército o que han sido enviados en misiones al extranjero.

Irónicamente, dicha actividad podría dificultar el mantenimiento de la distinción entre esposas / novias y cómo ven los militares a las prostitutas y a las mujeres del llamado enemigo.

En los ejércitos de Occidente no sólo se acepta que cada hombre use la pornografía, sino que es literalmente obligado. Esto implica que, en países donde el servicio militar es obligatorio, casi todos los hombres habrán utilizado la pornografía al menos en una época de sus vidas.

Cuando no hay conflicto armado, la pornografía sirve para establecer una complicidad entre los hombres, que saben y se cuentan que la usan cuando están solos y que también llegan a consumirla en grupo. La cultura militar de Occidente está saturada de canciones pornográficas que se cantan en las juergas de los permisos y antes y después de las misiones. Marilyn French apunta cómo muchas de estas canciones, llamadas “de guerra”, equiparan explícitamente la mutilación de las mujeres con las proezas masculinas. El libro de canciones recreacionales del 77º Escuadrón Táctico de las Fuerzas Aéreas Estadounidenses (con base en las afueras de Oxford) contiene muchas canciones de violencia sexual de tipo sádico, sobre todo con mujeres muertas.

En la Balada de Lupe cantan: ¡Oh, Lupe, oh, Lupe, / bien muerta en su tumba. / Aunque le salgan / gusanos del vientre putrefacto, / la sonrisa de su cara nos pide a gritos / que le demos más y más! / Lupe, calentorra, chupapollas, / mi prostituta mejicana.

El equipamiento militar está a menudo “decorado” con imaginería pornográfica. Se emplea, además, un lenguaje sexualizado para describir las bombas, las pistolas, los aviones, los barcos. Esto se puede ilustrar con la letra de otra canción militar estadounidense: Aquí está mi rifle, / aquí está mi pistola. / Uno es para matar, /la otra para disfrutar. Aunque la cosificación sexual de las mujeres en las canciones adopta sus formas más extremas en el ejército, se da también en otros contextos, y más obviamente en deportes masculinos como el rugby y el fútbol americano.

Es irónico (y habría que reflexionar al respecto) que el estado británico mantenga que no existe conexión alguna entre la pornografía y la violencia de los hombres y que, al mismo tiempo, se asegure de que a los soldados enviados a luchar al extranjero no les falten revistas así, llenas de violencia. A los soldados británicos que participaron en la guerra de las Malvinas y a los escuadrones de las fuerzas armadas estadounidenses que partieron en misiones de bombardeo en la guerra del Golfo se les enseñó pornografía violenta, con mujeres violadas y torturadas.

Aunque sabemos que la conexión entre el ejército y la prostitución no se limita ni a las naciones occidentales ni a la historia reciente, no sabemos si el uso de la pornografía y/o de una simbología sexual relacionada con las armas trasciende las fronteras y las diferencias culturales. Por ejemplo, ¿son estos usos comunes en los países musulmanes o en el ejército israelí, donde casi la mitad del personal son mujeres?

La culpabilización de las mujeres

En el impacto, el significado y las consecuencias de la violencia sexual en las mujeres podemos encontrar más elementos para establecer diferencias y conexiones. Aunque siempre se responsabiliza a las mujeres y los niños de los crímenes que comenten los hombres contra ellos, las formas que esto adopta varían según el contexto y las culturas. En situaciones de “no conflicto” muchas veces se culpabiliza a las mujeres, y también a los menores, de la violencia masculina diciendo que provocaron a los hombres o que les pusieron nerviosos con su torpeza.

En situaciones llamadas de guerra, donde las mujeres son uno de los objetivos, no sólo por ser mujer sino también por pertenecer a una nación o cultura, las mujeres no suelen interiorizar una responsabilidad personal por ello, y otros tampoco la presumen. Sin embargo, ellas se culpabilizan por “haber estado allí”, y eso las lleva a revivir el hecho continuamente para averiguar cómo podrían haberlo evitado, proceso que ilustra lo muy profundamente que cala la idea de que las mujeres siempre tienen la culpa de las cosas.

Una vez establecidas estas diferencias, tenemos que decir que la culpabilización de las mujeres y el impacto que tiene la violencia sexual, y que conocemos bien (un profundo sentimiento de violación de lo más íntimo, vergüenza, angustia), se dan en todos los contextos. En la mayoría de las culturas, se espera que las mujeres lleven esta carga en privado y en silencio; y es esta tradición la que el feminismo se ha propuesto demoler.

En cualquier caso, las mujeres que hablan abiertamente sobre los abusos sexuales cometidos en la guerra se arriesgan a quedar completamente aisladas en su comunidad; en las culturas “basadas en el honor”, a que se las considere “incasables”. Informes recientes de la ex Yugoslavia reflejan que muchas de las mujeres que contaron que habían sido violadas han acabado en la prostitución. Y es que es común que la violencia sexual estigmatice a las mujeres, tanto en relación a cómo se ven ellas mismas como a de qué manera las ven y las tratan los demás.

El frente del hogar

Quienes vuelven de las zonas de conflicto, o de situaciones de contienda civil, no dejan a sus espaldas el frente de guerra. ¿Qué ocurre cuando estos hombres, que han sido entrenados para ser “puras y duras máquinas de matar”, vuelven a sus hogares, supuestamente pacíficos?

Lo que sabemos de las mujeres de Croacia coincide con las experiencias de las mujeres de Irlanda del Norte: en tiempos de enfrentamiento armado, incrementa sensiblemente el uso de las armas en la violencia doméstica. El campo de batalla y el hogar no parecen estar tan diferenciados.

Pero estos cambios de actitud no afectan sólo a quienes viven en las zonas de conflicto. Las mujeres serbias y croatas han acuñado la expresión “el síndrome post noticiario de las siete” para describir lo que le ocurre a los hombres después de ver el noticiario sobre la evolución de la guerra: que suelen empezar a ser violentos con sus compañeras.

En los tiempos de conflicto y en las llamadas épocas de paz, se obliga a las mujeres a dividirse, porque tienen que asumir las reglas de uno de los bandos: o son “nuestras mujeres” o son las “enemigas”; o son “decentes” o “unas putas”. El racismo y/o el nacionalismo exacerbado combinados con esta concepción de enemigas, hacen que los hombres se sientan más que justificados al emplear violencia contra ellas. El tema de lo a salvo que están las mujeres en cada bando, o de lo que peligra su seguridad, es complejo porque cambia siempre. Habría que analizar cuándo una mujer está a salvo, cómo de a salvo está, en qué lugar ocurre eso y en qué periodos.

Para ilustrarlo, las mujeres que viven fuera de las zonas de conflicto pueden estar más a salvo de la violencia en el ámbito de la intimidad –e incluso, posiblemente, frente a extraños– cuando un porcentaje alto de la población masculina ha sido llamada a filas en tiempos de conflicto; sin embargo, tenemos pocos datos de lo que ocurre cuando ellos vuelven a casa.

La violencia sexual en tiempos de guerra

Una vez analizado lo que caracteriza la violencia sexual sea en un contexto de guerra o de “no guerra”, quisiéramos centrarnos ahora en las particularidades de la violencia sexual en tiempos de conflicto armado. Las características que hemos podido apreciar serían las siguientes:

– Se pasa de una situación de protección relativa de las mujeres, las niñas y los niños a que se tolere, se perdone e incluso se ordene abiertamente el uso de la violencia contra ellos.

– En las áreas próximas a la zona de conflicto y en las propias zonas de conflicto, incrementa la frecuencia de los asaltos sexuales oportunistas [improvisados porque aprovechan las circunstancias] y también de los que se planifican.

– El consumo de la industria sexual, que se organizaba individualmente, pasa a ser estructurado institucionalmente.

– La violencia sexual se intensifica al darse en público (lo que significa, además, que los miembros de las comunidades se enteran); así, los ataques sexuales pueden terminar en asesinato, o empezar así.

– Los hombres tienden más a agruparse para llevar a cabo sus actuaciones.

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En tiempos de conflicto armado, el incremento de las violaciones individuales y en grupo, y el de los casos de femicidio, hace pensar en una especie de levantamiento de la veda de mujeres y niñas “enemigas” sobre todo, aunque no exclusivamente. Sospechamos que la peculiar combinación que se da en la guerra de que la violencia esté justificada, de que existan más oportunidades para ejercerla y de que los hombres se sientan más unidos o cómplices hace que cada uno sienta que tiene el derecho de ampliar sus actividades a la violación de mujeres y menores.

Aunque la violencia sexual no sea una de las órdenes explícitas de las tácticas militares, sí que está justificada como arma de guerra. Consecuentemente, nunca se han concebido –y mucho menos perseguido– como crímenes de guerra la violación y la prostitución forzosa. Somos conscientes de que codificar como crímenes estas distintas formas de violencia sexual no nos asegura que vayan a ser tratadas como tales. La ley patriarcal trivializa casi siempre la violencia sexual, no la persigue ni la castiga eficazmente y no ofrece protección a las víctimas. Sin embargo, es importante conseguir este reconocimiento legal para poder disponer de una base desde la que se puedan organizar campañas.

El impacto de la guerra en temas de violencia sexual trasciende las zonas de conflicto, por la vuelta de los hombres a casa y por las reacciones que suscita en zonas donde no se da el conflicto el seguimiento de las noticias de una guerra.

Sirva como ejemplo el siguiente caso: gente que trabajaba en refugios canadienses informó de que las mujeres contaban que durante la guerra del Golfo sus maridos se ponían su uniforme del ejército antes de darles una paliza, y que esto solía ocurrir después de ver los noticiarios. Los efectos desestabilizadores de las guerras a menudo conducen al desmoronamiento de las estructuras de ley y orden. Así, al desaparecer algunos de los muy limitados mecanismos de represión del comportamiento de los hombres, las mujeres y las menores quedan más desprotegidas aún.

A qué se le llama guerra

Una cuestión esencial en este análisis sería la de las características de las épocas de guerra y de paz. La guerra de Vietnam, por ejemplo, duró dos décadas; sin embargo, nunca se declaró formalmente que fuera una guerra. Tampoco se le ha llamado guerras a las violentas colonizaciones que a menudo llevaron al genocidio de pueblos indígenas, ni a la resistencia a éstas, fuera durante la propia colonización o después. La colonización deja un legado de violencia institucionalizada que, además, tiene género. Las formas y los niveles de la violencia de hombres particulares pueden variar según las culturas: por ejemplo, es treinta y tres veces más probable que muera asesinada una mujer aborigen que una mujer blanca australiana.

Los hombres que están en el poder son quienes definen lo que es, y lo que no es, una guerra. Incluso si seguimos su muy limitada definición, en el siglo XX se han producido 207 guerras y han muerto 78 millones de personas. La mayor parte de estas guerras han estallado a partir de 1945, un periodo considerado en Occidente como “de paz”.

La mayoría de las feministas que han analizado temas de política internacional nos instan a que no abordemos únicamente la guerra y el militarismo, sino también los procesos de militarización. Argumentan que la cultura militarista es la que legitimiza la violencia como modo de resolución de conflictos y como forma de establecimiento y mantenimiento de las jerarquías de poder, tanto en los estados como entre ellos; y, además, que esta cultura representa una versión muy particular de la masculinidad heterosexual. Si tenemos en cuenta estas consideraciones, podemos evitar caer en la simplificación que conlleva el binomio “tiempos de guerra” y “épocas de paz”. Es cierto que la influencia del ejército en la política y la economía se da tanto si hay guerra como si no; y también que el ejército influye en la conceptualización de las relaciones entre los géneros. Además, siguen siendo las mujeres quienes soportan muchos de los costes de las guerras nacionales / civiles: el 70 u 80% de los refugiados del mundo son mujeres y niños.

Al abordar el tema de lo que es, concretamente para las mujeres, la guerra y la paz, surgen una serie de preguntas: ¿qué es la guerra, desde una perspectiva feminista?; los periodos de conflicto armado, internacional o civil, ¿son una mera intensificación y una ampliación de los espacios y formas que adopta lo que las feministas solían llamar “la guerra sexual”?

Analizando el alcance y la naturaleza de la violencia masculina hacia las mujeres hemos vuelto a la idea de que siempre se da esta guerra sexual. Lo hemos intentado demostrar siguiéndole la pista a violencia sexual hasta las situaciones de desorden social y de lo que convencionalmente se define como una guerra.

El militarismo siempre se cobra mujeres

No es fácil definir lo que es la guerra: cuándo empieza o termina, quién gana y cómo se puede decir que una de las partes ha ganado. Estas cuestiones son aún más complejas si se plantean desde las mujeres. Algunos historiadores occidentales han explicado que es común que las mujeres “ganen” derechos en los periodos de conflicto nacional e internacional, ya sea temporal o permanentemente –como cuando se consiguió el derecho a voto en Gran Bretaña, después de la primera guerra mundial, o con la ampliación del acceso a puestos de trabajo remunerados–, y que la guerra viene seguida de asistencia y seguridad social para mujeres y niños. Esta versión de la historia nos plantea dos problemas.

En primer lugar, se centra en las mujeres de la nación o naciones vencedoras, haciéndose una referencia mínima a las consecuencias de la “guerra” y la “paz” para las mujeres de la nación o naciones perdedoras. En segundo lugar, nos preguntamos si esta idea de que las mujeres sacan alguna ganancia por estar en el bando vencedor no sería, de hecho, una ficción ideológica parecida a las que se usan durante las guerras para hacer que las mujeres las apoyen.

Cuando algún conflicto militar entre y dentro de las naciones toca a su fin, las mujeres tienen que renunciar a determinados derechos y/o se ven despojadas de antiguos derechos (al empleo, al aborto, a las guarderías). Se recluta a las mujeres para una “reconstrucción de la nación” donde sus necesidades están subordinadas a las de reparar los daños que han sufrido los hombres y “la sociedad”; esto se ve claramente en algo que rara vez es reconocido: nunca se habla de las violaciones en tiempos de conflicto y los hombres no sienten que deben hablar de lo que hicieron cuando lo que hicieron fue violar.

Cualquier “paz” conlleva una re-elaboración de las relaciones de poder, no sólo entre las naciones o las partes que las integran, sino también entre los hombres y las mujeres. Y uno de los elementos que se debe tener en cuenta es la restauración de sanciones y de un control sobre la violencia de los hombres.

Maggie Helwig, en un artículo publicado en Peace News sobre la conferencia internacional de Mujeres Más Allá de la Violencia , celebrada en 1992 en Bangkok, refleja bien nuestras preocupaciones en el título elegido: Nosotras sabemos qué es la guerra: Las mujeres nos encontramos en una posición única entre los grupos oprimidos en relación a la violencia y el poder: nuestros principales opresores se encuentran, casi siempre, en la propia familia o en las relaciones íntimas. El terror, para las mujeres, es algo callado, penetrante, constante; el terror se da en casa. Sabemos qué es la guerra porque la guerra es parte de la experiencia cotidiana de una mujer. Seas hija, hermana, esposa, sabemos qué es eso de “amar a vuestro enemigo” de una manera particularmente directa y dolorosa.

Maggie Helwig, al buscar las conexiones entre la violencia contra las mujeres en la “guerra” y en la “paz”, señala que sin algún tipo de seguridad personal es mucho más difícil que las mujeres participen en movimientos sociales que luchan por derechos económicos y políticos.

Existe una larga tradición feminista que cuestiona la idea de que los hogares donde se impone la tiranía de un hombre sean parte de las zonas de paz y también las definiciones predominantes de lo que es el antimilitarismo.

Cynthia Enloe propone definir la paz como “la consecución, por parte de las mujeres, del control de sus propias vidas” y declara que esta paz es frágil y experimental, por lo que es necesario averiguar cómo fortalecerla y mantenerla. Para ello, un elemento clave es la resistencia: resistirse a aceptar los binomios patriarcales de esposa / puta, aliada / enemiga / digna de alabanza / indigna. Una determinación así es la que facilita la construcción de redes feministas en todo el mundo y la que ha hecho que nos consideren “mujeres peligrosas”.

OTRAS LECTURAS RELACIONADAS

EVA ARNVIG, Child prostitution in Cambodia: Did the UN look away en International Children’s Rights Monitor (10/3/1993).

SUSAN BROWNMILLER, Against Our Will: Men, Women and Rape (Simon & Schuster, 1975).

CYNTHIA ENLOE, “Feminist thinking about war, militarism and peace” en Analysing Gender: A Handbook of Social Science Research (1987, Sage).

MARILYN FRENCH, The War Against Women (Hamish Hamilton, 1992).

MAGGIE HELWIG, “We know what war is” en Peace News (febrero 1993).

ROBIN MORGAN, The Demon Lover: On the Sexuality of Terrorism (Methuen, 1989).

SAUNDRA POLLOCK STURDEVAT y BRENDA STOLTZFUS, Let the Good Times Roll: Prostitution and the US Military in Asia (The New Press, 1992).

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