Mar 1 2005
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Sociedad

Las torres, el fuego

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

La memoria enga√Īa como el sendero por la noche. El paisaje cambia. La √ļnica presencia insoslayable es la del invierno. Lo que permanece ya no existe. El castigo ajeno ser√° culpa. El remedio duerme en la enfermedad. La laguna azul desolada.

¬ęNo hay p√©rdida de fauna¬Ľ, dicen. Cuentan las hect√°reas quemadas.

Ten√≠a ocho a√Īos. A las nubes -muy blancas- las hilaba y deshilachaba el viento. El viento.

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El aire ol√≠a a libertad (a√Īos despu√©s me contar√≠an de los anarquistas de la Patagonia). Calamina llamaban -acaso las llamen todav√≠a- a las arrugas de los caminos de tierra, pocos, que permit√≠an aventurarse por √öltima Esperanza. ¬ęEs como el fin del mundo¬Ľ, dijo el visitante.

-No -dijo mi padre- es el principio.

Su Chrysler del 36 o del 39 -ocho cilindros en línea, azul- ronronea la ruta. Vamos a ver las Torres del Paine.

En Magallanes todo se aferra a la vida, como si la hubiera creado o sobreviviese luego de un cataclismo. Por eso las estrellas se ven tan cerca, tan luminosas. Insin√ļan que puede haber algo al otro lado del silencio, tal vez en el vino blanco.

Se trata apenas de recuperar la infancia. La memoria es un asunto de infancia: de frutillas silvestres, calafates morados, liebres, gatos monteses, cóndores -que se ven hacia el norte del cielo-, paisanos cansinos.

La memoria salva la frontera entre los que vivimos -aunque lejos-, los que se quedaron a la sombra de los cipreses en Punta Arenas y la que no sabemos dónde está.

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Las Torres. Las miraba en 1951 mientras Mac Cloud pacienzudo me ense√Īaba c√≥mo entenderme con la yegua Ligera m√°s all√° de Bories: un hombre, por m√°s que sea un ni√Īo, debe amansar su propio caballo. Y el viento.

Al caminar se hunde el suelo. Tembladeral que no preocupa a los √°rboles que envejecen desde hace siglos un poco m√°s all√°. Ni a las pocas ara√Īas hastiadas de humedad. En algunos troncos podridos medran orugas blancas. No muy lejos un zorro anda de caza. El ni√Īo comienza la escritura de su primera ficci√≥n.

fotoLas bandurrias aprestan el viaje: graznan en pleno vuelo. Paponia era el bar frente a la plaza de Natales. Paponia. Las camionetas prefer√≠an el color verde. O el rojo. A partir de mayo se buscan las cadenas: nunca se sabe cu√°ndo llegar√° la nieve. Los vecinos pican le√Īa.

17 a√Īos despu√©s de haber visto las Torres hice el amor con una mujer bajo el cielo patag√≥nico, urgencia total m√°s all√° del fr√≠o y las buenas costumbres. Luego el exilio. Y el regreso a tropezones -pero no a Magallanes, no todav√≠a- para constatar que el olvido no existe. El incendio agit√≥ la memoria. Debo haber tocado alguno de los √°rboles que se quemaron.

Pero es in√ļtil. Quien debe escribir sobre el desastre del Paine es Hugo Vera Miranda.

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