Nov 25 2005
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Opinión

LENIN, LA MOMIA, ¿A QUIÉN MOLESTA?

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Hace pocos días una noticia cada vez más pequeña y sin relevancia, circunscrita a la sección de lo anecdótico y lo curioso, llamó la atención de unos pocos: en Moscú renacía la polémica de qué hacer con el cuerpo embalsamado de Lenin.

La discusión, que no ocupa en realidad ni el quinto lugar de la preocupación de los rusos sumidos en la incertidumbre de su futuro, alguna vez se planteó como un tema importante en momentos en que “el genial Gorbi” desmantelaba el socialismo con la precisión de un demoledor quirúrgico, colmando los sueños más impensados del imperialismo estadounidense de aquellos años. Con posterioridad cada cierto tiempo se ponía otra vez en el tapete esta cuestión, sobre todo en tiempos de Boris Yeltzin, el agente de Washington con cara de monja alemana que se encargó de completar la obra de “Terminator” Gorbachov.

Más tarde, y hasta nuestros días, cuando el fantasma del comunismo dejó de recorrer el mundo, el tema se fue muriendo cuando el mausoleo de Lenin se convirtió en un hito más del recorrido turístico de quienes querían visitar los últimos vestigios de la gran Unión Soviética. Incluso algunos, como el presidente de la República de Kalmukia, han llegado a ofrecer millones de dólares por llevarse a su capital la momia de Lenin, para reforzar la llegada de turistas cargados de verdes billetes que aumenten la faltriquera del municipio.

Putin parece no asustarse del fantasma que duerme a pocos pasos del Kremlin y el tema no llega a conmover su propio sueño. En cambio para los comunistas rusos, y para otros relictos en el mundo, el cuerpo embalsamado es, sin ninguna duda, un símbolo que se defiende, ya no con las armas de los soviets de obreros, campesinos y soldados, sino al mejor estilo de las “democracias” occidentales: recolectando firmas en la Plaza Roja para evitar el sacrílego hecho que estos días ha vuelto a plantearse.

Momias muertas y momias vivas

Si actuáramos de la manera objetiva que el propio marxismo exige para analizar la realidad, estaríamos de acuerdo con Putin en que el tema de la momia de Lenin efectivamente no tiene importancia. Más aún si entre los múltiples errores de la superestructura socialista de los tiempos soviéticos, el culto a las momias muertas –y, lo que es peor, a las que estaban vivas– fue uno de los hitos claves en la tergiversación que se hizo de la ideología marxista.

El culto a la personalidad, llevado a un extremo aberrante, pobló el sistema socialista de naciones de socialdictadores con carácter de semidioses infalibles que aspiraban a ser momificados como Lenin para adoración eterna de sus pueblos. Pero la vida los barrió a todos. Los Stalin, los Kruchev, los Brezniev, los Honneker, los Ceauscescu, sólo por nombrar algunos de la larga lista, se derrumbaron al desmoronarse sus pedestales podridos que alguna vez intentaron apuntalar con los andamios del socialismo.

Ello no debiera extrañar si se tiene presente que la historia, como lo dijera el propio Marx, es dialécticamente implacable también en este sentido. Lo malo es que la caída de estos santos patronos del seudomarxismo, arrastró al basural de la historia también a la ideología y hasta hoy la perplejidad que todavía mantiene consternados a los revolucionarios del mundo, no ha permitido un esfuerzo real por rescatarla sacudiendo de sus hombros la cantidad de mierda con la que la salpicaron los iluminados de entonces y que no alcanzaron a ser momificados para la posteridad de un mundo socialista.

El marxismo en cuanto a concepción filosófica, y el propio leninismo en cuanto a guía práctica de la acción, gozan objetivamente de buena salud, pues como alguien dijo por ahí, las ideas no se matan. Tampoco se embalsaman, podemos agregar nosotros.

No se trata, sin embargo, de una entelequia enmarcada en el fanatismo dogmático que resultara tan funesto para la propia ideología. Es más: resulta ridículo, y hasta sospechoso, que el único argumento y las únicas referencias que hoy se hacen a la grave crisis desatada en el seno del “socialismo científico”, sea repetir con letanía litúrgica: “¡el marxismo no ha muerto!” Se elude de esta manera, y desde la década de los noventas, el inevitable momento en que haya que desmitificar al marxismo comenzando con la más severa y profunda autocrítica, exenta de las antiguas momias que, muertas o vivas, todavía deambulan en la trastienda de los nostálgicos del socialismo real.

En estricto rigor, el marxismo no ha muerto en cuanto a método científico de análisis de la realidad social en su más amplio sentido, y tampoco como concepción sociopolítica y económica para regir las relaciones de la sociedad humana, no obstante que la experiencia nefasta habida en los países donde se intentó llevarlo a la práctica pareciera desmentirlo.

fotoLa defensa del socialismo científico se basa en un hecho innegable que ha regido siempre los grandes cambios impulsados por las ideologías que han estado en la base del desarrollo evolutivo de la humanidad, esto es: en las enormes dificultades que todas ellas han encontrado en su avance histórico hasta imponerse como un estrato superior.

No es el muerto, es la ideología

Por fortuna el éxito final de las nuevas ideologías –que por lo demás siempre afincan sus raíces en la que se extingue– no depende de los tropiezos que puedan encontrar en sus inicios. Éstos pueden retrasar su avance, entorpecerlo, dilatar el periodo de transición haciéndolo más caótico, pero no pueden impedir el triunfo de las nuevas ideas.

A manera de ejemplo, el pensamiento liberal, con sus formas capitalistas de producción, tuvo un trabajo de parto doloroso y largo, plagado de falsas partidas, de ramas colaterales, truncas y entrampadas. Al final terminó por imponerse por ser una filosofía nueva, avanzada y revolucionaria en el contexto histórico de la época en que ella se surge.

Sin embargo, pareciera ser que se perfila también como una ley social, el que las grandes corrientes de nuevas ideas y sus consecuentes expresiones sociopolíticas y económicas, encuentren cada vez mayores dificultades en afianzarse a medida que la sociedad humana se hace más y más compleja. En otras palabras, el parto histórico se ha ido volviendo más doloroso mientras mayor es el avance de la humanidad hacia formas superiores de relación.

Esta dinámica que adquiere la evolución de la sociedad como un todo, paradojalmente parece ir más rápido que la capacidad de adaptación a los cambios que tiene el sujeto como ente singular. El marxismo pretendió en la práctica establecer una sociedad en la que la base de su éxito radicaba en la nueva actitud solidaria y generosa del ciudadano socialista que, al estilo del gran ingenuo de Getsemaní, construiría un mundo libre de los egoísmos ancestrales del hombre, aquellos personalismos que se fueron estructurando genéticamente por miles de años en los que la supervivencia se jugó siempre a costa de los demás. La práctica demostró dramáticamente que los hombres no eran capaces de desarrollarse al ritmo que quería imponerle la varita mágica del socialismo científico.

¿Significa esto que, a la luz de la realidad el marxismo es impracticable o, al menos, demasiado prematuro? Evidentemente que no. Lo que es impracticable es la forma dogmática con que se interpreta al marxismo tomándolo desde su extremo más distal como si se tratara de su génesis, aplicándolo a como dé lugar, forzando al hombre a adaptarse a la ideología, tergiversando los basamentos mismos del pensamiento marxista que pone a la filosofía al servicio de un hombre que cabe en ella con todos sus grandes defectos y todas sus grandes virtudes.

Los “conductores” desde Stalin a Brezniev, pasando por toda la trouppe de repetidores en los otros países, creyeron que cambiando por decreto las relaciones de producción socializando todos los estamentos materiales de la economía, también por generación espontánea iban a cambiar los valores ético morales y conductuales del hombre.

La mejor prueba de tamaña aberración fueron ellos mismos. Estos dirigentes inmaculados que le pedían al pueblo trabajar más a cambio de medallas de plomo con su propia esfinge, ordenando lo que había que escribir, lo que había que decir y hasta lo que había que pensar, fueron los primeros en corromperse, en caer en la tentación de usufructuar del poder total en su propio provecho, sustentados en amanuenses que aquí y allá, se hicieron cómplices de la momificación de un socialismo científico que nunca llegó a ser tal.

Abogando por desalojar el cuerpo embalsamado de Lenin de su sitial en la Plaza Roja, la gobernadora de San Petersburgo Valentina Matvienko dijo que Rusia no es Egipto y que la conservación de momias no está en la tradición de la religión ortodoxa. Esperamos que en la religión en la cual fue transformado el marxismo por algunos que aún se adjudican sus banderas, tampoco esté la conservación de momias dogmáticas y que el día en que se establezca por fin la mesa de la verdadera discusión para el nuevo marxismo, ellas yazcan a varios metros bajo tierra despejando el persistente olor a formalina que todavía satura el aire que respira la izquierda en el mundo.

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Escritor y científico chileno.

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