Ago 24 2010
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Política

Los gitanos, un pueblo asesinado y vuelto a perseguir

Rivera Westerberg.

El pasado 25 de julio el Consejo de Ministros en Francia decidió en un plazo tres meses "desocupar" las comunidades gitanas asentadas en territorio francés y expulsar a sus habitantes: se los considera ilegales. La noticia no merece mayor difusión —es una anécdota, al fin y al cabo son eso: gitanos—. Que éstos reclamen por la muerte de uno de los suyos a manos de la policía no parece significativo. Pero no sólo en Francia (viven en toda Europa, América, África, Asía…) los gitanos son una "molestia", se los acusa de todos los crímenes imaginables, menos —por ahora— de terrorismo internacional. Cabe entonces interrogarse sobre estos seres tan peligrosos. Y también por su historia.

Suman a lo largo y ancho de Europa no más de 13 millones, aunque otros cálculos establecen su población en menos de seis millones de personas en los doce países principales de la Unión Europea y Turquía.[1]

El origen de esta nación es un enigma que origina diversas hipótesis; pero lo más probable es que provengan del norte de India, según parece determinarlo su grupo sanguíneo. Nómades, los gitanos, viajaron a través de los siglos estableciéndose en Asia Menor y penetraron Europa; otros grupos pasaron por Egipto y se establecieron en el norte de África; incidentalmente la palabra zíngaro, de la que se forma gitano, proviene de Bizancio: se los conoció como bizantinos, con los siglos apocopado en zíngaro.

Su larga marcha se supone la iniciaron unos mil años antes de nuestra era. En los tiempos modernos cruzan el Atlántico hacia América. No se constata que hayan intentado aventuras de dominación o conquista, provocado guerras o alterado las costumbres de los territorios por los que pasaron o en los que habitan; sin embargo su historial de persecuciones, expulsiones y muerte por otras culturas es largo; probablemente ningún pueblo, ni siquiera los judíos, cargan con un luto semejante.

La gran "culpa" de los gitanos es intentar preservar su identidad. Ninguna nación lo consigue totalmente: hábitos y valores culturales se entremezclan: el animal humano, se diría, pone tanto empeño en mestizarse como en asesinar al diferente. Y de asesinatos masivos saben mucho todas las Europas. También de integración compulsiva. No es el respeto por los derechos humanos la luz que ilumina su historia.

El pretexto siempre el mismo; en el caso de los gitanos, que son falsos, que no respetanm acuerdos, criminales, ladrones, robaniños. Más que los judíos —si fuera posible una comparación— son ellos los extranjeros eternos. Y una de las causas es que —al revés de los judíos— son de verdad reacios al mestizaje. No hay gitanos en todo semejantes a los naturales de las áreas donde se establecen.

Pueden, sí, y de hecho de ese modo ocurre, adoptar la religión del país en el que viven; los hay cristianos, mahometanos, etc…, pero debajo de ese barniz de fe (en la mayoría de los casos sincera) subsiste un trasfondo profundo y ajeno: no hay gitanos verdaderamente conversos, en parte porque ¿convertirse desde dónde a qué?

La actual persecución de que son objeto en Francia no es nueva; en el siglo XVII se los condenó a todos a las galeras en la armada de entonces. En otros reinos se separó a los niños de sus familias —a menudo se mató simplemente a sus padres— para procurar romper el cerco maldito de ser gitanos; el eufemismo era que debían asimilarse a la tierra que los acogía.

El último esfuerzo genocida en su contra es honor que le cabe al III Reich, que comenzó, como siempre, con la expulsión de esos extranjeros y terminó con ellos en las salas de gas, en la horca, en el patio de los fusilados y sus huesos en los hornos crematorios. En Alemania y otros países aliados u ocupados por la Wehrmacht probablemente no sobrevivió la mitad de ellos…

Su holocausto, empero, permanece en el silencio más absoluto, no hubo para ellos indemnizaciones masivas y ni siquiera fue de interés en el Juico de Nüremberg. Tampoco se habla de los niños zíngaros convertidos en objeto de experimentación por Josef Mengele y su equipo.

Ningún país europeo, de Italia por el sur hasta los escandinavos por el norte, está libre de pecado; la Italia fascista los entregó a la SS, los antiguos vikingos idearon un plan de esterilización (que subsistió, aunque ya con pocas aplicaciones, hasta la década de 1971/80. Existe documentación de que la neutral, encantadora y democrática Suiza planificó las "reeducación" de los hijos de esas familias viajeras y "degeneradas"; la gloriosa guerra helvética por algo que podría calificarse como pureza racial se habría extendido desde década de los treintas hasta 1972…

Un país —entusiasta eliminador durante la pasión del fascismo— consideró políticas de integración no opresiva: Rumania, al inicio del siglo XXI. Otro: Turquía recientemente. Pero está por verse sin son meras declaraciones o propósitos de alta política estatal.

El gobierno de Francia parte de la base que los gitanos son responsables, entre otros delitos, del tráfico de menores, establecer redes de prostitución y mendicidad y contrabando (como si fueran kosovares). Muchos de ellos tienen —según las leyes vigentes— nacionalidad rumana, lo que genera un conflicto entre Francia y Rumania del cual no debe ser ajena la UE, por cuanto Rumania es parte de la Unión, es decir: tienen derecho a vivir en cualquier país que la integre.

Pero no. Sin tener propiedades, riqueza, prensa adicta, los gitanos, pacíficos e interesados en sus propios asuntos, no tienen quién levante la voz para establecer su verdad. Como los mapuche, por ejemplo, en Argentina y Chile.

[1] Ver Los gitanos, un pueblo errante maldito de los hombres, en Por la Libre.
 

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