May 6 2008
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Cultura

LOS LOCOS SOMOS OTRO COSMOS, CON OTROS OTOÑOS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Fuma como sentenciado a muerte, recupera el ritmo de la charla, a fuerza de sorbos de café; rodeado del pintoresco barrio de Coyoacán, lo interrumpen sus anónimos vecinos, que reconocen y felicitan al escritor; hablamos por horas de José Luis Cuevas, José Revueltas y Neruda; a Óscar de la Borbolla el movimiento estudiantil de 1968 lo pilló en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, solía hacer guardia nocturna –durante la huelga universitaria– con el escritor José Revueltas, entre teoría marxista leían “Los versos del capitán Ñeruda” (el lugar de la Ñ corresponde al compañerismo); con la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, entró en una paranoica espiral y como diría Jaime Sabines para aliviar a los que se han intoxicado de filosofía la luna y sus constelaciones en nuestro párpado izquierdo.

La editorial mexicana Nueva Imagen (sello que llegó a contar en su catálogo con Julio Cortázar y Mario Benedetti, en las décadas de 1970, hasta fines de los 90) actualmente publica la Biblioteca Óscar de la Borbolla para un total de 11, de sus 22 libros; es autor, sólo por mencionar algunos, de: La rebeldía de pensar (2006); La risa en el abismo (2004); Instrucciones para destruir la realidad (2003); Manual de creación literaria (2002); El ajonjolí de todas las soluciones (2000); Asalto al infierno (1999); La ciencia imaginaria (1996); Filosofía para inconformes (1996); Todo está permitido (1994); La muerte y otros ensayos (1993) y del clásico –que ya superó los 100,000 ejemplares vendidos– Las vocales malditas (1988), para muestra un retoño monovocálico con la E, de El hereje rebelde:
“dejen de temerle, el Jefe es endeble, depende de creer, de tenerle Fe. ¡El presente es del Rebelde! Él es terrestre, es el envés del Jefe. De Él es ese “dejen de depender”, ese “mézclense”, ese, “bésense”, ese, “deséense”. El entender debe extenderse”.

O con Los locos somos otro cosmos: “Doctor, los locos sólo somos otro cosmos, con otros otoños, con otro sol. No somos lo morboso; sólo somos lo otro, lo no ortodoxo. Otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó los ojos”.

–¿A qué edad disipó sus dudas por ser escritor? ¿Cuándo se percató de la conspiración de las vocales y la imaginación?

–Vengo de una familia desintegrada. Cuando yo tenía 5 años, a mi madre le dio una embolia, entonces me pasaba, desde los 6 años, leyéndole poemas –era su lazarillo–; por desatención abandoné la escuela en el segundo año de primaria y cuando finalmente repararon en mí, ya estaba grandote para inscribirme en primer grado –además no tenía certificado escolar– y en la primaria Coyoacán decidieron pasarme hasta sexto grado, como ya daba la edad y no había espacio en cursos inferiores ahí me quedé.

“En la secundaria me anoté en un plantel vespertino de Polanco –con puros malandrines–, ya en la adolescencia tenía un gusto por la lectura y escritura y me ganaba en el receso una torta a cambio de un acróstico, me volví el poeta del recreo. Para cuando entré en la Preparatoria 5 hacía poemas más o menos en forma y tuve de maestra a Helena Beristáin, experta en filología de la UNAM y autora del Diccionario de retórica y poética (Editorial Porrúa; 1998), ella me daba consejos.

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“Postulé a la carrera de Filosofía en la UNAM y mi gusto por la literatura se desvió, llegué a ser ayudante del filósofo Eduardo Nicole; una vez graduado entré como profesor de ontología en la UNAM (Campus Acatlán), sí escribía, pero sólo los borradores de mis clases y ensayos filosóficos para congresos. Conseguí una beca para estudiar el doctorado en la Universidad Complutense de Madrid –nunca asistí a clases, era pésima la enseñanza–; en el invierno de 1984 me quedé sin cobrar mi beca en España, se me ocurrió que la única forma de sobrevivir era haciendo poemas en las banquetas de La Puerta del Sol, junto a los ambulantes que pintan; yo escribía mis poemas, todos se paraban a ver los trabajos pictóricos de mis vecinos, pero de paso leían mis poemas sin pena ni gloria, hasta que un día escribí un poema rentable, de tipo monovocálico”.

–¿El antecedente de Las vocales malditas?

–Sí, era un soneto, octosilábico. Incluso, en el libro que te digo: Diccionario de retórica y poética (1998), la doctora Beristáin describe el concepto hipograma y me cita; da el nombre de muchos autores que se han dedicado a sustraer una letra, después me enteré que Rubén Darío escribió un cuento sólo con la vocal A.

–David Huerta hace hincapié en lo multivocal del seudónimo Rubén Darío y en los nombres de Artemio Cruz y Raúl Godínez, el común denominador es que cada uno tiene todas las vocales ¿cómo prescindir de ellas?

–Me pareció que el soneto debería padecer de anemia y resultó muy eficaz, cuando le notaban la gracia, me pasaban un duro o una peseta; de ese poema viví un buen rato. Llegaba, lo escribía con tiza en la banqueta madrileña cada mañana y me retiraba a leer.

–¿Cómo concibió Las vocales malditas? ¿hizo la lista y después cada cuento?

–Es un desmadre, son cuentos hechos a la antigüita; mira, cuando regresé de España, ya había pasado dos años de vago, conocí toda Europa, sólo iba a cobrar la beca cada mes a la Complutense, como había estudiado 7 años filosofía muy a fondo, los profesores de la Complutense eran todavía del bando franquista, neotomistas; cuando yo llegué a España con el estreno de corrientes filosóficas que ya se leían en México –a Foucault, de hecho Heidegger ya había pasado de moda en la década de 1980 en la UNAM–, mis profesores madrileños me tenían un miedo espantoso, cuando vieron la oportunidad de deshacerse de mí, les pedí un primer permiso para hacer un viaje a Marruecos, dijeron todos los profes: “usted es un estudiante muy aventajado sudamericano, está exento, no vuelva” (risas) tenían la idea de que todos somos ?sudamericanos?, no volví nunca a la escuela.

“Al regresar a México, con esa cantidad de paisajes, volver a un cubículo de la UNAM, fue vivir en la claustrofobia, entonces comencé a escribir Las vocales malditas, obvio por el cuento de la A de la manera más rudimentaria, con lo que se fue ocurriendo con puras palabras con A salió un cuento amoroso, y tenía el prejuicio de darle unidad al libro, y meterle tema amoroso al cuento de la E la palabra obligada era: “querer” sólo que lleva la U aunque fuera muda, yo quería un cuento puro, hice muchas paráfrasis con E, párrafos que no prosperaban; la dificultad me obligó a ser más metódico; conseguí un diccionario, lo leí completito, hice conjugaciones verbales, hacía listados de sustantivos, verbos y todos los días leía mi glosario, como si aprendiera japonés y me esforzaba en hablar con una vocal.

“Después de meses de pelear con el universo de la E un día hice un hallazgo formidable, que había un binomio de palabras: Jefe y Rebelde, pararrayo semántico de la E vi que sí se podía contar una historia de rebeldía y fue cuando recordé el momento más extraordinario de la rebeldía humana, el desacato del Diablo, el segundo momento es la expulsión de Adán y Eva. La otra cosa fue La Torre de Babel, que es todo un símbolo de rebeldía”.

–Para usted, el sótano (tanto el mítico de Babel como el azteca del Templo Mayor) tiene una lúgubre connotación ¿cómo logra la convalecencia literaria que lo hace escribir tal desahuciado desde Los sótanos de Babel?

–Soy un resiliente, como la infancia fue muy aciaga, la enfermedad de mi mamá no solamente la postró; tenía estenosis mitral, es una falta de ajuste con una válvula del corazón que provoca grandes desgracias, por lo menos se debió morir clínicamente unas 6 o 7 veces, yo era un chamaco de 10 años, salía a buscar una ambulancia, estaba en contacto estrecho con la muerte. Por alguna casualidad en mi casa –que habían pocos libros– encontré el Álbum del corazón de un poeta maldito mexicano Antonio Plaza –de la época de Amado Nervo, Díaz Mirón, Manuel Acuña, pero ellos son románticos–. El tipo era terrible, una base de mi visión negra del mundo, anárquica, escéptica y atea, se la debo a Antonio Plaza. Como mi mamá no me podía arrebatar el libro con los poemas malditos, terminó por darle risa. Después descubrí a los poetas malditos franceses; también fui lector de los anarquistas, en particular de Kropotkin (La conquista del pan) de Bakunin (Dios y el Estado); si te fijas el cuento de la letra E, de Las vocales malditas, es la misma idea de Bakunin que presenta al Diablo como el primer libre pensador, mi cuento dice: “dejen de temerle, el Jefe es endeble, depende de creer, de tenerle Fe ¡El presente es del Rebelde! Él es terrestre, es el envés del Jefe. De Él es ese dejen de depender, ese mézclense? ese, bésense, ese, deséense. El entender debe extenderse”.

–¿Por qué Los sótanos y no las imaginarias terrazas o los jardines colgantes de Babel?

–Ah, se debe a un maldito aforismo de Kafka, que dice: “como no nos fue permitido construir La Torre de Babel, cavamos su pozo”.

–Volviendo al sótano náhuatl del Templo Mayor ¿La ucronía lo alejó del periodismo formal?

–La primera Ucronía que publiqué fue en el periódico Uno más uno (1982), cuando estaba como subdirector Miguel Ángel Granados Chapa, trataba de un manejo extraño con el tiempo, en lugar de sacar un artículo, publicaba las reacciones de los lectores del supuesto reportaje, en lugar de la causa, los efectos del artículo. Escribí una segunda colaboración, se la llevé a Granados Chapa y me la regresó diciendo que yo era un iconoclasta, como ya tenía la idea de hacer parodias, se me ocurrió inventar un poeta llamado Pablo Ñeruda, que había escrito un libro titulado “20 poemas de alcohol y una canción desafinada” y en el poema Vientre decía: “La misma colcha que hace crujir los mismo catres, nosotros los de antorchas ya no somos ni cuates”. No le gustó para nada a Granados Chapa (risas).

“La idea de la Ucronía ya la tenía y se la ofrecí –en 1985– al escritor René Avilés Fabila (director del suplemento El Búho), y el primer artículo que publiqué en Excélsior, era una convocatoria para suicidios novedosos, las bases de un concurso –igual que en literatura– sólo que acá el jurado estaba compuesto por médicos forenses de reconocido prestigio. La idea suscitó todo tipo de reacciones, a partir de ahí comencé a publicar Ucronías de forma irregular, hasta que un día el Excélsior redujo la sección cultural y salimos muchos (1986). Después pasé a la sección editorial –aunque escribía ficción– en un vespertino (Últimas noticias) y regresé con las Ucronías a Excélsior de 1988 a 1996.

“Lo más serio que hice como periodista, fue en Radio 13, había una barra de noticias de 5 am a 11 am, yo tenía una cápsula, que consistía en una Carta abierta a un político, mis comentarios estaban enmascarados con el humor negro recalcitrante, cuando recuperé aquellas notas –más de 500, en dos años trabajando para Radio 13– seleccioné los que todavía tenían un significado y de las que compilé para mi libro La historia de hoy a la mexicana (1996), sólo sirvieron 53, el resto era periodismo pasajero, como decía Borges “el que envejece al día siguiente” qué cosa tan vieja es lo del periodismo”.

–¿Hay quien pueda reconocer el camuflaje de sus cuentos? ¿alguno nos llevaría a trozos de una autobiografía? En resumen ¿existe un cuento que le haya sucedido de forma literal?

–La única parte autobiográfica de un cuento, viene en Asalto al infierno, un capítulo que se llama Viajes de transgresión, yo invito al lector a que me acompañe con la imaginación, a echarnos una canita al aire. En mi cuento lo llevo a un casino, y es verdad ahí gané tres veces consecutivas la ruleta; después de que estuve con mi poema en La Plaza del Sol, abrieron las oficinas y pude cobrar la beca, me fui a Lisboa al Casino de Estoril, por suerte aposté a la ruleta, gané, me distraje, se quedó ahí el monto y volví a ganar dos veces consecutivas, después de estar muerto de hambre en las calles de Madrid, obtuve 270 mil escudos, era un montón de plata, me fui de luna de miel con mi esposa a la punta occidente de Portugal en Cascais.

–Ahora que la menciona ¿permite que su esposa, la escritora Beatriz Escalante, revise los manuscritos e inéditos de usted? y viceversa ¿usted ha editado algo de ella? ¿cómo es un matrimonio de escritores contemporáneos?

–Escribimos cosas muy distintas, cuando la conocí, ella estaba estudiando un doctorado en Ciencias de la Educación en la Universidad Complutense, recuerdo que hacía obras de teatro, y era bailarina de folklore –del ballet de Amalia Hernández–; escribíamos en las tardes, cada quien sus monsergas, nos las enseñábamos y criticábamos y así de manera natural, sin estar convertidos en escritores, sólo teníamos la inclinación a escribir juntos, hasta que ella se dedicó al estudio de la gramática, evidentemente le muestro mis cuentos, porque cuando uno termina de escribir algo, no tiene los ojos limpios para descubrir los errores, hacemos lo mismo uno con el otro.

–¿Por qué es exacerbadamente autorreferente su Manual de creación literaria? se trata de ¿evasión al pago de derechos de autor? y ¿cómo es la pedagogía en tiempo real con los pibes de la UNAM?

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–En la carrera de Letras, tengo un curso que es Introducción al pensamiento filosófico, y lo que hago es seleccionar algunas novelas que tienen un trasfondo filosófico, desmonto los aspectos técnicos literarios. Una novela a la que recurro es Niebla de Miguel Unamuno, que es un juego de autorreferencia, en el que el personaje se le presenta en el despacho a Unamuno y discute con él. Estos juegos, que técnicamente son de metadiégesis, con construcción abismada, se los analizo, en el significado del ente de ficción. Niebla es de las primeras novelas que se escribieron casi en un 100% sin narrador, es puro diálogo y monólogo interior.

“Otro libro básico es mis cursos es La rebelión de los ángeles de Anatole France, en que un muchacho recibe de herencia una biblioteca, pero sin hacerle mucho caso, vive disipadamente; una vez se presenta su ángel de la guarda diciéndole que ha leído toda su biblioteca y que salió de su engaño, pues quien creía que era Dios es un cacique del universo, y se le revela con otros ángeles anarquistas en París.

“Regresando a tu pregunta, absolutamente fue para ahorrarme el pago de derechos de autor, tenía un montón de autores con los cuales demostrar las ideas de mi Manual de creación literaria, pero no me quedó más remedio que recurrir a mí mismo –cobraban muy caro, al punto que mi editor dijo que el libro era incosteable–. Haz cuentas: 10.000 dólares por un cuento de Marcel Aymé (El hombre que atravesaba las paredes), otros 10.000 dólares por reproducir un cuento de Julio Cortázar (Continuidad de los parques), originalmente mencionaba cuentos de Borges, Piglia, Chejov. No fue egolatría”.

–Finalmente, en el marco de su libro Filosofía para inconformes ¿Qué hacer contra el caótico México emPANizado por neoliberales y sus poderes fácticos?

–¡Estoy tan disgustado con todo! Vivimos en un mundo sofocado por culpa de que nadie piensa, por todo lo que los grandes medios de comunicación reiteradamente repiten. Si hay un panista en el poder –el espurio Felipe Calderón–, es porque no se recuerda al imbécil anterior –Vicente Fox–. Este libro de La rebeldía de pensar, es un manual, en cuanto comienzas a relacionar las fatalidades históricas, desencadenas un proceso que te hace crítico.

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* Periodista.

El texto de la entrevista se publicó en el diaro digital El Clarín (www.elclarin.cl). Se reproduce aquí por gentileza de su autor.

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