Sep 22 2013
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Cultura

Los poemas y textos de Lagos Nilsson

ALTRI TEMPI

Aquí llueve / en otra parte una mujer

canta un corrido

(nada hay como la guitarra de México)

 

¿Me habrá perdonado ella la marea

desbordada en la tienda de lona

allá en la playa cerca de Maracay?

 

Dije que no en Buenos Aires hace tiempo

y es con este whisky

volver a abrazarte por los riñones

 

Ninguna historia se escribe para la eternidad

 

Tuve un perro que supo de hambre

una máquina de escribir color verde

y otra mujer que descubrió mi ausencia

 

La mejor manera de terminar es con un disparo

me decía, me digo

Disparé en la noche para no caer entre las flores de setiembre

 

Ciento treinta y ocho días cuento

y contaba no menos de doscientos veinte

sin escribir una línea

 

Me pregunto si éstas valen la pena.

 

(Mayo 2005)

 

 

ÁNGELES

 

No vino el ángel / me dejó encadenado

a otra historia que no escribiré

y a la sicología de la mediancohe

 

“Ven”, pedí al ángel. “No quiero los canales codificados

nunca me ha tentado el plástico”

 

Dije: puesto que no soy príncipe en esta vida

ni rey de voz ni de lenguaje / muéstrame

las ventanas que miran hacia la pampa helada

 

Era un ángel de ciencia-ficción

de carbono temporal  / huidizo, incierto, ansioso

 

(Junio, 2005)

 

 

ANTES DEL VINO

 

Contar historias después de comer

y después de contar historias / irse

a dormir con una mujer buena

—y tal vez despertar.

 

Sí, Wilde, se mata lo amado / primero

el filo de los sueños por soñar

luego los sueños soñados

y las aves que agreden antes de amanecer

 

(Es honda la mirada del gato / libre

como la primera llama del incendio).

 

(Julio, 2005)

 

 

QUEMAR NAVES

 

Las incendias cuando todo lo demás

hase agotado

 

Arden con la facilidad de un cigarrillo

que tira contra el viento

mientras todo ha concluido

 

Los dioses no ciegan al elegido:

le conceden otra mirada

le extienden el invierno

 

Le acercan la montaña que estuvo allí

y que ahora al revés lleva consigo

 

Quemas tus naves –o tus alas–

nada más queda por hacer

La victoria es una derrota infinita

 

En la disyuntiva del fósforo

no es bueno pensar en los retornos imposibles

 

no es bueno convertirse en cartógrafo

de los continentes derruidos

Quedarse o partir es lo mismo

 

Pero las incendias cuando todo lo demás

hase agotado.

(Outubro, 2005)

Un capítulo de Novela de la lluvia

De cuando comenzó a llover de otra laya en el
puerto de Las Velas de Nuestra Señora del Extremo,
y de qué modo lo hizo.

Estábamos acostumbrados. Los espíritus de la lluvia siempre fueron puntuales y persistentes en el Puerto de Las Velas de Nuestra Señora del Extremo – o de Nuestra Señora de Las Velas del Extremo: nunca estuvimos seguros–. No nos gustaban mucho, pero tampoco odiábamos a los hongos que crecían con la humedad en el patio de atrás; y era un espectáculo ver como los seres de la mar la cambiaban de color: del verde intenso, casi negro, al azul y tornándola después un gris calmo y suntuoso los días previos al aguacero. Desde luego que estos cambios nunca constituyeron parte de la escasa atracción que Las Velas podía ofrecer a las corrientes turísticas que, de vez en cuando, desembarcaban para tomar la carretera –o el ferrocarril– a Calatrava, en el interior, donde los casinos y unas dudosas aguas termales –para no hablar de las felinas de diverso pelo que trabajaban con o para los concierges de los hoteles de turismo– se hacían cargo de sus falquitreras y tarjetas de crédito.
Durante unos buenos tres meses lluvia era todo el paisaje de la comarca. Estábamos acostumbrados, no nos inquietábamos. Abril, Mayo y Junio: temporada del agua. Entonces las faldas de Paternostri no dibujaban caprichos ni lucían esos colores que la caída del sol solía pintar sobre sus piedras durante la estación seca.
Estábamos acostumbrados, digo, a que los espíritus de la lluvia asomaran cabalgando desde el Sur-Este, sobre los árboles antiguos de la Selva Fría del Norte, como racimos de nubes poderosas y solemnes que a partir de fines de Marzo se enseñoreaban, limitando la vastedad del horizonte y la línea del cielo.
“Llegó el Otoño”, noticiaban en el boliche de los Venancios. “Abril, aguas mil”, respondían las viejecillas que iban a comprar o vender huevos de pata (los mejores para hacer tortas y queques, como sabe todo el mundo). “Esto no será nada, el treintiseis sí que llovió”, coreaba algún contertulio; los más memoriosos entre los asistentes asentían con sus potes de cerveza o arrojando la colilla por la ventana abierta. Estábamos acostumbrados a la lluvia. ¿Por qué iba a alterar nuestra rutina de generaciones?
Acostumbrados a que la lluvia velara tanto la Isla Niebla como los Corales de la Sirena Mayor, no hicimos caso de signos ni de profecías. Lluvia es lluvia, viene y pasa; los signos no los entiende nadie, las profecías se hunden en el tiempo-que-fue: asuntos de memoria (de la memoria), de las beatas del pueblo, de los cureros a la salida de misa de 8 los domingos.
Profecías y signos querían decir las discusiones de los gnósticos, que se reunían los Jueves en la sala pequeña de la sucursal del Club de Escribanos de Calatrava, agrupados en el Círculo de Estudiosos de las Escrituras del Faraón Tehenab. Por esos días, Biblia en mano, algunos protestantes dedicaban su tiempo al análisis de semejantes cosas. Pero nosotros –la mayor parte, imagino– no hicimos caso. A lo largo de las generaciones fuimos muy porfiados. Las Velas había sido fundada y destruida y vuelta a fundar tantas veces que la idea de un desastre era sin duda algo desagradable, mas conocido. Un desastre, por ejemplo, fue la erupción del Paternostri en tiempos de don Alfonso de Bravo; sólo que había ocurrido demasiado tiempo atrás y cuando comenzó a llover, sólo comenzó a llover, no sé si me entienden, así que, como todos los años, los espíritus de la lluvia dijeron ¡hola! o como quiera que digan y el cuatro o el doce de Abril amanecieron los tejados cantando su canción. Como ocurriera en otras temporadas –como había ocurrido en todas las temporadas anteriores–, nadie se sorprendió. Estábamos preparados, aperados y en guardia, como siempre. En Las Velas no nos rasgábamos vestiduras por modas y novedades; por lo menos no por todas las novedades; era muy difícil encontrarnos con las manos bajas.
El mosto se enfriaba en las bodegas energizándose dentro de los toneles, esperando los santos de Junio y Julio, cuando los abríamos y bebíamos a partir de la noche de San Juan –onomástico de Juan Bartolo–. En las despensas teníamos harina, tocino, saquitos de te, café, leche en polvo, porotos, cochayuyo seco, jaleas de frutilla silvestre, de calafate y ruibarbo, castradina, jamones de cerdos blancos y de cerdos rojos y de cerdos overos, manjar blanco, queso, ajíes, pescado seco y pescado salado… En fin, lo necesario para dejar transcurrir con dignidad la siesta peculiar de nuestro Invierno. Algunas mujeres y unos cuantos pescadores, además, terminaban aprisa de tejer las últimas bufandas y los calcetines gruesos de lana cruda.
Al principio fue como siempre. La temperatura debe haber bajado de su media de 24º al frío tremendo de unos 16 o 17 grados, quizá aún menos en las madrugadas. Eso estaba previsto. En el puerto funcionaban todos los televisores y un par de semanas antes el coaxial de la antena comunitaria se había revisado a conciencia. Desde que en el 77 se inauguró el sistema de retransmisiones desde Calatrava, nos habíamos hecho adictos a la cajita mágica y apenas las lluvias decían ¡presente!, nos pegábamos a ella. No porque los programas fueran buenos: sólo que había películas de vaqueros, policiales, algunas de piratas (por lo general nos daban más risa –una risa penosa de vergüenza ajena– que producirnos emoción), y también las musicales y esas tontas historias de amor, que al menos eran útiles para poder los varones escabullirnos a la tertulia donde los Venancios o, si no llovía demasiado, a casa de las niñas para charlar un rato. En los últimos dos o tres años se había puesto de moda el género espacial, que nos divertía un poco más. Los hijos, sobrinos y entenados tenían sus programas por la mañana: instructivos, dibujos animados y esas cosas. Al mediodía y por la tarde había noticias, pero la verdad es que no nos importaban mucho, no por nada especial, sino porque la mayor parte de los habitantes de Las Velas jamás tuvo ganas de abandonar la caleta, a excepción de cuando llegaba el momento de una destrucción; sin embargo, todavía en esos casos las familias más antiguas resistían: sólo los nuevos ignoraban el Pacto y se iban. Muchos terminaban regresando, sabían que al dejar de ser nuevos ya no se irían. Las Velas siempre se reconstruyó y refundó. Lo habíamos hecho seis veces, tal era el sentido del Pacto.
Sucede, cuando uno no tiene ganas de irse de un lugar, que con lentitud, pero con seguridad, deja de inquietarse por el resto del mundo y hasta los sitios más próximos adquieren patente de lejanía. O de extrañeza. Ese no era el caso, desde luego, de Calatrava. Las autoridades de la Puebla de los muy Santos de Calatrava se habían aficionado a molestarnos desde que fuera elevada al rango de ciudad capital de los territorios de la Capitanía General de los Confines, por Carlos III, y quizá por ello desde entonces se complacían en enviarnos, cada tanto, una serie de personajes que nunca nos comprendieron, como algunos jueces –otros con rapidez se aquerenciaron entre nosotros–, ciertos profesores de historia, sacerdotes, jefes del Registro Civil y, por cierto, casi todos los oficiales del Cuerpo de Guardacostas, uniformados incapaces de aprender las leyes más elementales de la más que centenaria tradición heroico-marinera velense.
Fue común que esos funcionarios u oficiales se aliaran con el encargado de Aduana, formando un equipo clandestino, sórdido, miserable y siniestro sólo comparable al de los inspectores de Impuestos Internos, que aparecían sin falta a fines de Noviembre.
Llovió, pues, como de costumbre. Una lluvia lenta y pesada por las tardes, bailarina y fresca durante la noche, poco más que llovizna a la mañana. La cosa iba bien: todo normal. Es hasta probable que nadie se hubiese dado cuenta de que cosas raras estaban pasando si el Itelvecio Luciano Changa no hubiera dado el primer tirón a la cuerda de la campana de las alarmas.


De Corazón de la Alquimia

No es un perro

Acezante no es un perro con salario de huesos
el hombre / Su vida trata de un lento aprendizaje
de una espera
Permanece desnudo / terrible en tanto abreva a solas
cuarzo y metales
Un buitre acecha al profanador / al incendiario que construye
su nido de ceniza muerta
en el alcanfor de los iniciados (extraviados o asfixiados)
Theleme consigna estructuras de fatiga y cieno:
no nos pertenece ni risa ni olvido
Tal vez llanto, espectros y oportunidades
de navegante arrastrado
Es uno el solitario a la deriva de los espacios
Es uno el que nombra astros y ocasos / muerde abismos
golpea muros, fracasa para fracasar de nuevo
hiriéndose con la propia mano afilada

Es uno el rey que no duerme ni está despierto
Uno el perro que perdió su salario de huesos
Conocer el sueño

Acariciar la muerte / robarle su abrazo a la castigada palabra
Dormir nombres de olvido / capítulos aprendidos y borrados
idiomas que se fueron, y recuperarlos
Asesinarla en un día calmo / mirarla por siempre

Nada corrompe al que duerme / Pero el silencio
del mercurio no es el alma de la inmovilidad
¿Serán tu alma esos cursados infinitos
que separan y juntan los absurdos
tristes dominios de la forma en el veneno?

Poemas Varios

No tuve la suerte de la desgracia

de ver a mi generación destruida,
sus sesos marcados por la avidez de los dueños de supermercados
Sé que muchos murieron contemplando
un país que se dibujó en nubes en alguna parte,
entre el cielo y la mar
(no se drogaba de otra manera mi gente, Ginsberg,
sin ser ajenos a los sueños del humo, del sexo, de las madrugadas que sabían caminar cuando todo lo demás se hundía debajo de los muelles, entre la carcoma del tiempo de los veinte años)
No tuve la suerte de la desgracia:
la vida golpeó como como un tropel de caballos
que no dejó huella
y mi generación traicionó los llamados de su Historia
—aunque no toda ella
porque de muchos no ha quedado huella y son
luces abandonadas de estrellas cuyos nombres no sé pronunciar
Cambiaron la poesía que prometieron / por el nudo perfecto de la corbata bancaria / por el asesoramiento a las empresas
por una silla en la cámara de los diputados
por la respetabilidad de Maya
y cambiar mujeres y hombres como se cambia / una pesadilla por otra culpa que no sabe dejar cicatriz
ni canto
ni la memoria de lo que alguna vez dijimos que era sentido
No: no es toda mi generación
como no se derrite de una vez el ventisquero
ni se cubre la sabana austral de nieve con la primera nevada del Invierno en los primeros días de Junio

La historia de mi generación no es la pequeña historia de las traiciones leves / no pertenecen sus palabras a la letra de los boleros que escuchábamos ni a la de los tangos que a veces
sólo a veces
procurábamos descifrar con esas cervezas tibias de los bares de la juventud / calculando si los pechos de la vecina cabían en las manos ahuecadas para recibir la leche inmemorial de una cópula sin hijos
de una cópula sin testigos que conmoviera, sin embargo, al mundo
porque era la cópula de un instante: el de la victoria contra los demonios de la conformidad
Entre mis culpas no está la conformida
No conozco otro compromiso que aquel sagrado con el vino
y con los amores
y con los recuerdos / ahora que hasta el odio parece un juego de niños / una disculpa / un recurso para llamar la atención de incautos / una geografía de la trampa infinita de la gran traición

Me duele cada hambre que aúlla en avenidas y calles, en los pequeños boliches de barrio
en los niños que abren y cierran puertas,
en los ascensoristas de los edificios gubernamentales,
en la chica que asea pisos y baños y hace la cama donde apenas fornicó el jerarca (si lo hizo);
me duele el hambre que pasea por las pantallas de todo televisor,
que toma una micro para ir al centro a disimularla
que asalta a una anciana
que se inunda con toda lluvia
que va al fútbol y habla del campeón de boxeo
y que ellos —los de mi generación— alimentan con tanto cuidado como eligen el colegio inglés para sus hijos
o el abrigo de piel de sus mujeres de patas chuecas / e innombrables deslealtades a su propio incierto origen de hembras apaleadas que olvidaron hasta el lugar desde donde provienen
Pertenezco sin duda a esos batallones que deben perder toda esperanza / a esos que asustaron a un notario con un lirio / a esos que parieron generales y comerciantes / a esos que hablan con su lengua y no con su corazón

Soy de aquellos que disimulan su antisemitismo con un chiste
y creen que los negros son buenos para el deporte;
soy de esos que fueron socialistas porque era diferente e importante
y que aprendieron la lección de la bayoneta
Pertenezco a la generación que dice “basta” a la violencia y compra medios para uso policial porque hay que defender lo ganado
y ya no van a putas, las putas los visitan con horario limitado
entre una conferencia y otra, entre un discurso y otro
entre una mentira y otra
Soy de los que no cree en Cristo, pero usan al Cristo como un mensaje que los atornilla ante la pobreza como si fueran dueños del lugar donde sale el sol
Mi generación es la venganza de todos los amos muertos
Significa cambiarlo todo para que nada cambie
y vayan otros a buscar sus huesos, los del Che, donde saben que nunca estuvieron / soy parte de un mecanismo espectral movido por la pequeña vanidad de los imbéciles

A veces pienso que la muerte me ha perdonado
o al menos postergado su visita definitiva
sólo para darme tiempo y decirlo
Mi condena es el recuerdo, el haber estado ahí,
el haber sido parte de un sueño
que hoy esta Macintosh me fuerza a contar sin talento
resistiéndome a tejer la corona o la guirnalda de los desaparecidos
Sé también que no soy el único herido por la sobrevivencia
y sé que el balcón sobre la mar de donde vengo
no es el único lugar donde alguien se muerde hoy los testículos
y se pregunta sin utilidad visible
¿qué hago yo aquí
cuál es mi lugar en el mundo?

Marzo 18 1996 /Buenos Aires.

After Mahler – Composición triste. 

Duermen los niños, que duerman; que no vayan mañana a talar árboles o a secar la mar. En sus sueños no siembran plomo por las calles. Que duerman los niños aferrados a la inocencia de sus cabellos.
Mi hijo me mira desde el no lugar de los hijos muertos, mi gato lo sabe y también duerme su sueño sin mancha y sin nombres.
Duermen los niños; que no despierten en territorio de horcas. Que duerman su sueño sin mirada.
Caminarán en tierra ajena con prudencia: no es tuyo el pez y hasta el cielo puede tener dueño desde tu sombra o hasta tu descanso. ¡No despertéis a los niños, dadles la oportunidad que perdimos!
El señor del universo es responsable del universo. El predador reposa en su vigilia.
No los despertéis: imaginadlos mañana con vuestras pesadillas, vuestros relojes, incómodos en el lecho sudado, expertos el el arte de engañar o de seducir, miserables pensando en el dinero o en el prestigio. Ocultando las huellas infelices de lo pasajero.
Vedlos atrapados en la cátedra o en el púlpito. No los despertéis. Que sueñen, que no se transformen en respiración infiel, que no abandonen ellos, que no aborten ellas, que ninguno tenga hijos indeseados. Que nunca vayan a la guerra.
Duermen con las ventanas extendidas y las manitas sueltas, duermen con suspiros, con esperanza, con mensajes que los años se encargarán de borrar. Duermen como si no los esperara nuestra herencia
Miradlos: duermen, no caminan aún por la calle de la muerte. Todavía no son nuestros enemigos.
Todavía se parecen a lo que perdimos cuando nos despertaron.

El aspecto cotidiano de los domingos

El gato mira llover / no pregunta
conoce todo lo que necesita y sabe cuando debe huir
(como desta lluvia y deste viento)
La bicicleta escucha llover / no pregunta
por qué el gato mira el teclado y acecha la pantalla
alerta ante mis faltas de dicción
(porque se debe escribir como en oración audible)

La copa de vino sabe que llueve / pregunta
mediada por la racha de la próxima soledad
(uno nunca sabe cómo empezará mañana)

Desde el balcón por las hendijas entra el viento
no pregunto / recuerdo a mis amigos muertos
(diferencio entre la duda y la pregunta)

Detrás mío escucho el murmullo de unos pocos libros
y tengo ganas de perderme en el vasto desorden de mi escritorio
para llegar al gato y la bicicleta y la copa
(ahora que nadie me dice nada) Es inútil pretender escribir cuando se cruza
la melancolía del invierno con mis plantas
(es la vida la que escribe; uno toma el dictado)
Iré a decirle a mi amante que me perdone / no sé
es muy tarde y estoy fumando demasiado
El habitáculo de los duendes necesita sal para recuperarse
y nadie ha lustrado la sierpe de madera
Pasaron varias semanas / y juro
que no tengo la menor idea acerca de lo que hago aquí
con mi gato sobre los muslos
la bicicleta con sus gomas desinfladas
y esta copa que siempre pide más antes de dormir.

lunes, 9 septiembre 1996 0:21:29

 

Another One – vaina innominada

Debe haber tenido ojos cansados, pero no los vi —ayer antes de las nueve a.m. entre silencio con olor a sueño y reivindicaciones perdidas. Ayer y aquí, en Buenos Aires.

Uno no puede decirse que es fatalidad, que en la superficie amenaza el sol al viento del sudeste, que los bombardeos son cosa de otro lugar, que harás el amor esta tarde, que beberás por Dylan Thomas, que tienes tiempo para vivir o que la muerte está lejos —en la acera de enfrente del supermercado.

No puedes pensar que en Santiago esos ojos cansados usan colirio para mirar entre la niebla detenida (como una sirena que te comerá los pulmones o una puta que se llevará tu billetera para saciar el hambre de generaciones).
O que en Nueva York alguien vivió en un piso lleno de cucarachas
escribiendo algún buen poema que cambió por un toque a orillas del parque.

O que en Caracas se arraciman por Chacaíto los niños que venden pegamento mientras el policía levanta la mano sangrante para saber a quién le pertenece el anillo que robó el tipo muerto de tres balazos.

Nadie bebe en San Francisco —me escribe un amigo— todo se va en polvos y jeringas, en HIV y en distancia,

¡Pobre emperatriz del japón: no sabe la que se viene!No puedo sacarme de encima esos ojos cansados —deben estar cansados desde el día anterior, y entonces cansados del que estuvo antes. Un cansancio de ópera, de oratorio, de misa solemne, de te deum, de libros sin leer, de televisión que balancea la miseria con la huida.

Nada es cierto, me digo. Sólo existirá este mundo limitado por el ruido del roce de las ruedas en el acero del riel.

Me bajaré en la próxima estación a tomar una cerveza a las nueve y trece minutos de la mañana. Me bajaré a pensar que hicieron con mi juventud. Me bajaré a llorar por lo que hago por las juventud de otros.  Me bajaré a escribir este texto miserable.

Me bajaré para saber cómo serían los ojos de esa mujer que duerme en el vagón. Duerme siete minutos antes de salir a derrotarse otra vez —como siempre, como todos los días—, sin saber que por ella sufrió el viejo Pound y murió el joven Pezoa Véliz.

Todo es cierto, me digo. Y se abren las puertas con un chirrido neumático y me pongo a caminar.

Sea lo que dios quiera (o dioses).

Llueve como si comenzara a llover
y escucho esa vieja canción en mi cabeza:
“por esta calle, a lo largo
parece que ha llovido
será un amante que llora
su amor perdido”
La felicidad depende de pocas cosas:
que no existe, por ejemplo,
que el vino es sagrado e inagotable,
que habrá muchas calles para llorar esta perra vida
Quizá la felicidad depende de mi gato,
el maldito que revisa mis escritos acuciosa, morosamente
y sale conmigo a beber vino de cajita
y a enamorar mujeres traicionadas
(porque la traición es un deber que se repite)
aunque llueva
¡Odio la lluvia que desgasta mis balcones!
¿Qué tal si me apoyo para ver pasar los colectivos
y me voy a la mierda y le rompo el techo a un auto
o caigo sobre una viejecita que ha comprado media docena de huevos?
La vida carece de sentido
no tiene pudor
quizá hasta sea inútil / Leí:
“desapareció el Hombre
y ni la Tierra, ni uno solo de sus abismos
lo echó de menos”
He ahí un epitafio decente
Sospecho que a veces el poema es un editorial
(de otro modo no lo escribiríamos
o por eso hacemos el amor, para
no perder la aventura del sexo
y el apetito nuevo del desayuno)
Llueve
¡Cómo brama el arbolito de enfrente contra el viento!
En el bosque habrá hongos mañana
y en un mes sin erre los hongos de Huautla son mejores
mucho mejores
que la mejor línea aérea para no llegar a ninguna parte
(o que mi balcón derruido o mi botella vacía
o mi teléfono digital siempre negro:
que no nos traicione la tradición).
Mañana me diré que pude haber escrito un poema
y que algo pasó
un milagro
porque pasado mañana quizá me siente a escribirlo
o la semana que viene
o nunca
y así jamás diré nada sobre el poema que pensaba escribir
y me engañaré a mi mismo / pensando
que ya lo escribí y se perdió por esas cosas
Entonces, tal vez, hablaré bien de Galán o de Kundera
de los traductores de la Kodama,
quién sabe,
de Felipe Trigo (¿conocen a Felipe Trigo?)
de Ellis, de los que piensan en el infierno como de una idea
y nunca más recordaré mis libros perdidos
Esta lluvia me hace pensar en dar explicaciones sobre mis dichos
me hace pensar acerca de la salvación de un pastor luterano
que pretendió hacerme anclar en la religión de mi madre
y terminó borracho en un sillón de mi casa
mientras yo hacía café con brandy en la cocina
Lagos: debes escribir breve
Lagos: no debes escribir
¿Qué quieren que haga si bajo la lluvia me encontré con mi amante
y nos miramos
y me dijo “hace tanto”
y luego me dijo “no, qué te imaginarías
quizá debamos esperar, estar seguros…”
si no entiendo los condicionales (no hacen Historia)
La verdadera Historia está en el olvido, joven poeta,
o en la gangrena de los sueños
Terminemos con esto ya que no acaba la lluvia:
Marilyn me mira desde su foto sobre la Mac / Sonríe
(quizá porque ahora escucho al anciano Bach con auriculares)
mientras maldigo a mi vacía botella de ron venezolano.
Sigue lloviendo
como si comenzara a llover.

Balcones mojados

Gravísimo error que puede ofender al bueno de Galán. En el texto reciente debe leerse, donde dice galán, Gala. Por el (o la) señor (dama) Antonio Gala

uf.
.

OCHO POEMAS ESCRITOS EN UN BAR

I

Estoy en un bar sin historia

El bar no tiene Historia / yo tampoco Estoy en este bar sin historia
(la tercera botella de cerveza) y pienso.
Pero no pienso / No pienso en ello: he dejado de ser niño
acelero mi ruta a la vejez sin haber sido nunca un hombre maduro
En realidad he aprendido / algo triste: juventud es una estación de tránsitoPertenece a los que murieron y eso debe explicar al mundo
nos ayuda e entender por qué es inhabitable

II

Tengo una versión confusa del pasado No recuerdo el proceso que me cambió
del blanco fresco al tinto cálido / creo que es importante saberlo
Tampoco sé cómo dejé de mirarles el trasero
pasé a buscar en sus ojos el vacío espectro de la existencia
Los dioses me han castigado: olvidé el sabor de mi primer trago de whisky
(quizá los dioses me quieren salvar, pero entonces ¿por qué recuerdo
los 12 martinis que me decidieron al primer matrimonio?) Los dioses sólo quieren estar presentes)
III

Los que bebían conmigo están muertos se mueren a puñados
caen en los hospitales o han dejado de beber y firman cheques
Hablan de su inexistente juventud dan gracias al Cielo
porque hacen cosas trascendentes ahora que viven sobrios
Menos mal que la sed no depende de la gente

IV

No quiero una mujer que me quiera No necesito su memoria
Quiero terminar este litro de cerveza y soñar
que todavía es posible una mujer que me abra el alma como a una botella
Sin preguntas / que escuche lo que tenga para decirle
y pueda permanecer en enamorado silencio sin sentirse molesta con su destino
Quiero una mujer que sueñe mis sueños en colores
que se desnude con gracia que venga a mi ceguera terrible
para saber que no importa vivir en vano

V

Debí haber muerto hace años pero no / Aquí estoy
preguntándome en este bar sin historia si acaso
terminará en empate después de todo la carrera de la vida
Cuando acabe (un final posible) mi muerte será un laurel sobre la frente
mirto azahar
copihues ambrosía entre las sienes
del perdedor

VI

Yo recuerdo cuando había que ir al cine
a la universidad a los bancos
con corbata y de preferencia anudada sobre una camisa blanca
Yo recuerdo que en el bar no
En la biblioteca tampoco Yo recuerdo
que era difícil robar libros sin usar corbata

VII

Cuando no había televisión charlábamos buscando el camino hacia las mujeres
No enterábamos de las cosas por la radio y los diarios del día siguiente
De verdad nos importaba el mundo Hasta llegamos a creer que era posible cambiarlo
y nos pusimos a estudiar para hacerlo
En esa época las niñas olían a lavanda aunque no lo crean eran verdad los portaligas
y sus sostenes tenían dos broches A veces podíamos desabrocharlos
y casi siempre corríamos los puntos de sus medias Era un drama
Todos los vinos de Chile llevaban el nombre de una santa: así me convertí en un hombre religioso
con alguna habilidad en los dedos Hoy también están desnudas debajo de la ropa
No me explico por qué es diferente

VIII

No se es alcohólico
no le creáis a vecinos, cursos y rosacruces no escuchéis a vuestras(os) amantes
ni a siquiatras, cónyuges, amigos boticarios o burócratas
(sobre todo nunca, por vuestra vida vayáis a alcohólicos anónimos:
ésta es una guerra y los traidores deben ser fusilados)
Nadie en sus cabales bebe para olvidar es una cosa de talento y perseverancia
Uno toma para mantener a raya a los espectros Nos castigan,´
pero sin nosotros el mundo estaría lleno de fantasmas que disputarían sin piedad los espacios
que deja la locura Nunca, tampoco, dejéis el vaso sobre la mesa de luz
basta la botella en el piso y un gato a los pies de la cama

Heme aquí agredido / por estas agujas de pino piñones que fueron la herencia de la Tierra y del Viento
cuando advenían los otoños y la mar bramaba contra las rocas enfurecidas
de la única playa
Heme aquí con el escudo hecho tiras con la espada desenvainada / estupefacto
por estos vaivenes de la sangre echando de menos los fuegos que parecen apagados
por esos guerreros que se ausentaron
Heme aquí sin respuesta / sin reposo sin espuelas para enseñar al camino
sin riendas con el eco desvaido de los clarines
abandonados en lontananza
Heme aquí sin reconocer / la derrota de mis pasos sin olvidar una sola batalla de las perdidas
a la espera del Invierno de la marea que alguna vez regresará
a soplar desde el infinito la hoguera del final

 

 

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