Nov 4 2013
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CulturaSociedad

Lou

Ya se escribió lo que nos dejó, que fue inspiración para generaciones de músicos de rock, que exploró el mundo bohemio de Nueva York, el lado oscuro de la cultura urbana, la droga, el género y la sexualidad; ya trasmitieron por radio e Internet sus hits Sweet Jane, Walk on the Wild Side, Heroin, ya los intelectuales discutieron su obra, y los medios publicaron los obituarios con múltiples versiones de su perfil biográfico.

Se habló de cómo estudió poesía, de su amistad con Andy Warhol, John Cale y David Bowie (quien fue el productor de su disco Transformer, el primero en elevar su obra a un público masivo), de sus viajes por la música, desde raíces del punk a ruidos industriales, hasta su sorprendente última colaboración con Metallica, de cómo tenía fans como Bruce Springsteen (quien contribuyó vocales a un disco de Reed en los setenta). Se habló de su paso por el hotel Chelsea y antros históricos como Max’s Kansas City y CBGB. Ya no hay más que decir, sólo escuchar, y dar gracias al artista.

Sin embargo –y no soy experto– al revisar lo que se dice de él, brotan un par de cosas que sorprenden por su ausencia en la descripción de su multidimensional y transformativa presencia. Una es su solidaridad.

La primera y tal vez única vez que lo vi en vivo, fue en un acto de solidaridad con una huelga de trabajadores municipales en Nueva York en algún momento de los ochenta. No se anunció que llegaría, pero de pronto una figura, por supuesto vestida de negro, con una esculturada cara inconfundible, cargando una guitarra, apareció. Tocó un par de rolas solo, y se fue a sentar a escuchar. Poco después, se esfumó.

Le encantaba dar entrevistas incoherentes, contradictorias, burlonas, en las cuales uno no sabía qué tomar en serio. De repente decía que si se encontrara con Bob Dylan en una fiesta, se imaginaba que sería un fastidio y que le tendría que decir que ya se callara. Muchos concluyeron que despreciaba a Dylan, y a todo que pretendía ofrecer un mensaje social, sólo para encontrar que Reed participó en un magno concierto en honor a Dylan en el que interpretó una de sus canciones (Foot of Pride). Años después participó con otra canción en el disco de rolas de Dylan emitido para el 50 aniversario de Amnistía Internacional, Chimes of Freedom.

Hace un par de años Reed, el supuesto oscuro, interpretó una canción The debt I owe (La deuda que debo), de Woody Guthrie, el cantautor folk más influyente y entre los más comprometidos con la lucha social de este país.

En 1985, Reed participó en el gran proyecto encabezado por Steven Van Zandt, el guitarrista de la banda de Springsteen, llamado Artistas Unidos contra el Apartheid, para promover el boicot cultural al régimen de apartheid de Sudáfrica. Además de Reed, participaron Dylan, Ringo Starr, Rubén Blades, Keith Richards, Bonnie Raitt, Joey Ramone, Gil Scott-Heron y más. Grabaron un disco, Sun City, junto con un documental sobre el proyecto dirigido por Jonathan Demme.

Pero también la solidaridad está en sus versos, en la furia contra las vidas perdidas, anuladas, en su ira contra el poder falso y la hipocresía oficial. “Nosotros que tenemos tanto a ustedes que tienen tan poco/Nosotros que tenemos tanto más de lo que un solo hombre necesita/y ustedes que no tienen nada…/ ¿Alguien verdaderamente necesita un cohete de mil millones de dólares?/ ¿Alguien necesita un coche de 60 mil dólares?/ ¿Alguien necesita otro presidente?/ ¿Alguien necesita otro político?/Cachado con sus pantalones abajo y dinero colocado en su hoyo?/ Hombre de paja, va directamente al infierno”, canta en Strawman.

O en la obra extraordinaria de Dirty Boulevard donde cuenta de un Pedro que vive en un cuarto semiabandonado, golpeado por su padre porque está tan cansado que no puede salir a pedir limosna, y que tiene nueve hermanos que son criados sobre sus rodillas. El cuarto cuesta 2 mil dólares, cuenta, y en algún lugar un casero se está riendo hasta que moja sus pantalones/ Nadie aquí sueña con ser doctor o abogado ni nada/Sueñan con vender drogas en el boulevard sucio. Y cita, con cambios, el lema oficial de la Estatua de la Libertad: Dame a tus hambrientos, tus cansados, tus pobres y me orinaré sobre ellos/Eso es lo que dice la Estatua de la Intolerancia.

Y cuenta cómo van llegando las limusinas a Lincoln Center llenas de estrellas para ver una opera, y cómo las luces inundan el lugar, mientras las luces están apagadas en las calles duras. Pedro mientras se encuentra un libro de magia en un basurero y desea saber cómo hacerse desaparecer para “volar, volar de aquí, de este boulevard sucio/Quiero volar…”, canta al final de la canción, donde de pronto voces preciosas se suman al coro y rompen el corazón a quien escucha (aquí, versión con Bowie en 1997).

La otra cosa que no se menciona tanto, del artista cabrón, atrevido, lleno de lírica oscura, provocadora y más es, pues, su ternura. Una y otra canción de amor, de conversaciones delicadas, algunas llenas de inocencia. Al final de su disco inspirado por Edgar Allan Poe, The Raven, hay una de éstas, que se llama Guardian Angel (Ángel de la Guarda): Tengo un ángel de la guarda/Lo tengo en mi cabeza/Cuando estoy temeroso y solo/Lo llamo a mi cama/Tengo un ángel de la guarda/Que aleja cosas malas de mí/La única manera para estropearlo sería que yo/No confiara en mí.

Lo importante era contar la existencia contemporánea tan compleja de la manera más sencilla, de buscar, como todo buen poeta, esencias. Pero esas esencias sólo se encuentran al atreverse a compartir, colaborar, proceder juntos a pesar de, o junto con, la soledad y la oscuridad. Lo mismo lo aplicó a su música: Un acorde está bien. Dos acordes es un poco demasiado. Tres acordes, y ya estás entrando al jazz, comentó al describir cómo tocaba su guitarra.

Reed ofreció esencia de rock and roll y, a la vez, una introducción fundamental a la vida en Estados Unidos.

http://www.jornada.unam.mx/2013/11/04/mundo/033o1mun

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