Mar 27 2015
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Sociedad

Lubitz, el factor humano

La historia de Andreas Lubitz, copiloto mod√©lico formado en la Lufthansa, amigo de sus amigos, joven de √©xito que viv√≠a con sus padres en un pueblecito renano, concluye con ocho minutos de silencio, un descenso controlado de mil metros por minuto a los mandos de un avi√≥n, en una cabina en que, seg√ļn el fiscal franc√©s, no se oye una sola palabra, un golpe, un jadeo, un cambio en el ritmo respiratorio.

Al otro lado, golpeando la puerta, el comandante que había salido a orinar y que se la encontró bloqueada por dentro.

En esos ocho enigm√°ticos minutos reside el vac√≠o, el agujero negro del relato, las hip√≥tesis sobre un atentado, una enfermedad mental o la simple voluntad de hacer el mal. Lubitz se estrell√≥ en los Alpes con un cortejo f√ļnebre digno de Gengis Khan, arrastrando en su muerte entre monta√Īas a casi ciento cincuenta personas.

La cat√°strofe de los Alpes vuelve a demostrar que el elemento humano casi siempre es, por mucho que nos pese, el responsable √ļltimo en los accidentes aeron√°uticos. La teor√≠a del caos afirma que un sistema, por el mero hecho de existir, tiene que fallar.

Sin embargo, por complejo que sea un aeroplano (con la maravilla tecnol√≥gica de sus motores, su tren de aterrizaje, sus mandos, conductos, indicadores y tornillos), un ser humano lo es mucho m√°s, infinitamente. Buscar motivaciones personales de la tragedia a posteriori (desde posibles simpat√≠as yihadistas de Lubitz hasta una depresi√≥n o un rapto de locura), resulta un ejercicio insoslayable pero in√ļtil al fin y al cabo.

De haber sido un atentado yihadista, ¬Ņqu√© le imped√≠a a Lubitz gritar su prop√≥sito a la torre de control, ponerse a rezar a Al√° cuando ya nadie pod√≠a detenerlo? Si quer√≠a causar terror, hacer m√°s da√Īo, ¬Ņpor qu√© no estrellar el aparato contra una ciudad o una peque√Īa aldea en lugar de pulverizarlo en un desfiladero de monta√Īa?

No hay caja negra de la cabeza de Lubitz y no sabemos qu√© pensamientos, qu√© luces, qu√© sombras cruzaron por ella en esos ocho ag√≥nicos minutos en que el avi√≥n iba perdiendo altura rumbo a su tumba. No hay lubitziol√≥gos y nunca los habr√°, aunque los tertulianos de sill√≥n ya tendr√°n su confortable explicaci√≥n de psicolog√≠a casera, del mismo modo que el mi√©rcoles hicieron un cursillo acelerado de ingenier√≠a aeron√°utica. No, la cat√°strofe se produjo con facilidad pasmosa por un solo y √ļnico motivo: un pestillo que no pod√≠a abrirse desde el exterior.

Lubitz no tuvo m√°s que cerrar la puerta y asegurarla desde dentro para convertirse en due√Īo y se√Īor del aparato y de todas las vidas que iban a bordo. Un simple mecanismo de control, el bloqueo de la cabina para evitar accidentes terroristas, provoc√≥ la tragedia. ¬ŅQui√©n iba a suponerlo? Bueno, hay multitud de voces que llevan a√Īos advirtiendo que la paranoia provocada por el los atentados terroristas del 11-S puede ser tanto o m√°s peligrosa que los propios atentados terroristas. Al parecer, detr√°s del negocio del miedo, de los detectores de metal, las instrucciones de vuelo y los protocolos de seguridad, s√≥lo hab√≠a un pestillo.

*Publicado en P√ļblico.es

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