Jul 24 2006
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Opinión

Magia. – EL UNIVERSO QUIERE JUGAR.

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El ensanchamiento de aperturas en la percepción destierra gradualmente los falsos yos, nuestros cacofónicos fantasmas; la “magia negra” de la envidia y la venganza se dispara por la culata porque el deseo no sabe ser forzado. Allí donde nuestro conocimiento de la belleza armoniza con el ludus naturae, empieza la magia.

No: ni doblar cucharas, ni horoscopia, ni Golden Dawn1, ni chamanismo de pega, ni proyección astral, ni misa satánica; si se trata de chismografía hay que ir al meollo: a la banca, a la política, a las ciencias sociales; y no a esa enclenque basura blavatskiana.

El arte de la magia funciona creando a su alrededor espacios físico/psíquicos o aperturas a un espacio de expresión sin límites –la metaformosis del lugar cotidiano hacia una esfera angélica–. Esto implica la manipulación de los símbolos (que también son cosas) y de la gente (que también es simbólica); los arquetipos facilitan un vocabulario en este proceso y por tanto se tratan como si fueran a un tiempo reales e irreales, como palabras. Yoga imaginario.

El mago es un simple realista: el mundo es real –así la conciencia tiene que ser pues real dados sus tan tangibles efectos–. Para el zoquete hasta el vino resulta insípido, pero el mago puede intoxicarse con sólo mirar el agua. La calidad de la percepción define el mundo de la intoxicación; pero sostenerla y expandirla para incluir a otros exige una actividad de un cierto tipo: brujería.

La magia no rompe ley de la naturaleza alguna porque no hay tal Ley Natural, sólo la espontaneidad de la natura naturans, el Tao. La brujería viola leyes que buscan encadenar este flujo; sacerdotes, reyes, jerofantes, místicos, científicos y tenderos todos califican al brujo de enemigo por amenazar el poder de su charada, la fuerza tensora de su trama ilusoria.

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Un poema puede actuar como un conjuro y viceversa; pero la magia rehusa ser metáfora de la mera literatura; insiste en que los símbolos deben provocar tanto sucesos como epifanías privadas. No es una crítica sino una reconstrucción. Rechaza toda escatología y toda metafísica de la mudanza, toda nebulosa nostalgia y todo futurismo estridente, en favor de un paroxismo o posesión de la presencia.

Incienso y cristal, daga y espada, varita, túnica, ron, habanos, velas, hierbas como sueños secos –el muchacho virgen contemplando la vasija de tinta–; vino y ganja, carne, yantras y pases –rituales de placer, el jardín de houris y sakis–, el mago trepa por estas serpientes y escaleras a un momento que está enteramente saturado de su propio color, donde las montañas son montañas y los árboles son árboles, donde el cuerpo se convierte todo en tiempo, el amado todo en espacio.

Las tácticas del anarquismo ontológico están enrraizadas en este arte secreto; los objetivos del anarquismo ontológico aparecen en su floración. Caos conjura a sus enemigos y recompensa a sus devotos… Este extraño panfleto amarilleante, este seudónimo polvoriento lo revela todo: escribe pidiendo un microsegundo de eternidad.

1 Referencia a una de las últimas órdenes, sectas o agrupaciones de magos, la británica Aurora Dorada, que existió hasta entrado el siglo XX y de la que existen hasta hoy algunos epígonos.

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* Seudónimo de Peter Lamborn Wilson (Nueva York, EEUU, 1945). Ensayista y poeta anarquista –creador de la corriente del anarquismo ontológico–.

En: www.traidores.org/caos.

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