May 8 2005
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Sociedad

Mambrú se fue a la guerra. Una historia de mercenarios

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoNuestro Mambrú no lo dudó cuando leyó el anuncio en El Mercurio del 12 de octubre de 2003. Buscaban personas con preparación militar, ojalá comando, menor de 45, sano, fuerte, para trabajar en Irak. El requisito tácito era no tener miedo a morir y no tener escrúpulos para matar. Sueldo, entre dos mil y cuatro mil dólares americanos.

Con las garras de Dicom (informes comerciales negativos) clavadas en su espalda, una ex que no perdona la pensión y una actual esposa que exige “vivir como se merece”, corrió a presentarse junto a otros ex militares y militares dispuestos a darse de baja ante el destello de los dólares.

Chile resultó ser un excelente territorio para esta “leva” de mercenarios. Tras la dictadura, muchos uniformados vieron mermados sus ingresos y otros tienen sus hojas de servicio manchadas de sangre. Pero también llegaron, atraídos por el olor de las “lucas gringas”, civiles con alma de Rambo, saltadores en paracaídas de fin de semana, aficionados a los juegos de guerra, “tipos entrenados” con ganas de dinero rápido y con un historial de desubicados en el sistema.

Tan estupenda oferta de trabajo la hacía la empresa Red Táctica, con sede en Washington, tapaderas en Uruguay y oficinas en distintas capitales latinoamericanas, incluida Santiago. Al mando está José Miguel Pizarro (¡atención al personaje!), ex teniente del Ejército chileno, ex miembro del Ejército USA y ex comentarista de la CNN, y que en 2003 hizo saltar los botones de la chaqueta de la ministra de Defensa en aquel tiempo, Michelle Bachelet, cuando anunció al mundo que Chile pensaba mandar tropas a Colombia.

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Su campaña de reclutamiento tampoco fue discreta. Se utilizaron recintos militares en Concón y pruebas en Malleco y la zona norte de la capital para su particular casting, que provocó protestas duras, expedientes disciplinarios y un recurso en el 17º Juzgado del Crimen por asociación ilícita. Pero el negocio era bueno y siguió adelante amparado en la libertad de empresa.

Además del sueldo la oferta incluye alojamiento, comida, uniforme, seguro de vida, asistencia sicológica y armamento. ¿Y promesa de permiso de residencia en USA? “Ojalá, pero no”, dice Mambrú, quien prefirió no dar su verdadera identidad porque vuelve a Irak y su contrato exige confidencialidad. Su negocio es ser discreto. “Si ofrecieran eso sería capaz de irme gratis a la guerra”.

Más de 120 fueron seleccionados y subieron al siguiente peldaño: entrenamiento en USA, en una base en Moyoc, Carolina del Norte, de la empresa madre, Blackwater.

AGUAS BIEN NEGRAS

Blackwater es una de las grandes suministradoras de “soldados privados” a las guerras del planeta, como Afganistán, los Balcanes, Oriente Medio, África central y Colombia. Se calcula que en Irak hay uno o dos de estos soldados privados por cada diez del Ejército regular, proporción nunca vista en los conflictos modernos y que llena las arcas de decenas de empresas que mueven un negocio de unos 100 mil millones de dólares y que podría duplicarse en pocos años.

El presidente de Blackwater, Gary Jackson, define el espíritu de su empresa: “Sueño con tener el ejército privado más grande y más profesional del mundo”, y sobre los chilenos dijo a The Guardian –diario británico– que “vamos hasta el fin del mundo en busca de profesionales y los comandos chilenos son muy, muy profesionales y se ajustan al sistema Blackwater”.

En el entrenamiento en la base de Blackwater dedicó dos semanas, sobre todo, a prácticas de tiro “con miles y miles de municiones; no como en Chile, donde los presupuestos militares no permiten tanto gasto”, reconoce Mambrú. Pero la verdadera opulencia bélica la conoció cuado aterrizó en Irak.

“Es increíble, Blackhawks por todas partes, aviones, tanques, camiones, jeeps, campamentos gigantescos equipados con todo lo imaginable”. Una vez allí descubrió que eran de los peor pagados en este paraíso de la guerra. Sus alrededor de tres mil dólares no se comparan con los 10 mil de un europeo, hasta los 18 mil de un estadounidense por el mismo trabajo, aunque siempre es mejor que los 400 que recibe un iraquí.

También descubrió que Pizarro recibe por cada reclutado más de tres veces lo que les paga y el cheque no siempre llega a tiempo. “Pizarro debe haberse embolsado millones de dólares a nuestra costa en este último año”, dice Mambrú. Pero ya estaba allí y había que cumplir con el trabajo. Para hacerlo les entregaron uniforme, chaleco antibalas, un rifle de asalto M4 y un arma corta, y todas, todas las municiones que quisieran.

PROHIBIDOS POR LA ONU, BIENVENIDOS EN EEUU

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La labor que le correspondió a nuestro Mambrú era vigilar una base de EEUU cercana a Bagdad. Es decir, servir de escudo humano a los soldados del “Tío Sam”. “Al principio nos miraban por encima del hombro, pero cuando comenzaban los disparos éramos los únicos que nos asomábamos para ver de dónde venían. Poco a poco comenzaron a respetarnos y fuimos adquiriendo derechos, como adueñarnos de la mesa de billar, por ejemplo”.

Mesas de billar, televisión satelital, aire acondicionado, gimnasio, internet gratuito –“aunque tenemos cuidado con lo que contamos en los e-mails”– y todo el confort posible para que las tropas se sientan como en su casa.

De eso se encarga la compañía Kellog, Brown & Root (KBR), que suministra todo lo necesario. KBR es la gran proveedora, ligada a la empresa Halliburton, que dirigió el vicepresidente Cheney, que lo mismo se encarga de construir la cárcel de Guantánamo que de suministrar chicles a los soldados. “Yo siempre llevo chocolates y dulces para repartir a los niños que son superpobres”. Pero a ellos no les falta de nada: Mac Donalds, Pizza Hut, agua traída directamente de USA, malls enteros para que no echen de menos.

“La comida es lo mejor. Jamás había comido tanta centolla o camarones como en Irak”. De todo, menos alcohol porque emborracharse o armar gresca es lo único que los puede mandar de vuelta a casa.

A los chilenos no les gusta la palabra “mercenario”, prefieren llamarse a sí mismos “personal de seguridad”. Pero equipamiento y funciones los acercan peligrosamente a esa definición.

La rutina es dura. El calor, insoportable. “Yo he llegado a ver como el termómetro marcaba 60 grados Celsius”. El equipo pesa mucho –más de 15 kilos–, que hay que cargar en turnos de seis horas. “Los ataques suelen ser de morteros, pero lo hacen demasiado rápido, a veces desde camionetas en marcha y no les da tiempo a apuntar bien y no siempre dan en el blanco. La verdad es que si la resistencia estuviera mejor organizada podrían hacer mucho daño”.

¿Miedo? “Uno tiene el entrenamiento necesario para enfrentarse a eso–-aclara muy marcial nuestro Mambrú–. Al principio saltas con cualquier explosión y con el tiempo te acostumbras. Es increíble como te acostumbras a pasar al lado de los cuerpos quemados dentro de los autos ardiendo”.

Otra de sus funciones es escoltar a los que tienen que salir de la base. “Vamos en convoy al centro de la ciudad, a toda velocidad, y no nos podemos detener hasta llegar al destino. Si alguien se cruza en tu camino hay que despejar como sea, acelerando, disparando a lo que tengas delante. Esas son las órdenes”.

El tiempo libre que le queda entre atacar o ser atacado lo dedica a intentar hablar en inglés con los gringos. “Con un buen manejo del idioma puedes optar a mejores sueldos”. Más sueldo y más riesgo. Como los cuatro mercenarios de Blackwater que fueron linchados, quemados, mutilados y arrastrados en las calles de Fallujah ante las cámaras de televisión.

“Yo los conocí en Bagdad. Y hay más. Mataron a mi jefe con una bomba en su auto. Todos eran gente muy preparada, con misiones especiales”. Tan especiales eran sus misiones que no hubo forma de explicar qué hacían esos cuatro extranjeros en Fallujah. Porque una de las ventajas de tener mercenarios es que no hay que dar demasiadas explicaciones de lo que hacen. A pesar de que el 20 de octubre de 2001 la ONU prohibió “el reclutamiento, utilización, financiación y adiestramiento de mercenarios”, ni Estados Unidos, Gran Bretaña, Sudáfrica e Israel firmaron esta orden. No es casual que las grandes empresas de reclutamiento de estos ejércitos privados estén radicadas en esos países.

CADÁVERES INVISIBLES

Aparte de esta resolución de la ONU, no existen leyes internacionales que regulen el negocio de los mercenarios. Y esto les da muchas ventajas porque no están sometidos a ningún control. Lo que permite utilizarlos en tareas “mal vistas” y abusos que no se permitirían en un ejército oficial. Como ocurrió en Abu Ghraib, donde el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, admitió a 37 “privados” en los salvajes interrogatorios a los presos, o el mercenario Jack Idema, que dirigía una cárcel privada en Afganistán.

En el mosaico de nacionalidades de serbios, bosnios, estadounidenses, franceses, ingleses, libaneses, hindúes, surafricanos, liberianos, paquistaníes, australianos se pueden encontrar abultados prontuarios de crímenes y sabotaje en todos los continentes. Otra ventaja es que los mercenarios no cuentan como soldados y, por lo tanto, no hay que justificarlos ni pedir permiso ante ningún Congreso.

Cuando mueren no pasan a engrosar la lista de cadáveres militares que tanto incomodan a los políticos e indignan a la opinión pública. Tampoco requieren de ceremonias y banderas a la hora de enterrarlos. De hecho, ni siquiera se sabe cuántos han muerto, porque son invisibles para el arqueo siniestro.

Y no hay que olvidar el enriquecimiento que está procurando a muchos altos mandos reconvertidos en empresarios, que han encontrado un filón fabuloso utilizando sus contactos para conseguir los contratos millonarios con los ejércitos.

Vinnell Corp, Armor Group, Global Risk, Kroll Security, Meteoric Tactical Solutions, junto a Blackwater, se reparten el gran pastel y algunas de ellas se jactan de tener más generales contratados que el Pentágono. Y luego están los satélites, como Red Táctica y el famoso Pizarro, que funcionan como subcontratistas y otros “freelance” y oportunistas que buscan tipos fogueados en distintas guerras y dictaduras que ven en Irak la posibilidad de hacer más rentable un oficio mal pagado en los ejércitos regulares y que se encuentran de brazos cruzados en sus países.

Esta dispersión preocupa a los grandes tiburones. El director de Vinnell Corp se quejó en la BBC de tanto advenedizo que apenas llevan en este negocio dos o tres años y que reclutan personal no adecuado. Y es que ellos son verdaderamente potentes. La empresa Military Professional Resources afirma que dispone de 12 mil 500 ex combatientes con experiencia nuclear y en submarinos.

Blackwater pregona en su página web (www.blackwaterusa.com) que ha entrenado a 50 mil hombres. Y que dispone de carros blindados y helicópteros. Este 21 de abril derribaron uno de los suyos con seis empleados. En la web reconocen “que es un día muy triste para la familia Blackwater”, y que acompañan con sus oraciones a las familias. Ninguno chileno.

Nuestro Mambrú volvió a Chile sin ningún rasguño en el cuerpo, pero con muchas grietas en el alma. “No es el mismo de antes –reconoce su hermano–, casi no habla, no quiere ver a casi nadie de sus amigos y prefiere juntarse con otros que han vivido lo mismo que él. Tardó semanas en confesar algunas de las cosas que tuvo que hacer”.

Y es que la guerra no es como en las películas. Además, el año que pasó en Irak no fue suficiente para pagar todas sus deudas, así es que ha vuelto a enrolarse para otra temporada. Aunque ha aprendido la lección y ya no es con la empresa de Pizarro. “Ellos siguen funcionando aquí y llevando gente a pesar de que ya no están tan bien vistos. Yo sé que están reclutando personal muy joven por mil dólares al mes. A mi me ofreció cuatro mil 500 por proteger a la policía iraquí, que es lo más peligroso porque los matan como moscas”.

Otra empresa le pagará cinco mil mensuales por proteger convoyes militares de EEUU. Mientras llega su hora de partir pasa el tiempo saboreando la comida que le prepara su madre entre sollozos, “y eso que no quiero decirle que esta vez será peor”, y haciendo cuentas de los millones que ganará y en qué los invertirá cuando vuelva.

Si es que vuelve.

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* Periodista. Artículo publicado en el diario La Nación de Santiago (www.lanacion.cl).

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