Dic 3 2017
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Cultura

Marcelo Leites: También yo fui un poeta de los ‘90

Ensayista y poeta, Marcelo Leites, nacido y residente en la ciudad argentina de Concordia, provincia de Entre Ríos, fundador de una de las weblog de poesía más reconocidas de la Argentina, conversan entre otros temas, sobre sus influencias familiares y literarias, así como respecto de su amistad con el gran Leónidas Lamborghini.

 — ¿Por dónde comenzaríamos a delinear “La novela de un niño concordiense”?

 Por mi primer encuentro con la literatura, cuando aprendí a leer, a los seis años más o menos; en la primera

Caricatura de Nicolás Avellaneda

infancia (ahora estoy en la última). En realidad fue un pasaje —natural— de la oralidad a la lectura, porque mi padre nos leía mucho a mis hermanos y a mí, especialmente, porque era al que más le interesaba. Este hábito de leer en voz alta en las familias se ha ido perdiendo; había algo mágico en esas historias que después fueron cambiando, claro, porque mi viejo me siguió leyendo hasta  más allá de la adolescencia. Mi padre es de ascendencia portuguesa y mi mamá, italiana de origen, llegó a la Argentina siendo muy pequeña. Nunca se nacionalizó y maneja el italiano con igual solvencia que nuestro idioma.

Quiero decir que he tenido la dicha de nacer en un ambiente culto, donde los libros y la música (la otra gran herencia de mi padre) eran moneda corriente: la música clásica de Ludwig van Beethoven, César Franck, Robert Schumann, Chopin, Maurice Ravel, Wagner, Ígor Stravinski, incluso la música contemporánea; y tantas canciones populares de alto vuelo; la poesía de Cesare Pavese, de Giuseppe Ungaretti o de Eugenio Montale, leídas en el idioma original por mi madre, también. El italiano y el friulano —hablado por mi bisabuela, que vivía con nosotros— también formaban parte de la comunicación cotidiana, y de ahí me quedaron algunos rudimentos de esa lengua. Aparte de eso, la mamma era nuestra traductora permanente del pop italiano que se escuchaba en casa; como así también del cine arte italiano: Fellini, Luchino Visconti, Antonioni, Marco Ferreri, Dino Risi, etc.

Las cosas que nos leía mi padre eran, básicamente, cuentos: fantásticos, de humor negro, cómicos, de ciencia ficción o realistas: Ambrose Bierce, Guy de Maupassant, Alfred Jarry, Ray Bradbury, Mark Twain,  Antón Chéjov, Saki [Hector Hugh Munro], Julio Cortázar, Marco Denevi, Haroldo Conti, Daniel Moyano, etc., más poetas que le gustaban especialmente, como el Guillermo Martínez Yantorno de “Trenes a lo lejos”, los sonetos de Enrique Banchs, el Pablo Neruda de “Residencia en la tierra” y algunos españoles como León Felipe, Federico García Lorca o Vicente Aleixandre. Pero también eran frecuentes sus lecturas de los cuentos sufíes o de tradición oriental, esos cuentos-enseñanza que más que una moraleja, te dejaban regulando por mucho tiempo.

Pero volviendo a mi historia personal, digamos que cuando aprendí a leer, descubrí por primera vez qué era la poesía; porque cada vez que emprendía la lectura de esas novelas de aventuras tipo: “La cabaña del tío Tom”, “Las aventuras de Tom Sawyer”, “La isla del tesoro”, “Robinson Crusoe”, “Moby Dick” o “Alicia en el país de las maravillas”, empezaba el viaje (¿y qué otra cosa es la poesía sino un viaje, verdad?), que consistía en reducir mi cuerpo hasta llegar al tamaño de una hoja del libro,  tan plana como una hoja, pero en blanco y, luego meterme adentro del libro, cosa que nadie me viera, ni yo tampoco pudiera ver el mundo exterior, que me parecía mucho menos vivo y real que el universo de esos personajes. Creo que ese es uno de los sentidos más profundos de la poesía: la suspensión de la realidad cotidiana, en virtud de la ficción que no tiene por qué ser menos real que lo que llamamos vulgarmente realidad. La cosa es que como yo estaba adentro de alguno de esos viejos tomos de tapas duras (generalmente los de color verde: “Colección Ilustrada de Obras Inmortales”, Editorial Cumbre, México, 1956), nadie me encontraba por ningún lado; mi viejo me llamaba; mi vieja, también, pero a los gritos, como buena tana, sin obtener respuesta.

Y hasta mi hermana lo intentaba infructuosamente. Y no es que no les hiciera caso: directamente no los escuchaba, estaba en trance, había entrado en una realidad paralela, me había “viajado” (como dicen los chicos ahora). Sólo cuando terminaba de leer todos los capítulos posibles (o la novela entera), salía de mi guarida, primero como una hoja escrita y luego volvía a alcanzar mi forma, tamaño y cuerpo normales; pero salía con un ímpetu y una fuerza extraordinarios, como si a partir de entonces pudiera vencer todos los obstáculos y sinsabores que se me presentaran en el futuro. Y ese estado de falsa omnipotencia duró hasta la adolescencia tardía.

Otra etapa signada por la influencia de mi papá fue la lectura, cuando cursaba el último año de la secundaria, de varios de los textos cortos de Franz Kafka (muchos años después, cuando ya mis hijos eran grandes, en uno de mis cumpleaños, me regaló la obra completa, dos tomos en papel biblia, de tapas verdes también, maravillosamente traducidos por J. R. Wilcock —entre otros traductores; Emecé, 1960—, y con una dedicatoria entrañable. Por supuesto que los conservo como si fueran oro en polvo, en uno de los estantes destacados de mi biblioteca; mientras mis compañeros de curso salían a dar serenatas a los profesores, o se dedicaban a las carrozas, a elegir las reinas y a todo lo relacionado con la primavera del estudiante. Pero era una elección personal, a mi todo eso me aburría, exactamente lo contrario de lo que les pasaba a ellos con la lectura, justamente, me reprochaban que fuera un pelmazo, me machacaban diciéndome que la diversión estaba afuera y no adentro del hogar; y mucho menos, adentro de los libros.

Y ahí llegamos a una de las lecturas fundantes en mi formación, que fue la de “Esperando a Godot” (en la colección de Aguilar de Teatro Contemporáneo: “Teatro francés de vanguardia”, 1961, con una gran traducción de Pedro Barceló). No recuerdo las veces que la leyó mi padre, pero fueron muchas, y, a veces, se sumaban otros amigos suyos. Porque él tenía —tiene aún— un don especial para la lectura en voz alta, atendía a los matices y modulaciones de la voz, a las pausas, a los cambios de ritmos y tonos; y todo eso volvía el texto aún más cautivante, generando un suspenso que mantenía en vilo a los oyentes.

— En ese padre hay un actor.

 Indudablemente, sus lecturas eran teatro leído. De hecho, en su juventud,  había sido actor de una compañía de teatro muy prestigiosa de Concordia, que se llamaba “La Carreta”. Todo eso contribuyó a que mi paso por el teatro fuera bastante prolongado y anterior a la escritura creativa. Aunque también fue en ese 4º año de la escuela, cuando empecé a garabatear esas especies de versitos edulcorados para “levantar” alguna chica del curso, casi siempre, sin ningún resultado positivo, salvo una sonrisa de compromiso, seguramente porque eran muy malos (cuando afiné la puntería fue distinto, aunque ya no fuera ese el sentido de la escritura).

Eran cartitas de ocasión sin ninguna impronta artística. En cambio, en el teatro, que, valga la aclaración, fue primero estudiantil, y luego vocacional, pude desarrollarme como actor y posteriormente como director, de una manera mucho más creativa. La actuación me enseñó a “poner el cuerpo” y a “soltar la voz”, aparte de proporcionarme una serie de herramientas, que luego me servirían, me sirven todavía, para leer mis poemas en público. No para teatralizarlos (cosa que a mí no me interesó) y, mucho menos, para  declamarlos o recitarlos, sino, para interpretarlos.

Con  el grupo de teatro estudiantil, el dramaturgo que más representamos fue el inglés J. B. Priestley, que cultiva el género realista-dramático, con obras inolvidables, como “El tiempo y los Conway” o “Yoestuve aquí una vez”. Y, en el teatro vocacional, el más revisitado fue Shakespeare, donde lo tuve como director a mi Profesor de Literatura, Jorge Ríos, otro de mis benefactores e influencias. Con él hicimos “Otelo”, en una versión bastante vanguardista para la época y con un erotismo de alto vuelo, porque yo me había enamorado de Desdémona,  y ella, de Otelo. Los ensayos e incluso las presentaciones en público de la obra, no ocultaban la evidencia, que el director subrayaba y aprovechaba para la puesta en escena. Para nosotros, en cambio, lo más intenso ocurría en los camarines, aunque lo que pasaba en el escenario, lo potenciaba.

Y la última obra que realicé, fue “Hamlet”; pero ya no como actor, sino como director en un colegio secundario marginal de mi ciudad; claro que hice una adaptación de la pieza, que consistió en reescribir el texto (surgido de la comparación con varias de las traducciones a nuestra lengua de la obra original) de acuerdo al registro actual rioplatense, a la eliminación de ripios, de personajes y, sobre todo, a una síntesis que llevó la pieza a la duración de hora y media aproximadamente. Nos fue muy bien y el actor que representaba al protagonista obtuvo el Premio Revelación en el Festival Provincial de Teatro.

— Teatro y Letras.

  Es así. En la década del ‘80 también hice la carrera de Letras en el Instituto del Profesorado: Castellano, Literatura y Latín; cursé los cuatro años, pero no me recibí. Me pareció, cuando empecé a escribir poemas “en serio”, que esa actividad era incompatible con la enseñanza de la literatura. También porque había empezado a trabajar y, como mi trabajo iba de 7 a 13, tenía toda la tarde para dedicarme al ocio creativo, o, simplemente al ocio (que nunca debería faltarnos), cosas que hubieran sido imposibles para mí siendo docente. Por otro lado, la enseñanza sistemática o programática, nunca me interesó. Una cosa es dar clase, y otra impartir talleres de lectura o escritura, donde me sentía más cómodo, porque los contenidos los decide uno,  de acuerdo a las necesidades e inquietudes del grupo, o, de cada alumno en particular. Sin embargo, mi paso por el profesorado de Letras fue beneficioso porque me ayudó a leer y entender a los clásicos y además fue allí donde conocí a mi mejor amigo; que luego se convertiría en un helenista y en un gran filólogo de la lengua griega y con quien cultivé una amistad que ya lleva más de treinta años.

Demás está decir que “Hamlet” y “Otelo” son obras eminentemente poéticas e influyeron en mi decisión de tomar la escritura como una práctica artística, lo que creo se evidenció en mi primer libro (“El margen de la aldea”, 1992), publicado en la editorial local del poeta Juan Meneguín, que me instó a publicarlo, porque yo no estaba seguro de si era un poeta, ni del valor de los poemas; él me decía que la única forma de validar esas cuestiones era con la difusión de la obra y que el libro era un paso imprescindible para cualquier escritor.

Además, Juan, me transmitió la gran tradición de poesía entrerriana, de la que aún conocía muy poco; no lo conocía a Juan L. Ortiz, por ejemplo, y él me lo leyó por primera vez; también con Meneguín leí las primeras cosas de la poesía china y japonesa. Justamente a raíz de un viejo proyecto suyo, el de hacer una Enciclopedia de varios tomos con todos los autores entrerrianos, se me ocurrió la Sección “Rescates”, donde aparecen los poetas y escritores entrerrianos insoslayables, aun los marginados, con una biocrítica y una antología basada en la totalidad de la obra de cada uno; dirigí esa Sección dentro de la Página Autores de Concordia, que hacíamos con el narrador Fernando Belottini, y que actualmente sigue on line.

Con Daniel Durand y Miguel Chiovetta, en los 90

“El margen de la aldea” fue  muy bien recibido por escritores como Carlos Sforza, Marta Zamarripa, Luis Thonis, Juan Carlos Moisés, y otros; incluso, por poetas como Leónidas Lamborghini (que me envió una cartita, comparando mi trabajo, generosa y desmesuradamente, con el de Ungaretti), con quien luego cultivaría un vínculo que duraría el resto de su vida. Pero en el ‘94 me despedí del teatro con mi versión de “Hamlet”. Sentí la necesidad de optar entre esas dos artes, el teatro o la poesía. Me di cuenta que no podía con las dos, y que la energía apenas me daba para desarrollarme medianamente a través de una sola disciplina artística. Y elegí la poesía, porque, a diferencia del teatro, depende exclusivamente de uno mismo; sólo se necesita lápiz y papel, y ciertas condiciones, desde luego.

Y, volviendo a Leónidas Lamborghini, no puedo dejar de pensar en un paralelismo fortuito: Juan L. Ortiz lo “saludó” en su primer libro, “Al público”, de 1957, y lo reconoció de inmediato como un poeta talentoso y con un futuro prominente. Una coincidencia asombrosa porque —salvando las distancias, claro—, Ortiz es entrerriano; Lamborghini, porteño; y yo también soy entrerriano; Ortiz lo felicita a Lamborghini; Lamborghini me felicita a mí; en los dos casos, por un primer libro; y los dos son mis maestros.

Con Ortiz aprendí a “mirar”: no sólo la naturaleza, sino cualquier objeto; la mirada contemplativa, que promueve el desarrollo de una percepción amorosa y de comunión con los seres que nos rodean, sean animales, plantas o personas. También me marcó su estética simbolista y, ciertamente, la recreación de los ríos y flora entrerrianos. No se entra dos veces al mismo río; no se mira el mismo río, después de leerlo a Juanele (apodo que era para la gilada: los discípulos como Hugo Gola o Juan José Saer, y los amigos, le decían Juan o Don Juan). No pude conocerlo porque murió en 1979, cuando yo tenía quince años (y además, en esa época, ni sabía que existía; tampoco era conocido en la “poesía oficial”; era un poeta secreto, marginal, sólo admirado, leído y seguido por un grupo de poetas e intelectuales).

Claro que las influ encias no son sólo de los maestros, sino de unos cuantos escritores y poetas que conforman ese núcleo incandescente que te permite generar tu propia escritura, un tono propio, una voz, por mínima que sea. Desde el punto de vista de las estéticas, te podría decir que mi poesía es tributaria del objetivismo norteamericano en confluencia con la poesía del argentino Joaquín Giannuzzi; mixturado con la línea orticiana, que estéticamente sería lo opuesto: impresionista (aunque, como sabemos, Ortiz es incasillable). Una suerte de lirismo objetivo y contemplativo, o algo así. No es uno precisamente el más indicado para definir el tipo de poesía que escribe.

Fue en 1992, el mismo año de la publicación de ese primer libro, cuando empecé a coordinar Talleres de Lectoescritura; y aquí no debo dejar de mencionar a mi mentor en estas lides, que es el querido amigo y poeta Patricio Torne, con quien hice un par de talleres, uno de ellos para público en general y otro específico, para Coordinadores de Talleres Literarios. Con él aprendí la cosa lúdica de la literatura, y el acento puesto en lo emotivo, en la transmisión de conocimientos, más que en lo intelectual. Mis talleres continuaron en forma aleatoria hasta hoy, en sus diferentes modalidades: grupales, individuales u on line, que en este momento son la mayoría. Mi trabajo supone un contrapunto entre la lectura y la escritura. Pongo énfasis en que los alumnos aprendan a leer, y a leer el mayor número de poetas de todo el mundo (los que resultan casi siempre desconocidos por los talleristas), como también fragmentos en prosa de escritos de diversa naturaleza, o textos íntegros. En los presenciales, suelo ser yo mismo quien les lee los poemas a los talleristas, durante un lapso de la clase; después ellos continuarán solos la lectura de esos libros u otros relacionados. La escritura se deriva de la impregnación de esas lecturas; o de otras motivaciones: música, pintura, ejercicios. Y, finalmente, el análisis en común y mis correcciones.

— Es Lamborghini quien prologa tu segundo poemario.

 Sí. Era un genio Leónidas. Las conversaciones que mantuve con él en su casa, cada vez que viajaba a tu ciudad, son de las cosas que me pasaron con la poesía que más atesoro, eran como clases magistrales; en realidad, yo lo que hacía sobre todo era escuchar, como corresponde a un discípulo que sigue a su maestro. Con él aprendí que aún en la lírica, el poeta no tiene que llorar (alejarse de la “poesía de la lagrimita” —decía Lamborghini) y debe moderar sus sentimientos para que, paradójicamente, lleguen con mayor fuerza al lector. Esto vale tanto para la lírica contemplativa o reflexiva como la que suelo escribir yo, como para cualquier tipo de poesía lírica. También aprendí que la parodia, la ironía o el humor podían ser recursos poéticos. Y que el rigor compositivo en el manejo del lenguaje es imprescindible. De hecho, la precisión y la nitidez de la imagen, están entre los atributos que más valoro en un poeta. También la eliminación de elementos superfluos y de lugares comunes.

Otra de las cosas que me enseñó Lamborghini es que no hay ninguna obra dentro de toda la historia de la literatura que sea original en el sentido absoluto de la palabra. Que la literatura es un sistema de correspondencias por distintas ramas desde Homero en adelante. En ese  prólogo de “Ruido de fondo”, compara el final de uno de mis poemas más celebrados (conocido como el del Renault), con el poema más famoso de W.C. Williams (“La carretilla roja”), que fue otra de mis grandes influencias, junto con las de Wallace Stevens, T. S. Eliot y Ezra Pound, porque también yo fui un poeta de los ‘90.

Ficha

Marcelo Leites nació el 2 de marzo de 1963 en la ciudad de Concordia, donde reside, provincia de Entre Ríos, Argentina. Participó en diversos Encuentros y Jornadas de Escritores en su país y en Paraguay. Ha dictado conferencias e impartido talleres de lectoescritura en ámbitos públicos y privados. Publicó entre 1992 y 2009 los libros de poemas “El margen de la aldea”, “Ruido de fondo”, “Tanque australiano” y “Resonancia de las cosas”. Administra http://ustedleepoesia2.blogspot.com.ar, más conocida como la Biblio. Algunos de sus ensayos han sido incluidos en los volúmenes “Primer Encuentro Provincial El Escritor Entrerriano” (Editorial de la Universidad de Entre Ríos, 2004), “Los caminos de la utopía” (compilado por Jorge Montesino y editado en Paraguay por Fondec, 2005) y “La música de la poesía” (colección “Época”, dirigida por Javier Adúriz, Rafael Felipe Oteriño y Santiago Sylvester, Ediciones del Dock, 2012), mientras que poemas de su autoría han sido antologados en “Poesía de pensamiento. Una antología de poesía argentina” (Endymion, Madrid, España, 2015) y en “Rutas. Un recorrido por los diversos senderos del país” (selección y prólogo de Gito Minore, Editorial Punto de Encuentro, Buenos Aires, 2015).

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