May 16 2008
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Opinión

Más allá del volcán. – LA MISERIA DE CHILE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Enojados están los diputados de la UDI (Unión democrática independiente) porque los tribunales de justicia apuntan con un tan largo como lento en alzarse dedo a un grupo de oficiales antaño ganosos de liquidar a los enemigos de la Cristinadad, y que liquidaron a muchos, entre ellos a un sacerdote católico; quién sabe, quizá el cura Woodward fue «daño colateral» de la guerra náutica contra los homúnculos de la izquierda (cuando había una izquierda). La institucionalidad no es buena si se permite dudar de la «honra y hombría de bien» de tales criminales.

No eran oficiales de la Armada los asesinos de los hermanos Rafael y Eduardo Vergara Toledo, muertos a balazos en la Villa Francia, el 29 de marzo de 1985. Por ello, probablemente, los diputados UDI no levantaron la voz para protestar por las sentencias dictadas por el ministro de la Corte de Apelaciones Carlos Gajardo, que condenó en primera instancia a quince años y un día de presidio al suboficial de Carabineros (r) Jorge Marín Jiménez, y a diez años al subteniente (r) Alex Ambler y al suboficial Nelson Toledo. Acaso haya criminales de primera y sicarios de segunda.

La ley del silencio, empero, prima en Chile. La tesis se sustenta en el hecho de que, cerrada la investigación por la muerte –precedida por torturas– de Víctor Jara, personalidad de la cultura, el ministro de Corte sólo tuvo antecedentes para responsabilizar del atroz hecho a un ex coronel del ejército Mario Manríquez Bravo.

Jara, hombre de teatro y compositor, fue golpeado con saña durante dos días en el Estadio Chile de Santiago, luego, malherido, sacado del recinto y arrojado en una calle aledaña a un cementerio con más de 38 balazos en el cuerpo. El Estadio Chile había sido ocupado por el ejército para mantener allí varios miles de prisioneros luego del golpe militar. Pero el ejército no sabe, ni contesta cuando se le pregunta sobre la tropa y oficiales allí destacados.

No son, desde luego el sacerdote Woodward y el artista Jara los único a quienes se les viene negando justicia por más de 30 años. Allí están los rosales de Villa Grimaldi. No importa, la llamada «clase» política no dejará de asistir a cóctel alguno con los mafiosos –de uniforme o sin él– de otros días. Palabras como vergüenza, arrepentimiento y honor no son moneda corriente en esas tarimas de la sociedad; tampoco en otros, como lo prueba la aberrante investigación sobre la muerte de un muchacho, que se cierra sin haberse aclarado siquiera la causa de su deceso.

Matute Johns fue encontrado en un descampado en el sur del país tras días de búsqueda. El magistrado que cerró el caso jamás quiso escuchar a sus padres, que vieron cómo se les cerraban las instancias procesales.

A daño causado con premeditación y alevosía por la dictadura militar-cívica en el tejido del país, se suma la gangrena que hasta el día de hoy corroe los distintos estamentos sociales.

La imposición de la ideología neoliberal-conservadora –primero por el temor que inspiran las armas y la impunidad represiva, durante la dictadura, y luego por sobredosis de «soma» democratoide bajo el imperio concertraicionista–, con su secuela de inequidad tributaria; precarización del trabajo y selectividad de sueldos: las mujeres un promedio del 30% inferior al de los varones por el mismo trabajo; sistemas paralelos de educación, uno dizque de excelencia para ricos, otro autoritario horro de letras y luces para los pobres «municipalizados»; un arreglo clasista en materia de salubridad pública; la falta total de control sobre el funcionamiento de las entidades financieras, en fin, han convertido a Chile en el reino de la no solidaridad.

Con una gozosa conducta cómplice de las instancias medias y superiores del gobierno y administración del Estado, y de los partidos políticos (que hace tiempo dejaron de representar los intereses de los diversos sectores de la población), los medios de comunicación periodística –alimentados por la publicidad oficial y todos, salvo alguno menor, en manos de empresas que reflejan posiciones de derecha o de ultraderecha– cayeron como caníbales sobre los restos del cuerpo social, criminalizando las demostraciones de descontento popular, burlándose de sus hábitos y costumbres y, sobre todo, propalando la mentira de que la competencia, y no la emulación, entre las personas, no importa cuan brutal fuere, es la clave para mejorar la calidad de la vida.

Calidad de vida asociada a la posesión de bienes suntuarios que deben ser ostentados. Algunos por el lucimiento de grandes vehículos, residencias, helicópteros, hazañas deportivas… Y otros mostrando sus ropas usadas traídas en contenedores de Europa o Estados Unidos.

De lo que se trató –y en parte se ha cumplido– fue de romper los lazos solidarios merced a los que los habitantes del país se reconocían, pese a sus diferencias y contradicciones, parte de una misma sociedad. Echados como perros a luchar unos con otros en una competencia absurda que no los conduce a ninguna parte, terminan mordiéndose. Los muerde la ignorancia fomentada por la escuela y en casos institutos de educación superior a los que nadie controla ni vigila; los muerde la explotación fomentada por propios y foráneos; los muerde la enfermedad, las casas de 25 metros cuadrados –o de 12 metros cuadrados, que también las hubo y hay–; los muerden jornadas laborales de 10 o 12 horas (y otras dos o tres para salir de casa y llegar al trabajo y por la tarde salir del trabajo y llegar a casa); los muerden meses de espera para recibir un tratamiento médico; los muerde un entretenimiento idiota.

Los muerde una vida que se vive sin valores y sin sentido.

No es de extrañar, así, que haya habido dispuestos a lucrar con las necesidades de los afectados por la erupción del volcán Chaitén, desplazados que necesitan alquilar una vivienda y les exigieron en muchos casos lo imposible, que adquirieron prendas de vestir, artículos de aseo o utensilios de uso personal y muchas veces se los hurtaron y, sobre todo, compatriotas que deben insertarse en una comunidad a la espera de saber si podrán volver a la propia o deberán rehacer su vida en otro ámbito.

Cierto, al gobierno esta vez no le faltaron reflejos y los que tuvieron que buscar asilo en otras regiones han contado con el apoyo de las autoridades. Sólo que el drama de Chile es otro y más grave.

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