Abr 27 2007
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Opinión

MATRIMONIO A LA ITALIANA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El PD, símbolo viviente de nuevas concepciones de la vida política, se define como moderado, de izquierda y renovador, uno llamado a superar las incertidumbres. Las matemáticas y las encuestas no engañan: será el primer partido de Italia, por encima del movimiento que lidera Silvio Berlusconi.

Han proclamado que se acabaron los protagonismos, que elegirán los directivos en primarias, que se acabaron las dañinas cuotas y grupos internos, que los asuntos religiosos no intervendrán para nada como cuña molestosa porque eso se refiere a una escogencia ética y moral, no política. Rechazan los viejos temas obsoletos y se lanzan por el camino de la lucha por un acuerdo sobre el clima y contra la pena de muerte, como asuntos prioritarios en la agenda internacional.

Han hecho referencias interesantes: la formación del PD, piensan, es la aplicación real del Concilio Vaticano Segundo y sobre la elección francesa han criticado duramente a los patriarcas socialistas que se oponen al planteamiento de Rocard para un entendimiento entre Ségolène Royal y Bayrou, pues consideran que los extremos deben tratarse con cuidado y lo que conviene a Europa es una centroizquierda fuerte.

Hay que admitir que la lucha política por dotar a Italia de un gobierno de centroizquierda contra el predominio de Berlusconi los llevó a alianzas electorales, pero también hay que reconocer que la sorpresa de exdemocristianos y excomunistas juntos en una sola organización es una muestra increíble de los nuevos tiempos.

No ha habido el menor problema ideológico para la unión: los tiempos presentes marchan hacia la renovación del sistema democrático, de una fuerte preocupación social y en esta madurez que ahora nos muestra la política italiana no hay considerandos para asuntos subalternos. Si hay una identidad en torno a las bases para renovar la política, para dotar a los países de organizaciones partidistas fuertes que superen los viejos males (partidocracias, sectores internos en pugna, respeto absoluto por la voluntad de los militantes) ya no hay diferencias insalvables.

Una centroizquierda moderada, pero comprometida a fondo con los cambios sociales, es lo que la política italiana muestra a un mundo asombrado por la unión de viejos adversarios de más de medio siglo.

Y una constante que me he permitido resaltar en mis más recientes artículos de opinión: hay que aprender a vivir con la incertidumbre, pero no chocándola sino reduciendo los viejos términos antagonistas, conforme a la lista que he hecho en otras oportunidades elencando contrarios que deben dejar de serlo. Si excomunistas y exdemocristianos logran estar de acuerdo en lo que quieren he allí una reducción cierta de la incertidumbre.

La política italiana, a pesar de su obsecuente inestabilidad, ha dado una muestra de madurez de siglo XXI. ¿Cuál es la reacción del líder de esta coalición que hoy gobierna a Italia? El Primer Ministro Romano Prodi ha dicho que toda su ambición es terminar la presente legislatura y retirarse, que no insistirá en mantenerse en el cargo, que nuevas generaciones deben copar el protagonismo de la política italiana.

Lo sucedido en Francia apunta por este mismo camino: los extremos se han reducido, tanto de derecha como de izquierda, y quien ha planteado la posición de centro, caso Bayrou, ha cosechado el éxito. No estamos para extremismos ni para posiciones irreconciliables. Lo que se requiere es una renovación del concepto democrático, eficiencia y eficacia, eliminación de la marginalidad política y económica, aire nuevo que deje atrás las estupideces y las contradicciones periclitadas.

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* Escritor.

tlopezmelendez@cantv.net

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