Ene 10 2018
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Despacito por las piedras

 “Me considero ex hija de genocida porque renuncié a esa historia”

 

Lydia Lukaszewicz es “ex hija”, como ella se define, del militar fallecido (en 2011) Hernán Lukaszewicz. “Mi padre biológico fue suboficial del ejército y estuvo en Monte Chingolo, en el pozo de Banfield, en Tucumán, en Córdoba. Tengo relatos tremendos de quién era mi padre, porque fue un asesino. Lamentablemente no lo juzgaron”.

Dos semanas atrás, el colectivo Historias Desobedientes, compuesto por familiares e hijos de genocidas, expresó su repudió a la decisión del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 6 de conceder prisión domiciliaria al múltiplemente condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, Miguel Etchecolatz, quien además de haber cometido cientos de crímenes durante el Terrorismo de Estado: “Este genocida gozó durante muchísimos años de libertad e impunidad, hasta que finalmente fue sometido a juicio y fue condenado en seis oportunidades”.

“Pesan sobre él seis cadenas perpetuas por los crímenes cometidos durante la dictadura cívico-militar, y le conceden la domiciliaria como si fuera un pobre anciano”. “Esto es una amnistía encubierta, lo vienen haciendo con otros genocidas, al encontrarse con que una manifestación popular de más de 500 mil personas les dijo NO al 2×1”, sintetizaron.

Asimismo, Pablo Verna denunció que su padre, un médico retirado de Campo de Mayo, aplicó sedantes a desaparecidos que fueron arrojados vivos al mar durante la dictadura. “En 2013, tuve la certeza de la participación de mi padre en los crímenes de Campo de Mayo. Había como un mandato de silencio, no un pacto, al interior de la familia. Queremos que se cambie la legislación, para poder romper ese mandato, por lo menos para crímenes de lesa humanidad”, describió Verna.

“Rezábamos, para que mi papá se muriera”
 Dopazo expresó su solidaridad con quienes viven en el barrio donde ahora está Etchecolatz.Crear una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas, acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi vieja hacía lo que podía, amenazada recurrentemente por él: “Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos”. De hecho, mi recuerdo más crudo de la infancia da cuenta del sufrimiento permanente: cada vez que él volvía de la Jefatura de Policía de La Plata, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir que se muriera en el viaje, dice Mariana Dopazo, ex-hija del genocida Miguel Etchecolatz.
Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba: “Mirá lo que me hacés hacerte”, decía. Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror. Y sí, haber convivido con un genocida me permitió conocer su esencia, su faz más verdadera, escribe en La Garganta Poderosa. Cuando el Juzgado de Familia autorizó a deshacerme del apellido teñido de sangre, en 2016, para suplantarlo por el de mi abuelo materno, creí que había terminado una etapa. (…) Días atrás, mientras visitaba a mi familia me enteré que ahora tendrá el privilegio de irse a su casa. “Es imposible que le den la domiciliaria”, me aseguraba mi mamá, para tranquilizarme. Hasta que nos llamaron para avisarnos.

Sólo dos tipos de personas conocen verdaderamente a un sujeto como él: sus víctimas y sus hijos, dice Mariana. Por eso, a mí que no me lo vengan a contar. Nadie puede venderme el discurso de la reconciliación, ni el cuento del viejito enfermo que merece irse a su casa. Quienes conocemos su mirada, sabemos de qué se trata. Hay centenares de genocidas con prisión domiciliaria, pero él nos hierve la sangre porque representa lo peor de esa época, tras haber sido la cabeza de 21 centros clandestinos y no haberse arrepentido ni un centímetro de sus acciones, fiel e incondicional a las mentes que planificaron ideológicamente la masacre.

 

“Me considero ex hija de genocida”

Estefanía Cendón realizó, para la gencia Paco Urondo, un entrevista a Lydia Lukaszewicz: Mi padre biológico fue un genocida. Murió en 2011 después de realizada una denuncia penal sobre abuso infantil hacia mis hijos y hacia mí. Él fue suboficial del ejército y trabajó en Monte Chingolo, participó en el pozo de Banfield, estuvo en Tucumán, en Córdoba. Tengo relatos tremendos de quién era mi padre, porque fue un asesino. Lamentablemente no lo juzgaron.

– ¿Cuándo toma conocimiento de esa situación?

– Había un pacto de silencio difícil de romper, pero de chica siempre supe que los desaparecidos estaban muertos porque era de lo que se hablaba en mi casa. Después del terror y del miedo que viví en mi infancia, porque él era un hombre muy violento; con el retorno de la democracia tuve una profesora de Historia que nos explicó lo que fue la dictadura. Para mi había sido una guerra. Fue en ese momento en el que tuve oportunidad de desandar el pasado y empecé a comprender.

– ¿Cómo está conformada su familia actual y cómo se enteró del abuso de su padre hacia sus hijos?

– Tengo cuatro hijos: Sol de 27 años, José 22, Milagros 21 y Manuel tiene 18 años. Si bien los varones no hablaron, mis hijos y mis sobrinos fueron testigos del abuso por parte de su abuelo. Mi sobrina, hija de mi hermana, también fue abusada. Mi hija tenía 14 años y mi sobrina 15, ellas fueron las que hablaron. Hicieron la denuncia y yo también. Mi hija mayor también fue abusada, aunque nunca habló.

– ¿Su madre era consciente de lo que usted vivía cuando era pequeña?

– Sí, era consciente. Ella escondió que él había violado y matado a una mujer. Eso lo sabía mi hermana y me enteré el año pasado. En mi familia somos tres hermanas y un hermano. Mi hermana mayor es la que me acompaña. Nosotras reconocemos la verdad y les creemos a nuestros hijos. Mis otros dos hermanos no. Lo negaron y lo siguen negando, para ellos es como si yo hubiese matado a mi papá. Después de los seis meses de iniciado el juicio penal por abuso sexual infantil mi papá murió tranquilo en su cama. Mi mamá, que sabe todo, no tiene ningún remordimiento. Quien es perverso no tiene culpa.

– ¿Cómo es su presente?

– Voy a cumplir 51 años. Hoy soy parte de una organización que se llama “En Red, en contra del abuso sexual infantil”. Hago teatro, formo parte de una escuela de teatro. Si bien no pertenezco a ningún espacio político milito desde donde puedo en cuanto a la problemática del abuso sexual infantil, que es una forma más de violencia. Siento que se vuelve a repetir esto del silencio, del “no te metas”. Lo viví dentro de la Escuela Municipal de Teatro con la desaparición de Santiago Maldonado. Creo que debemos apuntar ahí ya que todo tiene un límite: si en democracia tenemos un desaparecido es como volver a empezar.

Como hija de militar también me tocó vivir el terror y los silencios, lo que no podía decir porque me daba vergüenza. Siempre hay que hacer escuchar nuestra voz. También me integraron en un grupo que se llama Historias Desobedientes, son hijos de genocidas que se empezaron a encontrar después del 2×1. Armaron una página y así nos empezamos a conectar, tenemos mucho en común. Esto no significa que uno esté reconciliado con ese pasado, en lo personal no siento eso.

– ¿Sostiene el vínculo con su madre después de la muerte de su padre?

– No, porque ella también tiene una ideología que no comparto. Sólo tengo a mis hijos y a mi compañero. De mi familia sólo sostengo la relación con mi hermana.

– ¿En qué estado quedó la causa contra su padre por abuso sexual infantil?

– Realizamos una denuncia penal de la que quedó absuelto. Murió sin haber pagado por ningún crímen que cometió. Fue un monstruo. Hoy me considero ex hija porque renuncio a esa historia. Deseo que el “Nunca Más” se haga realidad. Yo no tengo nada concreto que denunciar, puedo decir que escuché tal o cual cosa y eso está en los libros de Historia.

Mi primer dolor de cabeza fue el 25 de diciembre de 1975 con la toma del Viejo Bueno. La toma fue el 23, duró tres días, y en la noche del 25 vinieron a buscar a mi papá unos soldaditos. Había tres militares más en mi casa, se pusieron el uniforme y se fueron en un jeep. Cuando termina la balacera dentro del Comando de Arsenales, mi papá contó que le fue a preguntar al coronel a cargo qué hacían con los prisioneros, a lo que le contestaron: “No hay prisioneros”. Los pusieron en ronda y los mataron a todos. Dejaron viva sólo a una chica que, según dichos, la hicieron mierda.

– ¿Eso lo contó su padre delante de la familia?

– Ese relato fue con mis hijos grandes. Cuando lo escuché tuve que salir porque me descompuse, lo contó con tanto cinismo. El miedo siempre existió, él vivía armado. Yo tengo fibromialgia, eso te produce mucho dolor en el cuerpo. Pero tengo que estar fuerte porque debo sanar a mis hijos que han sufrido situaciones de abuso.

– ¿Le sirvió el teatro como espacio de cura?

– Sí, me sirvió. Sobre todo la militancia en cuanto a la concientización social, salir a decir “esto no me pasa nunca más”. Nadie te tiene que callar. El año pasado en la Escuela de Teatro, el 21 de septiembre, hablamos de Santiago Maldonado con los adolescentes. Les preguntamos si sabían por qué el 21 de septiembre es el Día del estudiante y nos contestaron que en conmemoración de La noche de los lápices. Hablamos de los desaparecidos también. Luego de esto, desde la Secretaría de Cultura me cuestionaron haber abordado ese tema. Es muy difícil hacer teatro sin tocar temas de actualidad. Los chicos vienen con información, el teatro es para expresarse.

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