Sep 5 2006
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Política

México. – EL ESTADO MAYOR PRIVATIZADO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Se siente como si entraras en un hoyo, estás totalmente inmovilizado y la incertidumbre inunda tu mente. Aunque hables, aunque trates de elevar la voz parece como si el sonido creara un espacio en el aire donde se ahogan y se olvidan las palabras, las sensatas y las que imploran ayuda.

No pude casi dormir, fue realmente complicado conciliar el sueño. El levantarse, tomar un baño, pensar que estarás solidario con otras personas, que defienden lo mismos ideales que tu, te motiva. No fue complicado elegir qué ponerme, tipo deportivo, pants negros y playera amarillo claro y tenis oscuros. Me puse mi mochila negra a la espalda y respiré como para tomar el ánimo que requeriría durante todo el día.

Tomé un taxi y me pude percatar que atrás, fiel a su objetivo, seguirme adonde me trasladara, estaba el automóvil blanco; ahora con tres personas, se había sumado una más a los dos caballeros que estuvieron en días anteriores.

Al bajarme del auto de alquiler pude ver muchas camionetas del año de connotada marca alemana y algunas donde las siglas de letras son inconfundibles. En la puerta a los salones del hotel Camino Real la elite del PAN, sus respectivos cuerpos de seguridad, más unos 25 elementos vestidos de negro todos con corte militar y un auricular permanente en el oído. Ya había prensa escrita, fotógrafos, reporteros de radio y televisión.

Me paré justo en la calle, sola. Mientras llamaba, algunos periodistas me preguntaban si me iba a manifestar, a todos les comenté que sólo quería hablar con el candidato del PAN. Llegó un hombre de piel blanca de estatura baja con sobrepeso que portaba raramente una playera con cuello pero al revés, con las costuras a la vista. Me dijo:

–Yo sólo soy un visor, por favor, no me haga perder mi trabajo y retírese.

Por mi parte la respuesta es directa mirándolo a los ojos:

–Es una lástima que tenga que decirle que hay más de cuatro millones de mexicanos que están fuera de su país porque aquí no tienen oportunidades y hay 50 millones de nuestros nacionales en la extrema pobreza, porque no hay una verdadera democracia que les permita elegir realmente a quién quieren como su presidente; por el interés malsano, enfermizo de unos, de retener el poder a toda costa. No caballero, dígale a su jefe que no me voy a retirar, este es un país libre y no estoy realizando nada en contra de la ley.

Para mayor intimidación mi ya conocido auto blanco estaba a cincuenta metros, encendido con sus tres acompañantes que no paraban de sacarme fotografías. Junto con otros en la acera de enfrente.

Llegó con todo y los periódicos bajo el brazo con su clásica sonrisa y un buenos días. Es Rodrigo Aguilar, ex candidato ciudadano por el distrito XIV Federal, un hombre culto, con maestría en Londres, un pacífico por naturaleza que siempre antepone el lenguaje de la negociación a la violencia. Un respetado por su templanza.
Vestía un pantalón de mezclilla, una ligera camisa informal de algodón a rallas tenues y sus babuchas de nobuk, sin olvidar sus lindos anteojos, esos que redondean su apariencia casual.

Rodrigo Aguilar y yo nos sentamos en la acera, frente a una puerta de la entrada a los salones del hotel, mientras hombres vestidos de negro colocaban –a petición de la crema y nata de acción nacional de Jalisco– vallas metálicas a los lados de nosotros. Era una reunión que no aparecía en la agenda pública o para los medios, porque sus jefes estaban ahí: propietarios de medios y directores de periódicos, de grupos radiofónicos y televisoras. Así como el actual gobernador del estado de Jalisco, Francisco Ramírez Acuña y su hijo predilecto, su sucesor Emilio González Márquez y sus asesores. Una reunión de los llamados de “líderes de opinión”.

Nos sentamos en el piso, sobre la acera. Leemos el periódico, el economista –robusto ex jugador de fútbol americano, de más de uno ochenta, pelo al calce que enmarca su rostro amable– es un analista reconocido y respetado y la pintora.

Soy de estatura pequeña, no sobrepaso el uno cincuenta y ocho de estatura y sólo peso 52 kilos. Yo leía el Público-Milenio y dejé en mis piernas el Mural y La Jornada. En tanto el graduado con honores en su maestría sostenía El País y Le Monde. Los dos sin gritar consignas, tranquilos, pacíficos.

El mismo individuo, de traje café claro de textura terlenca, que sudaba a mares y que ya nos había abordado antes, nos volvió a preguntar “¿de qué tipo va a ser su manifestación?” .

Le respondió Aguilar: “Pacífica”.

Tres minutos después otro individuo que porta auricular, éste con chaleco tipo fotógrafo me pregunta lo mismo. Nunca se identifican, nosotros siempre. Le dije:

–No va a ser un desnudo, le ganó el morbo compañero, venimos a exponerle de forma libre, amparados en nuestra constitución, al candidato de acción nacional nuestra opinión sobre la situación pos electoral.

Se retiran, ya hay más “chicos de negro”, algunos con anteojos oscuros, no hay sol, es un día nublado.

Hacen la finta de que Felipe Calderón iba a entrar por otra puerta, me levanto, y de inmediato sin tregua me veo envuelta entre un mar de trajes, de hombres de más de uno ochenta y cinco de estatura, sólo veo sus corbatas. Ahí aprovecharon para hacer de manifiesto que eran del estado mayor presidencial.

Un personaje de camisa azul me cierra el paso de forma violenta y yo comento “no me empuje caballero” –y ocho cierran la pinza, el cerco–. Son segundos y siento que me sujetan por la cintura, los codos apuntan a mi cabeza. Trato de mover mis brazos, están inmovilizados, un pulpo negro los detiene. Mi pierna trata de moverse y siento algo que me golpea el costado derecho a un lado del brazo. Es un dolor intenso. No puedo casi respirar.

Grito, pero nadie parece escuchar “Voto por voto, casilla por casilla. Voto por voto, voto por voto”.

Es como un hoyo negro. Te sientes impotente, ocho elementos del estado mayor presidencial, capacitados por el ejército anulan a una pintora, una mexicana, a una ciudadana. A una mujer pacífica. Ocho, que te tienen totalmente anulada. Te invade la incertidumbre, si fueron capaces de moverme más de cincuenta metros….sin esfuerzo. ¿Por qué pretenden intimidar, cuál fue la indicación de sus superiores?

Escucho los gritos de Rodrigo. “¡Estos son los hombres pacíficos, estos son los pacíficos que quieren gobernar! ¿Quiénes son los pacíficos? ”

Lo escucho a lo lejos, poderoso, sin desesperación. Firme.

En el sexto grito de Aguilar el cerco se abre. Ya entró Calderón al salón. Los ocho corren a un lado de una camioneta y veo que lo seis que inmovilizaban a Rodrigo hacen lo mismo. Rodrigo Aguilar perdió un zapato. Está descalzo de un pie.

Ante la prensa logro articular un tanto desesperada:

–¿Por qué tantos hombres para detener a una sola mujer? El que nada debe nada teme, ¿ese es el gobierno tolerante que quieren imponer? –Mi cabello está totalmente fuera de lugar, mis anteojos un tanto chuecos. Mi playera sin forma, toda jalada.

En ese instante baja de su camioneta el gobernador de Jalisco. Le pido ” Señor gobernador quiero elevar una queja”.

Él, con tono sarcástico, responde sin perder el paso -“Yo sólo soy un invitado a una reunión privada”. No me voltea a ver. Entra sin empacho.

Mi mente no puede evitar que mi comentario se exteriorice. “¿Éste es el funcionario que pagan nuestros impuestos y que es incapaz de responder a la petición de ayuda a un jalisciense que ha sido violentado de forma injusta? “.

Rodrigo Aguilar nunca ofreció resistencia, su control, no inusual porque es un hombre pacífico por naturaleza, se mantuvo siempre. Los seis elementos de estado mayor que lo rodearon, algunos provocándole con golpes al pecho, no obtuvieron de este inteligente mexicano respuesta violenta. Le sujetaron de la cintura y de las presillas del pantalón. Aguilar puso los brazos a los lados levantados, en forma de crucifixión y gritó a todo pulmón la verdad que nadie quería ver. Ahora esta libre. Y tiene al igual que yo en su rostro una mezcla de triunfo e impotencia.

Buscamos su zapato. Lo encontramos.

Mi corazón late a mil por hora, Aguilar me pregunta si estoy bien, le realicé la misma pregunta casi al unísono. Todos vieron, nadie observó nada. Nadie nos defendió, nadie nos ayudó, a pesar del abuso de autoridad, de la muestra injustificada de violencia por parte del estado mayor presidencial, de la ahora guardia privatizada que resguarda a Felipe Calderón: de ese oídos abiertos, de ese que habla de tolerancia, justicia y paz, pero que no tiene ningún cargo oficial y se ostenta como presidente y abusa de que el gobierno en turno es de su partido para callar a dos intelectuales, que de forma pacífica querían por medio de las palabras expresar su opinión.

Esperamos dignamente ante los ojos atónitos de todos, la camioneta blanca de Rodrigo. Sentíamos el cuerpo magullado, pero el espíritu fortalecido. Finalmente tenemos la razón de nuestro lado.

El médico confirma que mis dolores no sólo son golpes, sino dos esguinces en la espalda. El medicamento regenerador, el anti inflamatorio y el dolor son también para el alma. Parece reforzar mi nacionalismo, no importa si la intolerancia lastimó mi cuerpo. Soy orgullosamente, junto con Aguilar una liberal.

Que quiere que el conocimiento esté sobre la ignorancia, que la justicia reine sobre la injusticia, que la equidad se respete sin marginación. Somos tolerantes ante los intolerantes, pacíficos ante los violentos, y justos ante los injustos.

La defensa de la democracia se hace día a día, no es un engaño mediático. Es más que defender el conteo de un papel, el voto es el reflejo de la voluntad de un ciudadano, pedir que se cuente es pedir que se respete la voluntad de cada uno de los mexicanos. Por el Bien de Todos, no de unos cuantos que se ocultan en cuerpos de seguridad porque no sólo son pequeños de estatura, sino también de espíritu y moral. Porque son incapaces de verte a la cara porque te temen. Porque saben que la verdad que escucharan en tus palabras es más poderosa que todo lo que con dinero ellos pueden comprar.

Porque saben que tú lo haces de forma digna y libre. Con todas las de la ley. Porque tú no te defraudas, ni defraudas a los tuyos. Esa es la gran diferencia. Porque no estamos solos, cuéntenos bien, somos muchos más de los que creen.

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* De la Coalición Por el Bien de Todos-Jalisco.
Publicada el dos de setiembre de 2006 por el periódico digital Por la Libre (www.porlalibre.org).

Addenda
fotoEDITORIAL DE POR LA LIBRE

cuatro de setiembre de 2006

Cuando le pregunté a un miembro del sector más activo del movimiento de resistencia civil pacífica que encabeza Andrés Manuel López Obrador en México, si ya habían notado que incluso los medios electrónicos de información independiente tenían relegada, algunos hasta la omisión, la difusión de las ideas de AMLO, el delegado de Jalisco para la Convención Nacional Democrática reconoció con cierta amargura el hecho… “y es una pena”, me dijo.

En el estado de Jalisco, en su capital, Guadalajara, se está ejerciendo una de las formas más violentas de represión a los mexicanos que se resisten a validar el fraude electoral de las elecciones del pasado 2 de julio en México.

Desde que la pintora Cecilia Márquez se desnudó para protestar por el engaño delante del monumento al sacerdote Miguel Hidalgo en la plaza de la Liberación tapatía, un automóvil blanco, primero con dos y ahora con tres hombres, sigue cada uno de sus pasos.

“Mi ya conocido auto blanco estaba a cincuenta metros, encendido con sus tres acompañantes que no paraban de sacarme fotografías. Junto con otros en la acera de enfrente”, relata en una crónica sobre su experiencia como activista pacífica por AMLO.

Cecilia se desnudó el 9 de agosto a las 10 de la mañana. Para ese día, 98 de sus colegas “artistas” habían confirmado asistencia para apoyar la acción de protesta plástica. No llegó ninguno. Ese fue el preludio.

El 28 de mayo de 2002 el gobernador de Jalisco, Francisco Ramírez Acuña, del gobernante Partido Acción Nacional (PAN), logró notoriedad internacional por ordenar a la policía reprimir a los jóvenes altermundistas que de todo el país y el extranjero ocuparon las calles de Guadalajara para rechazar la cumbre de mandatarios europeos y latinoamericanos que ahí se realizaba. Luego, envalentonado, desafió a Fox aclarando que el candidato a la presidencia no sería su secretario de Gobernación, Santiago Creel, sino el de Energía, Felipe Calderón, “el pelele”.

También están las Cristianas, la UdeG y la Autónoma, las guerrillas setenteras, magnicidios, el obispo narco, los mochos, mujeres desaparecidas, pies descalzos, el racismo, los mariachis y el Tequila.

Por cierto, antiguos colaboradores tapatíos de Por la Libre han desaparecido, ya no escriben. Cesura y autocensura, como en la dictadura en Chile, pero con el agravante de que en este caso también los medios ¿independientes? se abstienen.

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