May 30 2018
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Despacito por las piedras

Mis naufragios compartidos

Ha pasado tanto tiempo, se han sobrepuesto banalidades sobre banalidades que me acostumbré. Casi no recuerdo todo lo que he perdido en mi vida. No me refiero a cosas personales, sino a una luz, un sueño, una idea que durante tantos años alumbró mi vida. Literalmente

No había soledad, miedo, lejanía  o peligro que me abatiera como ahora me sumergen las pequeñas cosas. Tenía bien alto mi bandera, la perdí en un enorme naufragio donde millones de hombres y mujeres quedamos a la intemperie y desarbolados. Para los que no compartieron esas ideas, les resultará difícil comprenderlo, posiblemente será imposible. Incluso muchos de los que participamos de aquella aventura, ya nada los conmueve como aquello.

He tratado de sacudirme la nostalgia, de olvidar mis pertenencias perdidas por el camino. Cada tanto me atropellan aquellos recuerdos, aquellas canciones, aquellas banderas, aquellos puños y muchos, muchos rostros y me sumerjo en una tristeza infinita. Y vuelo a mi vida diaria, a mis costumbres a mis afectos y sin embargo me falta algo irremplazable.

No eran solo ni principalmente política, era una identidad, una historia compartida, eran héroes y heroínas lejanas y próximas, que ahora se han sumergido en la muchedumbre o directamente en la trivialidad de un relato gris e irreconocible.

Han triunfado y he naufragado. Ya no siento aquel fuego, aquella fraternidad sin límites, la proximidad de muchas identidades de tierras lejanas. Para que gastar nombres que hoy casi no dicen nada.

No voy a recurrir a nombres y colores que todos conocen, aunque muchos los ocultemos, los tengamos guardados en el fondo de nuestra mochila, con cierta vergüenza, creyendo que lo nuestro fue una ingenuidad, un error imperdonable. Y miró este mundo y me destrozo.

¿Qué ha quedado, hacia dónde vamos? Todos ensayaran respuestas banales, precocidas, insípidas, al menos para los míos. Porque todavía quedan de los míos desparramados por el mundo. Agazapados, encubiertos, silenciosos, murmurando, pero todavía quedan rescoldos. No explotarán nunca más, no levantaran sus voces altivas y diversas. Buscamos simplemente sobrevivir.

Los enemigos, los insaciables, los que defienden siempre y sin dudas sus posesiones y sus armas siguen allí. ¿Seguirán siempre? Eso ya no depende de nosotros.

No lo puedo confesar, pero a veces, alguna imagen desteñida, un trozo de película, de una canción, una frase bruñida, me sigue conmoviendo. Y me hace sufrir como siempre, más que nunca, porque sé que de aquí en adelante siempre estarán ausentes. Me faltarán. Los muchos años pasados y  los mejores recuerdos o los más dolorosos y terribles no tienen remedio.

Posiblemente sea por esa razón que me produzca tanto asco ver como se rematan al mejor postor los restos de esa herencia inmaterial y enorme, de desprendimiento, de sacrificio, de heroísmo y ahora se coticen en el mercado de falsas solidaridades y de los mullidos sillones.

No puedo confesarme hasta el fondo, porque puedo deslizarme por una pendiente de nostalgia irreparable y abandonar esa sólida y tranquilizante sensación de mis pies apoyados sobre esta tierra, sobre este barro pegajoso.

No los puedo convocar a nada, no tengo la autoridad, ni la fuerza y posiblemente ni siquiera las ganas, solo puedo compartir mis naufragios y mi tristeza.

Esteban Valenti

Militante político, periodista, escritor, director de Uypress y Bitácora. Uruguay.

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