May 28 2004
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Economía

Mujeres: ¿Por qué nos matan? I

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Nos matan por ser mujeres.

Nos matan desde los inicios de la sociedad humana, desde que quisimos construir un mundo sin jerarquías, sin la supremacía de las guerras -génesis contra natura de los pactos de convivencia pacífica-. Nos matan desde que nos pusimos de pie e intentamos proclamar una igualdad que nunca hemos alcanzado hasta ahora. Nos matan en un presente perpetuo por la fuerza bruta cuando, aún defendiéndonos en ese acto final, no podemos evitar que nos arrojen por una ventana, nos estrangulen, nos atropellen por la calle, nos den una cuchillada, un balazo o un golpe preciso. Nos matan simbólicamente millones de veces en una vida cuando violan y vejan nuestro cuerpo o nos maltratan física y psicológicamente. Cuando abusan sexualmente padres o extraños siendo niñas.

Nos matan cuando nos venden como esclavas sexuales, nos obligan a ejercer la prostitución o a ser objeto de la pornografía. Nos matan cuando nos desplazan en las guerras, nos secuestran para enrolarnos en los ejércitos o nos violan sistemáticamente los distintos bandos que participan en conflictos armados. Nos matan cuando mutilan nuestros clítoris, nos obligan a engendrar hijos o a parirlos o nos someten a una heterosexualidad forzada.

Nos matan cuando nos acosan sexualmente en el trabajo, nos pagan menos que a los hombres por igual desempeño o no reconocen nuestras tareas de amas de casa como una labor remunerada. Nos matan cuando a las campesinas nos prohíben ejercer nuestro derecho a poseer la tierra o no nos dejan heredarla.

Nos matan cuando no nos permiten ir a la escuela o a la universidad. O nos suprimen sutilmente la posibilidad de estudiar cierto tipo de carreras. Nos matan cuando no nos dejan acceder a puestos de poder en la política, las fabricas, las empresas, los medios de comunicación…

Nos matan desde el Estado cuando minimizan estas y otras tantas prácticas femicidas. Nos matan desde la tiranía del lenguaje, que, en su genérico, nos subsume al masculino y así, hombres y mujeres son hombres, a fin de cuentas las mujeres empezamos a ser invisibles en el lenguaje. Nos matan cuando colonizan nuestros cuerpos con finitos y fracasados discursos del poder o con la hegemonía androcéntrica de las ideologías.

El modelo del holocausto

Nos matan con distintos catálogos de la barbarie. Y aunque en Ciudad Juárez se dan casi todo tipo de prácticas femicidas, toleradas, amparadas y protegidas por el Estado mexicano, la urbe fronteriza ha asimilado el catálogo más atroz: el modelo del holocausto, que aniquila a mujeres de ciertas características, operado con un funcionamiento similar al de los campos de exterminio. Y no importa el número de asesinadas y desaparecidas, reducir esas mujeres a un número es cosificarlas doblemente.

Importa la maquinaria concentracionaria que funciona de manera sigilosa, premeditada, organizada dentro de una pirámide cuya cúspide es hermética y eficaz. En la cima, empresarios y narcotraficantes, con el apoyo de sicarios o asesinos en serie, celebran rituales de placer en los que sellan pactos de fraternidad a través de orgías sexuales, gestadas desde el secuestro y el cautiverio de jóvenes mujeres, que luego violan, torturan, mutilan y asesinan (el periodista y escritor mexicano Sergio González Rodríguez documenta en Huesos en el desierto -Editorial Anagrama, 2002- una profunda y detallada investigación que desenmascara el vínculo de estos prominentes empresarios con los crímenes; en esa misma línea, se inscribe el trabajo de la periodista mexicano-estadounidense, Diana Washington Valdez, en un libro de próxima aparición en los Estados Unidos, Harvest of Women: A Mexican Safari.

Por debajo están los incondicionales del sistema: funcionarios de gobierno, hampones de poca monta y varones asociados, que se hincan al absolutismo y las funciones del campo impuestas por los amos: ser un engranaje dentro de los circuitos de detección, búsqueda, secuestro, cautiverio y tratamiento de los cuerpos de las víctimas ya sin vida (luego desaparecidos o arrojados en baldíos).

En cualquier política de exterminio, la aversión contra un grupo determinado de personas -en este caso de mujeres, jóvenes, morenas y pobres- esconde, en definitiva, como bien lo descubrió en carne propia Primo Levi (Si esto es un hombre, Taurus, Muchnik Editores, 2002)- la aversión de lo que es diferente a los asesinos y sus cómplices. Esa ‘otra’ merece ser eliminada. Merece ser perseguida, aterrorizada, hostigada, usada, desechada, según la ideología de los victimarios. Y aunque el hueco epistemológico y el hoyo negro no permiten justificar este exterminio ni ningún otro, la ideología superficial no les pertenece a ellos ni a la máquina criminal, sino a la sociedad que ha consentido y promovido la creación de tecnologías encargadas de subestimar, humillar, oprimir y matar a las mujeres.

El Estado totalizador sólo se encarga de normalizar esas prácticas secularizándolas en circuitos supuestamente cerrados y ajenos a la sociedad. El Estado avala la política de exterminio. El Estado sostiene la pirámide sobre la que los señores del poder han diseñado su estructura jerárquica. La pirámide a su vez, funciona como una entelequia: se autorregula y permanentemente se va delimitando a sí misma.

Circuitos protegidos por el estado que hacen rodar el engranaje de toda la maquinaria, dirigidos por los señores del poder. Dirigidos, no controlados. Porque aunque los poderosos creen que controlan totalmente las operaciones, en sus despliegues caciquiles hallan líneas de fuga y caos.

En la base de la pirámide, un grupo se encarga de buscar las jóvenes y de secuestrarlas; o un número determinado de individuos las preselecciona y otro las rapta: policías municipales o estatales, miembros de pandillas o de clanes narcos asociados a los señores, empleados de empresas vinculadas al narcolavado (hay testimonios que involucran a personal de las escuelas de computación ECCO, una cadena de zapaterías y la tienda de discos, Paraíso Musical (ubicada en el centro de la ciudad), en este proceso del engranaje.

Están los que hacen la tarea de la servidumbre: cuidan, alimentan y supervisan el cautiverio de las víctimas. ¿Dónde? Informes extraoficiales señalan que los sitios han ido variando. No resulta difícil inferir que las mantienen en casas especialmente asignadas para el cautiverio y que éstas se van reciclando y cambiando de paradero para esterilizar la operación.

Los que se deshacen de las mujeres: las arrojan en baldíos, las entierran en cementerios clandestinos o usan técnicas macabras con el objetivo de no dejar rastros de la existencia de sus cuerpos. Estos hombres también pertenecen a la base de la pirámide y se puede inferir por la jerarquización estricta que hay dentro de las bandas de narcos y de las castas de micropoder impuestas por los señores, que no disponen del destino de las víctimas ni tienen derecho a utilizarlas como objeto de placer.

En el circuito intermedio de la pirámide se encuentran los que saben, consienten, protegen a los capos y dan rienda suelta al círculo de la impunidad y de la barbarie, con acciones quirúrgicas destinadas a colocar otra puesta en escena desde donde amputan la verdad y legitiman la mentira (y si no, ver el montaje que la Procuraduría General de la República realizó para atraer a seis casos de asesinadas, que en una primera investigación, en abril de 2003, fueron ligados al tráfico de órganos y luego se comprobó que el testigo y los implicados, narraron una historia infantil y ridícula, que olía a fabulación para desviar una vez más la atención de la línea de investigación que conducía al esclarecimiento de los crímenes).

Los amos también echan mano de los medios de comunicación y de la publicidad pagada por el Estado; estos distraen y construyen una versión burda del modelo de propaganda, basado en la minimización de la patología social y en la supuesta eficacia del gobierno en el combate al delito. Gobernadores del estado de Chihuahua, el actual, Patricio Martínez, y el anterior, Francisco Barrio; miembros de la policía municipal y estatal; miembros de la Procuraduría General del Estado y de la Procuraduría General de la República; jueces y oficiales de la justicia; secretarios de Estado del gobierno federal; funcionarios allegados al presidente de la República, Vicente Fox; editores y reporteros de publicaciones, se funden en este circuito del engranaje.

Los que dan las órdenes y los que las obedecen llevan a cabo operativos con guiones inverosímiles: borran pruebas de los crímenes o fabrican falsas evidencias que inculpan a ‘chivos expiatorios’; persiguen, vigilan y amenazan a familiares de las víctimas, a integrantes de organizaciones de derechos humanos, a defensoras y defensores legales; compran el silencio de testigos y de familiares o los ‘eliminan’; rompen o disuelven asociaciones que buscan la justicia; crean nuevas corporaciones encargadas de administrar justic ia (la Fiscalía Especial Mixta, nacida a finales de enero de 2004) para tranquilizar a ONGs extranjeras o a la Organización de Naciones Unidas; o simplemente informan a la sociedad chihuahuense sobre la leyenda negra de Ciudad Juárez, que ¡injustamente circula por el mundo!

En conjunto, institucionalizan el oscurantismo, reciclan la solidez de la pirámide y de la maquinaria concentracionaria. Y no importa que cambien los presidentes, los gobernadores, los secretarios de Estado, los procuradores, los jueces, los editores. En estos 11 años eso ya ha ocurrido y la mafia narcofascista sigue ahí, detrás, ofreciendo una dotación de billetes a funcionarios de anticuario o advenedizos, digitalizando el proceso, la automatización de la toma de decisiones, dosificando la violencia, el terror y el control sobre la población civil, generando más pobreza, más miseria, más calamidad.

Es probable que los miembros de ambos segmentos de la maquinaria represora que participan en estas tareas no se consideren cómplices directos del femicidio. “La fragmentación del trabajo suspende la responsabilidad moral, aunque en los hechos siempre existen posibilidades de elección por mínimas que sean”, explica Pilar Calveiro (Desapariciones, Taurus, 2002), superviviente a un campo de concentración argentino y estudiosa del fenómeno concentracionario.

La cúspide de la pirámide

“Se aprende más fácilmente a torturar que a describir la tortura”, esboza el dramaturgo alemán Heiner Müller (Heiner Muller Reader: Plays, Poetry, Prose, Carl Weber Editor PAJ Books Series, 2001). Todos los que forman parte de la pirámide lo hacen muy bien. Directa o figurativamente. Pero algunos de ellos, los de la cúspide, presidentes de corporaciones multinacionales, ilustres empresarios locales cuyos nombres, homónimos a los de sus abuelos o padres, han bautizado avenidas o patrocinan ‘planes estratégicos’ de crecimiento de la ciudad, obras de beneficencia y hasta alguna organización no gubernamental que lucha contra la violencia de género. Entremezclados entre gentes de bien, presumen sus fortunas y su reputación, originadas en preceptos tan primitivos como el saqueo y la intimidación hacia los otros y las otras con dinero o con pistolas.

El holocausto se multiplica con distintas performances en varios lugares del planeta. Estamos a la deriva de nosotras y nosotros mismos. Somos yos naufragados en el océano civilizatorio. Siempre que el poder tenga la razón se niega la condición humana.

República fascista de Salò. 1944; cuatro señores: un presidente, un obispo, un juez y un hombre de negocios se reúnen en un palacio. Previamente han ordenado secuestrar a 16 adolescentes, ocho mujeres y ocho varones. Atrapados en un escenario orgiástico, los jóvenes serán sometidos a torturas y vejaciones múltiples y sus vidas se convertirán en fetiches de los capos del stablishment. Pier Paolo Pasolini descuartiza en la película Salò o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975, DVD, Bfi video Publishing, 2001 edition) una realidad repulsiva y difícil de sobrellevar visualmente. Enseña, desde su estética mórbida y provocativa, que el horror se cuece en el centro mismo del poder, porque “lo que mejor caracteriza a todo poder es su natural capacidad de transformar los cuerpos en cosas”.

Decepcionado de su país natal, el cineasta se quejaba: “he terminado aceptando a Italia tal cual es ahora. Un inmenso pozo de serpientes donde, salvo alguna excepción y algunas míseras elites, todo es serpientes, estúpidas y feroces, indiferenciables, ambiguas, desagradables”. La perspectiva androcéntrica de Pasolini no escapa a su propia debilidad: reconocer que el patriarcado nació también para convertir a la violencia en un escudo, en un pilar que lo sostuviera. Dice el guión de Salò en boca de los verdugos: “El principio de toda grandeza en la Tierra está bañado en sangre”.

¿Sirve de algo imaginar o tratar de reconstruir lo que esos hombres hacen con esas jóvenes en sus mansiones, en sus ranchos (fundos, haciendas), en sus propiedades custodiadas por aprendices de sicarios, o en casas destinadas especialmente para los rituales? ¿Por qué seguir llamándolo rituales cuando en realidad son sesiones de tortura y asesinato, dictámenes de pena de muerte por ser mujeres, pobres y con una vida por delante? ¿Por qué tiene que ser una ilusión que los verdaderos asesinos vayan a la cárcel y paguen con el repudio de la sociedad a la que pertenecen? ¿Por qué el femicidio de Ciudad Juárez o la matanza sistemática de mujeres en Guatemala, El Salvador, Colombia y países de otros continentes, no impactan en la opinión pública internacional como la guerra de Irak, el conflicto palestino-israelí o la amenaza del terrorismo integrista?

El holocausto contra las mujeres, sólo por el hecho de ser mujeres, siempre se ha asimilado de manera natural…

El discurso dominante de periodistas, narradores, publicistas, ingenieros de ‘entertainment’, cuando se refieren a la violencia contra las mujeres, toman al cuerpo femenino como “vaciadero de basuras”, receptáculo de la devoción por la sangre, de la penetración sin consentimiento merecida. Las mujeres nos topamos todos los días con decenas de íconos, imágenes, figuras, símbolos que sacralizan la violencia, le rinden pleitesía, la adoran, la pontifican.

¿Por qué tenemos que seguir soportando que se nos imponga la identificación de la violencia con los victimarios?

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* Publicado en: www.rebelion.org

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