Feb 27 2018
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Cultura

Narcolombia: la banalización de la cultura narco

 

En vez de preguntarnos por qué y cómo tienen éxito los narcos, nos escandalizamos por lo banal: sus mujeres bellas y sus vínculos con la farándula. Los colombianos llevamos un narco en el corazón: esta es nuestra cultura.

Un país narco

Nuestra ética a la colombiana tiene un criterio ambiguo: lo narco. Este adjetivo se usa para calificar negativamente nuestro gusto, nuestro exhibicionismo y la moral del todo vale, o sea para exhibir una superioridad moral sobre los otros.

Pero al mismo tiempo que juzgamos, gozamos y nos comportamos como narcos. En nuestra cultura del exceso, el billete se sube a la cabeza, las mujeres son para encamar, el poder se exhibe con armas, fiestas, mujeres, alcohol, drogas, autos, arquitectura y guarda-espaldas: una ética de una sociedad que no sabe quién es y por eso cada día grita “¿usted no sabe quién soy yo?”. Un grito de auxilio, ya que no sabemos, de verdad, quiénes somos. La verdad es que somos Narcolombia.

Farándula y apariencias

Recientemente, una algarabía mediática y moralista vinculó a Vaneza Peláez, una

Pablo Escobar

presentadora de Sábados Felices con el capo alias Lindolfo. Lindolfo era un buen muchacho “a lo Uribe”: un “empresario” que se comportaba como narco, que actuaba y se exhibía como narco. Pero solo hasta ahora nos dimos cuenta de que era narco.En el escándalo se involucró todo el jet set criollo: aparecieron vínculos con Daniela Ospina, la ex esposa del ídolo futbolista James Rodríguez e intervino el abogado celebrity Abelardo de la Espriella. La fórmula sigue siendo la misma: narco-matón + modelo + fútbol + abogado + periodismo = escándalo mediático.

Para Colombia, el escándalo no es que alias Lindolfo fuera narco. Nos escandalizamos porque tenía a una mujer bella.

Para Colombia, el escándalo no es que alias Lindolfo fuera narco. Nos escandalizamos porque tenía a una mujer bella, porque estaba vinculado con periodistas y estrellas de la farándula. No nos importa el problema de fondo. Al final, todo es un asunto de apariencias.

Narco TV

El narco es potente y mágico para producir billete. Y eso lo saben los mercantes de la tele, ya que el narco produce rating express en noticias, documentales y ficción.

México es el mejor ejemplo. En la carrera por quién es más narco Colombia vuelve a quedar subcampeona, por debajo del país azteca. Algunas de las producciones mexicanas narco de más éxito han sido:

*La Reina del Sur
*El señor de los cielos
*Miss Bala
*El Infierno

Como en Colombia, estas producciones construyen una imagen de lo narco donde las mujeres son trofeo y dueñas de una moral posmoderna del todo vale. En palabras de Yolanda Mercader, “si bien la mujer empieza a tener presencia, no puede hacer pleno uso de sus nuevas libertades. La representación de su imagen sigue siendo construida desde y para la mirada masculina”.

En Colombia, Narcos no pasa de ser un chiste de Netflix. Detrás está toda una tradición de tragicomedias narco:Resultado de imagen para Sin tetas no hay paraíso

. Sin tetas no hay paraíso
· El cartel de los sapos
· El capo
· Rosario Tijeras
· Las muñecas de la mafia
· Escobar, el patrón del mal
· Tres Caínes
· JJ Popeye etc.

Caracol hace negocio y tiene una franja para el narco. No hay culpa o arrepentimiento. Las narco-novelas a la colombiana triunfan porque saben hacer, actuar, potenciar nuestra estética nacional a través del recurso narco: recursividad mágica, mucho chiste, música de despecho, baile y todas las pasiones a lo mero verriondo.

El CartelEscobar y los Tres Caínes gustaron porque eran una versión masculina del narco. Sin tetas no hay paraíso y su secuela encantaron porque demostraron que las colombianas están para dar placer a los manes. Pero Las muñecas de la mafia con esos cuerpos silicona y con esa moral colombiana no gustó, porque los narcos tienen un código: a sus mujeres ni con el pétalo de una rosa. Ellas son lo bonito de ellos.

En Escobar, el patrón del mal, don Pablo se enamoró de la chica más bella del barrio y luego “compró” a la más bella de la tele, un trofeo que se merecía para demostrar su poder. Su poder era el dinero, que se hacía con drogas, armas, políticos y autoridad. En esta serie, Escobar exhibía su poder mostrando a Virginia. El sexo poco o nada importó. Tanto así que la misma Virginia Vallejo dijo (en la realidad) que Escobar era muy malo en la cama. En el formato colombiano, las mujeres son para mostrar y que todos se imaginen el sexo.

En el capitalismo tener billete es ser exitoso. El mejor ejemplo: Mr. Trump. Lo que en Estados Unidos es un exitoso nuevo rico, en Colombia se llama narco.

En Narcos de Netflix, don Pablo vive rodeado de modelos que no son para exhibir, sino para sexuar. A su fama de matón, mágico de la ilegalidad, conquistador de adictos gringos, Netflix le agrega que es un gran polvo: un tirador que hace que cuatro o cinco bellísimas mujeres-sexo alucinen de gozo y placer. En el formato televisivo gringo, las mujeres son sexo puro y duro y tener sexo es parte del poder. Nada sexual queda para la imaginación.Resultado de imagen para Lindolfo y Vaneza Peláez

Y ahí empatamos con la chica de Sábados Felices y el narco Lindolfo. El problema no es el narco, ni que se venda el cuerpo por dinero, ni el gusto. El problema son las apariencias. Lindolfo era conocido como un exitoso empresario que vivía en el barrio play de Medellín. Cuando lo arrestaron, pidió un insólito favor: “¿No será que podemos repetir la grabación en la que ustedes entran y me arrestan? Es que mire cómo me veo y yo no puedo aparecer así”. Y después: “Hermano, al menos déjeme bañar y arreglar un poquito para la foto de la reseña judicial. A mí me conoce mucha gente y no puedo aparecer desarreglado”.

Muy colombiano: más pendientes del qué dirán que de la ética o la legalidad. Pero Lindolfo ya estaba en la farándula nacional. Su alias se explica porque el capo se cree “lindo” y está obsesionado con su imagen de “hombre refinado, de buen gusto y buen vestir”. Ahora, el mundo del espectáculo borra de redes sociales sus fotos junto a él.

La pornografía del billete

Pero no es un asunto de ilegalidad, ni es un “mal colombiano”. El narco es el capitalismo puro y duro.

En este mundo capitalista donde “tener es para mostrar”, ser poderoso sin exhibirlo no basta. El poder es un acto obsceno de visaje: mostrar es poder. Y más cuando ese capital fue recién adquirido. El capital puede ser el billete o la carne o la posición o lo que sea. Se da por igual en políticos, abogados, corruptos, periodistas, narcos, empresarios: el poder se exhibe obscenamente, pornográficamente, o sea en exceso y extravagancia.

No es asunto de gustos o clase, sino de moral capitalista. Lo narco, como la corrupción y la farándula, son buenos negocios.

En el capitalismo tener billete es ser exitoso. El mejor ejemplo: Mr. Trump. Lo que en Estados Unidos es un exitoso nuevo rico, en Colombia se llama narco. Y el capitalismo ofrece dos formas de “blanqueo” o de ascenso social: el dinero o la carne bella. Las mujeres son uno de los modos más comunes y colombianos de hacerlo. Y si la mujer trofeo viene del mundo del espectáculo, del cielo celebrity, de la fama de la carne, mejor, mucho mejor

Lucas Ospina, en un brillante texto que tituló El matrimonio Fritanga-Ordóñez analiza dos  “eventos paradigmáticos y reveladores” de los nuevos modos del poder en Colombia:  el matrimonio del narcotraficante Fritanga y el matrimonio de la hija del ex Procurador Ordóñez. Al del narco fue toda la farándula y su periodismo, al del corrupto fue toda la política y su periodismo. Ospina lo dice claro y directo:

“Ambas piezas muestran a grupos sociales emergentes y cómo estos capitalizan sus créditos económicos y políticos, recientemente adquiridos, para pavonearse y mostrar su nuevo estatus. Una pasarela del poder para ver y dejarse ver, una pornografía del anillo y del escote, del esmoquin y del pareo, del implante y del corbatín, del latín del misal y el perreo reguetonero.

Que no está mal. Ninguno de estos elementos es perjudicial en sí mismo, pero todo junto asusta cuando uno lo ve en esa mancomunada euforia de pose y arribismo en la que traquetos y jueces, artistas y periodistas, testaferros y contratistas, hacen lo posible y lo imposible por estar donde están. El afán de poder y el miedo a perderlo, es lo que se respira en el aire opresor que resuma de estos emblemáticos festejos.”

Y es que no es asunto de gustos o clase, sino de moral capitalista. Lo narco, como la corrupción y la farándula, son buenos negocios. Esto se hace más evidente en los modos “mafiosos” que adopta la sociedad. El escritor italiano Roberto Saviano afirma que “hubo un tiempo en que los miembros de la mafia necesitaban a políticos para hacer contratos. Ahora los políticos necesitan a los mafiosos para obtener votos”. El modelo para hacer política y tener poder no es, entonces, la libertad y los derechos sino el modelo de los miedos y las violencias.

Saviano también afirma que “los carteles criminales son los únicos que tienen una gran cantidad de dinero disponible para salvar a muchos empresarios que están cerca de la bancarrota”. Lo pre-moderno (la moral restauradora y la lealtad mafiosa al líder) se alía con lo posmoderno (la felicidad del libre mercado) para producir Narcolombia.

Narcolombia

Imaginario idealista y superficial sobre la belleza en las mujeres

Lindolfo y Vaneza Peláez, las narco-novelas, Fritanga o el ex Procurador Ordóñez ponen en evidencia lo que es querer y poder en Colombia.

¿Por qué actuamos y hacemos tan bien lo narco? Porque definitivamente somos así: todos llevamos un narco en el corazón. Nuestras mujeres nacionales saben que en su cuerpo y sexo está el éxito y, entonces, han decidido que no hay por qué tener reparos éticos, ni morales, ni de ningún otro tipo. Ser bella y sexy y putona es todo lo que se necesita.

Y del lado masculino solo nos queda como posibilidad del éxito tener billete a las que sea, comprar la ley, comprar a las mujeres, comprar las historias de la tele, hacernos querer a la fuerza porque no tenemos otros atributos para hacerlo.

Solo nos queda preguntarnos si nos gusta ser así.

*Director de Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes y del proyecto de investigación NarColombia.

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