Jun 21 2007
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Cultura

NARRATIVA DE LA NACIÓN DESDE EL ARTE Y LA CULTURA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Homi Baba nos dice que la fuerza de la nación está en sus mitos de origen, que es como su “continuun” de progreso con bases que no se transforman. Pero, por eso mismo, posee un carácter ambivalente, una indeterminación conceptual. Ahora bien, dado que los conceptos no están nunca acabados, la nación está en constante reelaboración, especialmente si tratamos de interpretarla desde la cultura, o desde el campo cultural o artístico, tal y como lo plantea Pierre Bourdieu.

Recordemos con Gramsci que “la cultura es una fuerza subordinada y de ruptura”, se crea y se recrea en la praxis de sí misma, no puede ser un reflejo del metadiscurso de la nación. Por eso en la construcción del concepto de nación siempre habrá una lucha por la hegemonía.

La nación entonces es una narración, un discurso: hay encrucijadas de significados que se trasladan, se cruzan, se traslapan, pues nunca son fijos. Hay un proceso de exclusión e inclusión sociocultural (problema del dentro y fuera) en una especie de hibridez en donde nuevos grupos se incorporan generando nuevos sitios de significación. Emergen espacios intermedios donde los significados de la cultura y del poder son negociados.

Estos nuevos sitios son incontrolados por el antagonismo y son fuerzas impredecibles en la representación política. Podríamos entonces decir que hay un discurso legitimador de la nación y un “contradiscurso” que proviene de los antagonismos generados por las contradicciones económico-sociales que se expresan políticamente y que de alguna manera se “metaforizan” desde el campo cultural. Entonces el diálogo con los otros va a ser fundamental para negociar, lo que vendrá a enriquecer y transformar al discurso nacional.

Para el caso de Costa Rica, Steven Palmer en su texto Sociedad anónima, cultura oficial: inventando la nación en Costa Rica, 1848- 1900 (en Héroes al gusto y libros de moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica, 1750-1900 Editorial Porvenir, 1992) nos previene acerca de que “no vamos a poder ofrecer respuestas hasta que dejemos de entender a la nacionalidad costarricense como un espíritu inherente e inmanente, con su esencia compartida de igual manera por cada generación, y empecemos a pensar la nación como una construcción cultural, inventada y reinventada constantemente por medio de un nacionalismo que, a partir del último tercio del siglo XIX, ha constituido uno de los terrenos más determinantes de la lucha por la hegemonía”.

Igualmente lo hace Alexander Jiménez en su texto El imposible país de los filósofos (Ediciones Perro Azul, San José, 2002), donde logra desactivar el discurso legitimador de la filosofía institucional costarricense, que el mismo Jiménez denomina “nacional étnico metafísico” (o “nacionalismo étnico metafísico”), y que nos narra una Costa Rica idílica, “blanca”, homogénea, de pobreza igualitaria, con destino democrático, geografía sin excesos y un pasado colonial sin mayores contradicciones, casi “primitiva socialista”. Un país ciertamente imaginario.

Se trata, en ambos casos, de revisar algunas tradiciones narrativas que han construido un discurso nacional ahistórico y alejado de las luchas sociales y culturales, es decir un discurso que topa con límites fácticos y conceptuales.

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Para entender el desarrollo del arte, y la cultura en general, se precisa desactivar el metadiscurso nacional y conocer el diálogo que han sostenido históricamente los diferentes grupos en su seno. Para el caso de la literatura, por ejemplo, es de suyo significativo intentar historizar y traer al tapete de la discusión posmoderna todo lo atinente a culturas, lenguas y literaturas indígenas, tal y como lo han hecho Seidy Araya y Magda Zavala (Literaturas indígenas de Centroamérica, EUNA, Heredia, 2002) en un momento de reconfiguración mundial donde las metrópolis (especialmente la estadounidense) intentan socavar las culturas y lenguas autóctonas por medio de la homogeneización cultural que pretende hacer “tabula rasa” en nombre de una cacareada cultura universal.

Especialmente si se trata de América Central, región donde este tipo de investigaciones son incipientes. Lo mismo podríamos decir del intento de Eugenia Zavaleta (“Arte y Literatura en Centroamérica y México” en Fin de siglo XIX e identidad nacional en México y Centroamérica, Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 2002) donde a través del desarrollo del arte y la literatura se hace un análisis comparativo de la creación de la imagen nacional en México y Centroamérica y su incidencia dialéctica en ése mismo desarrollo artístico.

Como ya lo sugerimos, esta nueva lectura del espacio nacional y del concepto de nación como metadiscurso, referida a los procesos culturales y artísticos, es fundamental en nuestra época signada por la globalización bajo esquema neoliberal y su ideología denominada posmodernismo.

Esta “ideología” (en el sentido de visión parcializada, interesada y consciente de su identidad en tanto arma discursiva de un grupo social) intenta convencernos de la existencia de una “cultura universal” que se elabora en las metrópolis y que de alguna manera soslaya y excluye a las culturas regionales (¿nacionales?) y locales. Es de por sí significativo comprender entonces la génesis de los discursos nacionales en este marco contemporáneo de globalización y posmodernidad, desde una Centroamérica que posee una diversidad cultural y una fragmentación política que nos singularizan como región, tal y como los subraya Héctor Pérez Brignoli (Transformaciones del espacio centroamericano en Para una historia de las Américas II, Los nudos, Fondo de Cultura Económica, 1999, pp. 55-93).

En los estudios culturales centroamericanos (inaugurales en tanto no se considere a la cultura como eje central del análisis de nuestras sociedades) reconsiderar el constructo de nación-Estado como discurso legitimado, y por tanto hegemónico, por las clases dominantes que han tratado de utilizar el nacionalismo, lo ladino y el mestizaje, con toda su parafernalia iconográfica y significativa, para perpetuarse en el poder, desarrollando desde esas matrices políticas culturales diferenciadoras y ciertamente excluyentes, será una tarea ardua pero esclarecedora.

Por esa razón habremos de pertrecharnos con las herramientas teóricas más adecuadas para sostener un diálogo crítico con esos constructos hegemónicos y con las corrientes posmodernas, sin desechar a priori los conceptos de estas últimas que puedan auxiliarnos, pues es claro que en Centroamérica los movimientos sociales reivindicativos de diferencias (feministas, gays, etnias indígenas) utilizan terminología posmodernista, por ejemplo: empoderamiento, contrapoderes, resistencia, desconstrucción, conceptos provenientes de Foucault y Derrida especialmente; y en términos de movilización social se ha dado un tránsito del reclamo revolucionario integral hacia una lucha sectorizada, con demandas específicas. Lo mismo sucede con la crítica literaria y artística, donde a veces esos conceptos se convierten sencillamente en “recetas de cocina”, es decir, son meros utensilios desposeídos de su potencial crítico y de su sustento filosófico.

Un poco lo anterior se emparenta con la receta de la hibridación cancliniana (García Canclini, “Culturas Híbridas”, Grijalbo y Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México D.F., 1997), que no la que propone Babba, en tanto obvia el sustrato cultural centroamericano y la diversidad cultural expresada en diversos espacios histórico-geográficos (local, regional, global). Claro que hay una defensa del pluralismo, la diversidad, las diferencias donde se combaten las falsas certezas y los absolutos filosóficos; pero estas ideas posmodernistas no bien digeridas en el trópico a veces parecen propiciar la frivolidad y la dimisión de las obligaciones colectivas, y a veces quedamos en una especie de indefensión intelectual.

Esa indefensión está cercana al desencanto, al escepticismo y a la evasión esteticista, conjugadas con el misticismo y las prácticas esotéricas: esa corriente “new age” que se percibe a veces detrás de ciertas reivindicaciones étnicas y culturales.

Debemos insistir y subrayar: en las actuales condiciones de la globalización (internacionalización o mundialización) de la economía y de la venta de las instituciones y empresas del estado (aplicada a los países periféricos, jamás a los del “primer mundo”) especialmente a transnacionales de ese primer mundo, probablemente ya no podamos hablar de Estados/naciones y de culturas nacionales. Pero para el intelectual, escritor, o artista del tercer mundo, en el caso nuestro de América Latina y América Central, el reto consiste en desarrollar estrategias creativas, innovadoras e interdisciplinarias de resistencia cultural y de sobrevivencia identitaria, reafirmando los contradiscuros hegemónicos –sin obviar la necesaria negociación e intercambio– acudiendo, fundamentalmente, a la riqueza de las culturas populares, cantera inagotable de la fuerza de nuestros pueblos y etnias, sobre todo en el nivel local y regional, ante la arremetida de la globalización neoliberal y, por qué no decirlo, imperialista.

Ese es el reto que se nos plantea en la coyuntura actual.

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