Nov 13 2009
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Opinión

Nibaldo F. Mosciatti / Conflicto mapuche: la oportunidad de (re)conocer al otro

¿Cuándo el denominado “conflicto mapuche” se instaló en tu-mi-nuestra cabeza, tu cabeza no mapuche?

¿Cuándo ibas a acampar a orillas del lago Icalma y jugabas unas pichangas con unos niños que hablaban poco? ¿O fue en Lanalhue? ¿Cuándo Castañeda, el amigo de tu padre, cantaba unas canciones en mapudungún? ¿Cuando mataron a Matías Catrileo (y escuchaste el jadeo de sus compañeros que huían con su cadáver, para evitar que quedara en manos de Carabineros)? ¿Cuándo viste imágenes de allanamientos? ¿Cuándo viste unos camiones que ardían? ¿Cuándo le quemaron la casa a alguien que conocías (por ejemplo la casa familiar, con todos los recuerdos y afectos de generaciones, de la bisabuela de tu mujer)? ¿Cuándo una autoridad, en el palacio de La Moneda, dijo que el conflicto no existía? ¿Cuándo leíste una proclama reivindicando un atentado y demandando territorio autónomo?  ¿Cuándo escuchaste a una modesta profesora reclamando por la quema de su pequeña parcela, el único bien adquirido tras toda una vida de trabajo?

Los hechos se suceden. El conflicto está aquí. Tal vez siempre estuvo y hoy, quizás por qué, se nos ha plantado frente a nuestra cara. Y los hechos surgen, se atropellan, se multiplican.

Si no pensamos que se trata de una oportunidad, esa oportunidad la dejaremos pasar y, si es que no ha pasado ya, sólo sumaremos lamentos.

Sí, es una oportunidad. Por eso deberíamos hacer una pausa, reflexionar, tomar conciencia.

Afortunadamente creo que el periodismo -mi oficio- es el ejercicio de la curiosidad. Y, desde ahí, intentar entender qué hay detrás de los hechos, de los gestos, de las palabras, de las declaraciones, de las arengas. O sea, reconocer la diversidad, valorarla e intentar entender al otro. Todos, al final, somos un otro. En nuestra última e íntima individualidad somos eternamente un otro. Si no valoramos la dimensión humana del cualquier otro, no habrá espacio para que, a su vez, nos entiendan.

La urgencia actual es cómo humanizar a los actores de un conflicto que, empujados por una humillación o una soberbia o una supuesta autoridad (moral o fáctica) de años han dejado de reconocerle al otro sus rasgos de humanidad, deshumanizándose.

Mucha humillación, mucha opresión. Mucha imposición de modelos, desconociendo la diversidad. En realidad, casi un modelo, que tiene como única lógica la economía, la producción, el mirar los territorios como fuentes de recursos naturales explotables. No bosques, sino que plantaciones, por ejemplo. Chips, rollizos, celulosa.

Desde el gobierno, surgen voces de autoridades que parecieran tener más vocación de esbirros que de políticos, entendiendo la política como la vocación de trabajar para mejor vivir en comunidad y respeto mutuo. Son voces que llaman al orden, pero un orden desde la imposición, la amenaza de la fuerza, la lectura unívoca de la realidad, y, por lo tanto, la defensa de los intereses de los poderosos.

Afortunadamente, hay otros, como el ministro Viera-Gallo, que, independientemente de sus ideas, apuesta por el gran instrumento de la política, que es el diálogo.

Claro, siempre está el peligro, cada vez más recurrente, de ser víctimas de la esterilidad de la política o de los políticos, que se expresa en sus declaraciones, que muchas veces no son más que la repetición de fórmulas retóricas, ya vacías de sentido, de propósito, de voluntad. La falta de imaginación para abordar los nuevos temas, la falta de audacia para reconocer que hay fórmulas fracasadas, son parte de ese peligro.

Por otro lado, cuando escucho o leo convocatorias a una guerra, me asombra constatar cómo no hemos aprendido de los efectos del uso de la violencia, a pesar de la historia reciente de nuestro país. Una violencia que, aunque justa, si se transforma en una práctica habitual, termina degradando y brutalizando a quienes la ejercen. Siglos de guerras, de revoluciones, y para qué: rumas de cadáveres que al hacerse expresión de prácticas rutinarias terminaron matando, a su vez, los ideales de esas guerras y revoluciones.

Detrás -o delante- de esa violencia, las palabras inflamadas, las prédicas incendiarias, las proclamas que, como dijo un hombre sabio,  “sólo sirven para despertar nuestros más bajos instintos, para azuzar a la bestia del odio que duerme en cada uno de nosotros y para provocar esa ceguera de las pasiones que hace pensable cada fechoría y permite, tanto a nosotros como a nuestros enemigos, el suicidio y el asesinato”.

¿Debemos dejar que sea el odio el que a punta de palizas, allanamientos abusivos, discriminación, hambre, acorralamiento tras las plantaciones de pinos, quema de camiones, emboscadas, incendios, trace un camino? ¿Hay, así, camino posible?

La violencia es lo mismo que el poder, todo poder. El poder corrompe, sí; pero, primero, el poder brutaliza, porque da excusas para el abuso, justifica el abuso. La razón de estado es el ejemplo más desembozado. Pero hay otros.

En este caso, el Estado chileno, por ejemplo, ha recurrido a instrumentos que, en la práctica, constituyen un abuso de poder: la ley antiterrorista, el uso de las antidemocráticamente amplias facultades de la justicia militar. O la cuestionable presentación de testigos anónimos ante los tribunales, por ejemplo en causas que han terminado con los acusados libres de cargos. El gobierno sabe que son instrumentos abusivos, y abusa.

Cierto: la justicia militar es una de las tristes herencias que dejó la transición chilena. Una transición que, en aras de la estabilidad, estuvo dispuesta a sacrificar –bajo la cuestionable consigna del Presidente Aylwin de “justicia en la medida de lo posible”- valores fundamentales de la democracia, como la misma justicia.
La transición fue un camino -o callejón- que tuvo una vereda de luz y otra de sombras. En la primera, estuvo la comisión Rettig; en la segunda, el acuerdo –implícito o explicitado en quizás qué reuniones- de no tocar el poder de los militares y los civiles afines a la dictadura lo que, por ejemplo, se tradujo en la mantención de las excesivas atribuciones de la justicia militar.

Nos acostumbramos a excluir, segregar, discriminar a los mapuches (pero, ojo, no sólo a ellos) y, lamentablemente, escuchamos una respuesta que, a su vez, asume la lógica de la exclusión: la del territorio propio y, en la práctica, la expulsión de los otros. Es la negación del otro, el otro diferente, como respuesta a la negación antes sufrida. Aunque, en este caso, hay algo obvio que es preciso dejar en claro: siempre es necesario hacer la distinción entre los opresores y las víctimas, y aquí las víctimas han sido históricamente los mapuches.

A veces, viendo la esterilidad de tantos discursos y leyes, uno se pregunta si la solución no pasa, primero, por una toma de conciencia de todos nosotros. ¿Iremos camino a eso? Es la esperanza (que siempre es optimista) de un pesimista.

Nibaldo Mosciatti es periodista y director del área en la cadena radial chilena Bío-Bío.
El texto corresponde a la ponencia del periodista en un encuentro sobre la Justicia militar y el pueblo mapucho que tuvo lugar en la Univesidad Alberto Hurtado. Una relación de ese encuentro, de la periodista Lucía Sepúlveda, puede leerse aquí.

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