Jul 22 2009
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OpiniónPolítica

Noam Chomsky: Una temporada de parodias

Noam Chomsky*

Las elecciones en Líbano e Irán y el golpe de Estado en Honduras son importantes no sólo inherentemente, sino también por las reacciones internacionales que han suscitado. La ausencia de reacción ante un acto de piratería israelí en el Mediterráneo es un pie de página…
Líbano
Las elecciones del 7 de junio fueron recibidas con euforia por la principal corriente de opinión pública.
“Me encantan las elecciones libres y justas”, escribió el 10 de junio el columnista del New York Times Thomas Friedman –“en Líbano fue algo genuino y los resultados fueron fascinantes: el presidente Barack Obama derrotó al presidente iraní Mahmoud Ahmadineyad”, apuntó.
 
Crucialmente, “una sólida mayoría de todos los libaneses –musulmanes, cristianos y drusos– votaron por la coalición del 14 de Marzo, encabezada por Saad Hariri”, candidato respaldado por Estados Unidos e hijo del asesinado ex primer ministro Rafik Hariri.
 
Debemos dar crédito a quien se lo merece por este triunfo de elecciones libres (y de Washington): “Si George Bush no se hubiera enfrentado a los sirios en 2005 –forzándolos a salir de Líbano después del asesinato de Hariri– estas elecciones libres no hubieran sucedido”, escribió Friedman. “Bush creó el espacio (durante su discurso en El Cairo), Obama ayudó a avivar la esperanza”, precisó.
 
Dos días después, los puntos de vista de Friedman tuvieron eco en una columna del Times escrita por Elliot Abrams, reconocido integrante del Consejo de Relaciones Exteriores que anteriormente fue funcionario de alto rango en las administraciones de los presidentes Reagan y Bush 2: “La votación en Líbano pasó cualquier prueba realista … Los libaneses tuvieron la oportunidad de votar contra Hezbolá y la tomaron”.
 
Cualquier “prueba realista”, no obstante, podría incluir la votación real. La coalición 8 de Marzo, basada en Hezbolá, ganó fácilmente, aproximadamente con la misma proporción que Obama a McCain en noviembre, con cerca de 54 por ciento del voto popular, según cifras del Ministerio del Interior libanés. Por consiguiente, según el argumento Friedman-Abrams deberíamos estar lamentando la victoria de Ahmadinejad sobre Obama.
 
Centroamérica también escenifica un crimen relacionado con elecciones. Un golpe militar en Honduras ha depuesto al presidente Manuel Zelaya y lo ha expulsado a Costa Rica.
 
El golpe repite lo que el analista en asuntos latinoamericanos Mark Weisbrot llama “una historia recurrente en Latinoamérica”, enfrentando a “un presidente reformista respaldado por sindicatos laborales y organizaciones sociales contra una elite política corrupta, mafiosa, gobernada por las drogas, acostumbrada a escoger no sólo la Suprema Corte y el Congreso, sino también al presidente.
La corriente principal de opinión pública describe el golpe como desafortunado regreso a los malos días de hace décadas. Pero eso es equívoco. Se trata del tercer golpe de Estado en la última década, todos ellos conformando la “historia recurrente”.
 
El primero, en Venezuela en 2002, fue respaldado por la administración de Bush que, empero, se retractó luego de agudas críticas latinoamericanas y de la restauración del gobierno elegido a través de manifestaciones populares.
El segundo, en Haití, en 2004, se concretó a manos de los torturadores tradicionales del país, Francia y Estados Unidos. El presidente electo, Jean Bertrand Aristide, fue llevado en secreto a África Central.
 
Lo novedoso del golpe en Honduras es que Washington no lo ha respaldado. En cambio, Estados Unidos se unió a la OEA y se opuso a la toma de poder, aunque vociferó una condena más suave que otros y no ha actuado al respecto.
 
Contrariamente a los países vecinos y Francia, España e Italia, Estados Unidos no ha retirado su embajador.
Sobrepasa la imaginación que Washington no tuviera conocimiento anticipado de lo que se fraguaba en Honduras, país altamente dependiente de la asistencia estadunidense y cuyo ejército es armado, entrenado y asesorado por Estados Unidos. Las relaciones militares han sido estrechas desde la década de los 80, cuando Honduras fue base de la guerra terrorista del presidente Reagan contra Nicaragua.
 
Que la “historia recurrente” se repita una vez más depende en gran medida de las reacciones dentro de Estados Unidos.

 

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