Abr 10 2014
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Cultura

Noam Chomsky y Tony Blair se cruzan en el aeropuerto

En octubre pasado, Noam Chomsky dio una conferencia en la Universidad de Florida titulada Policy and Media Prism (Las pol√≠ticas y el prisma medi√°tico). Durante m√°s de una hora, con su voz pausada y su incansable osad√≠a de desarticular narraciones oficiales, Chomsky analiz√≥ el uso del lenguaje en la prensa tradicional, la informaci√≥n mutilada con fines pol√≠ticos por parte de los medios que repiten y ocultan como estrategia para crear o justificar una realidad. ‚ÄúSi el p√ļblico estuviese realmente informado no tolerar√≠a algunas cosas‚ÄĚ, coment√≥. Al menos parte del p√ļblico.

Si los estudiantes de ling√ľ√≠stica lloran por la complejidad de sus teor√≠as, por lo herm√©tico y abstracto de algunas de sus explicaciones, el p√ļblico general que asiste a sus conferencias no puede decir lo mismo: nada hay en ellas de abstracto; cada una de sus afirmaciones es concreta y precisa. Se puede estar en completo desacuerdo con las interpretaciones que hace Chomsky de la realidad, pero nadie puede acusarlo de ser elusivo, cobarde, complaciente o diplom√°tico.

Rara vez se puede decir lo mismo de un líder mundial. Si sus acciones son bien concretas, sus justificaciones abundan en la vaguedad y la distracción, cuando no son meras construcciones verbales. Lo cual no deja de ser una trágica paradoja: aquellos profesionales de lo concreto son especialistas en crear mundos virtuales, construidos en su casi totalidad de palabras. Son ellos los más importantes autores de ficción de nuestro mundo.

Exactamente 24 horas más tarde y a unos pocos kilómetros de distancia, el ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, dio su conferencia en una sala del Florida Times Union de Jacksonville. El día anterior recibí en mi oficina a alguien (un prodigio europeo al que estimo mucho y que conocía al líder británico) con una invitación especial para asistir.

En una elegante sala, Tony Blair se extendió por casi dos horas. A diferencia de Chomsky, Blair no bombardeó a los presentes con observaciones incómodas, sino con frases prefabricadas, complacientes hasta la indigestión, más una plétora de lugares comunes capaces de provocarle pudor hasta a un estudiante de secundaria. Todo sazonado con una dosis tóxica de bromas, algunas muy ingeniosas.

Ni siquiera tuvo un momento de autocr√≠tica cuando alguien le pregunt√≥ si no se hab√≠a sentido humillado por el fiasco de la guerra en Irak. Despu√©s de pensar por varios segundos, o fingir que pensaba para la risa de los que estaban all√≠, repiti√≥ el mismo men√ļ de siempre: ‚ÄúHay momentos en que un l√≠der debe tomar decisiones dif√≠ciles…‚ÄĚ. Una y otra vez, con palabras diferentes. En ning√ļn caso consider√≥ que el presidente o el primer ministro de una potencia mundial siempre tienen que tomar decisiones dif√≠ciles, que para eso est√°n, pero que el hecho de que la decisi√≥n sea dif√≠cil no significa que est√©n excusados de cualquier error.

No obstante, ésta fue y ha sido repetidamente la actitud del ex premier británico: ni una sola vez en la noche tuvo una palabra de arrepentimiento, de autocrítica. Por el contrario, la misma soberbia de siempre: nosotros somos los que salvamos y cuidamos al mundo, los que debemos educar a las nuevas masas de jóvenes (los cambios demográficos fue uno de los temas que parecían preocuparlo especialmente) y somos tan buenos que hasta toleramos a los primitivos que no entienden lo que es una democracia. Nunca, jamás, el reconocimiento de toda la brutalidad antidemocrática de la que fueron capaces.

Ni una palabra que aceptara la posibilidad de alg√ļn error. El propio George Bush, con todas sus limitaciones intelectuales, lleg√≥ a reconocer que la guerra hab√≠a sido lanzada en base a informaci√≥n err√≥nea. Un error, compadre. El propio Jos√© Mar√≠a Aznar, con sus limitaciones intelectuales, lleg√≥ a reconocer sus limitaciones intelectuales. ‚ÄúTengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes‚ÄĚ, dijo en 2007 sobre los argumentos err√≥neos que se usaron para lanzar al mundo a una guerra de diez a√Īos.

El m√°s dotado intelectualmente de la Sant√≠sima Trinidad que desencaden√≥ el armaged√≥n que cost√≥ cientos de miles de vidas y el descalabro econ√≥mico, Tony Blair, en cambio, nunca tuvo este atisbo de humildad. Por el contrario, m√°s de una vez repiti√≥ esa noche que no se arrepent√≠a de nada. Su rostro parec√≠a estar de acuerdo con sus palabras, que nunca alcanzaron el m√≠nimo de autocr√≠tica. Casi me daba la impresi√≥n de estar ante el Mes√≠as, de no ser por su vocaci√≥n de comediante: ‚ÄúDesde que dej√© de ser primer ministro en 2007 he ido a Jerusal√©n m√°s de cien veces. Mi esposa me dice que lo que cuenta no es la cantidad de veces que he estado all√≠, sino la cantidad de progreso que haya logrado en el conflicto. A veces ella no me estimula demasiado‚ÄĚ (risas).

Ninguna autocr√≠tica. Ninguna palabra de arrepentimiento. Ninguna muestra de imperfecci√≥n humana. S√≥lo una broma tras otra, como si en realidad de eso se tratase su trabajo: hacer re√≠r al p√ļblico, como en algunos circos del siglo XIX se hac√≠a re√≠r a los asistentes usando anestesia.

Es interesante que a los intelectuales disidentes se los califique invariablemente de radicales por el mero uso de palabras, mientras que a los líderes que sumergen en la guerra a pueblos enteros se los considere responsables y moderados. Seguramente la respuesta es la del comienzo: la realidad está hecha de palabras, aunque otros la sufren con los hechos. El divorcio y la contradicción entre realidad y palabra no sólo es una forma de justificar los hechos pasados sino, sobre todo, la mejor forma de preparar los que vienen.

Esto, que debería llamarse dictadura, se llama democracia. El problema, entiendo, está en la democracia, pero no es la democracia. Hay esperanza: todavía se puede estimular la crítica, ese motor original de la democracia, aunque sea con abono. Tiemblo de sólo pensar en el día que nos falte Noam Chomsky, ese gran amigo, ese gladiador de nuestro tiempo. Porque los Tony Blair van a sobrar. Eso es seguro.

No, Chomsky y Blair no se cruzaron en el aeropuerto de Jacksonville. Me reservo las palabras del primero sobre ese hipotético encuentro.

* Escritor uruguayo, Jacksonville University, College of Arts and Sciences.

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