Jun 20 2008
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Opinión

Nobel de la Paz para salvar a Betancourt

Maurizio Cherichi*

Ya hace seis años y cien días. Desde cien días la portada del diario italiano L’Unitá despliega a los lectores la imagen llena de dolor de Ingrid Betancourt para recordar el drama de una mujer sepultada en la selva, violencia que no se cura. Imposible esconderla debajo de otras noticias. Seis años y cien días, y no ocurrió nada. Los protagonistas de la violencia usan el dolor como mercancía de intercambio. Quien no quiere su regreso a la vida rechaza para no desinflar las vanidades de la política.

Ingrid con las trenzas sueltas, mirada que el desgaste parece resignar, se ha transformada no tan solo en símbolo del sufrimiento insensato, sino también de un empeño civil que hace temblar quien no quiere devolverla a la vida: fantasmas de la utopía armada, palacios del poder.

En la carta que salió de la selva, Ingrid da a entender que aún no se rindió. Solita, alejada del mundo, no ha renunciado a su guerra de paz en contra de la guerra de las armas y la estupidez de los protagonistas de la imposible revolución. Desde su pequeño radio de acción en el cual está encerrada, la Betancourt refuerza el compromiso que hace seis años la empujó a arriesgar la liberad con la esperanza de hacer entrar en razón a los teólogos de los choques hasta las ultima consecuencia.

YaEn la sociedad de la mujer soldado, la Betancourt se distingue como mujer que escucha a la gente. Reafirma el compromiso de millares de mujeres sin nombre. No piden la luna, pretenden la dignidad de una existencia normal para cada ser humano. Ingrid no se resigna de su apresada salvaje. Escribe con los ojos de sus carcelarios encima.

Y sin embargo no se deja intimidar. Insiste en desear una sociedad donde el sentido común le gane a la astucia de los notables de la economía y de la política; condena la oscuridad medieval de quien confía a las armas ideologías pasadas. Dos mujeres que se asemejan en el coraje han vivido y continúan a soportar el dolor de la exclusión: Aung San Suu Kyi y Rigoberta Menchu. Myanmar y Guatemala, el comunismo dogmático y el capitalismo salvaje.

El cordón que las une es la arrogancia militar. Aquel Nobel de la Paz le ahorró a Aunga San y a Rigoberta marginaciones más dolorosas que las renuncias que continúan soportartando. Permitió con el simple uso de la palabras de dar nuevo alientos a esperanzas que parecieron perdidas. Tan diferentes y tan cercanas.

Como Ingrid también Aung San tiene sus orígenes en una familia importante. Su padre asesinado luego de haber negociado la independencia de la Birmania con Inglaterra. Madre que ánima la herencia política; Embajadora que le hace respirar la cultura de los grandes países. Aung San crece en la india fascinada por las enseñanzas de de Gandhi, recibe su laurea en Oxford, trabaja por Naciones Unidas. Vuelve a Birmania cuando el general Saw Hamhung impone el régimen militar que aún soporta el país. No se acobarda. Funda la Liga Nacional de la democracia.

Ya La dictadura le teme y le quita la libertad, pero en el 1990 la liga de de Aung San Suu Kyl, gana sorpresivamente las elecciones. Su ejemplo mueve el ánimo de la gente, pero los generales no reconocen el voto. He ahí que el Nobel de la Paz enciende los reflectores no tan solo por la pacifica obstinación, pero también consigue iluminar la tragedia de un país olvidado.

Con atentados intentan eliminarla como pasó con la Butho. Sobrevive, vuelve a los arrestos domiciliarios. Se asoma al alambre de púa que rodea su casa: continúa proponiendo el buen sentido de la no violencia. Las violencias que la amenazan no la hacen desistir del compromiso. En la contradicción reinante entre China y Estados Unidos, Wáshington le da su protección pero no consigue liberarla. El delirio de los generales que masacran a los bonzos resiste bajo la sombrilla de Beijing.

Rigoberta Menchú es una protagonista muy querida en América latina y Europa. Los ruegos de Norberto Bobbio, (uno de los más eminentes pensadores de los últimos tiempos –n. del t.) le ha obtenido la ciudadanía honoraria de Turín y otras ciudades italianas. La suya es una historia de banal crueldad. Crueldad de los militares guardianes del poder económico que subvierten su vida.

Su padre quemado vivo, madre y hermanos torturados y asesinados. Personas que los latifundios no soportaban. Veinte años de gobiernos de generales y paramilitares han sembrado 200.000 muertes en Guatemala. El ejercito de los pobres en contra del ejercito industrial alimentado por las multinacionales.

Rigoberta no soporta le resignación de los pueblos indígenas divididos por idiomas e incomprensiones atávicas de siglos. Lleva su vos a quien no la tiene. Amenazada, huye a México donde 120.000 refugiados sobreviven al hambre y al miedo. 120.000 indígenas a salvo de los 400 poblados que los militares han quemado.

Es el año 1981. Cuenta su vía Crucis a Elizabeth Burgos, socióloga argentina, esposa de Regis Debray. Me llamo Rigoberta Menchú se convierte en el libro que le abre el camino del Nobel. Danielle Mitterand y la Francia socialista le ponen corazón a los compromisos de Rigoberta. Con la protección del Nobel y la señora Mitterand acompañándola vuelve a su tierra. Ningún medio periodístico, ninguna TV de Guatemala democrática anuncian su llegada. Pero al tam tam de los sentimientos no sirven las informaciones oficiales. Millones de personas la esperan en las calles de la capital.

El peligro continúa. Viaja con escolta armada. La división de los veinte pueblos mayas exaspera las polémicas, que biografías escritas y difundidas en la otra América, con denuncias de riquezas escondidas y de traiciones tramadas en la sombra. Falsedades pagadas por las manos de siempre.

Los jóvenes tienen la razón cuando dicen a sus padres que han sobrevividos a los años de bienestar. La falta de inocencia –por ambición, desatención, pereza– crea suspicacias en las relaciones de un mundo que se desarrolla en el entorno. Ellos no entienden, nosotros quedamos acobardados. La carta escrita por Ingrid Betancourt en su verde prisión aglutina las generaciones en un mensaje lleno de esperanza.

Recomencemos: nada se ha perdido. No es la consolación de una voz tranquila, es la de una mujer que debería estar desesperada. Ninguno de sus carceleros intenta comprender sus verdades. Se asustan. Tampoco las autoridades que deberían liberarla no tienen la conciencia tranquila. Ingrid nunca ha medido las palabras con el metro de su personal conveniencia.

Desafiaba a la sociedad política cunado era una joven diputada. Se ha comprometido en la defensa de los derechos civiles luego de ser elegida como la senadora más votada de Colombia. No importa el peligro. Atentados que la acechaban a cada paso. Debe huir a Francia para poner a resguardo a sus chicos. Los compañeros de París buscan de retenerla: mujer joven que vive el segundo casamiento con el entusiasmo de quien tiene siempre la voluntad para comenzar, ¿por qué echarse a perder?

Pero no, Ingrid vuelve a su América para fundar un partido: oxigeno, aire limpio contra de la corrupción. Quiere sacudir hombre y mujeres; no tan solo la burguesía de los barrios elegantes, también a hombres y mujeres abandonados en los caminos de la emancipación. Escribe un libro que exorciza el miedo La rage au coeur. Sonzogno lo traduce en Italia con un título casi profetico: “Tal vez me asesinarán mañana”.

No soporta que las FARC y otras agrupación guerrilleras se apoderan de gente inocente: “Raptar es el más vergonzante de los delitos. Nunca más raptar”; el eslogan que quiere expresar mirando la cara de Tiro Fijo y otros guerrilleros. Se ha transformado en el refrán del "spot" hecho en Francia que da vuelta al mundo.

Ingrid enojada repite: ahora basta.

Seis años de espera. Los que esperan no pierden las esperanzas. Yolanda Pulecio, la madre; Astrid. la hermana: el marido; el ex marido; los hijos crecidos en su ausencia golpean a las puertas del poder, TV y diarios. El caso (palabra opaca) involucra la política internacional guiada por Kirchner, presidente argentino que pasó la presidencia a su esposa.

Días a la orilla de la selva esperando una señal de los guerrilleros, listos para socorrer, a arriesgar. Comprenden luego que a los patrones no le agrada su presencia. Son alejados por un discurso público de Uribe: ninguna interferencia externa en los problemas colombianos. Ahí interviene Sarkoszy, Ingrid es también francesa.

Cuando el avión ambulancia llega a un aeropuerto colombiano, Reyes, mediador FARC, es asesinado en Ecuador por medio de un ataque "ranger" de Bogotá: cruzan los confines del Ecuador creando una crisis entre los dos países mientras el presidente Uribe. ambiguo, se disfraza con palabras de paz y el envío de militares para resolver el secuestro de Ingrid y de todos los rehenes.

La madre, la hermana, hijos y esposo no paran de pedir ayuda a todos lo que puedan. Benedicto XVI recibió a Yolanda Pulecio. La Roma de Veltroni consagra a Ingrid ciudadana honoraria. Tres mil firmas y Conferrati (intendente de Bolonia) replica con el mismo honor a Bolonia. Historia, horas de televisión, muchas emociones pero no son suficientes.

Un periodista puede sólo recordar cómo un Premio Nobel salvó las vidas de Aung San y Rigoberta, pero también a Pérez Esquivel, arquitecto argentino que los militares torturaban. El Nobel es un faro prendido en los ojos de todos: nadie puede fingir de no ver.

El premio Nobel podría liberar a Ingrid Betancourt para permitirle de reconstruir el proyecto de paz que las armas y su cautiverio quieren impedir. Pero el camino del Nobel se hace observando reglas. Para entrar en el espejo de candidata que no sabe del premio, por lo menos cinco protagonistas del Nobel deben suscribir la propuesta y presentarla a quien decide.

Rigoberta es libre y puede hacerlo; tal vez los militares de Rangoon permitirán a Aung San de escribir las dos líneas que pueden contribuir a la liberación de Betancourt. Rita Levi de Montalcini es otra mujer que sufrió del dolor del exilio y la angustia de una vida supeditada a los pasos desconocidos que se acercan a su puerta. Obsesión de la ley sobre raza en la Italia negra de los muchacho de Saló. Fundó en el 98 la sección italiana Della Green Cross Internacional, Ong reconocida por Las Naciones Unidas y presidida por Gorbaciov, otro Nobel.

Ya Un periodista no está autorizado para redactar listas de nombres de quienes pueden ayudar a Betancourt: Desde Darío Fo a García Márquez, admiración y amistades que las FARC han alejado. Pero un testimonio no puede repetir por años el mismo llamado: atención, la estamos perdiendo. Palabras inmóviles si lectores y protagonistas de nuestros días no las tienen en cuenta.

* Periodista italiano.
mchierichi2@libero.it

Artículo aparecido originalmente en el diario L’Unitá. Traducción de Luigi Lovecchio.

 

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