Oct 7 2005
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Cultura

Octubre: la vida, la memoria, lo irrecuperable

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Setiembre fue más bien frío y lluvioso. Como si esperara algo antes de cambiar el clima. Quizá el primer cambio –la primera alteración de las costumbres– fue el estreno de Salvador Allende, documental de Paricio Guzmán: imágenes cargadas de nostalgia y una poesía implícita –algo naïve, reconozcámoslo– que cumplen un objetivo: despertar la memoria.

Salvador Allende nos dice más del cineasta que del personaje a quien dedica éste la película (ver www.pieldeleopardo.com/modules.php?name=News&file=article&sid=1390). Y eso, mostrarse desde adentro, constituye por cierto una novedad en el país pos-dictadura.

Las dos obras mencionadas en la apertura de esta crónica –que es interior, subjetiva– son diferentes. No porque sus autores permanezcan al margen, sino todo lo contrario: porque se definen –cada uno a su modo– como integrantes del “ser social” de su país. La nostalgia, inevitable cuando se navega el pasado, trasciende el plano autobiográfico.

Comencemos por el filme.

EL SUR, EL BARCO, EL DESASTRE

fotoEl martes 11 de octubre se pre estrena Horcón, al sur de ninguna parte, de Rodrigo Gonçalves, en el Centro Cultural Matucana de Santiago, a las ocho de la noche. La película entra al circuito comercial el jueves 13 y merece que se diga algo al respecto.

La caleta de Horcón fue uno de los mitos de la bohemia más o menos intelectual y sexual producto del “destape” chileno hace más de 40 años, un lugar de culto al que llegaban verano tras verano, vacaciones tras vacaciones, los peregrinos de la búsqueda. Esa aldea marina, en un comienzo hosca y ajena a las bandadas citadinas, constituyó el “mayo del 68” del país. Un Woodstock que pareció inagotable. Un experimento de poesía, tolerancia, integración. Que se cubrió de ceniza –como todo– en 1973.

Gonçalves reconstruye laboriosa y memoriosamente el pasado para mostrar cuan grande fue la matanza. Hecatombe de afectos, de proyectos, de sonrisas, de pasiones. En una palabra: hecatombe social. El absurdo viaje de Ana a Horcón, el sur de lo inexistente (un juego de abalorios en absoluto hessesiano) no es tanto el relato filmado, sino la historia inmediata –en lujoso blanco y negro– y la anterior-actual –en sobrios colores– que quiso anular la dictadura y pretendió olvidar el pacto que permitió la democracia formal en Chile.

El enano asesino, la puta generosa, el militar extranjero, la “drag queen” que hace de la nada su reino y su dignidad, los jóvenes enamorados en el pretérito; y la hija extranjera, los viejos, la ceniza del muerto y los espectros arruinados –el pueblo convertido como en un callejón sucio sin salida– dan cuenta de la fuga circular, del espiral en que se debate el país sureño: el punto más alejado es siempre el más próximo. Los barcos terminan como pontones o esqueletos de quién sabe qué seres barridos por el viento.

Gonçalves: viajero, promotor de cultura en serio, productor de televisión, “restauranteur”, alguna vez exiliado, pintor, gran conversador… también es un realizador de altura y excelente director de actores. Más allá de lo que diga cuando corresponda la taquilla, filmó una película de culto y supo gatillar la memoria.

fotoPADRE E HIJA: TIEMPO DE CONTAR

El mismo día del estreno oficial de Horcón…, el 13 de octubre, a las 19.30 Joel Muñoz presenta su primer libro en el Aula Magna del Liceo Manuel de Salas, en Ñuñoa, Santiago. ¿Qué pasó, papá? no es novela. Ni siquiera la forma como el autor encara sus espejos interiores tiene algo ficción, aunque algunos pasajes –por ejemplo comer obligadamente con Manuel Contreras, la mano que mató por Pinochet– puedan parecerlo.

¿Qué pasó…? y Horcón… son “óperas primas” de hombres que han transitado la vida y no tienen nada que demostrarle a nadie. En ambas obras la memoria –no los recuerdos– se erige en protagonista real. Las dos se refieren al pasado, pero están clavadas en el hoy y en el mañana. La película y el libro hablan de pasiones y amores, de vidas y muertes.

Si Muñoz construyó ¿Qué pasó, papá? a partir de un epistolario, no tengo dudas de que Horcón, al sur de ninguna parte es una carta personal. En ninguna de las dos obras se huele el aliento del odio. Carecen de fetidez. ¿Coincidencia?

El libro responde a la inquietud de una adolescente: ¿mató su padre en esos días del “gobierno comunista” de Allende?, ¿le quitó su negocio a alguien?, ¿abrumó a un inocente?

La historia de Muñoz se desgrana en 300 páginas. Para contestar a la hija debe remontarse hasta su infancia pobre, los estudios difíciles por falta de medios, y seguir con el deslumbraniento que le produce el encuentro con curas comprometidos; luego los primeros pasos en la militancia política, desde el cristianismo hasta el marxismo y, en cierto sentido, con los años volver, si no a la Iglesia, sí a la base que supo edificarla. Como en el clásico del socialismo ruso se presencia la forja, si no de un rebelde, la de un militante.

También se asiste al desmoronamiento del sueño igualitario, a los años de clandestinidad, al viaje –no iniciático– que le perimte el éxito profesional y económico. El lector asiste al naufragio de la vida familiar, a los intentos por reconstruir un mundo íntimo. Participa de la emoción –luego truncada– que fue la “batalla del no” (en la que Muñoz participó en su calidad de comunicador social).

El libro podrá parecer algo ingenuo a ratos –no olvidemos, empero, que la ingenuidad es lo propio, lo no transferible–, pero difícilmente se trata de un discurso vacío. No hay discursos vacíos cuando los amigos mueren y las canciones de otrora no se olvidan.

OCTUBRE NO ES ABRIL

Eliot sostuvo en La tierra baldía que abril es el mes más cruel. Su abril es nuestro octubre: la primavera empezada, el aliento limpio, los ojos alertas, el olfato presto, el sexo dispuesto. Pero este renacer –en el solsticio de diciembre en el Hemisferio Norte, en el de junio en el nuestro– no es un renacer completo; no festeja el fin de la merte, sólo que no llegó, es decir: que se mantiene lejos.

Entre los animales sociales –y eso es lo que somos los de la especie humana– la muerte tiene un nombre: desmemoria. Así como el Alzheimer destruye con canallezca precisión la capacidad de recordar y reconocer en los individuos, la negación de la historia destruye la capacidad de regenerarse a los pueblos, los condena a repetir la película, a volver a leer la página. Convierte, descubrió Marx, en farsa la tragedia.

Octubre comienza con la posibilidad de conocer dos obras necesarias. Probablemete ninguna de ellas hubiera tenido la probabilidad de ser oteadas desde la playa de un país, como el de cinco o seis años atrás, forzado a creer que está satisfecho so pena de castigo.

La primavera avanza. Fortalece las alamedas. Cada uno a su modo, Gonçalves y Muñoz, nos indican que ha llegado el momento de comenzar a caminar por ellas. Octubre es un mes sentimental.

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