Nov 7 2018
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Cultura

Osvaldo Spoltore: ¿Cómo podría alguno ser testigo ‘real’ de su época?

¿Qué puede haber de genuina novedad que el Otro, de una forma u otra, no haya vivido?, se pregunta y nos pregunta el poeta Osvaldo Spoltore en este reciente diálogo en el que al tiempo que rememora su formación en el campo de la escritura, reflexiona, por ejemplo, a partir de ese otro interrogante: a qué autores de la literatura universal considerar grandes inventores de argumentos.

— ¿Qué podría ser de interés a los efectos de ir conociéndote?…

— ¿Qué puede ser de interés a nadie la vida de uno? ¿Qué puede haber de genuina novedad que el Otro, de una forma u otra, no haya vivido? No es falsa modestia. Obligan las circunstancias a tener una actitud honesta desde el principio y evitarse la vergüenza de soltar una andanada de palabras que sólo alimentan el ego. Es que aunque quien escriba, en su quehacer, se proponga aumentar las riquezas del mundo, mejor es que reconozca esto como un desafío, especialmente cuando escribe sobre su poca o mucha historia. Aun así, dejaré llevarme como cuando se escribe un poema. Y ojalá que estas notas sean una extrañeza. Un recorte de un viaje errático hacia lo supuestamente conocido para que aparezca al menos alguna sorpresa.

Nací en el invierno, en una clínica del barrio de Belgrano. Me contaron que salí al mundo en un parto difícil, esos en los que el bebé nace extraído con los fierros de un fórceps. Como todos, arrojado a un exterior desconocido, determinado por factores que no se manejan, pero que nos conforman, ya sea el antecedente genético, la vida familiar, el contexto político, económico, social y cultural, y además están las las contingencias. ¿Quién escapa de albur? Luego siguieron los primeros años de la infancia: penumbras.

Nada sorprendente, pero si se ve la perspectiva global, desde el origen, así ha ido apareciendo la rica y abigarrada variedad de lo humano, aunque nadie es un “humano en general”. Somos particulares dentro de una formidable complejidad. Pero no hay que dar por supuesto que nuestras peculiaridades aporten alguna novedad al mundo mientras ejercemos alguna actividad, en este caso la escritura, porque hay valores que se deben seguir.

Ernesto Sábato definió el compromiso de un escritor: “Ser testigo insobornable de la época que le toca vivir”. Cierta filosofía, ya no tan en boga, pero aún vigente, la que ha decretado la muerte del Hombre, afirmará que ese desafío es imposible de cumplir. Sobredeterminados, totalmente carentes de autonomía y libertad para tener experiencias auténticas —según ella—, como sufrientes de un estado de miserabilidad casi absoluta, ¿cómo podría alguno ser testigo “real” de su época? Todas estas son puras exageraciones.

Existe un abatimiento que ha embotado a muchos intelectuales cuando evalúan las barbaries sufridas desde la segunda década del Siglo XX. Hasta el principio de esa década se suponía, con un optimismo irracional, un progreso continuo y sin fin. Pero llegó la gran sorpresa de dos grandes guerras, y de allí el desencanto. Algo de eso expresa la frase de Theodor Adorno: “Después de Auschwitz no se puede escribir poesía”, como si en La Historia, los colectivos humanos nunca hubieran perpetrado la vileza contra los cuerpos y conciencias del Otro. No somos los únicos en afrontar sufrimientos, por lo tanto, no habrá un fin de la Poesía ni del Arte.

— Tu infancia, entonces, tu adolescencia, y tu relación con la palabra.

— Provengo de una familia de ascendientes todos italianos. Muy trabajadores, de economía media, alegres y vivaces. Ni progresistas ni conservadores. Algunos, peronistas de los suaves. Otros, antiperonistas consuetudinarios. Militante, apenas uno; un pariente lejano, radical. Católicos de comuniones y casamientos. Ningún cura ni ninguna monja. Nada de ir a misa los domingos. Tampoco interesados en leer y mucho menos en escribir. Bibliotecas mínimas. Y a diferencia de lo que he visto en familias de otros orígenes, no recuerdo en las charlas familiares gran elocuencia de nadie. Creo que como familia de italianos, trasladados a Buenos Aires a fines del Siglo XIX, cambiar de lengua debió ser un problema. También eso pudo provocar la brecha entre padres europeos e hijos nacidos y criados en Buenos Aires, dado el acomodamiento cultural y lingüístico que debían sobrellevar.

Como novedoso, recuerdo un regalo de cumpleaños de una tía abuela (maestra jubilada ya en los sesenta): el grueso “Pequeño” Larousse Ilustrado que aún conservo con sus tres secciones: la primera, de índole general; la intermedia, con sus decenas de páginas rosadas de locuciones latinas traducidas, que me parecían pura hermosura; la última, dedicada a Historia, Geografía, Biografías, etc… Otro recuerdo de esta índole: la aparición sorpresiva en la casa de mis primas de una gran enciclopedia de muchostomos en inglés (creo que era la Collier), con unas láminas maravillosas.

Pero si hubo pocos libros, mucho hubo demúsica. Se cantaba en grupo la música de nuestro país. Y con ella, pude tener el disfrute de la poesía. Queda escrita en mi memoria la experiencia de escuchar, a mis tías y tíos abuelos, cantar: zambas, valses, tangos, tonadas cuyanas y otras melodías. Parientes directos de italianos, de las regiones de Abruzzo y Campobasso, amantes, aquéllos, de la música local y que poco sabían de la lengua y nada de la música de su sangre.

Debo suponer que mi afecto por la poesía procede de ese origen. Mi padre cantaba tangos y acompañado con la guitarr

Con Ana Maria, su esposa, y Osvaldo Bayer

a, zambas.

 

Luego, al crecer, cantábamos a dos voces. Hubo versos cantados en los labios de él, al cantar con su vocecita fina y elegante (con el tiempo, luego de fallecer, coincidimos con otros que al escuchar la voz del vocalista de Aníbal Troilo, Francisco Fiorentino, nos la recordaba), que debieron labrar mi alma de niño como si fuera un buril que cincela fulgores estéticos:

“Ilusorio jardín del recuerdo, / pobre página triste de ayer…”

 “Perfuman el patio / guitarras y estrellas…”

 “Partiré canturreando / mi poema más triste…”

Con Damian, su hijo

 Y puede que fuera por eso que en cuarto grado (hoy, quinto), luego de terminar unas composiciones sobre “El afilador”, ése que andaba por las calles anunciándose con el silbido del caramillo (palabra que me sonó preciosa), que en el aula, mientras el maestro revisaba las tareas, levantó la vista hacia mí, y dijo: “¡Qué lindo esto!” Era una frase mínima referida a las chispas que se sueltan al aire, desde la piedra, cuando el afilador pasa el metal de tijeras o cuchillos contra ella. Las había imaginado: “Chispas que sueñan con no apagarse nunca”.

Además, por esos tiempos escuché en clase el poema “El grillo”, de Conrado Nalé Roxlo. Ni bien llegué a casa, una fuerza incontenible me llevó a querer hacer algo parecido. Llené hojas y hojas hasta que surgió algo que creí digno.

Aunque mi perfil se orientaba más a lo técnico, siempre me asombraron las enciclopedias y bibliotecas. Las visitaba, me hacía socio

Con con Dario Gauto, Maria Ester Carabajal, Ana Maria Gauto y Mabel Caravaja

para pedir libros, pero con intereses diversos, sin ninguna preferencia, y me dispersaba. Un día, Fotografía. Otro, Astronomía, o lo que el bibliotecario recomendaba: alguna novela menor, porque suponía que me debía dar algo fácil para niños. Nada de la buena Literatura Universal. Probablemente no hubiera entendido, pero tampoco entendía algunos libros que yo elegía.

Además, como cursé el colegio industrial, mis lecturas y hasta obsesiones estaban más bien referidas a Matemáticas, Mecánica, Hidráulica, Cálculo. Como a los quince años no podía captar el concepto de “derivada” o “integral”, pasaba horas completando cuadernos, hasta en las noches de verano, para tratar de inteligir por algún método, el porqué de esas operaciones que yo sabía resolver bien. Deseaba aprehender la idea detrás del cálculo, que además era imprescindible para asimilar las materias que estudiaba. Pero en medio de tanta técnica prosaica, una excepción notable fue el impacto que tuve al leer en el libro de Castellano, la “Oda a la flor de Gnido”, de Garcilaso de la Vega, la cual intenté aprender de memoria.

Con Juan Carlos Dido

Tambiénen mi adolescencia, se fueron “filtrando” con alguna frecuencia y disfrute, páginas de “El gaucho Martín Fierro”, “Don Quijote de la Mancha” y algunos cuentos de Edgar A. Poe. Además, le dedicaba tiempo a la lectura de La Biblia.

Como en la casa de una tía querida había una, la tomé “prestada para siempre”, pero no pasaba de los primeros libros y algo de los Evangelios. Me emocionaban su historia, la vida y enseñanzas de Jesús y la esperanza de algo sublime. Esa fe la mantengo, y para mí esa convicción es tal como la de que mañana saldrá el sol. Eso derivó con el tiempo en un interés mayor y un estudio más detallado, que lleva años.

Aclaro que estas actividades siempre me ocuparon intensa y, diría, poéticamente. Algo que fue anterior a recibir influencias propiamente literarias. Además, el quehacer artístico exige que se viva poéticamente. Sólo si ocurre así, se siente la extrañeza del mundo, antes de poderla expresar literariamente. Esa mirada inhabitual descubre auténticas novedades y cuando uno ya puede expresarlas, “el arte sucede”.

Con Sonia Sivori, Dora Pietromica, Julio Aranda, Carlos Penelas, Lila Perez Ferretti, Juan P. Salinas, Hilda Mans, Lucila Fevola y Elena Cohen Imach

Estos hechos de mi infancia y adolescencia supongo que influyeron en mí. Ya en la adultez, elegí otras ocupaciones que me condujeron a formidables compromisos alejados de la literatura, pero la sensibilidad poética estuvo allí siempre latente.

— “Influencias propiamente literarias”, anticipaste.

— Se sabe y conozco personas que de muy jóvenes leen y escriben a diario por necesidad, no pueden dejar de hacerlo. Como en “Un artista del hambre”, de Franz Kafka, cuando el ayunador-artista confiesa —a quien lo alaba irónicamente— tener una vocación ineludible.

“─También quería que admirarais mi ayuno ─dijo el ayunador.

─También lo admiramos ─dijo el inspector con amabilidad.

─Pero no debéis admirarlo ─dijo el ayunador.

─Bueno, entonces no lo admiramos ─dijo el inspector─, pero, ¿por qué no íbamos a admirarlo?

─Porque estoy obligado a ayunar, no puedo hacer otra cosa ─dijo el ayunador.

─Pues mira qué bien, y ¿por qué no puedes hacer otra cosa? ─preguntó el inspector.

─Porque ─dijo el ayunador, levantó un poco la cabeza y habló con los labios ligeramente fruncidos, como para dar un beso, junto al oído del inspector, para que no se escapase nada, ─porque yo no he podido encontrar una comida que me guste. Si la hubiera encontrado, créeme, no habría tenido el más mínimo miramiento y me hubiera puesto morados como tú y todos.

Ésas fueron sus últimas palabras…”

Ése no es mi caso.

Quizás mi obsesión se relaciona con experimentar la sorpresa del fruto de la indagación. Si leo, estudio o escribo y evalúo que el texto no derivará en una experiencia auténtica, no pierdo más tiempo en ello. Mi momento llega cuando me sorprende algo profundo y genuino. Y lo genuino para mí es lo que produce el silencio literario: la audacia del escritor que intenta decir lo que no se puede decir, o que al decir muestra algo no visto, y eso sucede al descubrir lo escondido entre líneas. Es verdad que esa lectura lleva más tiempo, y algunos lo conciben como una pérdida (la vida es corta, ¿no?), pero es que a mí no me apura el paso del tiempo.

Tengo el convencimiento de que la vida es para siempre, aunque sufra la ansiedad de lo fugaz, la falta de sentido de lo que nos rodea. Mi fe reconoce lo que dijo el apóstol Pablo: “La creación fue sujetada a futilidad, no de su propia voluntad, sino por aquel que la sujetó, sobre la base de la esperanza de que la creación misma también será libertada de la esclavitud a la corrupción y tendrá la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. (Romanos 8:20, 21)

Y en eso creo. Es parte de mi fe e incluso de mi escritura. Pero no escribo poesía  comprometida con doctrinas, confesiones o ideología alguna. Si uno constriñe la escritura a mandatos o dogmas —aunque no sean reprobables— surge pura pedagogía o  panfleto. En la creación literaria mejor que aparezca la imagen y la metáfora como sorpresa insólita, brotando desde un manantial íntimo y misterioso que no controlamos y que aluden silenciosamente a otras cosas.

Un ejemplo propio. En una ocasión, almorzando en un señorial restaurante porteño, junto a Ana María,

mi esposa, leí en el menú de postres un título altisonante, para sólo ofrecer gajos de pomelo. Mi imaginación de un tirón soltó allí un poema con el mismo título de la carta. No recuerdo haberle corregido nada. Eso es evidencia —como ocurre en el caso de tantas personas— que en el hacer poético hay algo que no manejamos. Lo reconoce Atahualpa Yupanqui, en una canción:“Me gusta, de vez en cuando, / perderme en un bordoneo, / porque bordoneando veo, / que ni yo mismo me mando.

Permítanme copiar en esta entrevista, aquel poema nada “frutal”:

Gajos de pomelo pelado a vivo

 El Caso:

la herejía de un pomelo

justificando la pomelez de la Tierra

ante un tribunal más filoso que cordero

repleto de sabiondos en

cómo poner a raya a cualquier pomelo

Con su madre, Haydee Buoncompagno

 

que piense por propio hollejo

 

La Sentencia:

esta vez, no habrá fuego

 pero que sea como en el infierno

“algo a vivo”             

 (con matar nunca alcanza)

Con sus primos, Fernando y Guillermo Di Menna

De paso, te comento que alejarse de la ficción comprometida, pueril y prosaicamente, con alguna ideología, sería la única forma de influir en la realidad. Y cito sobre este tema a Paul Valery, al decir: “Una sociedad asciende desde la brutalidad hasta el orden. (…) no hay poder capaz de fundar el orden por la sola represión de los cuerpos por los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias.” Y, yo agrego, no puede alcanzar fuerza ficticia la ficción (y obviamente incluyo a la poesía) que sólo informe y, como señaló Ricardo Piglia al dar una conferencia sobre Italo Calvino, no nos haga vivir la experiencia de leer que nos invite a una mejor percepción de la realidad, una mejor experiencia con el lenguaje.

— Habrás concurrido a talleres literarios.

— Sigo avanti… A mediados de los noventa quise dedicarme con seriedad a lo literario. Pero mi primer intento se dio en el ámbito de un Taller de Teatro donde me parecían fascinantes las consignas desestructurantes y la búsqueda de la representación veraz. Como se nos pedía que escribiéramos algo corto cada semana, sin muchas pretensiones, allí ingresé al mundo del poema. En definitiva, me di cuenta de que lo que yo deseaba era escribir poemas. Así fue que dejé Teatro y empecé a concurrir a dos talleres literarios. Participé más en el de Lucila Févola [1942-2013]; pero frecuentaba otro, el de Gabriela Yocco. Ambas poetas excelentes y muy dedicadas, artistas en todo el sentido de la palabra. A los pocos meses advertí una mejora notable en mis lecturas.

Al principio —por ejemplo— me parecía una tontería si los versosse escribían todos en minúsculas o dejando grandes espacios entre palabras. Creía que era un capricho, cosa de tilingos. Pero al pasar el tiempo, era yo el que escribía así y no por imitación, sino por íntima necesidad. Hubo otros conceptos que capturé pronto, al menos mientras leía, e intenté asumirlos para que asomaran en mis textos. Entre tantos, lo que dice Octavio Paz en uno de sus ensayos: “El poeta no representa la silla, la crea.” Esta expresión la hice epígrafe del siguiente poema:

sea la imagen

 como el gatillo a punto de parir

como un ojo y su hombre

subiendo los médanos hasta la última cima

donde un instante de tanto océano

 dispárale el mar

Resultado de imagen para Osvaldo SpoltoreEn el taller de Lucila Févola, si uno se comprometía, empezaba pronto a crecer, junto a un grupo de poetas y amigos. Había mucho allí para influir bien, por lo que se enseñaba y por el ejemplo. La dinámica constaba principalmente en analizar detalladamente poemas significativos, de poetas conocidos o no, y de amigos, muchos de los mismos talleristas. Cierta severidad, que es imposible que se tolere por mucho tiempo, nos dejaba sin aire cuando se encontraban lapsus o “errores” estéticos o de fondo, ya sea en la composición, en la forma o simplemente por una puntuación incorrecta, una palabra mal escrita o peor usada.

— “Si uno se comprometía… nos dejaba sin aire.”

— El compromiso del taller era reiterar y debatir profundos “principios” (no sé qué otro nombre pudiera utilizar) relacionados a poética. No sólo era cuestión de corregir obviedades, sino ajustarse a consignas que refieren a la lectura y escritura de excelencia. No es que lo lográramos, debo aclararlo pues sería pedante y mentiroso afirmar lo contrario, pero sometidos a ese “masajeo” incesante y semanal, por años, si uno aguantaba, era casi imposible que no se encarnasen buenas cualidades de lectura y de escritura. Y en cada uno de forma distinta.Resultado de imagen para Osvaldo Spoltore

A veces eran únicamente opiniones. Pero la obligación de justificar o señalar la coherencia de la forma con el contenido o el de encontrar el centro del poema, sus logros estéticos, sus fuerzas, tonos, encontrar una palabra, versos enteros o estrofas que sobraban, deparaba en noches edificantes. No se aceptaba algo por ser “bonito”. Tampoco había lugar para ir a leer sólo lo propio y desinteresarse en analizar lo que escribían los demás. Ni la búsqueda del preciosismo o la grandilocuencia per se y menos si el contenido no contribuía con algo vital. Nada de hacer nuevos aportes a la confusión general.

En ocasiones, leíamos textos de otros géneros. En Dramaturgia, la gran crítica que la coordinadora le apuntaba a Samuel Beckett era tema de polémica: “¿Cómo podía ser que un artista —por más premio Nobel que fuese— expusiera obras donde se ensalzaba el sinsentido? Si nada lo tiene, ¿por qué escribía? ¿Para qué fue a buscar el Nobel?”  Estas incoherencias de vida (o supuestas incoherencias) se ponían sobre la mesa también al analizar el poema de cualquiera. Tallerista o no, si se detectaba que el poema destilaba un espíritu de victimización, un regodeo en lo destructivo o purosentimentalismo, Lucila lo señalaba, una y otra vez. Y eso lo acepté, pues el escapismo de ciertos escritores, ofrece sólo un falso remanso en sus textos, adornando este tembladeral planetario, y eso debe ser denunciado por cobardía y complicidad.

Por eso, si ni Beckett se salvaba, qué quedaba para algunos de nuestros poemas. No me animo a aplicarle a Beckett la contradicción comentada, es muy discutible, pero creo que el artista debe revisar por dónde andan sus bordoneos, recordando los versos de Yupanqui. No que no se pueda hacer una poética de la incoherencia o del absurdo, pero requiere tener autoconocimiento de la idea y forma que se difunde, a riesgo, caso contrario, de fomentar en el aire —por más prestigioso que pueda parecer— un espíritu negativo que es sutilmente contagioso y perjudicial.

— ¿Y tus lecturas y quehaceres de aquel tiempo?

— De las lecturas de ese tiempo, quedé muy asombrado por ciertos poemas de los compañeros talleristas y de otros poetas conocidos. Destaco los de Francisco Madariaga, Horacio Castillo, Roberto Juarroz, Wallace Stevens y Borges… (siempre, Borges). En esa época, reformulé ciertas vivencias del pasado y organicé actividades culturales en programas de radio, cafés literarios y ciclos de conferencias. Armé una web literaria y una Hoja mensual. En 1997 inicié un ciclo que di en llamar “Poesía en el Tulgún”. Y esto merece una explicación. Siempre tuve mis vacaciones en ciudades de la Costa bonaerense: Mar del Plata de niño, y luego en varias de las otras playas del Tuyú. Me asombraba esa franja de médanos, de unos tres kilómetros de ancho que va desde la costa marítima hasta el inicio del campo (¿o el fin de La Pampa?). ¿Por qué era así? ¿Cómo se formó? ¿Por qué era todo tan distinto acercándose a Mar del Plata?

Había leído en el libro “Un viaje al país de los araucanos”, de Estanislao S. Zeballos, que los pampas (tehuelches-araucanos), Resultado de imagen para Osvaldo Spoltorenombraban los anchos territorios de nuestra pampa con voces propias, como Carhué o Chivilcoy. Y a esa franja fofa que se acercaba al mar, por sus pantanos y zonas flojas, la llamaron con una palabra impronunciable para nosotros, algo así como “Chulgrun”, que significa: pisar fofo. Al nombrarla en castellano, los conquistadores escribieron: Tulgún. Ese territorio común, en donde ellos y nosotros vivimos, el cual compartimos aunque en diferentes épocas, me pareció un tema muy íntimo y humano, algo que nos hermanaba por más distancia étnica y vileza política que hubiera existido, reconociendo la violencia que sufrieron.

No creo en los rótulos, en las etiquetas. Digo que aunque me han documentado dentro de una nación, esa no es mi esencia. Somos de la misma sangre, con ellos y con Todos, y aunque no puedo ni deseo escapar del lugar adonde fui arrojado, ni de las costumbres y preferencias, es dignificante sentirse cerca de los otros. En este caso, de quienes se asentaron antes en estas mismas tierras, de vastedades infinitas con la plenitud del río, la llaneza interminable del campo, la inmensidad del cielo, tres metáforas de infinito que en pocas partes del planeta se gozan y se sufren juntas. Este sentimiento tan solamente nuestro, lo desarrolla Juan José Saer, en su libro “El río sin orillas”.

Resultado de imagen para franja del TulgúnPero fui más allá y metaforicé esta franja del Tulgún, costura modesta, como el lugar de unión de tres infinitos: la pampa, el cielo y el mar. Y como si no alcanzara, en ese espacio de reunión, situé lo humano como el infinito número cuatro, siendo nosotros, que ocupamos un “cuarto infinito”, imagen de la infinitud que anhelamos desde nuestro interior. Una sed que nos eleva y nos constituye desde un espacio mínimo para intentar rozar moradas extraordinarias y conjeturales, que quizás nunca se alcancen (seguramente para nuestro provecho).

— ¿Autores de la literatura universal que consideres grandes inventores de argumentos?

— No es fácil responderte, no porque no tenga respuesta, sino porque los argumentos casi siempre son los mismos. Hasta en asuntos metafísicos o filosóficos, donde no habría argumentos pero sí un ordenamiento de ideas (en definitiva un texto, un tejido pero de ideas no de relatos o guiones). Por ejemplo, William Shakespeare inventaba menos argumentos de los que ya existían y los reescribía magníficamente para Teatro.

Hoy además tenemos una mayúscula producción e influencia del cine y lo audiovisual. Por eso somos de una generación difícil para ser sorprendidos por nuevos argumentos. En general, no estoy a gusto con largas descripciones y los malabares o juegos reiterados al hartazgo que encontramos en cine y televisión.

Pero lo que sí me maravilla es la capacidad potencial infinita que tienen las formas de aparecer: eso no cansa. Digamos que como en la Naturaleza, no habiendo dos atardeceres iguales, en literatura puede suceder lo mismo. Doy un ejemplo: me sorprendió en Gustave Flaubert su obsesión por escribir bien. En “Madame Bovary” me parece extraordinaria una página en la que da forma a un contrapunto donde entremezcla un diálogo, entre los amantes sentados dentro de una habitación, con frases de un discurso que un político profiere desde una tribuna. La anécdota es menor, pero me fascinó, la forma. Y llamativamente, cuando vi la película basada en la novela, esa instancia pasó totalmente desapercibida, aunque se respetara el texto original.

Además, los argumentos tienen fecha de vencimiento. Hasta el hecho de relatar puede ser más o menos importante, según las épocas, pues no es lo mismo hacerlo para simplemente entretener o si se trata de denunciar o abrir conciencias.

Hoy es interesante notar que los mercaderes del espectáculo cinematográfico, buscan argumentos universales, pues desean distribuir sus productos a nivel planetario. Así tenemos el éxito de la obra del británico J. R. R. Tolkien: la saga de “El señor de los anillos”. Pero leer —por citar sólo un caso— todas esas novelas, por más sofisticadas que sean, no me movilizan nada. Y ni hablar de las novelas o cuentos que los empezás a leer y ya sabés lo que va a pasar. ¡Nos invaden los estereotipos!

Quizás haya un avance en las series de televisión que han complejizado la línea argumental en varias, esa multilínea que te obliga a seguir varios argumentos al mismo tiempo; hay un sentido coral en todo eso, y así abren temáticas en varios personajes que en otras épocas eran secundarios y sólo estaban de soporte.

—¿A qué escritores no debiera uno morirse sin haberlos leído?

— Esa pregunta no me cabe. No hay deber de leer nada nunca. Es pura actividad humana y es infinita la cantidad de probabilidades de lectura. Si uno vive con los ojos abiertos, los escritores aparecerán solos. ¿Y por qué morirse y no leer más? ¿Quién dijo que después de morir ya no leeremos más? ¿Y si somos inmortales o morir es un simple sueño que termina en un suave despertar?

Por eso podría decirte coherentemente queyo seguiría leyendo y leyendo: “La Biblia”, “Ficciones” de Jorge Luis Borges, “Martín Fierro” de José Hernández, “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra. Y además está lo literario que se entromete en libros de no ficción. De mis muchos años de Facultad, estudiando Humanidades, he encontrado varios libros de autores que investigan desde lo académico en Ciencias Sociales o Arte con una escritura profunda, y aunque hay más, cito sólo uno: “Teoría de la política internacional” de Kenneth N. Waltz[1924-2013].Y concluyendo, debido a que está muy cerca de mí todos los días desde hace quince años, como un mural pegado a la pared de mi oficina, seguramente seguiré leyendo el poema “Mandala”de Horacio Castillo [1934-2010].

 

Ficha

Osvaldo Spoltore nació el 10 de agosto de 1956 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, República Argentina. Integró el consejo de redacción de la Revista “Tamaño Oficio”. Fue incluido en la antología “Mar azul. Cielo azul. Blanca Vela – Homenaje a Arturo Cuadrado” (Ediciones Botella al Mar, 1999). Junto a Jorge Montesano, Emmanuel Muleiro, Haidé Daiban y Julio Aranda integra el volumen colectivo de poesía “Memoria del olvido” (Ediciones Botella al Mar, 2000). Poemario publicado: “Punto de furia” (Ediciones Febra, 2004).

-Link audio de Y desembarcaron las palabras: www.gema.com.ar/Ydesembarcaron.mp4 . Lee: José Bravo

-Video: https://www.youtube.com/watch?v=b5BIM61XjQY   Presentación Antología “Memoria del Olvido – Año 2000 – En Sociedad Hebraica Argentina – Horacio Castillo – J.L. Manzur – Alejandrina Devescovi – Lucila Févola – Jorge A. Montesano – Julio Aranda – Haidé Daiban – Emmanuel Muleiro – Osvaldo Spoltore

 

 

 

 

 

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1 Comentário

Comentarios

  1. elsa elida santamaria
    8 noviembre 2018 16:25

    Qué gusto saber de vos Osvaldo. Hace mucho que estoy pensando en vos y en la gente del grupo. Muy bueno el artículo. Revagliatti siempre ahí, a la pesca de la poesía, atrapándola. Gran buscador y poeta. Cariños y suerte. Espero tener noticias tuyas en algun momento y de Julio también. Hasta la vista.