Jul 7 2006
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Política

Otra de la Casa blanca. – TUVO QUE ADMITIR ESPIONAJE BANCARIO MUNDIAL

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Se supone que los espías no dan la cara ni se conocen sus actividades hasta mucho tiempo después de producido el daño. Con esa vara de medir la idoneidad, la CIA y la megaagencia de espionaje conducida por John Negroponte tendrían la talla de enanas. El bochorno es de los generales y civiles que conducen ese espionaje pero sobre todo de las autoridades políticas que dan las pautas a seguir.

Es que cada paso que dan los Estados Unidos en la materia termina en escándalo mundial, debiendo la Casa Blanca confirmar, rechinando los dientes por la impotencia, tal o cual denuncia periodística sobre espionaje.

Eso sí, quienes dan la mala nueva, a menudo el propio George Bush, califican de antipatriotas a los medios que develaron la trama ilegal porque supuestamente habrían puesto en riesgo la seguridad del país frente al terrorismo.

La novedad fue destapada la semana pasada por The New York Times: la la administración Bush tenía acceso a los datos bancarios de millones de personas en el mundo. ¿Cómo había hecho para violar el secreto bancario que debe estar protegido y, por añadidura, a nivel internacional? Muy sencillo, invocando la lucha antiterrorista, la superpotencia logró que la Sociedad Internacional para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias (Swift, su sigla en inglés) le proporcionara información sensible a los derechos personales y al funcionamiento global del capitalismo.

La entidad informante tiene su sede en Bruselas y monitorea miles de millones de operaciones bancarias cada año. Quedó como cómplice de la CIA, lo mismo que el Banco Central Europeo, que estaba al corriente del operativo violatorio de todas las normas legales y de seguridad.

Una vez más se confirma la genialidad del dramaturgo marxista alemán Bertolt Brecht, cuando desafió: “¿qué delito es robar un banco en comparación con fundarlo?”.

Cuando el diario neoyorquino se aprestaba a publicar la noticia, el subsecretario del Tesoro para asuntos de inteligencia financiera y terrorismo, Stuart Levey, confirmó el espionaje bancario. A propósito, como argentino me gustaría saber cuáles son los bancos de nuestro país que colaboraban con ese programa imperial, dentro de las 7.800 entidades participantes del consorcio Swift.

Si alguien pensó que el gobierno yanqui iba a intentar alguna disculpa, se equivocó. El secretario del Tesoro, John Snow, defendió ardorosamente el procedimiento pues atajaba “la financiación de actividades terroristas”. Puso cara de cemento armado para jurar que ese fisgoneo respeta “los valores democráticos y las mejores tradiciones legales”.

Teléfonos pinchados

The New York Times había puesto en evidencia en diciembre pasado que el gobierno de espiaba en forma masiva las comunicaciones telefónicas y correos electrónicos enviados desde y hacia los EE.UU., sin autorización judicial. Fue otro memorable escándalo y el texano debió admitir que eso ocurría aunque lo justificó en función de la guerra contra Al Qaeda. Sin embargo el periódico había mostrado que el espionaje tenía carácter masivo y no afectaba sólo a sospechosos de simpatizar con Bin Laden.

La otra disculpa de Bush en esa oportunidad fue que la intercepción se realizaba sobre comunicaciones con el exterior. Pero esta mentira cayó definitivamente en mayo de este año, cuando el diario USA Today demostró que dentro de EE.UU. se interceptaban millones de llamadas telefónicas y emails sin necesidad de autorización ni conocimiento judicial.

Eso indicaba que el presidente había mentido cuando en diciembre de 2005 aseguró que el cuestionado programa estaba acotado a las comunicaciones externas y a vigilar a terroristas.

La publicación probó que el gobierno había presionado a tres de las cuatro mayores firmas de telecomunicaciones (AT&T, Verizon y Bellsouth) para que entregaran las bases de datos de sus clientes y el archivo de sus comunicaciones a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA).

La única compañía que no lo hizo fue Qwest, pero no por pruritos democráticos sino por miedo a pagar luego fuertes multas si la Comisión Federal de Telecomunicaciones la penalizaba por dar esa información de los consumidores. Quiere decir que el 75 por ciento de las empresas involucradas entregó a la NSA el paquete de clientes sin chistar y sólo el 25 por ciento restante se resistió por una duda comercial. ¡Cuánto apego a las libertades civiles entre los monopolios que cotizan en Wall Street!

El director de la agencia NSA entre 1999 y 2005 fue el general de aviación Michael Hayden, quien pergeñó ese plan de espionaje ilegal contra sus propios ciudadanos. Lejos de ser sancionado, al menos módicamente, el militar fue promovido en mayo último por Bush a la jefatura de la CIA en reemplazo de Porter Goss.

En esa central ya revistaba como segundo jefe el vicealmirante Albert Calland, en servicio activo de la US Navy. Los militares se quedaron así con la sartén por el mando de la principal agencia de espionaje que -se supone- es civil. Esa preponderancia de los uniformados es otro síntoma de la militarización y fascistización que recorre toda la administración desde 2001.

Tropas especiales

EE.UU. ya era antes del atentado a las Torres Gemelas un país de “cops”, espías y soplones, al margen de la producción de Hollywood. Pero después de ese hecho, tal condición pegó un salto cualitativo donde del FBI no se salva nadie. Hace días el jefe de la división criminal del Departamento de Justicia, Mattew Friedrich, justificó el espionaje contra los periodistas. “Las leyes de espionaje no contienen exenciones para ninguna categoría de profesionales”, aclaró, recordando que esas normas datan de la Primera Guerra Mundial.

Sería imprescindible que Néstor Kirchner blanqueara cuáles son las relaciones de la Policía Federal, la Side y la Secretaría de Seguridad Interior con el FBI, la NSA y la CIA, si las hubiera en el terreno bilateral Argentina-EE.UU. y/o en el marco del Comité Interamericano contra el Terrorismo propio de la OEA. Y sería bueno que se procediera a un corte total porque de los escándalos de espionaje surge que de esos muchachos no se puede aprender nada bueno para la democracia.

Ni siquiera se puede alegar que con ellos se aprende a espiar. La inteligencia estadounidense busca la inmoral hegemonía mundial, y ese es el fondo de la cuestión, pero además ni siquiera son idóneos en lo suyo. Son patos criollos.

Esos cráneos organizaban viajes secretos con prisioneros ilegales con paradas o destino en Europa. No pasó mucho tiempo hasta que se supo que esos vuelos existieron y que catorce países europeos habían colaborado con la operatoria de la CIA. Hasta el Consejo de Europa admitió oficialmente a principios de mes que varios países europeos habían participado activamente y que otros “los ignoraron a propósito”.

A fines de abril último se descubrió otro plan norteamericano de intervención mundial, pero esta vez con tropas de carne y hueso, no meramente de intercepción satelital o por otro medio de las comunicaciones. The Washington Post reveló que el Comando de Operaciones Especiales (Socom) tiene un plan de intervenciones clandestinas. El programa está en marcha y se han enviado tropas especiales a una veintena de países del Tercer Mundo para espiar y planificar acciones propias y en conexión con militares de cada uno de esos lugares. Su jefe es el general Doug Brown y su presupuesto alcanza los 8.000 millones de dólares.

Estas tropas pueden ser un peligro en Argentina tanto en la zona de la Triple Frontera como espiando en la Plaza de Mayo. En 2002 hicieron ejercicios en islas de Entre Ríos y el entonces presidente Eduardo Duhalde negó el hecho. Ahora estamos todos avisados.

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foto
* En Editoriales, diario La Arena, de Santa Rosa, La Pampa, Argentina.
www.laarena.com.ar.

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