Nov 5 2009
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CulturaPolítica

Panamá, umbral militar de la ocupación gringa de Suramérica

Julio Yao fue el Orador de Fondo, designado por el Consejo Municipal de Panamá ante el Mausoleo de los Soldados de la Independencia, el día de los Difuntos, para exaltar el significado de la fecha de la separación de Panamá de Colombia, hecho que ocurrió el 3 de noviembre de 1903. Quince días después, el 18 de noviembre, a Panamá se le impuso un tratado nefasto que le cercenó la ansiada soberanía. Yao tenía la ilusión de que el actual gobierno respetara la libre expresión, pero…Todo ésto, mientras el gobierno panameño anunció que firmó con EEUU un acuerdo interinstitucional para el establecimiento de bases aeronavales y de policía panameñas en el litoral Pacífico y Atlántico del país.

Yao comenta que ocurrió un incidente lamentable: el Vicepresidente y Ministro de Relaciones Exteriores, Juan Carlos Varela, empezó un murmullo con una persona que estaba a su lado, y éste fue creciendo, el cual demostraba algún nivel de desagrado ante sus palabras. “Ante el hecho obvio, me vi en la obligación de pedirle respeto y que me dejara terminar mi disertación. Dio a entender que yo estaba tergiversando la historia, y lo mismo me espetó la señora ministra de Educación, Luci Molinar”, relató el académico, quien dejó en claro que “ no he sido ni soy miembro del PRD, partido al que he criticado en distintas coyunturas por su apoyo implícito a posiciones contrarias al interés nacional.

Julio Yao*

Un mes de diciembre de los años cincuenta, de montería en las selvas vírgenes que yacían entre San Miguel de Pacora y una posta de cazadores conocida como “Tres Brazos”, entonces inhabitada, me tocó caminar sin armas y sin conocer la ruta, pues no había camino, a partir de la medianoche hasta el día siguiente para llegar a Loma Bonita, donde tomaría el único transporte de regreso a Panamá. Entonces había en San Miguel tres ranchos, y este villorrio era la última señal de la civilización antes de adentrarnos en la espesura que se extendía hasta las cabeceras del Río Mamoní y las estribaciones de Kuna Yala.

"Colá" Castro, quien me dio albergue, me había prevenido esa medianoche de dos cosas, diciéndome: “Camina siempre a lo largo del río, porque cuando no lo escuches es que te perdiste. Si eso ocurre, regresa por donde viniste, buscando siempre el sonido del río. Y otra cosa, cuídate del gato”, como le llamaban los campesinos al tigre. En medio de la oscuridad me perdí varias veces, pero siempre el sonido del río, que tronaba entre rocas, me ayudaba a rectificar el rumbo.

Los caminos de la patria deben ser como los ríos: cuando ya no escuchamos su música y no sabemos a dónde nos llevan nuestros pasos, necesitamos regresar a nuestro lugar de partida, a nuestros orígenes, siguiendo las aguas cantarinas que nos reclaman.

Es por ello que hoy, dos de Noviembre, al conmemorar el Día de los Difuntos y abocarnos mañana a la fecha de nuestra separación de Colombia, es necesario reconocer que demasiados panameños ya no escuchamos el río de la patria; que demasiados panameños nos hemos perdido en la maraña y no tenemos ni la menor idea de a dónde llevan nuestros pasos; que demasiados panameños carecemos de memoria histórica y por eso navegamos a la deriva, arrastrados por ajenas circunstancias.

Ante el Mausoleo de los Soldados de la Independencia, regresar a nuestros orígenes para indagar cómo empezó nuestra lucha por la independencia, supone remontarnos al 6 de enero de 1502, cuando Cristóbal Colón, en su último viaje y acompañado de su hermano Bartolomé y su hijo Fernando, llegó – en pos de afamados yacimientos de oro — a un río al que llamaron Belén. Allí los recibieron los panameños originalrios pero éstos fueron pronto engañados y sometidos para robarles su oro. El Rey Quibién o Quibián, “El Señor de la Tierra”, fue apresado y amarrado junto a su familia y sus seguidores. Pese a estar amarrado y herido en un brazo, Quibién logró escaparse lanzándose al río de noche para convocar a una alianza con otras tribus a fin de rechazar la invasión. Su familia, que iba a ser destinada a la Encomienda o llevada a España como esclavos, prefirió – al igual que los sitiados en Masada o las mujeres coreanas ante los invasores — ahorcarse a bordo de las naves antes de entregarse, mientras que otros se arrojaron al mar.

El Rey Quibién prevaleció sobre Colón, hirió a Bartolomé y redujo a cenizas el poblado de Santa María la Antigua de Belén, el primero en todo el continente, constituyendo ésta la primera derrota que sufrieron los españoles, que salieron en estampida. Quibién fue el primer guerrero que venció y expulsó a los conquistadores, en esta primera victoria y este primer combate de los pueblos de Abya Yala en la lucha por la vida, los recursos naturales y el medio ambiente.

El oro afanosamente buscado por Colón es el mismo oro que se saquea a título gratuito hoy en Petaquilla, y por eso las tres comunidades indígenas de esa región han fundado la Asociación Rey Quibién en resistencia a los proyectos mineros. Las comunidades afectadas por la minería a cielo abierto, prohibida crecientemente a nivel mundial, rechazan que nuevos conquistadores se lleven el oro y otros metales y destruyan toda forma de vida a cambio de una mayor cantidad de espejitos y engañifas.

Sin embargo, la victoria del Quibién no aparece valorada correctamente en la historia. Existen dos monumentos, uno frente al otro, en la ciudad de Colón: el primero, dedicado al Almirante Cristóbal Colón y el segundo, a Quibién. Pero el monumento a Colón es al menos 30 veces más grande que el erigido al Quibién, y la placa explicativa del "Señor de la Tierra" dice que conmemora el “encuentro” entre ambos, y no los enfrentamientos entre el indígena y el invasor.

Volver a nuestros orígenes, es preguntar por qué nuestra moneda nacional se denomina Balboa, mientras que una centésima parte de ella está dedicada a Urracá, guerrero imbatible y pesadilla de los españoles durante nueve años; implica denunciar el hecho ofensivo, ignominioso y vergonzante de que el sitio donde fuera fusilado nuestro máximo héroe popular, el General Victoriano Lorenzo, víctima de los poderes e intereses foráneos en el Canal, sea tan solo un simple escalón de concreto en Las Bóvedas, que sirve de urinal para perros y para que los turistas puedan encaramarse para ver mejor el mar.

Volver sobre nuestras huellas es explorar por qué se ha dicho que en los actos separatistas de 1903 no hubo mártires. La historia oficial dice que murió un chino y un burro. Traté de averiguar, desde mi escuela primaria, por qué se le dio tanta importancia a un burro – ya que en todas las guerras mueren animales sin que a nadie eso le quite el sueño; de averiguar por qué era trascendente reportar la muerte de un equino al lado de un ser humano. Llegué a la conclusión de que todo fue una manipulación de los hechos para rebajar la personalidad del chino y de impedir que un asiático sin importancia – y no alguien de apellido rimbombante — fuese declarado mártir de la independencia. ¿Cómo reconocer siquiera como mártir a alguien que no tenía nombre en español ni era católico? ¿Por qué iban a erigir un monumento a un chino que ni siquiera era tenido como ciudadano por las élites?

Pero nosotros descubrimos que en 1903 no murió uno: murieron dos chinos. Según el cónsul de Estados Unidos, pereció en Salsipuedes el ciudadano del Celeste Imperio, Wong Kong Yee, oriundo de Hocksan, en la provincia de Kwantung, China. Según The Star and Herald, murió un segundo ciudadano chino, de nombre desconocido, en la Playa de la Marina, colindante con la presidencia de la República, víctima de una granada. Y si algún animal murió no fue ningún burro sino un caballo peruano de paso que pertenecía a Enrique Linares y que pacía (me refiero al caballo) en un corral donde se instaló la panadería Barrio Caliente frente a La Aurora en Santa Ana. Aunque no murieron heroicamente, los dos chinos fueron mártires, porque fueron testigos — mártir en griego significa “testigo” — de la misma forma en que los Mártires de Enero incluyeron a víctimas no combatientes durante la agresión del ejército acantonado en la Zona del Canal.

Volver sobre nuestros pasos y escuchar el río de la patria es indagar si es cierto que los chinos que construyeron el ferrocarril se suicidaron. Miles de chinos llegaron a Panamá traídos por la empresa norteamericana del ferrocarril, que estaba atrasada según el contrato con Colombia, pues la deserción de trabajadores de otras nacionalidades ponía en peligro la obra. Los chinos, engañados y estafados, cayeron víctimas de la empresa que les negó mínimas condiciones de vida, y en esas condiciones de nula vida, los chinos cumplieron con la tarea pero también llevaron a cabo la primera rebelión laboral contra una empresa transnacional en Latinoamérica. Los que no cayeron víctimas de enfermedades y reptiles, fueron ultimados por alguaciles de la empresa o bien se suicidaron como acto de liberación personal y social. Pero allí está el ferrocarril, que nunca se hubiese construído sin el aporte y sacrificio de los chinos en aras de salvar el contrato entre la compañía y la Nueva Granada.

Nuestra visión deformante de la historia reproduce la ideología de los sectores hegemónicos no importa cuántas veces repitamos que la nación panameña es multirracial, no importa cuántas veces gritemos que en Panamá no hay discriminación, ya que es innegable – y damos constancia de ello — que estamos en deuda con quienes contribuyeron con sus vidas a nuestra formación nacional.

Los Soldados de la Independencia, ante cuyo Mausoleo hoy nos convocamos, combatieron en la Guerra de los Mil Días y expusieron sus vidas ante el Batallón Tiradores que se aprestaba a aplastar el intento separatista. Al año siguiente, los liberales de entonces urdieron una conspiración para derrocar al presidente Manuel Amador Guerrero y recabaron el apoyo del General Esteban Huertas, brazo ejecutor del acto separatista, pero los liberales pidieron apoyo al primer golpe de Estado nada menos que al embajador de Estados Unidos.

Premunido del Artículo 136 de la Constitución de 1904, conocido como la Enmienda Platt panameña, y de las potestades intervencionistas que el Secretario de Estado John Hay había incorporado al Tratado Hay-Bunau Varilla, el gobierno de Estados Unidos consideró que Panamá no necesitaba de un ejército, pues para eso estaba el de Estados Unidos, y decidió ordenar su desmantelamiento, cosa que ocurrió en el primer aniversario del Tratado nefasto, el 18 de noviembre de 1904. Los Soldados de la Independencia fueron disueltos bajo amenaza de invasión, que llevarían a cabo varios miles de infantes de marina que aguardaban apostados en las faldas del Ancón para intervenir en caso de desobediencia al imperio. Así llegó a su fin el primer ejército nacional, cuyos integrantes se disolvieron con lágrimas de rabia e impotencia.

El problema colonial y la falta de democracia representativa fueron resueltos de manera significativa a partir del Tratado del Canal de 1977 y el traspaso de la vía interoceánica el 31 de diciembre de 1999. Pero el siglo XXI encuentra a Panamá atenazada por varios retos: el cambio climático, la desigualdad en la distribución de las riquezas, la corrupción, el crimen organizado, la violencia internacional y algunas ambigüedades del Tratado de Neutralidad Permanente y Funcionamiento del Canal.

El cambio climático tiende a condicionar el desarrollo sostenible de Panamá de múltiples maneras porque produce transformaciones negativas en los ecosistemas, ancla y punto de partida de un desarrollo armonioso. El planeta se calienta; se secan los ríos y otras fuentes de agua; se agotan las reservas forestales; se esterilizan y envenenan las tierras, y éstas son menos aptas en cantidad y calidad para la agricultura; las tierras del patrimonio nacional son acaparadas por especuladores y terratenientes que se las roban y niegan a campesinos e indígenas; no se cuenta con una política energética adecuada a la crisis, mientras los polos se derriten y amenazan la demanda de tráfico por el Canal. Los medios de producción entran en crisis, y a todo este panorama se suma la carencia de un modelo de desarrollo adaptado en lo interno al colapso estructural de nuestro Istmo, que no soporta arbitrarios proyectos mineros e hidroeléctricas, y ajustado, en lo externo, al desplome mundial del sistema capitalista.

La desigualdad en la distribución de las riquezas produce la inseguridad ciudadana y crea las condiciones para el crimen organizado, en tanto que la educación del panameño es incapaz de producir ciudadanos y se dedica a fabricar las tuercas y tornillos de un sistema en bancarrota material y moral.

La corrupción devora un 30 por ciento del Producto Interno Bruto, pero hace metástasis en toda la población. Hace un par de años hice una pregunta a un grupo de estudiantes pregraduandos de la Universidad de Panamá: “¿Quiénes de Uds. robarán cuando sean altos funcionarios y manejen dineros del Estado?” Para mi sorpresa, dos tercios levantaron la mano. La mitad de los restantes dijeron que no, que no robarían, y la otra mitad dijo, “lo estamos pensando”.

Pero el mayor problema que confronta Panamá está directamente vinculado a su rol dentro de la comunidad internacional y al lugar que ocupa dentro del escenario geopolítico y estratégico de la región.

El Artículo V del Tratado de Neutralidad dispone que, después del 31 de diciembre de 1999, sólo la República de Panamá mantendrá fuerzas e instalaciones militares y sitios de defensa dentro de su territorio nacional. Y como los defensores de la militarización argumentarán que la Reserva Nunn al Artículo V del Tratado de Neutralidad permite acordar dicha presencia militar, les advertimos que una cosa es lo que se pretendió con dicha Reserva y otra es lo que la misma dice.

Lo que dice la Reserva Nunn es que, no obstante el Artículo V, Panamá y Estados Unidos podrán acordar la presencia militar extranjera para garantizar el régimen neutral del Canal. Pero, ¿en qué consiste este régimen? La neutralidad de la vía acuática consiste en la libre navegación y la desmilitarización del Canal y sus anexidades, y mal puede la Reserva Nunn garantizarla si ella misma introduce condiciones que específicamente la niegan. La Convención de Viena es clara al estipular que pueden aceptarse enmiendas a los tratados siempre y cuando no contradigan sus propósitos fundamentales. Si esto último ocurre, las enmiendas dejan de tener validez jurídica, y ése es el caso de la Reserva Nunn.

Pero Panamá se inserta en un espacio geopolítico más amplio. Colombia publicará la próxima semana los acuerdos firmados con Estados Unidos para poner a su disposición siete de sus bases militares: en Malambo, en el Atlántico; en Palanquero, en el Magdalena Medio; en Apiay, en el Meta; bases navales en Cartagena, en Tolemaida, y en Larandia, en el Caquetá. Según lo dicho por el General Freddy Padilla de León, Ministro de Defensa encargado de Colombia: “Se trata de profundizar unas relaciones que han venido siendo exitosas con el acceso a bases militares colombianas. No son bases norteamericanas, son colombianas, pero brindamos la posibilidad de que accedan a nuestras instalaciones”.

El anuncio hecho ayer, 1 de noviembre, de que “la Policía Nacional, el Servicio Nacional de Frontera y el Servicio Nacional Aeronaval firmaron un acuerdo interinstitucional para el establecimiento de bases aeronavales y de policía panameñas en el litoral Pacífico y Atlántico del país”, que aclara declaraciones previas de que se firmarían acuerdos con Estados Unidos, no nos sorprenden porque serán bases aeronavales y de policía panameñas que podrán ponerse a disposición de Estados Unidos, por la sencilla razón de que el Tratado Salas-Becker de 2002 se adelantó y hace siete años dispuso que los puertos y aeropuertos de Panamá podrán ser usados generosamente por las fuerzas armadas de Estados Unidos.

Las bases aeronavales en Isla Chapera, en el Archipiélago de las Perlas, en Isla Coco, en Veraguas, en Bahía Piña, Darién, y en Rambala, en Bocas del Toro podrán ser utilizadas para múltiples objetivos. Pero quiero recordarles respetuosamente a los responsables de nuestra Política Exterior aquí presentes que, si bien las Naciones Unidas carecen de una definición sobre el terrorismo, motivo por el cual no existe un solo tratado que lo regule, sí tienen en cambio una definición de la soberanía nacional, que comprende la independencia nacional y la integridad territorial, y que la soberanía no puede ser invocada para albergar violaciones de sí misma, del mismo modo que la patria potestad no incluye la posibilidad del incesto ni la promiscuidad entre padres e hijos.

Es por ello que, a nuestro juicio, las bases puestas a la disposición de Estados Unidos profundizan la militarización de un amplio espacio territorial que separa a ese país de Sudamérica, mismo que constituye una plataforma desde la cual será posible lanzar operaciones sobre toda la región en franca conspiración contra la pacífica convivencia entre los pueblos y la solución pacífica de las conflictos.

Panamá es aún miembro del Movimiento de Países No Alineados, uno de cuyos objetivos es el rechazo a formar parte de las esferas de influencia de las grandes potencias. Nuestro gobierno no puede poner en peligro la neutralidad verdadera del Canal ni atraer sobre nuestra población los peligros que la guerra contra un terrorismo indefinido e inasible sin duda proyectará sobre nosotros y nuestros hijos. El deber de nuestro gobierno es mantener una posición ética, transparente y compatible con el servicio internacional que el Canal presta al mundo y no sumarse a cruzadas en nombre de supuestas libertades y cuestionadas democracias.

Las bases aeronavales pondrán a prueba el Protocolo de Adhesión al Tratado de Neutralidad Permanente y Funcionamiento del Canal, al cual han adherido decenas de Estados, que tienen la facultad de pronunciarse en torno a si el uso de dichas bases por parte de Estados Unidos y otros países violan o no el régimen de neutralidad de la vía acuática al que se comprometieron respetar.

Con estas reflexiones culmino mi intervención, con la esperanza de que los tambores de guerra y las turbulencias inesperadas producidas por el cambio climático no obnubilen nuestra visión y nos hagan perder el rumbo, y que cuando ya no sepamos si vamos en la dirección correcta, escuchemos el gran río de la patria, la música de la patria, el gran río que nos hace sentir orgullosos de nuestro pasado y que sin duda nos llevará de las tinieblas a la oscuridad, y de la oscuridad a la luz.
* Profesor de Relaciones Internacionales, Panamá.

 

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