Ene 14 2008
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Economía

Patricia Verdugo. – LA VOZ Y EL SILENCIO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

A la periodista se le reconoce haber puesto su talento a la orden de los derechos humanos conculcados por la dictadura militar-cívica chilena. Siete libros, paridos con el rigor de su profesión y la gracilidad de estilo de una escritora segura en el manejo de sus herramientas, son la valiosa herencia que deja a la sociedad chilena. fotoEntre ellos destacan: Una herida abierta (1979), André de La Victoria (1984), Los zarpazos del puma (1985), Operación siglo XX (1990), Interferencia secreta (libro y disco compacto), 1998. Una obra, Bucarest 187, trata del apresamiento y desaparición de su padre a manos de personeros del régimen de Pinochet.

Estudi√≥ periodismo en la UC y a lo largo de su carrera colabor√≥ con distintos medios tras haberse desempe√Īdo en su juventud como relacionadora p√ļblica de la Escuela Militar de Chile. Verdugo padec√≠a un c√°ncer que interesaba sus funciones hep√°ticas; falleci√≥ en el hospital Cl√≠nico de la Universidad Cat√≥lica mientras dorm√≠a. Sus funerales tendr√°n lugar despu√©s del medio de ma√Īana martes 15 de enero.

Sin duda quisiera se la recordara por el trabajo al que dedicó su vida. Por tanto, y en esa virtud, transcribimos el testimonio rendido en homenaje a su padre. Helo aquí:*

En Chile hasta el 11 de septiembre de 1973 los miembros de las fuerzas armadas eran vistos como parte del pueblo, de la ciudadanía. Era impensable que las fuerzas armadas fueran usadas por un grupo de chilenos para eliminar y reprimir a otro grupo de chilenos. Era inimaginable que fueran usadas para terrorismo de Estado.

Hoy sabemos, despu√©s que Estados Unidos decidi√≥ desclasificar decenas de miles de documentos secretos de la CIA y el Pent√°gono, qu√© acciones se realizaron para lograr el golpe militar en Chile y la represi√≥n que le sigui√≥. Pero entonces a comienzos de los a√Īos 70 no era posible imaginar la pesadilla. Visto hoy d√≠a alguien podr√≠a decir y con raz√≥n, que fuimos muy ingenuos. Y es esa ingenuidad la que explica gran parte del horror.

Uno se pregunta cómo es que miles y miles de chilenos confiaron en la ley y se presentaron voluntariamente ante los comandantes de regimiento o ante los jefes de policía, cuando sus nombres aparecían en los bandos militares. Ellos jamás se imaginaron posible una cámara de tortura y menos se imaginaron una masacre que los conduciría a una tumba clandestina de detenidos-desaparecidos.

Un ejemplo, el abogado Mario Silva Iriarte, ten√≠a 37 a√Īos, socialista, casado, cinco hijos, era el Gerente de la Corporaci√≥n de Fomento en la zona norte de Chile. El d√≠a del golpe militar √©l estaba en comisi√≥n de servicios en la capital, en Santiago. Y Mario Silva escuch√≥ su nombre en un bando militar en la radio y decidi√≥ partir de inmediato a la ciudad de Antofagasta. Pidi√≥ a los militares un salvoconducto especial para poder manejar toda la noche, ya que est√°bamos en toque de queda. Y as√≠ lleg√≥ a Antofagasta para entregarse ante las autoridades militares. A su esposa le dijo: ‚Äúno tengo nada que ocultar‚ÄĚ. Hoy sabemos que fue brutalmente torturado por m√°s de un mes y fue masacrado. Su mujer Graciela √Ālvarez, me dijo ‚Äúy pensar que se entreg√≥ voluntariamente porque √©l cre√≠a en el profesionalismo de los militares y jam√°s los imagin√≥ capaces de masacrar‚ÄĚ.

Como él miles de chilenos.

El alcalde de otra ciudad al norte, que se llama Tocopilla, Marcos de la Vega, era ingeniero, casado, tenía tres hijos, comunista. Su hermana me relató así su historia.

‚ÄúDespu√©s del golpe la gente le dec√≠a que se fuera, que se pusiera a salvo. Pero Marcos respond√≠a ‚Äėpues que me voy a ir sino he robado ni un peso, sino le he quitado el puesto a nadie, si tengo al d√≠a los libros de la alcald√≠a, si no he hecho nada malo‚Äô. As√≠ mi hermano trabaj√≥ en la alcald√≠a hasta cinco d√≠as despu√©s del golpe. Ese d√≠a el diario public√≥ que hab√≠a √≥rdenes de detenci√≥n contra las autoridades de Tocopilla. As√≠ que Marcos lleg√≥ en la tarde, pidi√≥ ropa gruesa, comi√≥, tom√≥ mate caliente y se sent√≥ a esperar que llegaran. Carabineros rodearon la casa, entraron armados con metralletas y se lo llevaron‚ÄĚ.

Casos como el de Mario o Marcos, se repiten por miles.

Mi padre fue uno de ellos, ingeniero, casado, cuatro hijos, 50 a√Īos, militaba en un partido de centro, el partido Dem√≥crata Cristiano. Su nombre, Sergio Verdugo, su delito, presidente del sindicato de la empresa estatal en la que trabajaba. Creer que pod√≠a intentar la defensa de los derechos adquiridos por esos trabajadores. Han pasado m√°s de 28 a√Īos y lo ocurrido vive conmigo cada d√≠a. Escrib√≠ un libro con esta historia. Ese libro lleva por t√≠tulo la direcci√≥n de la casa de mi padre. Se llama Bucarest 187. Era una gran casona blanca de estilo franc√©s. Los agentes esperaron el momento propicio, lo vigilaban desde hace m√°s de dos meses. Esperaron a que estuviera s√≥lo en la casa y se lo llevaron.

Yo evito pensar y hasta hablar de esta parte de la historia, porque duele demasiado. Imaginar el terror que sientió. Imaginar como le habrá saltado el corazón en el pecho al salir de la casa, sin poder siquiera escribir una nota pidiendo auxilio. Encontramos su cuerpo varios días más tarde en el río Mapocho, el río que atraviesa mi ciudad. En su cuerpo había huellas de tortura. De la peor de todas no había huella evidente. Solo el examen de sus pulmones podía indicar que el agua en que fue ahogado no era el agua de ese río café y barroso que fue tumba de tantos en mi país.

La tortura como m√©todo de terrorismo de estado es muy eficiente. En Chile s√≥lo hace dos meses pudimos hacernos cargo de lo ocurrido. El terror es tan profundo que tuvimos que necesitar casi quince a√Īos de transici√≥n para indagar oficialmente acerca de la tortura masiva y sistem√°tica practicada por el Estado, para eliminar a los adversarios pol√≠ticos de la dictadura del general Pinochet.

Los m√©todos de tortura fueron comunes a casi toda Am√©rica Latina, fueron ense√Īados en la Escuela de las Am√©ricas (Panam√°), por oficiales de Estados Unidos. Y Estados Unidos, a su vez, recibi√≥ ese conocimiento desde Francia, que refin√≥ los m√©todos de tortura en Argelia.

En julio de 1976, cuando mi padre desapareci√≥, cuando lo busc√°bamos con desesperaci√≥n por las c√°rceles, cuando lo encontramos en el r√≠o, entonces yo supe lo que era el miedo. Ese miedo que se mete dentro de las v√≠sceras, porque mi voz temblaba, mi vientre temblaba todo el d√≠a. Y as√≠ por semanas y no hab√≠a como calmar ese temblor. Segu√≠ trabajando y despu√©s de enterrar a mi padre, complet√© la entrevista que le estaba haciendo al l√≠der sindical Tucapel Jim√©nez. Seis a√Īos m√°s tarde iba a ser su turno, lo degollaron en 1982.

Vencer el miedo puede ser la columna vertebral, el eje de la vida humana y su sentido, vencer el miedo a la muerte, vencer el dolor, el miedo al abandono, el miedo a la pobreza, el miedo al desempleo, el miedo a la traición, vencer el miedo, tantos miedos. Aquí estamos reunidos frente a dos miedos: el terrorismo de Estado y el terrorismo organizado por grupos privados. Dos caras de la guerra sucia.

A veces unos están ligados con otros. Yo estaba en Manhattan, en septiembre de 2001, llegué la víspera. El 10 de septiembre a una Nueva York muy calurosa y que recibió con mucha alegría una lluvia torrencial ese atardecer. Me acosté esa noche sabiendo que al otro día era martes 11 de septiembre, porque fue el día 11 de septiembre el golpe de estado en Chile. Y me desperté con el grito de alerta. Y lo primero que pensé fue en Chile. Imaginé que estaba ocurriendo otro golpe de estado en mi país. Salí a la calle a vivir ese trágico episodio con los neoyorquinos, me mezclé entre los que huían con la ropa llena de polvo, caminando como autómatas, estuve entre el pánico, ese pánico que podía palparse de tan espeso que era. Fue un día largo, larguísimo, marcado a fuego en la memoria.

Por la noche me sent√© en la acera de la Quinta Avenida a llorar y rezar. Imagin√© el dolor que habr√≠a en miles y miles de hogares a m√≠ alrededor. La ciudad estaba vac√≠a, paralizada por el terror. Me qued√© mucho tiempo rezando hasta que pasaron las m√°quinas retroexcavadoras amarillas. Y despu√©s de ellas pasaban taxis sin el asiento trasero para transportar cad√°veres. S√© que en alg√ļn momento pens√©: alguno de estos habitantes sabr√° que en un d√≠a como hoy, hace 28 a√Īos, el gobierno de su pa√≠s provoc√≥ el terror y provoc√≥ la muerte a miles y miles de chilenos. Sabr√° alguno que el presidente Nixon y Henry Kissinger decidieron la tragedia en mi pa√≠s. Me respond√≠: No, no saben o no lo recuerdan si es que alguna vez supieron.

¬ŅQu√© hacer entonces para que no se repita? La soluci√≥n parece ser una sola: Justicia. Justicia social al interior de nuestros pa√≠ses, de cada pa√≠s, porque la injusticia es el criadero de rabias y de violencias. Desde la violencia al interior de un hogar hasta la violencia que provoca el estallido social. Justicia, justicia en las relaciones internacionales. Toda la historia nos ense√Īa que la opresi√≥n de un pueblo sobre otro crea las condiciones para devolver el golpe. Justicia para investigar los cr√≠menes respetando el estado de derecho y condenar a los culpables de acuerdo a la ley, para que no se repita. Para un defensor de los derechos humanos es tan b√°rbaro lo que hoy ocurre en Guant√°namo como que hoy siga sin condena el general Pinochet.

Anteayer yo estaba en Madrid y fui varias veces, durante mi estancia en la capital espa√Īola, a rezar a la estaci√≥n de Atocha. Y por ser chilena cada vez que salgo de mi pa√≠s, la pregunta que m√°s se repite es ¬Ņpor qu√© no podemos enjuiciar y condenar al general Pinochet? ¬ŅPor qu√© √©l a√ļn tiene tanto poder? La respuesta es simple: el general Pinochet fue la herramienta, el instrumento de terror que Estados Unidos y la ultra derecha chilena utilizaron para derrocar al presidente Salvador Allende y para luego instaurar una larga dictadura. M√°s a√ļn, Pinochet finalmente acept√≥ que Chile se transformara en el laboratorio del neoliberalismo econ√≥mico dise√Īado por el Premio N√≥bel Milton Friedman, en la Escuela de Chicago.

Por tanto se le debe mucho a Pinochet y esa deuda debe pag√°rsele al menos con su impunidad. Los defensores de los derechos humanos hemos dificultado bastante el cumplimiento de este compromiso espurio. Estuvimos a punto de conseguir que Londres le extraditara a Madrid y siempre agradeceremos a Espa√Īa por su tarea en la defensa internacional de los derechos humanos. Hoy seguimos luchando en los tribunales chilenos.

Nuevamente logramos hace poco el desafuero de Pinochet. Y nuevamente est√° sometido a proceso. Y ojo que estamos hablando de un general Pinochet que hasta el d√≠a de hoy conserva el t√≠tulo de ‚ÄúPadre Benem√©rito de la Patria‚ÄĚ. Ahora estamos buscando la condena de los altos mandos militares y de los civiles de la dictadura. En estos d√≠as se ha procedido a la orden de arresto contra quienes fueron los ministros de seguridad interior. Es un nuevo paso. La impunidad de Pinochet tambi√©n se explica por la necesidad de mantener en forma, afilada esta herramienta del terrorismo de Estado.

Me explico: P√≥ngase en la cabeza de un jefe de la CIA, o de un poderoso empresario ultraderechista de Chile. Si Pinochet es condenado hoy, se pregunta: ¬ŅContaremos con los jefes militares ma√Īana si nuevamente requerimos sus servicios? Es decir, para asegurar que ma√Īana puedan contar con las Fuerzas Armadas para otro golpe, hay que darle impunidad hoy. Y qu√© decimos nosotros los defensores de derechos humanos para asegurar que ma√Īana no se tienten con otro golpe, es justamente que tenemos que enjuiciarlos hoy y condenarlos hoy. Hay tambi√©n otras formas de justicia: una de ellas dice en relaci√≥n con la memoria. Que no se olvide que las nuevas generaciones recuerden nuestras tragedias.

Yo trabajo en ambos espacios, colaboró con las causas judiciales, investigando y escribo mis libros para que no se olvide.

El holocausto jud√≠o no se limit√≥ al juicio de N√ľremberg y a los juicios a los jerarcas nazis que luego fueron hallados. Cada a√Īo tenemos nuevas pel√≠culas y novelas que relatan esta tragedia desde los millones y millones de historias de los seres humanos. En periodismo sabemos que un mill√≥n de muertos es estad√≠stico. Un muerto es tragedia. Y con esa medida es que trabajamos como se ha hecho en este evento.

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Para que la historia de un hombre, de una mujer o de una ni√Īa quede en la conciencia de los habitantes de este planeta en el futuro. As√≠ se trabaja por la paz para proteger la vida de nuestros hijos y de los hijos de sus hijos.

Que no haya impunidad ni olvido. Que s√≠ haya justicia y memoria. Colaborar con esta tarea permite que uno se perciba como una persona decente. Y hay que resistir con mucha fuerza las presiones en orden a perdonar y olvidar como sin√≥nimo de buen cristiano. Cada vez que alguien me exige perd√≥n y olvido se que estoy frente a alguien que es c√≥mplice por acci√≥n u omisi√≥n de los cr√≠menes. Ni el Papa Juan Pablo II permiti√≥ la impunidad de quien intent√≥ matarlo. Como Juan Pablo II, acaban de recordarlo, el Papa fue a la c√°rcel, lo bendijo en se√Īal de perd√≥n y el criminal se qued√≥ entre rejas hasta completar su condena. Eso es justicia. Gracias.

* En el portal de Universidad Sergio Arboleda, Bogot√° – Colombia.

www.usergioarboleda.edu.co.

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