May 17 2016
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Cultura

“Pecado” propone un reportaje del alma, afirma la colombiana Laura Restrepo

¿Cómo se relaciona el ser humano con el mal, en una época en la que no hay criterios morales para determinarlo? Esa es la gran cuestión que la escritora Laura Restrepo (Bogotá, 1950) plantea en su nueva novela titulada Pecado.

La autora explica que en esa obra no pretende dar respuestas sino inquietar al lector, sumirlo en la perplejidad al enfrentarlo con su propia moral. Para ello deja a su literatura correr libre, sin ceñirse a convencionalismos o esquemas, utilizando incluso herramientas periodísticas para escribir esta suerte de reportaje del alma.

Son siete historias que se reúnen en el centro de un par de descripciones del cuadro El jardín de las delicias, del pintor neerlandés El Bosco (1450-1516): “El tema del libro es la ética, y escribir sobre ello requería libertad de géneros, transcurrir entre el ensayo, la narración, la ficción, incluso el periodismo.

“Pecado tiene mucho de reportaje libre; es una estructura flexible, con capítulos que son pequeñas novelitas condensadas, con un hilo conductor que es la narración culta en torno a la obra de El Bosco”, añade la autora en entrevista con La Jornada.

Pecadores en el limbo moral

El resultado, continúa Laura Restrepo, es una novela que es un reto moral para el lector, donde el autor se abstiene de tomar partido o de juzgar, con escenarios donde distintas personas, por motivos coyunturales o permanentes, deben atravesar zonas turbias, malsanas, y ver cómo se las arreglan.

La muchacha que descuartiza al novio, el alto ejecutivo que al llegar a viejo y después de años de buen matrimonio incurre en adulterio, un verdugo profesional que hace de manera higiénica su labor de cortar cabezas, un joven que es asesino serial, un santón que se toma a sí mismo como paradigma de verdad, son algunos personajes de Pecado.

“Estos ‘pecadores’ se ubican en un limbo moral para hacer una invitación al lector a ponerse en sus zapatos, con la pregunta ‘¿usted qué haría?’ Pero también, a medida que transcurren los relatos, se va descomponiendo la noción de pecado.

“Por ejemplo, cuando parece que se habla sobre la lujuria, resulta que detrás de ese aparente pecado del sexo hay algo más. Siempre se nos dijo que la falla estaba en el deseo y la sexualidad, pero resulta que se va dibujando uno mucho más grave: el pecado de la indiferencia.

Al final, el planteamiento es preguntarse con qué criterios se construye el código moral e ir presentando personajes que se mueven según su propio remordimiento o falta de ello.

Culpa y remordimientocol laura restrepo

Laura Restrepo inicia su novela hablando de la gran épica del pecado, el cuadro de El Bosco, “una obra que me ha obsesionado toda la vida, porque es un drama: el ser humano desde la beatitud del paraíso, pasando por ese jardín de las delicias donde sucede algo que parece ser el deseo y termina en la tragedia de la condena y la pérdida del paraíso. Aun en su siglo XVI es una pintura que planteó muchas más inquietudes que respuestas, así lo vemos hoy.

Es totalmente enigmático, pero también profético, porque ahí está el deterioro de la naturaleza, un mundo calcinado, algo que ahora sentimos muy cercano. La pregunta sería, ¿qué hicimos a la mitad?, ¿en qué consistió esa fruta prohibida? ¿Era el símbolo de qué?

Al escribir las distintas historias, la autora reflexionó también en torno a esa suerte de destino sacrificial que persiste en el pensamiento colectivo de pueblos como el colombiano o el mexicano; “es muy inquietante ver cómo todo un colectivo busca sentido para sí mismo en la entrega de la vida, la ajena y la propia, sin muchas razones. Hay un contenido ritual que está íntimamente ligado a esas peculiares nociones de culpa y remordimiento.

¿Y qué pasa con la culpa y el remordimiento cuando las ideas de bien y mal dejan de estar claras? Eso si alguna vez lo fueron, porque otra idea del libro es partir de la confusión de la moral cristiana, donde los pecados son iguales a los castigos, o los placeres iguales a los pecados. Por eso la religiosidad que guía la conducta social se desploma y no se construye otra.

Pecado refleja la necesidad de Restrepo d ir más a fondo en la condición humana, por indagar para hallar problemas fundamentales, reitera.

“La ética es un gran enigma y este libro es un reto moral al lector. Si de algo adolece la literatura latinoamericana es de no ir más allá en el alma humana, y eso que, en general, tiene por tradición la habilidad de contar historias, pero no aborda esa intimidad.

“Quizá para tratar de llenar ese bache escribí Pecado, planteando muchas preguntas, porque respuestas no hay ninguna. Es un terreno que vale la pena explorar, al riesgo que sea, y seguiré por ahí, pues es muy difícil salirse, porque se comienzan a mirar los muchos otros caminos que faltan por descubrir.

Me apoyé en técnicas de periodismo porque, a pesar de que es ficción lo que se cuenta, la base de varios capítulos es puro reportaje para poder narrar todo ese montón de rincones extraños del ser humano. Me gustaría poder continuar con esta forma de novela más elástica, porque ha sido un campo de experimentación muy sabroso, utilizando todas las herramientas que se tengan a mano, como el periodismo, un recurso maravilloso.

Anexo:

El libro de las deliciasjardin de las delicias bosco

Elena Poniatowska| Si este 2016 El jardín de las delicias se abre de par en par en el Museo del Prado para conmemorar el quinto centenario de la muerte de El Bosco, el libro de Laura Restrepo –inspirado en ese tríptico– es una réplica en papel que se ofrece a nuestros ojos para deleitarnos con una prosa que por momentos nos quita el aire y nos obliga a levantarnos en busca de un vaso de agua, el único capaz de interrumpir la lectura.

Un epígrafe es una advertencia, una indicación que elige Laura Restrepo en su Pecado parecida a la de Dante en las puertas del Infierno: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate. Laura no elige a Dante, porque lejos estamos del Paraíso-Infierno medieval y nuestro siglo XXI se caracteriza por su confusión de valores como el cambalache del tango. Quizá por ello la novelista toma una cita de Emmanuel Carrère: Pensé que escribir esta historia sólo podía ser un crimen o una plegaria.

En El adversario inspirado en Jean-Claude Romand, el francés quien mató a su mujer, sus hijos y sus padres a sangre fría en 1993 y luego intentó suicidarse, Carrère se pregunta hasta qué punto está permitido revelar por medio de palabras algo tan atroz. Algo más nos sugiere este epígrafe porque Jean-Claude Romand mató para encubrirse.

Durante años mintió a sus familiares y amigos haciéndoles creer que era un prestigioso investigador en la Organización Mundial de la Salud, cuando no había terminado la carrera de medicina y vivía de vender falsos medicamentos contra el cáncer. A punto de la quiebra y del descubrimiento, Romand se decidió por el asesinato porque ellos no soportarían la verdad. ¿Lo suyo fue un crimen o una plegaria? Hanna, la protagonista de El lector de Bernhard Schlink, prefiere la cárcel a confesar su analfabetismo y canjea el crimen por la plegaria. Así, los lectores de Pecado (a partir de ahora llamados peccatores) ingresamos a este libro de las delicias con un bajo aviso no hay engaño. Entre paraíso (pecado) e infierno (castigo) sólo hay un paso como lo pinta El Bosco y lo confirma nuestra autora: “El castigo es la otra cara del pecado; su reproducción exacta pero invertida. Por otro lado, placer y pecado son equivalentes. Ergo ¿placer y castigo son intercambiables?”

Irina, la narradora, es nuestra guía. Observa El jardín de las delicias en el Museo del Prado y se encarga de abrir la primera ala del tríptico en Pecata mundi (1) y de cerrarlo en Pecata mundi (2). En medio se levanta el jardín propiamente dicho: siete relatos, como siete días de la semana, siete notas musicales, siete maravillas del mundo, siete sabios de Grecia, siete pecados capitales y siete virtudes que son su reverso, siete es el número perfecto en la Cábala como perfectos son los siete relatos aquí reunidos.

A cada pecado corresponde un castigo, todo paraíso conlleva su infierno como el que corrompen las tres Susanas. ¿Son las tres virtudes teologales impuestas por la Susana mayor, la Santa Madre Iglesia custodiada por Felipe II, el rey obsesionado con El jardín de El Bosco? ¿Son las tres carabelas que llegan a descubrir el nuevo mundo?

El contexto de los relatos es también su simbolismo porque sobre el pecado de adulterio se montan los prejuicios sociales y raciales de un idilio que termina en tragedia y arrastra a todo un pueblo. Trágico final, como el de Pedro Páramo de Rulfo o el del legendario Macondo de García Márquez a quienes nos remiten algunos párrafos de Las Susanas: “Por esos días se soltó a llover locamente, el cielo se deshizo en agua, el sol se escondió como si estuviera avergonzado (…). Y fue entonces, en medio de ese clima húmedo y de tensa incomodidad, cuando Señora Susana presentó los primeros síntomas. Se le estaba olvidando hablar”.

Al ritmo de salsa, champeta, bongó y guaracha nos abraza Laura Restrepo en este primer encuentro en el que la moraleja es: No hay manzana que no venga envenenada. Y de inmediato, sin respiro, entrega la historia del incesto entre una jovencita y su padre, una Lolita ingenuamente perversa y condenada a escoger de nuevo a su padre en cada uno de sus galanes. ¿Por qué este relato causa tanto rechazo, si a lo largo de las 347 páginas del libro hay sangre, crímenes atroces y confesiones repugnantes? Quizá porque en él se vislumbra la tesis de Laura Restrepo de que Paraíso-Infierno son como el Águila o Sol de la moneda mexicana: Por alguna razón, yo no me sentía incómoda con lo que estaba pasando. Yo era básicamente una muchacha enamorada, enamorada perdida de ese hombre que estaba con ella.

No hay pecado ni tabú que sorprendan al lector, la protagonista hace el amor con su padre y lo observa masturbarse como algo natural y agradece que nunca eyacule y se desespere a dale y dale como un poseso porque la procreación marcaba con fuego el límite del límite, el bestial final del juego. La culpa y la separación llegan cuando toma conciencia porque se observa desde afuera en tanto que protagoniza El jardín de las delicias y arrepentida vuelve la copia de la pintura contra la pared.

El crimen es quizá el pecado al que más acostumbrados estamos los ciudadanos del siglo XXI; en México es pan de cada día, caminamos sobre una alfombra de huesos viejos y de otros muy recientes. Laura Restrepo lo evidencia en tres ejemplos: Arcángel, un sicario que en su tatuaje muestra a la única, la madre, su madre y la de todas las sociedades latinoamericanas: Madre no hay sino una, padre es cualquier hijueputa. La Viuda, un verdugo que cae en la trampa de la piedad y Emma una mujer harta de ser maltratada. Los tres cargan con el juicio de una sociedad que los llama bestias y ogros pero sabe que nada es más fácil que cruzar el límite que separa a la víctima del victimario.

Los otros dos relatos se ocupan del adulterio y la soberbia en la figura del banquero Luicé Campocé y el borgiano Siríaco. Al ejecutivo exitoso, padre y marido ejemplar, Luicé Campocé de olor a rosas invisibles se le presenta la oportunidad de adulterio con una amante a la que no ve hace 40 años, pero la decepción lo regresa a los brazos de su esposa, al comprobar que el tiempo destruye cualquier sueño.

El Siríaco es un extraordinario ejemplo de la soberbia en la que caen figuras públicas y profetas que se creen santos. ¿No es la humildad la otra cara de la soberbia y por tanto su equivalente? El sarcástico final del relato lo comprueba y sería fácil calificarlo de digno homenaje al autor de Las ruinas circulares, porque al durmiente que sueña con El Siríaco hay que sumarle el Siríaco que sueña que es venerado por otros que a su vez sueñan con otros.

No sólo el cuento de Laura Restrepo mantiene en vilo al lector, sino cómo lo cuenta. Su manera tropical de escribir como quien toca el bongo, como quien junta las palabras con la cadera, como quien va arrimándolas con los pechos, con los muslos, barriéndolas con los cabellos y embarrándoles los vellos y los humores de una piel caliente y exacerbada, cimbra a cualquiera que la lea. O la baile. O la cante. O la escoja para poseerla o para venirse.

Su literatura incita y nos avienta a una prosa nada fácil que recuerda a la de Luis Rafael Sánchez, el de La Guaracha del Macho Camacho o a la de Guillermo Cabrera Infante, sobrada piña madura tasajeada por una serie de guiños literarios. Baste mencionar la alusión a Philip K. Dick y su festejada novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (una frase de su verdugo es la misma que la del final de la película Blade Runner, basada en la novela de Dick), cuando el propio verdugo cita a Cesare Pavese y nos previene, todo encuentro casual es una cita extraído del cuento Deutsches Requiem, de Borges, incluido en El Aleph.

Laura Restrepo se desliza como pez en el agua y nada a grandes brazadas calientes de un extremo de la piscina de la Biblia, a San Juan de la Cruz, Bocaccio, los santos Padres de la Iglesia, Nabokov, Truman Capote, Gabriel García Márquez, Jorge Amado (su clavo y canela en las tropicales Susanas no es casual), Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Osvaldo Soriano, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, José Juan Tablada, la leyenda de La Llorona, el inframundo budista o Naraka (la isla prohibida en las Susanas), las Mujeres asesinas de la argentina Marisa Grinstein. Pecado exige un lector cómplice, un coautor, que sufra en carne propia los desaguisados y horrores de estos peccatores que a diario se nos aparecen a la vuelta de la esquina.

A este juego hay que agregar el excelente manejo de la seducción, porque creemos que Laura nos está contando la historia sólo a nosotros y de golpe y porrazo caemos en la cuenta de que apenas somos unos voyeurs o una señora en su balcón que recorta al prójimo o una intrusa o una sobrante o una inútil o una lombriz de esas que hacen un túnel en la vida de los demás, como los ahogados de Hyeronimus Bosch en las miasmas del pecado, horribles peces que todavía boquean y cuya ansiedad alcanzamos a percibir unos minutos antes de que se hundan en las aguas lujuriosas no de Pasolini, sino de Laura Restrepo.

Irina, nuestra guía por los senderos del paraíso-infierno, abre y cierra este libro de las delicias y sueña llevar entre sus brazos a un rey obsesionado por el tríptico de El Bosco, Felipe II, que ya no le pesa. Avanza sin saber a dónde. Después de leer Pecado también nosotros habremos perdido el rumbo o la rumba. Quizá lo peor sea perder la rumba a la que nos invitan la prosa y la jugosa creatividad de Laura Restrepo.

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