Jul 26 2010
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Cultura

Pensar al Caribe (para una discusión de lo caribeño)

Miguel Ángel Fornerín.*

El Caribe es una invención europea. Pensar el Caribe es un ejercicio que nos hacer ver en un espejo. El espejo de nuestra propia identidad. El Caribe es una zona creada por el comercio atlántico, la trata negrera; el trasplante colonial europeo crea en torno a la máquina azucarera, una nueva sociedad Caribe que se figura en el mestizaje racial, en el sincretismo religioso, el carnavalismo, un nuevo tiempo que es a la vez el tempo de la zafra como el tiempo muerto.
Texto dedicado a Eugenio García Cuevas.

Pensar el Caribe dentro de las luchas de las potencias europeas como lo hace  Juan Bosch en su panorama De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe frontera imperial es ver estas islas más allá de su geografía como punto de llegada a América, como el borde donde se encuentran españoles, franceses, holandeses e ingleses. Naciones que hoy han dejado sus huellas. Más allá de las naciones, están la cultura y las lenguas. Y el resultado ha sido la invención europea de una zona que mira hacia pasado africano.El Caribe es una invención europea. Los europeos establecieron el ritmo de la flota convoyada y los portugueses el hilo que conectó estas tierras con la trata negrera.

Inventado y bautizado. El Caribe fue concebido desde la misma configuración gráfica. Los mapas de esta zona presentan esas improntas del conocimiento de sus bordes insulares. La caña de azúcar era la primera de una serie de metáforas que iban a cambiar la lengua, la influirá de un nuevo léxico y servirá de archivo y supervivencia de lenguas mestizas. En la configuración geográfica Cuba era caimán y la Hispaniola una vaca mal desollada. Puerto Rico y Cuba se disputaban ser en el imaginario metafórico la llave de las Américas.

Nos bautizaron como hizo Colón al  llamar las variadas islas que veía en el horizonte de su segundo viaje: Las islas de las siete mil vírgenes. Gonzalo Fernández de Oviedo nos nuestra no sólo la lectura del Caribe natural, desde una perspectiva renacentista…mirar y clasificar árboles y plantas, pero algo muy importante buscar su utilidad, con lo cual la lectura de la naturaleza iba en consonancia con el programa moderno de su dominio.

Esta utilidad también traía aparejada una industrialización rudimentaria a través de la cual se espejeaba la sociedad española y sus rudimentarios medios de producción y sus ansias mercantilistas. Era un saber, el de Oviedo, que no estaba en una estructura mental medieval. Luego vienen los equívocos y los palos milagrosos como el “guayacán” para curar ciertas enfermedades. Por otra parte, el paisaje se transforma en un relato utilitario para los planes divinos en cierta narrativa del padre Las Casas.

Nombrada, nominada por los europeos, la realidad Caribe entra a ser mestizada, por el mismo trasplante europeo. Entre la adaptación y la inadaptación de los nuevos habitantes, la realidad americana sirvió para el trasplante de frutos españoles. Y la primera Bula papal que da cuenta del descubrimiento narra el deseo de la existencia de un paraíso terrenal ubicado en América. Colón lo ve en su diario como una refutación de la teoría de la redondez de la Tierra y el Papa lo afirma en los cuerpos desnudos de los indios.

El problema de la adaptación del europeo se deja ver en muchos textos escritos por notables de la colonia. El negro tuvo que adaptarse de otra manera. A pesar de las similitudes entre las sabanas africanas y el Caribe tropical, el negro se adapta y adapta así su religiosidad, que queda intacta mediante una forma de mezcla, de mestizaje que es en verdad el sincretismo religioso. Y trae  en su corazón sus dioses y viaja a África para encontrar su origen animita. La cultura africana dejó en el Atlántico los lazos atávicos de un pasado tribal.

Mucho se ha hablado de una especie de continuidad entre el mundo de partida y el mundo de llegada. El africano se quedó en África; una nueva cultura se sintetiza en el Caribe: la cultura negra. Los discursos nos muestran la cultura de llegada y la cultura creada, producida en el Caribe. Esa cultura criolla, realizada bajo máquina de la plantación, es la que nos abre un horizonte que debemos confrontar con el horizonte de nuestra actual existencia.

Tal vez la vida dentro de una otredad y el ritmo con su propia identidad hizo crear en el Caribe el sentido del mestizaje. Desde el punto de vista étnico, el Caribe absorbe las diferencias y establece su propio sentido. Sólo los estudiosos nos muestran en los libros las diferencias de las distintas tribus o grupos étnicos. En el resultado, todo es cultura Caribe.

El negocio atlántico crea una raza nueva, una raza que niega en sí misma la noción dura de razas. Es decir, razas que funcionan como cultura. No como grupos biológicos.

Esto, sin olvidar que el mismo racismo deja de existir en el Caribe a favor del prejuicio racial. No es lo mismo la lucha entre blancos y negros como se presentó en la colonia de Saint-Domingue, que la lucha entre los negros y los mulatos como se dio allí y en el Haití contemporáneo.

La actualidad nos presenta el panorama de una Cuba en cuya revolución apenas se ven los dirigentes negros. Puestos al lado: es más negro un equipo de béisbol que una reunión de un buró político. Algo parecido que se puede decir de Puerto Rico, sus políticos predominan en el blanquitismo, mientras sus peloteros son los Clemente, los Pellot Pawer, los Carlos Delgado  y los Sierra.

El Caribe es así el espacio de una lucha en la que juegan la blancofilia y la negrofobia. Prejuicios de mulatos más o menos blancos o más o menos negros. La representación fenotípica nos ha dado un espacio para el choteo: el negro se burla del blanquito que se cree más blanco de lo que es, el blanco rechaza al negro pero recuerda que en su propio origen es también negro en su cultura, un caribeño más.

La mezcla de razas nos lleva a la mezcla de la culinaria. Los platos peninsulares se adaptan a la nueva realidad del Caribe. En Santo Domingo, el “locrio” asemeja  a la paellaespañola , en la que el arroz es un significante que se asocia al pollo para  ser colocado en la misma ausencia del marisco. El sancocho muestra en su propio resumen la condición del mestizaje caribeño, un conjunto de significantes que tienen en la misma mesa Caribe un significado de cosa que ha sobrado, de elementos que, unidos en desorden, hacen un sentido organizado por el sabor, el sudor del comensal, y la presencia de las siete carnes, semejando a una mítica culinaria a través de la simbología cabalística de guarismos. Y el sancocho prieto, dice el poeta popular, “color de tu carne/ tú tienes que darme, / porque estoy hambriento.”

Hasta aquí, ese significante mayor del Caribe que es lo que mejor define la zona: la pasión de mezclarse. Ese saberse parte del otro, ese interés en no ser uno mismo, sino uno y lo otro. Esa otredad Caribe no es un asunto cualquiera. Se desplaza a casi todas las actividades que conforman su cultivo. La música no deja atrás ese sentido caribeño. Casi no hay paternidades, ni nacionalismos estancos que puedan poseer señorío de nuestros ritmos.

El son cubano es puesto por Carpentier, como un viajero dominicano. A la plena puertorriqueña se le ha dado un origen de pequeñas islas; la danza puertorriqueña se reformula en las manos de los ejecutantes negros. La salsa quiere ser patentizada por Cachao y los músicos cubanos. Pero es un sancocho caribeño que nace en Nueva York, sin dejar de ser cubana, puertorriqueña, dominicana, es decir, caribeña. La bachata respira su propia fusión entre el son, la ranchera mexicana y el trío puertorriqueño.

Todo lo que se articula en el Caribe parece tener la impronta del mestizaje, como si estas islas se repitieran y no quisieran estar solas. La música guadalupeña tiene ecos de la danza y de música haitiana. Los haitianos reclaman un merengue haitiano, y así en adelante.

El ritmo es el Caribe, pero el gran ritmo que conforma lo caribeño se da en su poder sincrético. Así se puede ver en los bailes folclóricos de Puerto Rico y de República Dominicana. Hay un españolismo en las faldas de nuestras bailarinas, hay un ritmo caribeño, pero hay un vuelo español, como un vuelo de cante, porque queda claro el problema de tela que afectó al Caribe en los siglos de miseria que se vivieron. Así nos lo dejan ver los cronistas y los historiadores del siglo dieciocho.

* Escritor, profesor universitario
En Mediaisla (http://mediaisla/revista).

 

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