Nov 10 2007
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Cultura

Poesía, precisiones. – DEL ÁNGEL GABRIEL Y SU ESPADA INTERROGANTE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Yo vine para preguntar
flor y reflujo.
Soy de la rosa y de la mar,
como el escaramujo.
Silvio Rodríguez

La actividad dio inicio con la recitación de poemas escritos por la señora Gómez, con la rigurosidad de la rima y la métrica, y entonados con las facultades de la declamación de la señora Dada. Los demás, simplemente leímos nuestra poesía en su estado natural frente a un auditorio diverso.

Luego del recital hubo participación del público; entre los asistentes, un estudiante de primaria cuyo nombre es Gabriel, nos preguntó a los visitantes por qué la ausencia de rima y métrica en nuestros versos y por qué no declamamos, puesto que su maestra le ha enseñado que así es la poesía.

Para mí, la escena es significativa; ya que, en un mismo espacio estábamos personas que escriben sonetos a usanza de otros siglos y practicantes del verso libre, incluso algunos tildados de posmodernos.

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Cito el caso de Myriam Moscona que mostró su obra escrita pero también su poesía gráfica, concretizada, material, palpable; de contenido plástico, poético y crítico. Una de ellas es una tortilla tratada técnicamente para ser perpetuada (con barniz y otros materiales) haciendo alusión a la marca mexicana Maseca y a la crisis del maíz de los últimos años acentuada recientemente por el Tratado de Libre Comercio; dice sobre la tortilla: estoy maseca que nunca. A ojos vista no se necesita agudeza intelectual para interactuar con la propuesta simple, llana y profunda como tortilla de maíz.

Tal caso nos remite a la poesía concreta, fónica, visual o semiótica; incluso al dadaísmo o surrealismo; al respecto Magdalena Pérez Balbi en un ensayo denominado Movimiento diagonal cero: poesía experimental desde La Plata (1966-1969) apunta lo siguiente:

(…) Las vanguardias históricas operaron sobre las distintas artes provocando la ruptura de los cánones clásicos de creación artística, desde los materiales y soportes a las estructuras compositivas, ampliando los lenguajes plásticos y, precisamente, diluyendo las fronteras con otros lenguajes artísticos.
Las rupturas del lenguaje literario se fundaron en trasgresiones que, desde fines del siglo XIX, realizan los mismos poetas y que durante los inicios del XX se articularían con las propuestas del arte concreto.

(El texto completo puede leerse en revista Scanner).

Es decir, el planteamiento de Moscona tiene un asidero histórico-poético. Tales referentes que podrían ser útiles para entender de mejor manera la poesía contemporánea son tachados de las agendas de enseñanza prácticamente en toda Latinoamérica; pero, lo que legitima la poesía no es lo que digan o hagan los sistemas educativos. La poesía se hace haciéndola.

Si saber no es un derecho, seguro será un izquierdo.
Silvio Rodríguez.

Ante tal evento, el ángel Gabriel no dejaría ir la oportunidad de desenvainar su espada de interrogantes para que le explicáramos de qué se trataba todo esto.

–¡Uff…! Salimos bien librados. Entre todos respondimos y pasamos el examen que nos puso la maestra del muchacho, el sistema educativo, la sociedad, el poema, la poesía.

El Señor Marcos Martos explicó la historicidad de la poesía rimada y metricalizada, su funcionalidad en otro contexto y su forma afable a la memorización para la transmisión oral, cuando el alfabetismo y la producción de libros eran de uso selectivo. (La exposición de Martos podemos considerarla de fuente de primera categoría por su persona y por ser él Presidente de la Academia Peruana de la Lengua). Otros hablamos de la modernidad, la poesía contemporánea, el poeta y el tiempo que le toca vivir y temas semejantes. La señora Isabel Dada explicó que la recitación es una derivación del teatro.

La recitación dramática de un poema no tiene nada que ver con la esencia de la poesía o con la intencionalidad del poeta; el poema tiene la autonomía que el lector le dé, si lo quiere declamar o teatralizar simplemente lo hace. Sobre la obra y el lector habrá muchos ejemplos. Para no salir del contexto salvadoreño, podemos mencionar que en algún momento el pintor Augusto Crespín interpretó pictóricamente la obra de Manlio Argueta Un día en la vida.

Saltando a otros campos fuera del artístico, podemos mencionar que la contemporaneidad también tiene fenómenos sociales y de desarrollo de distintas índoles; tales como la denominada tecnocultura, biotecnología y otros conceptos acuñados hace décadas; al respecto Juan Carlos Fernández Serrato en un escrito titulado El no-lugar del arte en la era de la tecnología: la responsabilidad del crítico dice lo siguiente:

(…) podemos recordar al videoartista -y es sólo un caso elegido al azar- Nam June Paik, quien construyó para una serie de esculturas, titulada genéricamente Hamlet, una divertida colección de figuras con aspecto de cómicos y rudimentarios robots, compuestos por varios monitores de televisión ensamblados en los que se proyectaban en bucle grabaciones videográficas. (…)

Esta influencia se ha hecho ya tan decisiva que deberemos hablar de tecnocultura cuando queramos referirnos al estadio actual de la dominante cultural en nuestras sociedades occidentales.

(El texto se encuentra aquí).

Es claro que la interpretación no es un problema en sí de la obra o del autor; por lo tanto, declamarla o no es opción personal del lector. Sin embargo, escribir versos bajo la rigurosidad de rima y métrica en tiempos actuales sí es una responsabilidad del autor; igual que el pintor que reproduce o se aferra al renacentismo o sigue pintando como Dalí o Picasso, allá él, su tiempo y su obra.

Estamos entonces, ante una nueva situación con la anécdota de Gabriel; y es que, los sistemas de educación ignoran la poesía contemporánea, pretenden invisibilizarla haciendo creer que la poesía clásica es toda la poesía o que Darío es una especie de “el último de los mohicanos” de los poetas. Peor aún, que el verso libre es menos válido porque es “más fácil de hacer”, aunque afirman que es más difícil de entender; que la poesía es “la Cenicienta de las artes o de la literatura”; pero ese tampoco es un problema de la poesía en sí, sino del sistema educativo.

Desafíos de los jóvenes contra la realidad y las estructuras de poder

Seguramente el sistema encargado de la formación de muchachos, como Gabriel, les enseñará con gran solemnidad a declamar poemas de Alfredo Espino (El Salvador, 1900-1928) como poeta local; a Bécquer o Zorrilla como poetas forasteros; a Dalton y la “Generación comprometida” como poetas contemporáneos. ¡Bravo por el esfuerzo! Pero, ¿conocen estos muchachos a Osvaldo Hernández, Carlos Clará, Susana Hernández o Krisma Macía?, por mencionar algunos poetas nacionales vivos y de posguerra.

¿Saben quiénes son Gonzalo Rojas, José Emilio Pacheco, Jaime Sabines, Blanca Varela?, por mencionar algunos latinoamericanos contemporáneos. Los más intrépidos que quieran leer a Omar Kayan, Kavafis o Rimbaud (para hablar de otros tiempos) tendrán que contarle a los libreros de qué se trata su misión. De nuevo, ese tampoco es problema de la poesía sino del sistema educativo y su tiempo, así como de la institucionalidad de la cultura. Vale aclarar que este fenómeno no es exclusivo de El Salvador, pero es ahí donde sucede la anécdota que nos ocupa.

De esa manera, los muchachos que llegan a la poesía no solo enfrentan la vorágine de la realidad actual con sus formas mortalmente aceleradas de producción, la imposición de culturas exógenas, neoliberalizantes y globalizantes; el consumismo atroz, la cultura del “mall”, la violencia urbana, las mafias en el poder, el narcotráfico, las emigraciones masivas, la desintegración familiar, la destrucción ecológica, el desempleo y demás angustias existenciales que tienen que digerir y regurgitar en la poesía. Además, tienen que batallar contra la estructura del poder dominante local y mezquino que los aísla, los margina.

Encontrar un libro de literatura moderna en muchas urbes es toda una aventura. Los círculos de fuego fabricados por tópicos generacionales y el adultocentrismo de quienes se consagran y se encaraman en pedestales, negando acceso a quienes no estén dentro del círculo; todo eso dificulta las posibilidad del desarrollo literario contemporáneo y cultural en los jóvenes.

Muchos de los sistemas educativos están planteados desde que la ciencia se basaba en verdades absolutas, anulando la probabilística, la cuántica y otros planteamientos actuales. Es decir, los desafíos de lo jóvenes no son fáciles de enfrentar y, si a eso le aunamos los elementos propios de la palabra; por ejemplo, el intenso desarrollo tecnológico, informático y de comunicación que contrae la estructura del lenguaje y el vocablo ­–Neruda no conoció la palabra web– vemos que la realidad que enfrentan los jóvenes y la literatura contemporánea en general, no son para menos y contrastan gravemente con la realidad bucólica y urbana de hace unos años.

Alberto Pellegata, poeta italiano nacido en 1978, en un artículo titulado La reciente poesía italiana escribe:

El primer aspecto a destacar se concentra en las indagaciones en el lenguaje que, después del aprendizaje, deja que el aliento se relaje, extendiéndose en los flujos electrónicos del chat y en las pantallas de las web-cam, contaminándose de nociones musicales, científicas, pero también populares como la televisión con la que hemos crecido, las sit.com o los dibujos animados japoneses, con la actualidad que poderosamente ha irrumpido en nuestras experiencias. Esta es nuestra actitud.

En los mejores de nosotros la contemporaneidad no está relegada al catálogo de objetos futuribles –no es suficiente hablar de laptop para ser contemporáneo– sino a las estructuras mismas del idioma, que buscan confrontaciones con sistemas matemáticos y temáticas o lenguajes técnicos (de la informática, de la geometría) y científicos (como la física y la astronomía).

Hay también una gran atención con respecto a lo social, a las preguntas sobre grandes temáticas de la opinión pública, a la afirmación de una verdad plural y relativa, de un lenguaje compartido, de una koiné común a todos los campos de la inteligencia. Con la progresiva alfabetización y elevación de la media cultural determinada por la instrucción masiva, ha crecido también el número de propuestas (nacen pequeñas editoriales y revistas por todas partes) y el término de “lenguaje hablado” se hace más ambiguo, porque si entonces, en los años de nuestros maestros, era una elección razonable, hoy el habla es un lenguaje tapón y postizo, determinado por el márketing, y es así que los jóvenes tienen necesidad de desarrollar un lenguaje diferenciado, honesto y noble a la vez.

Otros aspectos importantes de la producción reciente son la plasticidad de los paisajes urbanos y rurales (que, de físicos, se vuelven emocionales, estratificándose), la urgencia comunicativa que impone una posibilidad de lectura inmediada, que pero pueda abrirse a posteriores y diferentes interpretaciones, conteniendo infinidos link. El texto no tiene que ser un juguete virtuoso delante del cual el lector permanece complacido y aplaude, sino tiene que dejar un margen de intervención al público, tiene que dosificar el claroscuro, comunicar ideas, dispuesto a ir más allá de la intención.

(En revista Agulha).

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Así pues, las respuestas a las interrogantes planteadas no deberían ser solo teóricas sino históricas, prácticas; puesto que la actitud del poeta no es únicamente escribir y hacerlo de la mejor manera posible en el tiempo y espacio que le toca vivir. En nuestra contemporaneidad acomplejada por tantas y tantas variables tecnológicas, globalizantes, neoliberales, reguetonizantes, espeluznantes, etc., generar los espacios oportunos para que la poesía germine, se desarrolle y dé frutos nutrientes, no de una, sino, “desde” una contemporaneidad histórica y poética es también hacer la poesía.

Los festivales, los recitales, las revistas, las nuevas editoriales, los oportunos talleres, las antologías, los encuentros, el intercambio, la alternabilidad a lo arcaico, a la dominación monstruosa y horrorizante, el debate claro y transparente, desde el vino, desde el bar, desde la web, desde la academia, desde el humanismo, desde la calle, desde el puntocom, desde donde sea que el poeta fluctúe, serán siempre mejor respuesta que las teóricas.

Sobre los espacios culturales Adriano Corrales apunta en un reciente artículo difundido en internet:

(…) la resistencia es posible. Y para ello, desde la amplitud de la cultura y del arte, específicamente de la literatura, lo primero que nos corresponde es generar espacios que nos permitan vehiculizarla. Espacios socioculturales y artísticos solidarios, generosos, amplios, imaginativos, tolerantes, pero de resistencia; es decir, sin medias tintas y sin dobles intenciones.
(El texto completo en Piel de Leopardo).

Algo sí puedo decirle desde acá al muchacho de la anécdota: desconfía siempre de los que te digan hablá bien “Grabiel”.

Los Manzanos, 2007.

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* Poeta.
americocho@hotmail.com.

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