Jun 16 2004
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Sociedad

Polémica: ¿Liberar el trabajo o liberarse del trabajo?

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El debate acerca de las necesidades y su satisfacción per se a través del trabajo es una antigua y compleja discusión que no abordaremos aquí. Sin embargo, es importante enunciar la necesariamente cuidadosa relación entre necesidades y trabajo, debido a que el sistema en que vivimos ha adoptado mecanismos particulares para sus necesidades, fines e intereses, que no son inmutables y dependen exclusivamente de los modos de producción planteados para cada sistema socio-económico. La relación necesidades-capacidades-trabajo, es un tema complejo y no resuelto, donde desde los socialistas utópicos y Marx en adelante, han planteado dudas, contradicciones y vacíos que aún no se agotado.

La sociedad contemporánea, en especial las culturas occidentales, han planteado el trabajo como única forma de enfrentar la vida y sobrevivencia humana, como forma de socialización, y principalmente, como vía de realización del hombre. Ha empujado también a las mujeres durante los últimos 50 años a vender su fuerza de trabajo e insertarse aún en condiciones más deplorables, en nombre de dicho “pleno desarrollo”.

Así, vemos que la obligación de vender la fuerza de trabajo de cada sujeto, la inevitable mercantilización de la vida y la entrega casi absoluta al mundo laboral, aparece como la única forma de vida y es imposible proyectar modos distintos. Aparece como necesidad e inevitabilidad, pero principalmente, se plantea como constante en la historia, naturalizando el proceso de explotación que se fue construyendo durante los últimos 300 años.

Historia, enajenación, cosificación

La necesidad de articulación del “quehacer humano” en función de la comunidad, fue transformada paulatinamente y se manipula el trabajo socialmente necesario convirtiéndolo en trabajo alienado.

Se separa al hombre de su creación, de su relación con la naturaleza, con el producto de su acción; se cosifica toda actividad en función de la producción de mercancías que son destinadas a otros, sin nombres, sin color, sin relación, es un mercado abstracto que transa dichos recursos y derivados del capital, con el fin de acumular riqueza para algunos, los dueños éste. Se separa el sentido de dicha producción, se categoriza y minimiza el valor de uso de cada elemento; la relación entre los sujetos y de éstos con su actividad, es mediada por el valor de cambio asignada a un producto-mercancía, que ya no es expresión humana.

En la Antigua Grecia, si revisamos algo de historia, el trabajo siempre estuvo destinado a los “seres inferiores y desgraciados”; los esclavos cumplían la condena de su condición a través de la realización de lo que hoy conocemos como “trabajo productivo”, mientras las labores de desarrollo y realización del hombre quedaban liberadas completamente para aquellos “afortunados” (y acaudalados) sujetos que podían descansar a espaldas de sus esclavos. La literatura, las matemáticas, la astronomía y la filosofía entonces, eran parte de la actividad humana propia del hombre y el trabajo, era una condena.

Los primeros cristianos, por su parte, también desechan el trabajo como valor humano y apuntan al desarrollo y realización del hombre a partir de sus motivaciones que les permitan construir el mundo desde una perspectiva comunitaria y humanitaria ¿Acaso Dios no trabajó sólo 6 días para luego descansar por la eternidad?

Estos elementos sólo se mencionan grosso modo para entregar un panorama general de las transformaciones en la valoración otorgada al trabajo a través de la historia y a partir específicamente del desarrollo del capitalismo.

Con gran contribución de la ética del protestantismo en Europa, el desarrollo del modelo mercantil como primera fase, hasta la actualidad en la etapa neoliberal, el trabajo ha ido mutando desde una condena destinada a los desgraciados a un valor fundamental para la realización y pleno desarrollo del ser humano. Sin embargo, hoy la palabra “labor” sigue significando pena.

Se instaló con audacia el concepto del deber, y fue capitalizado con creces por los dueños del poder. La creatividad siempre fue antagonista de la productividad, por la estrechez y falta de dinamismo intrínseca a ésta última. La creatividad es pensar, es soñar, es reflexionar, es criticar, justo aquello que amenazaba las posibilidades de asentar un sistema de dominación sólido que permitiera desarrollar y ejecutar el gran proyecto de dominación.

Se nos hizo pensar que el trabajo dignifica y se ahogó a la gran “masa proletaria” en un proyecto de subyugación aberrante, que la hizo disfrutar y desear aquello que la esclaviza. Se podría decir que el proletariado cavó su propia tumba y se entregó sin más a la vida del asalariado, sin cuestionarla.

“Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciéndoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista. (…) Los proletarios, prestando oídos a las falaces palabras de los economistas, se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, contribuyendo con esto a precipitar la sociedad entera en esas crisis industriales de sobreproducción que trastornan el organismo social. Entonces, a causa de la plétora de mercancías y de la escasez de compradores, se cierran las fábricas, y el hambre azota las poblaciones obreras con su látigo de mil correas”, nos plantea Lafargue en su “Derecho a la Pereza” de 1848.

Es importante destacar a Paul Lafargue como pionero en la crítica al trabajo, miembro de la I Internacional y fundador del Partido Obrero francés en 1879. Es relevante por el contexto que lo rodea y por la lucidez de establecer el trabajo asalariado como fuente de las clases dominantes, en medio de la articulación de una vasta organización como lo fue la Internacional que podría sólo haber girado en torno a la mejora en las condiciones de trabajo. Esto marca un precedente en el desarrollo de un marxismo supuestamente clásico, al plantear el trabajo como esclavitud y no como fuente de dignidad ya en lo primeros años del desarrollo capitalista.

Se normó, para sacar todo atisbo de crítica, toda posibilidad de pensar, hasta la posibilidad del ocio, y en nombre del tiempo libre, se busca la maximización de la productividad. Theodore Adorno menciona en un texto que los mecanismos de control y estandarización de la vida buscan conducir el tiempo libre de los sujetos, como miembros de una masa amorfa y maleable, profundizando de dicha forma la separación de los diversos espacios de la vida.

Es tal vez ésta, la mayor y más severa crítica que podemos hacer al trabajo asalariado. Este, al constituirse en el contexto capitalista en “trabajo abstracto”, se desarrolla como fin en sí mismo, encarnado en la forma del valor o la mercancía. El trabajo se manifiesta separado del tiempo libre, la política, la cultura, el arte, el amor. El trabajo se vuelve mecanismo de separación en sí mismo, fragmentando los sujetos, desmembrando su integralidad, impidiendo la manifestación libre y espontánea de la vida.

Vanoeigem se pregunta: ¿es posible que el hombre se realice a través del trabajo forzado? ¿Es capaz de hacer y buscar su felicidad desde espacios fragmentados, desvinculados del resto de nuestra vida? La mercantilización de la vida apunta a convertirnos en autómatas en serie, que gustan, disfrutan y aman de la misma forma, bajo los mismo cánones y al mismo precio.

La Internacional Situacionista, como actor continuador de una tradición de izquierda comunista en sus planteamientos respecto del desarrollo del capitalismo y el análisis de los procesos de dominación, elabora una crítica al trabajo a la vez que postula la necesidad de organización de los trabajadores en consejos. Se plantea la necesidad humana e histórica de acabar con el trabajo y paralelamente se buscan mecanismos de resistencia liberados de cualquier tipo de subyugación, ya sea el patrón o los partidos burocrático-estalinistas.

“Todo el poder a los consejos (soviets)” pareciera contradecirse con la consigna “no trabajes nunca”, como se ha señalado en diversas ocasiones; sin embargo es necesario que analicemos dichos planteamientos desde un contexto que obliga al trabajo, desde el cual se establecen las relaciones (in)humanas y en el que se busca la constitución de una fuerza suficiente para subvertir dicho orden salarial.

La búsqueda de espacios de subversión y autonomía ha estado presente en la historia a través de diversas experiencias, que buscan ya sea dentro del sistema laboral como al margen de éste. Encontramos así la experiencia de Autonomía Operaria en Italia, que desde la fábrica y a partir de la condición de obreros asalariados de sus miembros, practicaban el sabotaje a los ritmos de producción, ya fuera a través del descanso en horarios destinados exclusivamente al trabajo o entorpeciendo la labor productiva con la mala maniobrabilidad de los productos.

Marginalidad, opciones

Respecto a la marginalidad del mundo laboral, existen diversas posiciones. Sus defensores plantean la subversión del orden de trabajo asalariado a partir de la práctica cotidiana de la actividad humana y la insumisión frente a los espacios de poder y explotación, buscando vías alternativas de subsistencia y estrechamiento del lazo social en torno a ejes como la solidaridad y la autogestión.

Sus críticos, desarrollan sus argumentos fundamentalmente en torno a la idea de que no es posible desarrollar formas alternativas reales y verdaderamente revolucionarias dentro de un sistema de dominación basado en el trabajo alienado, debido a que la opción de marginalidad implica necesariamente vivir usufructuando de los que otros generan a partir de su trabajo. Entonces, dichos estilos de vida se transforman en espacios simbólicos y discursivos de resistencia que no pueden abstraerse de la lógica de la mercancía, dando origen solamente a lo que en términos sociológicos se ha denominado una subcultura.

Esto da origen a la discusión respecto de la clase, su constitución y características. ¿Existe una clase revolucionaria? ¿la acción revolucionaria es inherente a ella?¿Es posible configurar un sujeto social hoy a partir de la categoría “trabajo”? Si tomamos en cuenta las transformaciones del trabajo y especialmente de los sistemas productivos, tenemos que los sistemas neoliberales no necesitan al parecer, tanto del trabajo humano como los modelos que lo precedieron. ¿Cuál es el denominador común que constituye a los sujetos en objetos de dominación en el actual orden capitalista mundial?

Durante años se han buscado respuestas para éstas preguntas y el marxismo estructural ortodoxo postuló un esencialismo absolutamente carente de historicidad y análisis dialéctico, que sirvió de base al planteamiento postmoderno, al concebir al sector obrero tradicional como sujeto revolucionario por antonomasia, sin mediaciones. Al desaparecer éste, se plantea el fin del proletariado y por ende, de la lucha de clases.

La pregunta principal frente a esto, es si el fin del trabajo implica el fin de la dominación. Al parecer la sociedad actual está terminando con el trabajo humano como única fuente de producción y separación, se le vuelve prescindible dicho elemento, se le vuelven prescindibles el hombre y la mujer. Sin embargo, lejos de presentarse como superación del trabajo, esta nueva etapa se vuelve aún más amenazadora en la medida que se constituye en una fase de búsqueda y reformulación de nuevos mecanismos de dominación ante el agotamiento de los ya existentes.¿Crisis? ¿Rediseño? Es preferible ser cautelosamente pesimista.

Nuestra apuesta no puede romper con ninguna lógica mercantilizada ni mellar el círculo de alineación en que se desarrolla la sociedad actual, sin cuestionar y aborrecer el trabajo como la forma más eficiente de dominación. Es el trabajo en sí, como entidad abstracta y separada, la base del capitalismo, en todas sus manifestaciones.

Es necesario retomar y revalorar la pertinencia de la idea de totalidad hoy. Apuntar a la unidad de las esferas de la vida, la búsqueda de integralidad en la acción, el desarrollo de la actividad humana en función de una unidad, que construye identidad y proyecto, que cuestiona y disfruta su presente, dotado de toda historicidad.

La búsqueda de la actividad humana como reina y señora del desarrollo humano, en toda su unidad, en todas sus esferas, como un todo armónico, es sólo posible dentro del marco de un sistema que haga posible la socialización de los medios de producción y la autogestión total y generalizada de la economía.

Nos es posible hablar de anti-capitalismo y validar el trabajo como medio de dignificación y realización. No es posible generar propuesta pensando desde la misma lógica de dominación y desde circuitos de alineación infranqueables.

“Sólo mediante el desempleo le es posible al individuo alcanzar la certeza de la verdad de la vida y acostumbrarse finalmente a la experiencia” . (Consigna Dadá).

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Tomado de: www.nucleodeira.cjb.net

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