Feb 8 2017
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Sociedad

Poner el pecho: tetazo de las mujeres argentinas por el derecho sobre sus cuerpos

Desde las cinco de la tarde, el reclamo feminista de libertad solucionó un dilema en el que suele caer el periodismo: mirar el centro de la escena y olvidar los márgenes. Porque el martes 7, la media plazoleta en que está dividida la Plaza de la República, la que mira al sur del Obelisco, durante varias horas, estuvo cubierta de un número impreciso pero importante de mujeres argentinas que expresaron (con o sin sus tetas descubiertas) su fuerte repudio a la violencia del sistema contra ellas, a partir del intento de pixelar policialmente las tetas de tres o cuatro mujeres que tomaban sol en Necochea.

Policialmente significa que desaparezcan de la vista. Pero los márgenes de la plazoleta. Esos márgenes. La media plaza estaba rodeada de centenares de mirones de ojos fisgones y amperímetro suelto. Centenares son centenares, a riesgo de quedar corto. Fisgones que levantaban sus celulares para capturar imágenes de tetas al aire y acercarse para ver pezones lo más de cerca posible, a distancia de colectivo lleno. Una mirada de pura violencia. Después de escribir sobre el múltiple femicidio de Hurlingham, realizar una crónica sobre el Tetazo supuso una banalidad. Error. El cuerpo semidesnudo de las mujeres en un lugar prohibido (por el hombre) plasmó toda la violencia que encierra la mirada cotidiana del machismo.

Primero empezaron algunas, las más osadas, a reunirse en grupitos, quitarse la blusa, pintarse las tetas con colores, mientras los transeúntes pasaban y se sorprendían. Agresión a la vista habrá pensado más de uno, ocultándose a sí mismo la pedofilia eclesial, la obscenidad de la pobreza sin techo, y su contracara, el millonario negocio del desnudo femenino televisivo.

Después, empezaron a llegar en forma masiva. Muchas con inscripciones en sus cuerpos o en carteles fabricados a mano. “No fue la ropa, ni el lugar, ni la hora. Nos queremos vivas. Nada justifica una agresión sexual”, decía un cartel que colgaba del cuello de un pibe, en un grupo de chicas y chicos de la Comisión de Género del colegio secundario Paula Albarracín, de Olivos. “No pueden decidir cuándo está bien, o cuándo está mal –dijo a PáginaI12 una de las chicas del grupo–. Disponen que mostrar las tetas está bien cuando es consumo. Vinimos en forma individual a sumarnos a la protesta”.

A unos metros, una joven, con el torso desnudo, levantaba un cartel en el que se dibujaba una silueta femenina y el texto: “Tetardaste en avanzar”. Hacia el borde de la plazoleta que da a Carlos Pellegrini, cuatro o cinco mujeres, también un par de muchachos, pintaban carteles en el piso. “Obsceno es que nos acosen, que nos amenacen, golpeen, violen, empalen, prendan fuego, torturen, asesinen, tiren nuestros cuerpos a la basura o a un pozo, que nos obliguen a parir. Mi cuerpo no es obsceno, mi cuerpo es mío. Vivas y libres nos queremos. Legislación feminista ya! Las tetas no matan. El machismo sí”. Texto extenso. ¿Extenso? Apenas si es la enumeración más visible del meticuloso, minúsculo y asfixiante sometimiento cotidiano.

Lo decían en los carteles y en la semidesnudez de esos cuerpos. Los pezones apuntaban a los objetivos lascivos que las rodeaban. La plazoleta, de a poco, dejó de ser transitable para los hombres, que empezaron(mos) a ser desplazados hacia los márgenes. El concepto era claro: el reclamo es de las mujeres y de los géneros desplazados. El concepto, de tan claro, generó algunas rispideces. Algunos hombres decidieron no ceder la atención, y con corpiños reclamaron cámara y la obtuvieron, en una suerte de apoyo no pedido. Es cierto que muchos de ellos acompañaban a mujeres, pero también es cierto que se llevaban la atención de fotógrafos y tevé, siempre sensible al espectáculo.

Otras rispideces más difíciles tuvieron lugar con tres o cuatro machos violentos, desperdigados en la plazoleta y que fueron expulsados al grito de “¡se va, se va, el macho se va!”, o el más comprensible para algunos “¡Pajero, te vas!”.

Faltaba decir que las violentas son las mujeres que se visten o se desvisten de esa manera. Pero no faltó, fue dicho. Un hombre preguntó a este cronista “¿quiénes son las de pañuelo verde?”. Se refería al pañuelo de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, que a esa hora prácticamente había sido adoptado por la mayoría de las mujeres sin importar si estaban o no en tetas. “Son las más violentas”, agregó. El comentario no podía faltar. “¿Violentas? Ayer uno mató a cinco y dice violentas?” (la mirada periodística no es objetiva).

A uno lo corrieron mientras el tipo, que intentó resistir, gritaba que “si vos estás desnuda yo me puedo masturbar”. Sintió la fuerza unida de las mujeres.

Entre un grupo de la organización Defensoría de Género se encontraba Karina Abregú, su rostro marcado por la violencia machista, reclamando por la lucha feminista y convocando al próximo paro internacional de mujeres del 8 de Marzo.

Estaban las de Mala Junta, las de Pan y rosas, las Putas feministas, y las Lesbianas, “Arriba las lolas, abajo las pistolas”, clamaba un cartel, mientras desde el sur llegaba el grupo de las Brujas en resistencia, que llegaban de Quilmes, vestidas con sus sombreros brujeriles, algunas mostrando con total desenfado las tetas despreocupadas de cualquier moda.

“Ahora que estamos juntas”, empezó a sonar el cántico feminista, “ahora que si nos ven, ahora que estamos juntas, el patriarcado se va a caer, se va a caer”. No tardó en llegar el “Macri, careta, dejame andar en tetas” y el “Macri, basura, vos sos la dictadura”. “No entiende nada”, decía una a su amiga y señalaba a un muchacho que daba una entrevista a una cámara, “está en corpiño, no entiende nada”.

Mientras centenares de torsos se iban desnudando, un grupo importante se desplazó batiendo parches a la 9 de Julio del lado de Cerrito y tomó la calle por asalto. Los guardias de tránsito no atinaron a reaccionar. Idiotizados por el desparpajo, abandonaron al tránsito a su suerte. Alguno, incluso, tomaba fotos de desnudeces con su celular. Guardianes del orden. 

*Fotos de Guadalupe Lombrado

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