May 7 2015
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Despacito por las piedras

Por el derecho a morir como un perro

Esta ma帽ana fuimos con Alejandra y la familia gatuna a la cl铆nica veterinaria para que le quitaran los puntos a la gata tras haberla esterilizado. Llevamos con ella a sus peque帽os para que no se sintiera ansiosa y funcion贸. Durante el rato que esperamos, se ovill贸 al interior de su jaula transportadora, flanqueada por sus gatos, uno a cada lado.

Antes de nosotros hab铆an dos pacientes caninos. Uno era una perra que para sus 4 meses ya era bastante grande. Una loca adorable que s贸lo quer铆a saltarle encima a todo el mundo y lamerlo. De pelo brillante, ojos vivaces, s贸lo iba por sus vacunas. Era la imagen misma de la felicidad. Y c贸mo no, si sus due帽os la hab铆an rescatado de la calle cuando era una bola apelmazada, unos meses antes. As铆 valoran los quiltros el amor. El ya no pasar hambre, soledad ni fr铆o.

Pero el otro perro no pod铆a ofrecer m谩s contraste.

Echado en una caja grande de frutas, yac铆a un cocker鈥 o lo que quedaba de 茅l. Pese al chaleco que ten铆a puesto y a que la consulta estaba calefaccionada, temblaba en peque帽as convulsiones. Estaba inconsciente, o muy cercano a ello. La oreja, la ten铆a destru铆da.

No nos cost贸 entablar conversaci贸n con su due帽a, una se帽ora de mediana edad que s贸lo lo miraba con cara de contricci贸n. Necesitaba hablar.

El perro era viejo. Ten铆a 15 a帽os. Le hab铆a dado una otitis que se sali贸 de control y, de alguna forma, un insecto deposit贸 larvas en su herida que le carcomieron la piel. A partir de entonces su salud se vino abajo. Llevaba m谩s de una semana sin comer y la noche anterior, se hab铆a negado a tomar agua.

– Creo que ya no quiere seguir viviendo 鈥 dijo la mujer resignada.

Los animales lo saben. Saben cuando dejar de luchar. Cuando dejarse ir. Me pas贸 con Taz, uno de mis gatos, que cuando languidec铆a, con una sola mirada, s贸lo me pidi贸 compa帽铆a y que lo dejara morir. Exhal贸 horas m谩s tarde abrigado, a los pies de mi cama.

Pero este pobre perro era un espect谩culo que te amu帽aba el alma. Cada cierto rato, daba peque帽os gemidos y se estremec铆a. La estaba pasando muy mal.

– Vamos a ver qu茅 me dice el veterinario. Aunque creo que s茅 cu谩l ser谩 la respuesta 鈥 nos confidenci贸 su due帽a.

Cuando la llamaron, le deseamos suerte, significara lo que fuere. Me acerqu茅 discretamente a mi se帽ora y le susurr茅 que lamentablemente ese perro iba a salir en una bolsa. Era evidente.

A los pocos minutos, confirmando mi presagio, su due帽a sali贸 del box sola, con los ojos llenos de l谩grimas. Adem谩s de todo el veterinario le hab铆a detectado tumores. No hab铆a nada que hacer.

– Lo har谩n dormir 鈥 nos dijo llorosa.

Lo lamentamos, pero todos sab铆amos que era lo mejor.

Al rato, con mucho respeto, una asistente lleg贸 con la caja y el cuerpo ahora inm贸vil del perro. Lo cubrieron con una bolsa. La mujer se lo llevar铆a, seguramente para sepultarlo.

Con mi se帽ora guardamos silencio por un rato ante la escena. Finalmente, ella me dijo:

– Es absurdo que en Chile todo el mundo entienda que un perro tiene derecho a dejar de sufrir, pero no un ser humano.
Y tiene raz贸n. Dentro de las iron铆as de nuestra tierra, el 煤nico derecho que perros y gatos tienen sobre los seres humanos -si tienen la suerte de contar con uno que se preocupe de ellos- es que se les ponga fin a sus sufrimientos. Las personas, nosotros, los seres superiores, debemos banc谩rnoslas hasta el final. Sin importar el dolor propio o de nuestras familias. Est谩s condenado a vida. Si es que a煤n as铆 puedes llamarle.

Nunca he comprendido a los detractores de la eutanasia. En el aborto, vale, hay campo para discutir. 驴Pero por qu茅 habr铆as de negarle a alguien su leg铆timo derecho a decidir que quiere poner fin justificado a su dolor?

He escuchado algunos argumentos y, con todo respeto, cada cual es m谩s est煤pido. Que la eutanasia es una excusa para no mejorar los sistemas p煤blicos de salud. Que s贸lo Dios puede quitarte la vida (aunque seas ateo). Y mi favorito: que la eutanasia es el primer paso hacia la eugenesia de los nazis, donde podremos deshacernos por orden estatal de discapacitados, deformes y viejos.

(Una absoluta incongruencia que ni siquiera distingue el suicidio del homicidio).

Si ya hemos abierto una brecha en la discusi贸n de los derechos individuales m谩s fundamentales, como el de amar en las parejas del mismo sexo, o el de las mujeres a decidir con su cuerpo, s贸lo queda esperar a que sigamos avanzando y alg煤n d铆a las personas podamos decidir, de manera libre y consciente, que tenemos derecho a abandonar este mundo en paz y dignidad.

Que tenemos derecho a morir como un perro.

Christian Leal Reyes, Director de BioBioChile

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