Sep 20 2006
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Opinión

Precisar una discusión. – ¿IMPERIO O IMPERIALISMO?

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Para Negri y Hardt, por ejemplo, unos de los mejores exponentes críticos de este proceso, la soberanía estatal esta en declinación y ha empezado a ser reemplazada por una que se encarna en un ensamble de organismos nacionales y supra-nacionales unidos por una lógica regulativa única que configura el “Nuevo Orden Internacional”, síntoma primario del imperio por venir y que debe entenderse como algo completamente diferente del “imperialismo” propio de los tiempos modernos.

Un elemento clave para el colonialismo europeo y su subsiguiente expansión económica fue, sin lugar a dudas, el desarrollo del Estado nacional. Sus límites territoriales permitían definir el centro del poder desde el cual gobernar los territorios extranjeros a través de canales y barreras que facilitaban u obstruían la producción y circulación de mercancías. En el fondo, se podría decir que el imperialismo europeo fue la expansión de la soberanía del Estado nacional más allá de sus límites y usó esta soberanía para imponer separaciones territoriales jerárquicas tendientes a resguardar la pureza de su identidad y mantener la exclusión del “Otro”.

El “Nuevo (des)Orden Internacional” surge a partir de la declinación de esta noción modernista de soberanía. Su fuerza ya no radica en límites ni barreras fijas, como tampoco en el establecimiento de centros territoriales de poder. La mejor forma de concebirlo es como la de un aparato regulador deterritorializante que progresivamente va incorporando al mundo entero dentro de sus crecientes fronteras. Este es un “Orden” capaz de manejar jerarquías flexibles, intercambios múltiples e identidades híbridas a través de una variada red de comandos.

Lo que hoy estamos presenciando, en verdad, es el paso del imperialismo moderno al mercado mundial que señala modificaciones significativas dentro del modo capitalista de producción. El Capital contemporáneo, dicen N&H, pareciera estar encarando un “mundo definido por nuevos y complejos regimenes de diferenciación y homogenización, deterritorializacion y re-territorializacion.” O, lo que es lo mismo, la formación de nuevas aperturas y limites ocasionados por estos recientes flujos globales han sido acompañados por la transformación de los procesos productivos dominantes, cuyas consecuencias es posible apreciarlas en la disminución de la importancia de la fuerza laboral industrial y el lugar privilegiado dado a las actividades comunicativas, co-operativas y afectivas.

Ciertamente, en la economía global la ganancia se orienta a la producción “bio-política”, a la producción de la vida social misma, en donde lo económico, político y cultural se entrecruzan. En este “Nuevo Orden” Estados Unidos, como tampoco ninguna otra nación en particular, serán el centro de este proyecto. El concepto implícito en este nuevo Régimen es el de totalidad espacial, caracterizado por la ausencia de fronteras, en donde las normas regulativas no tienen límites.

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Tres ópticas

¿Pero no será que el anuncio de la llegada del nuevo imperio es demasiado prematuro? ¿De que el imperialismo, simplemente, se resiste a desaparecer? Hoy día la conversación empieza a centrarse nuevamente en la noción de imperialismo (algunos títulos: “Imperial America”, “US imperialismo”, “The imperial grand strategy”, “The new Roman”). Y, lo curioso, es que es revivido no sólo por la izquierda, sino también por la derecha, que le ha dado un giro positivo (Brzezinski, 1997; Ferguson, 2002).

Se dice con frecuencia (Huntington: 2004) que en la clase dirigente estadounidense es posible distinguir tres corrientes: universalistas, economicistas y cosmopolitas. Los primeros llevan el nacionalismo americano y su excepcionalismo al extremo al identificarlos con universalismo. El triunfo y la atracción mundial que su cultura origina en el mundo les permiten transformarla en razón universal.

Esta es la perspectiva imperialista que presume que la forma o estilo de vida norteamericano, su cultura, sus valores y economía deberían abarcar al mundo entero. Su base política y social se encuentra en la industria del entretenimiento, las industrias de fuentes estratégicas y el complejo militar industrial, que dependen de las acciones y gastos del Estado para su sobre vivencia y que se benefician del dominio y control norteamericano de las áreas estratégicas del mundo.

La aproximación económica tiene sus partidarios entre sociólogos que simpatizan con Ulrich Beck, para quien la globalización capitalista esta haciendo desaparecer la nacionalidad. La mirada internacionalista se amplia cuando el poder capitalista empieza a socavar los bordes nacionales.

Y la visión cosmopolita, la tercera corriente de la elite estadounidense, caracteriza al patriotismo y nacionalismo como fuentes malignas y argumenta que la ley y normas internacionales son moralmente superiores a las de las naciones individuales. Los cosmopolitas son altamente críticos del concepto de soberanía, identidad y orgullo nacional y prefieren la soberanía individual.

Esta posición tiene su base en la academia, los intelectuales y periodistas y es parte de la tradición del liberalismo internacional que tiene mucho en común con los proponentes de la sociedad civil internacional.

De estas tres posiciones las dos últimas contienen generalizaciones que en términos prácticos no son aplicables al Estado más poderoso. El imperialismo es la mas flagrante violación de esta regla y la retórica de la sociedad civil global tiene el efecto de distorsionar y obscurecer la realidad de esta dominación. El debilitamiento de los Estados, especialmente del Sur, actúa en interés del imperialismo informal norte americano y de las corporaciones transnacionales. Cualquiera sea la diferencia entre imperialistas, globalistas y cosmopolitas todos ellos comparten el rechazo a cualquier forma de nacionalismo y el deseo de disminuir o poner fin a la soberanía nacional, de una u otra manera, para justificar el poder unilateral de Estados Unidos y su nuevo tipo de imperialismo.

A diferencia del imperio romano que otorgaba ciudadanía a los pueblos conquistados, lo que le permitió sobrevivir por cientos de años, el nacionalismo norteamericano no se extiende mas allá de Estados Unidos, lo que origina un contra nacionalismo como los de Iraq, Venezuela, Canadá, México, Nigeria, o Arabia Saudita y contra regionalismos como los de la Unión Europea o el MERCOSUR. La meta –o el rol– de Estados Unidos es transformar a todo otro país en Estado efectivos para el capitalismo global y marcar a los que se rehúsan como “rogue states”.

Los gobernantes de EEUU ven al nacionalismo económico como su mayor adversario y tratan de derrotarlo a través de presiones económicas y diplomáticas. Cuando esto falla tratan de suprimirlos por la fuerza. Después de la crisis del Canal de Suez de 1956, solo Estados Unidos estaba autorizado a violar la soberanía de otros Estados –el golpe haitiano en contra del presidente J. B. Arístides es uno de los últimos ejemplos–.

La lógica de una doble dialéctica

David Harvey (2003) dice que el nuevo imperialismo capitalista norteamericano se puede entender en términos de una doble dialéctica. La extracción de plusvalía a través de la explotación capitalista del trabajo y la extracción de plusvalía a través de la “desposesion” –desplazamiento, fuerza, fraude, robo–. Esta es la lógica territorial del poder estatal en tensión dialéctica con el poder de la lógica capitalista basada en la acumulación.

Para Marx, la desposesion fue un estado inicial necesario para el desarrollo capitalista. Pero Harvey afirma que el capitalismo continúa hoy día capturando una gran cantidad de plusvalía a través de la desposesion y la fuerza –disminución de la propiedad comunal, mercantilización de la tierra, el trabajo y el conocimiento– junto con la explotación del trabajador.

La dinámica territorial se basa en el control del territorio y la movilización de recursos naturales y humanos. En contraste, en la lógica capitalista imperialista el control y uso del capital toman precedencia. Con frecuencia estas dos lógicas entran en contradicción y una u otra toma precedencia.

La Administración de Bill Clinton trabajo estrechamente con Wall Street y la corriente globalista predomino. En contraste, en el gobierno de G. W. Bush, se enfatiza el imperativo territorial con su base de poder en el departamento de Defensa, las fuerzas armadas y la industria militar y del petróleo.

En términos de la lógica del capitalismo neo-liberal puro, las decisiones de favorecer a las corporaciones basadas en Estados Unidos por razones de seguridad son irracionales y extienden la dominación imperialista hasta el presente (en Iraq, por ejemplo, la corporación norteamericana Halliburton desplaza los intereses corporativos pre-existentes de Francia, Alemania y China). Es este unilateralismo el que ha desprestigiado el liderazgo norteamericano y explica su aislamiento, mas que ninguna otra cosa.

Los planificadores estadounidenses, desde hace mucho tiempo, han estado en contra del nacionalismo económico porque amenaza los aspectos más vulnerables del imperialismo informal –gobernar a través de otros Estados–. Si estos se separan de la guía norteamericana y del capitalismo de las corporaciones, el imperialismo es amenazado (como lo mostraron los movimientos anti imperialistas nacionalistas en la descolonización del Sur, entre 1947 y 1960, del poder europeo y que, a continuación, orientan su impulso hacia el “nuevo imperialismo”. El resultado fue 336 corporaciones transnacionales nacionalizadas o reglobalizadas en el mundo en la primera mitad de los años 70 – Stopford et al.1991:121).

Los diferentes movimientos por la paz, la anti-globalización y la soberanía popular y nacional, como también el fundamentalismo islámico amenazan la hegemonía norteamericana al tomar el poder en varios Estados fortaleciendo la oposición al imperialismo y deslegitimando su hegemonía. La posibilidad de invasiones preventivas es hoy mucho menor que antes de la invasión a Iraq. La fragmentación de la alianza militar, el unilateralismo norteamericano y la emergencia del grupo de los 20 que representa una voz independiente en el encuentro del WTO en el 2003, disminuyen el apoyo a la agenda neoliberal de Estados Unidos.

El nacionalismo tiene una variedad de significaciones. No hay un Nacionalismo, sino, Nacionalismos y a pesar de su forma nominal (“ismo”) no es un “ismo” como liberalismo o socialismo porque no posee un conjunto coherente de proposiciones teoréticas o una visión universal. Asociado con fuerzas reaccionarias es, generalmente, profundamente racista, exclusivista, autoritario y expansionista. Asociado con fuerzas progresistas se orienta hacia un nacionalismo internacionalista que busca transformaciones democráticas en el orden global capitalista de las corporaciones, lo que lo acerca a los movimientos anti-imperialistas, socialistas, feministas, ecologistas, anti-racistas y sindicalistas.

En lugar de generar su propio contenido los diferentes nacionalismos adquieren su ideología de los amigos con los que se une. Los nacionalismos progresistas pueden reconocerse por ser inclusivos, democráticos, no expansionistas, capaces de contener profundas diversidades y un sólido reconocimiento de los derechos de las minorías dentro de la nación.

Paralelo a los movimientos nacionalistas se encuentran los grupos que promueven la idea de la globalización desde abajo, tan popular en el movimiento anti-globalista y que, a pesar de su intención de evitar los excesos que el nacionalismo pudiera tener, no es del todo clara. Difícilmente la gente común y corriente pueden organizarse y coordinarse globalmente como lo hacen las élites económicas en Davos o Bilderbeg. Y… tampoco es claro si esto es deseable.

¿La idea no será, mas bien, la de construir un futuro con una gran diversidad cultural y nacional, en el que diferentes pueblos a una escala mucho menor que la humanidad tengan la soberanía para decidir su propio futuro? El fin, se podría decir, es la obtención de una democracia profunda, incluyente e igualitaria. La soberanía nacional y popular son solo los medios para lograrlo.

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* Escritores y docentes. Residen en Canadá.

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