Nov 24 2013
338 lecturas

Cultura

Premios para un cine latinoamericano con personalidad

El Astor de Oro del Jurado del Festival de Cine de Mar del Plata, presidido por el coreano Bong Joon-ho fue para la  película mexicana La jaula de oro, mientras que la venezolana Pelo malo obtuvo dos de Plata. Fantasmas de la ruta, de José Celestino Campusano, la única argentina que celebró.

Producto de la amplia ventana que el Festival de Mar del Plata le abrió por fin este año, el cine latinoamericano resultó el gran ganador a la hora de los premios. El Astor de Oro del Jurado Oficial, premio máximo del festival, fue para la mexicana La jaula de oro, film sobre inmigrantes guatemaltecos intentando cruzar la frontera sur de los Estados Unidos.

Pelo malo, denuncia sesgada sobre el prejuicio y la intolerancia social en la Venezuela actual, se llevó sendos Astor de Plata a la Mejor Película y Guión. Para ninguna de ambas los premios son novedad: desde que se presentó en Un Certain Regarde, de Cannes, La jaula de oro ganó, con éste, catorce premios oficiales, incluido uno en esa importante sección del festival de festivales. Eso, para no hablar de los extraoficiales. La ópera prima de Diego Quemada-Diez se va de Mar del Plata con cinco galardones más, incluidos los de la asociación Signis, la Asociación de Cronistas Cinematográficos y el del Público. Pelo malo venía de alzarse, a su turno, dos Conchas en San Sebastián, una de ellas la de Oro a la Mejor Película. Confirmación de que el cine de la región pisa con pie cada vez más firme en el mundo entero.

¿Y el cine argentino? Escasa cosecha la de este año en Mar del Plata. Apenas Fantasmas de la ruta, nuevo opus del quilmeño José Celestino Campusano, se lleva un par de premios no oficiales (ver recuadro). Demasiado rústica tal vez para que un jurado oficial (el de este año lo presidió el gran cineasta coreano Bong Joon-ho) se atreva a reconocer sus méritos, Fantasmas… es sin duda la película argentina más importante que presentó Mar del Plata 2013. Un Campusano recargado de tres horas y media, el opus cuatro del realizador de Ezpeleta es un fresco de la vida border en el conurbano, entre choreos, aprietes, corrupción policial, enfrentamientos entre bandas y, sobre todo, trata de blancas, el tema en el que el relato –crudo como siempre, tan directo como un cross a la mandíbula, tan bien estructurado como un largo solo de jazz, tan cojonudo como una manifestación frente a una comisaría– hace eje. Campusano está pasando de ser un realizador único en la Argentina a convertirse en algo más importante: un ciudadano único en la Argentina, que hace visible ante sus conciudadanos, por vía del cine más puro, la situación de postergación y olvido en la que gran parte de la población sigue sumida, aquí y ahora.

Hubo mucho cine argentino en Mar del Plata, en todas las competencias oficiales y en secciones paralelas. Pero con excepción del de don José Celestino, se hizo más que peliagudo encontrar algún otro film destacado. Presentada también en Competencia Internacional, la cordobesa La laguna, de los muy jóvenes Gastón Bottaro y Luciano Juncos, es una muy prometedora ópera prima, aunque ciertos sobretonos místico-religiosos le quiten poderío. Otra ópera prima muy alentadora es La utilidad de un revistero, de Adriano Salgado, cuyo único plano fijo de 115 minutos –que no tiene nada de vacuo o narcisístico ejercicio de estilo– fue reconocido por el jurado de la asociación Directores Argentinos Cinematográficos, que le dio un premio. Escuela de sordos, riguroso documental de la realizadora cordobesa Ada Frontini, fue otro de los bienvenidos hallazgos de la Competencia Argentina. Y después estuvo Los dueños, film tucumano que desde su presentación en Cannes viene recogiendo merecidos elogios. De ahí en más, unas cuantas decepciones y pocos entusiasmos, que dan lugar a confirmar que, a la inversa con lo que viene sucediendo con el cine latinoamericano en su conjunto, el argentino no pasa por una época de alza.

La decidida apuesta por el cine de la región que el festival hizo a lo largo y a lo ancho de la grilla representó, como se dijo antes, uno de los avances más notorios de esta edición de Mar del Plata. No sólo por el lugar que el cine latinoamericano tiende a ocupar en el mundo, sino por el lugar que a Mar del Plata le conviene ocupar en relación con el cine latinoamericano: el del evento que sirva como punto de reunión, por más que muchas de las películas provengan de otros festivales.

Teniendo a Berlín, Cannes, Venecia o San Sebastián por competidores, no es fácil convertirse en plataforma de estrenos internacionales. Pero sí puede concentrarse aquí lo mejor del año, aunque la función de punto de encuentro de realizadores, productores y distribuidores de la región recae a su vez sobre Ventana Sur, el mercado de la industria auspiciado por el Incaa, cuya nueva edición empieza en Buenos Aires la semana próxima.

Más allá del cine de la región, Mar del Plata viene consolidando, homogeneizando y elevando el nivel de su programación, desde hace tres o cuatro años y sin solución de continuidad. Tal vez haya sido ésta la edición en la que esa cristalización quedó más clara. Si a ello se le suma que gran cantidad de realizadores y actores de los films en competencia se hicieron presentes para tener charlas y encuentros públicos, así como invitados de la talla de Bong Joon-ho, John Landis y Pierre Étaix, está claro que los organizadores y programadores de Mar del Plara pueden darse por satisfechos. Tanto como el público, que volvió a colmar las salas.

*Publicado en Página 12

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario