Oct 31 2009
372 lecturas

Opinión

Pueblos indígenas: Perú, la retórica del engaño al paroxismo

Stefano Varese.*

Stefano Varese es una de las voces más autorizadas en esta parte del mundo para hablar de temas amazónicos. El autor de La sal de los cerros aclara conceptos e insiste en una verdad en la que creemos: los bienes comunes son la única garantía que tienen los pueblos amazónicos –y en general los americanos– para construir su “buen vivir”.

En setiembre de este año regresé a Lima por un par de semanas después de casi cuarenta años de expatriación voluntaria (o casi). Fue un retorno emocional y denso, de recuerdos algunos perdidos otros reencontrados. Durante décadas he seguido desde la lejanía la vida de los pueblos y comunidades indígenas de la Amazonía peruana.

Fueron algunos de estos pueblos –los asháninka, los yánesha, los awajún, los wampis, los shipibo, los matsés– y sus gentes concretas los que en mi juventud atraparon mi imaginación y mi pasión por conocer y me llevaron casi de la mano por las trochas de sus culturas antiguas y modernas, de sus admirables capacidades de resistencia y adaptación, de sus secretos espirituales, de su tratamiento ético del universo. Pero también retornaba al Perú con muchas preguntas irresueltas y en busca de alguna explicación razonable sobre lo que leía en las noticias, en el Internet y en las revistas de análisis político.

En mi ingenuidad y optimismo algo patriotero pensaba que los trágicos eventos del año y la matanza del 5 de junio eran una desviación desafortunada de una administración gubernamental básicamente transparente. ¿Cómo era posible que a los casi cuarenta años de la promulgación de una de las leyes más progresistas y avanzadas del continente americano, el D.L. 20653 de 1974, conocido como ley de comunidades nativas y promoción agropecuaria de la selva, los pueblos indígenas, las comunidades nativas amazónicas siguieran bajo el constante asalto a su vida, la violencia institucionalizada, la política etnocida, si no decididamente genocida, de los sucesivos gobiernos de autoritarismo post-democrático?

Ciertamente la ley de comunidades nativas, defendida críticamente por los propios indígenas amazónicos, en todos estos años había sufrido mutilaciones y un constante proceso de erosión dirigido a facilitar la expropiación y privatización de los recursos comunales y la buscada solución final de acabar con las comunidades étnicas de la Amazonía. Pero nunca, ni en los peores momentos del autoritarismo corrupto a lo Fujimori, el gobierno nacional se había dedicado de manera sistemática a socavar la autonomía de las comunidades, a tratar de quitarles sus medios de subsistencia, a estrangularlos económicamente intentando, en fin, matarlos de hambre y de contaminación ambiental.

Esas acciones u omisiones, en cualquier país civilizado, son consideradas crímenes de lesa humanidad penable por el derecho internacional.

Encontraba ahora, en 2009, a las comunidades nativas de la Amazonía y a los pueblos indígenas del Perú mucho más amenazados y en peligro de perder sus tierras y sus recursos, y por lo tanto sus vidas, que hace cuarenta años cuando la revolución velasquista con gran visión cultural y social formuló la ley de comunidades nativas. Una legislación humanística integral que por primera vez en la historia nacional y posiblemente latinoamericana otorgaba personería jurídica a las comunidades indígenas y ciudadanía a sus miembros individuales, autorizando a las comunidades mismas a llevar el registro civil de sus miembros y a ejercer jurisdicción colectiva sobre sus territorios y recursos. Pasos jurídicos de una importancia fundamental para miles de pobladores indígenas amazónicos que durante siglos de colonialismo y neo-colonialismo republicanos fueron tratados por el estado y las empresas privadas como esclavos.

Como es bien sabido, pero nunca mencionado, la ley de comunidades nativas fue marginada, corroída, mutilada y parcialmente substituida por otras leyes a partir de la reacción de Morales Bermúdez, pasando por toda la serie de los ultraconservadores Belaúnde, García, Fujimori, Toledo y nuevamente García.

Los conservadores neo-liberales han aprendido muy bien de sus propio errores en las décadas de los Reagan, Pinochet, la dinastía Bush y demás sirvientes: si hay algo que obstaculiza la implantación absoluta del sistema económico, social, político y finalmente cultural del capitalismo tardío es la resistencia cultural de grandes sectores de la población mundial y en este caso peruana a dejarse atrapar por la ilusión de mercantilizarse y mercantilizar sus tierras y recursos.

Lo intentaron los liberales de las independencias latinoamericana, Bolívar a la cabeza cuando propuso privatizar las tierras comunales de los indígenas andinos; lo intentó el “Benemérito de las Américas” Benito Juárez en México tratando de disolver las comunidades indígenas que lograron sobrevivir a todos los ulteriores intentos hasta llegar a la post-revolución de 1910 con sus tierras y territorios recuperados como “comunidades agrarias indígenas” o como “ejidos”.

La dictadura militar pinochetista con sus economistas “Chicago Boys” y Milton Friedman a la cabeza fue en cambio más eficiente en desarraigar y expulsar de sus territorios a casi toda la población indígena mapuche que ahora en un 70% vive en Santiago y Temuco como desempleados sin casa ni propiedades. Hay que recordar que la dictadura militar chilena de Pinochet siguió al pie de la letra las recomendaciones de la escuela económica neo-liberal y en efecto casi logra exterminar a los mapuche y disolverlos en la pobreza más abyecta o en el exilio (30 o 50 mil mapuches terminaron en Europa como refugiados).

Este es el gran éxito neo-liberal voceado a diestra y siniestra por la propaganda del gran capital que lo señala como ejemplo a seguirse en otros países donde hay población rural –indígena o no– que ocupa tierras y recursos necesarios para la acumulación vergonzosa de riqueza en manos de las oligarquías nacionales y/o globales.

Este análisis podría continuar con el caso de Guatemala donde durante más de cinco décadas los varios regímenes militares o civiles cuasi-democráticos declararon una guerra de exterminio de los pueblos maya que causó la muerte y desaparición de centenares de miles de hombres, mujeres, niños indígenas, más de un millón de desplazados internos, más de ciento cincuenta mil refugiados en México y los Estados Unidos. Casi todas las tierras y recursos de los indígenas maya han sido incautados por los generales, coroneles, politiqueros corruptos y las empresas transnacionales. Otro gran éxito del neo-liberalismo, esta vez con la gran ventaja de haber introducido la variable de la represión sangrienta y cruel de tal manera que se justifica mantener “la ley y el orden” a puntas de bayonetas y torturas.

En Perú, en cambio, los gobernantes y sus políticos, sus asesores y sus escribas a sueldo se llenan la boca con una retórica desarrollista y “modernizadora” –copias mal digeridas de las teorías funcionalistas de los economistas norteamericanos de los años sesentas resucitadas por Reagan y la dinastía de los Bush– que proclama la supremacía absoluta de la propiedad privada y un estado ausente y desregulado como únicos instrumentos seguros para superar la pobreza y el subdesarrollo.

Me ha sorprendido la brillante síntesis que de esta teoría económica ha hecho el señor Alan García con su memorable refrán del perro del hortelano: visión ésta muy castiza y un tanto feudal de la realidad social de la Amazonía y sus pueblos. ¿Qué habrá pasado con los estudios que Alan García hizo en París? Tuvo que haber leído algo de sociología y de economía política, algo de M. Godelier, de A. Tourrain, a lo mejor algo de Marx, ¿o el cantar valses criollos le ocupaba todo el tiempo?

La memoria corta y selectiva es privilegio de los poderosos. El travestismo ideológico borra todo residuo de dignidad: el salto acrobático del anti-imperialismo aprista a la venta-regalo irrestricta del país (y su gente y sus pueblos) a las transnacionales es merecedor del mejor circo de payasos políticos.

La nueva oligarquía nacional repite en el Perú del 2009 lo que ocurrió una y otra vez durante casi doscientos años de vida republicana: la venta periódica y cíclica o las concesiones de varias décadas a los conglomerados transnacionales, y sus siervos nacionales, de todo lo que pueda malbaratarse. Dinero y corrupción para mantener tranquila a la elite político-económica y gasto militar y policial para apaciguar las fantasías golpistas y garantizar la paz de los sepulcros.

Éste es el modelo de desarrollo social que se propone e impone a los peruanos. Pero resulta que los pueblos indígenas de la Amazonía – y de manera creciente del mundo andino– se resisten a entender la promesa de salvación y la propuesta de deshacerse de sus bienes, sus tierras, sus aguas, sus montes, sus animales, sus peces, sus subsuelos a cambio de unas cuantas monedas y quizás, con mucha suerte de un trabajo de peón, sirvienta o cargador en una empresa, eso sí, muy moderna y eficiente. El portavoz último de esta teoría económica en el país es el señor Hernando de Soto, más conocido por ser vocero póstumo de Adam Smith y extremista de la propiedad privada que por su rol de asesor tanto de Fujimori como de Alan García, fungiendo para éste último como embajador plenipotenciario ante el imperio en la negociación del tratado de libre comercio entre Estados Unidos y el Perú.

¿Qué les propone de Soto a los pueblos indígenas de la Amazonía y por extensión a todos los pueblos y comunidades indígenas del país y al resto de los peruanos que aún creen en el “bien común” y en la justicia social? Siendo un hombre cultivado con estudios de economía en Europa y carrera profesional exitosa, de Soto entiende que el primer obstáculo que hay que derrotar –para poder expandir a la Amazonía el capitalismo fundamentalista de los neo-liberales– es esta empecinada y milenaria “cultura del bien común” y de “economía moral” que los pueblos indígenas insisten en poseer y reproducir.

Armado de este celo evangélico de Soto fue a buscar –videocámara en la mano– unos ejemplos de relativo éxito económico de unas pequeñas empresas indígenas de la Amazonía. Allí está el secreto, vean ustedes tele-espectadores incrédulos, antropologizados de izquierda, soñadores románticos de indígenas puros: aquí están las pruebas que la propiedad privada es la única y mejor oportunidad que los indígenas tienen de progresar, ganar buen dinero, desarrollarse y entrar de una buena vez al tercer milenio y la post-modernidad y felicidad.

Sería largo y tedioso contestarle a de Soto al que así como él encontró varios ejemplos de éxito vía privatización cualquier economista y antropólogo podría encontrar otros tantos o más ejemplos de éxito empresarial basado en la propiedad comunal. México, adonde he trabajado durante varias décadas con pueblos indígenas, ofrece centenares de ejemplos de empresas indígenas comunales/ejidales/colectivas totalmente exitosas. Hay empresas forestales indígenas zapotecas y chinantecas, de alta tecnología (cosecha, reforestación, transformación y comercialización) que dan empleo pleno a todas las familias de la misma, que tienen sistema de seguro médico para todos los miembros de la comunidad, educación completa garantizada, sistemas de becas estudiantiles, buenas viviendas, reinversión comunal en servicios, etc. Y ni un metro de tierra, ni una esquina de su territorio ha sido privatizado.

El derecho de ciudadanía indígena se ha ampliado al derecho al trabajo remunerado. Lo mismo pasa con las empresas comunales indígenas productoras de café orgánico en el Istmo de Tehuantepec (indígenas zapotecos) y en el Soconusco (indígenas mam). Los indígenas nahuat de la Sierra de Puebla además de empresas comunales de producción agro-forestal han organizados centros de eco y etnoturismo. Lo mismo pasa en las comunidades indígenas de la Sierra Madre del norte de Oaxaca. Y así podrían seguir los ejemplos no solamente para México sino para Guatemala, Panamá, Canadá y porqué no para los Estados Unidos: corazón del fundamentalismo neo-liberal.

Y aquí es donde de Soto lleva su retórica del engaño al paroxismo. Cita el caso de los indígenas de Alaska como un ejemplo recomendable y a seguirse en la Amazonía peruana. En una parodia caricaturesca de la situación de los nativos de Alaska de Soto sostiene que a estas comunidades les está yendo bien económicamente porque aceptaron la oferta del gobierno federal de los EEUU de transformar sus comunidades en “corporaciones privadas”. La verdadera historia es mucho más complicada y llena de trampas “legales” implementadas por el gobierno federal de los EE.UU. Voy a tratar de resumirla en una cuanta líneas.

En 1971 el Congreso de Estados Unidos quiso resolver una disputa histórica de los indígenas (natives) de Alaska que reclamaban los títulos de propiedad colectiva/tribal de sus territorios y tierras (se usaría el término comunal en Perú y Latinoamérica). El gobierno federal tenía que resolver la disputa para poder construir el oleoducto de Alaska que ocuparía territorios indígenas. El congreso aprobó un acta de compra de territorios indígenas y el pago de 962.6 millones de dólares por la expropiación de 300 millones de acres de tierras indígenas tituladas. A los natives el gobierno les prometió también regularizar la titulación colectiva/tribal/comunal de más de 40 millones de acres que quedaban en uso y posesión de ellos (Alaska Native Claim Settlement, 1971).

Como ha sido siempre el caso en las conflictivas relaciones entre los pueblos indígenas y el gobierno federal de los EEUU este último no cumplió con la promesa (la tradición del gobierno de EEU. que los indígenas llaman “Broken Treaties”-“tratados rotos) demorando indebidamente la titulación y llegando finalmente a cooptar la voluntad de los indígenas cansados de tantas promesas no cumplidas con la oferta de convertir las aldeas y regiones indígenas en “corporaciones” con el derecho de los miembros individuales de disponer de la porción de territorio/recursos a manera de propiedad privada. Hay que entender que para los indígenas de Alaska, con una larga historia de resistencia ante la colonización rusa y después norteamericana, el debate con el gobierno federal sobre los territorios y su jurisdicción autónoma o soberana (sovereign) era esencialmente sobre la legitimidad de sus gobiernos indios comunales, locales y regionales.

A los Alaska native les importaba ganar la plena legitimidad con su personería jurídica colectiva/tribal/comunal de manera de poder interactuar con el gobierno del estado de Alaska y el gobierno federal con la autonomía/soberanía que le compete a todo grupo indígena de Estados Unidos. Bajo las tremendas presiones del congreso de EEUU, del gobierno federal, del gobierno del estado de Alaska y de las corporaciones petroleras, mineras y constructoras los natives/indígenas tuvieron que aceptar el mal menor para no perderlo todo.

Se podría afirmar que los indígenas de Alaska como los indígenas de Hawai y los nativos de las islas del Pacifico bajo administración imperial/colonial de Estados Unidos constituyen los últimos ejemplos de la arrogancia y del poder bruto y violento ejercido por los EEUU con los pueblos originarios. Un poder de Estado que es poder por interpósita persona de los intereses privados de las corporaciones y empresas norteamericanas y transnacionales. Así que señor de Soto, por favor, deje de engañar o entérese y edúquese. Hay centenares de libros y millares de estudios sobre la “economía social” de los pueblos indígenas de las Américas y del mundo; que el señor Alan García no los conozca no me llama la atención, pero que usted los esconda constituye un engaño vergonzoso.

Para concluir hay que volver a decir unas cuantas palabras sobre los 350 -500 millones de pueblos indígenas/pueblos originarios del planeta que no se han dejado absorber por los poderes coloniales y neo-coloniales como masas de de-culturados, desterrados a villas miserias-ghettos-zonas rurales marginales y en calidad de mano de obra barata explotable. Los más de mil grupos étnicos indígenas de las Américas que cuentan entre los 40 y 45 millones de personas a principio de este milenio (según datos de Naciones Unidas y del Banco Mundial) viven en una “economía social” que ha sido llamada por lo primeros etnólogos y la antropología económica “economía de subsistencia”.

Estas son formas económicas mixtas que combinan una base de horticultura/agricultura con pesca, caza, cría de animales, semi-domesticación de especies animales e insectos (abejas nativas/hormigas, etc.), constante domesticación de especies botánicas y prácticas socio-culturales cuyo objetivo es incrementar la diversidad biofísica del entorno, del paisaje. Este tipo de economía se ejerce sobre un mundo físico/territorial que es social y es “del común”. Es una economía que desde los primeros estudios (K. Marx en los Grundrisse, seguido por Karl Polanyi y el historiador inglés E.P. Thompson en el siglo veinte) ha sido llamada “economía moral”.

Es una economía que no busca la producción de excedente para la venta y el comercio y el enriquecimiento personal, sino la producción de excedentes para facilitar a todos los miembros de la comunidad “el buen vivir”, lo que nosotros llamaríamos una buena calidad de vida. El principio filosófico-ético fundamental de esta economía es la reciprocidad que se ejerce no solamente entre los humanos sino entre todos los seres del universo, sean éstos bióticos, físicos o astrales, tangibles o intangibles. En consecuencia las relaciones de la persona con el mundo son relaciones con una red de “entes/seres vivos y poseedores de inteligencia y emociones”. De allí las prácticas rituales para la caza, el sembrado y la cosecha, la redistribución de alimentos y bebidas, la circulación de bienes y servicios (lo que en relación a los ashánika pajonalinos hace décadas yo llamé el “comercio sagrado”).

¿Es posible mejorar la calidad de vida, “el buen vivir” de estas comunidades con la adopción de tecnologías y prácticas sociales externas? Seguramente que sí. Pero la elección o no de ciertos caminos de “desarrollo” tiene que ser informada, fruto de conocimientos y de comparaciones. No puede ser impuesta como propaganda de spots televisivos basados en mentiras o medias verdades. ¿Tener una cuenta bancaria, una tarjeta de crédito y un préstamo del banco para comprar un carro o un televisor es una mejoría del “buen vivir” de los comunero nativos?

Estas son preguntas que se las tienen que hacer los pueblos indígenas de la Amazonía, y al parecer se las han estado haciendo desde hace mucho tiempo, y cada pueblo decidirá cómo actuar con la sabiduría y libertad que les ha permitido sobrevivir y desarrollar civilizaciones durante varios milenios en sus propias tierras.


* Profesor universitario e investigador.

En Panamá profundo www.panamaprofundo.org –que cita como fuente a www.viajerosperu.com

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario