May 30 2015
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Opinión

¿Quién mata, quién castiga en Chile?

El apuro con que el ministro del Interior aclara que Carabineros no está relacionado con el asesinato de Exequiel y Diego, deja en claro que para él, más importante que los muertos, es quien los mata. En la lógica oficial ese hecho lo releva de responsabilidad en un crimen abominable. De ahí en más, resta tildar de loco y extraviado al sujeto que disparó el arma, y dejar el caso en el ámbito de lo estrictamente policial-judicial.
Pero no es así. Esos jóvenes fueron abatidos por la ignorancia, brutalidad y falsos valores que la cultura que domina plasmó en un sujeto, en un logotipo vivo de todos estos años en que ha dominado el precio por sobre el valor, el brillo de lo falso y superfluo por sobre las causas nobles y humanas.
Quien disparó es un hijo de esta época, parido en medio de una sociedad que valora la prepotencia, admira la arrogancia y desprecia al otro, solo por la diferencia que impone la otredad genuina y necesaria.
No fue tan distinta la reacción oficial cuando sí fueron miembros de Carabineros quienes agredieron a Rodrigo y Paulina. Ante la evidencia, la autoridad emite una aterciopelada declaración que más parece una reconvención escolar, y el mando policial aplica un castigo que más parece una burla.
El cobarde civil y el uniformado nacen de una misma manera de ver el mundo y de una misma cultura que los concibe, crea y lanza a matar y a golpear. Y así como esta cultura tiene sus modos de hablar, ritos y personajes, también crea a sus capitanes y a sus Giuseppe Briganti Weber.
Y por cierto, también modela a los políticos que reaccionan con reproches tímidos apelando a la obviedad de los manuales y procedimientos, todos ellos cotidianamente violados en los últimos veinticinco años.ch marcha vs represion
En este país que no ofrece oportunidad para los necios, ser vivo, ganador y prepotente es una virtud que se repite machacona y convincente en las noticias, en las páginas sociales y en los ruedos en los que despliegan sus verbos los que mandan. Los bobos, al salario mínimo y a la pobreza; los vivos, a los negocios y al brillo del éxito. Este país premia al poderoso y posterga al débil.
Es la cultura neoliberal la que ha formado a un criminal que dispara al azar solo porque es prepotente. Y con el mismo énfasis, también forma a los policías que odian a todos lo que les resulten intolerables por protestones, pobres, indios o maricones. Por eso, ese sujeto que apretó el disparador, curtido en hacer negocios y repartir pateaduras, no es un loco de atar, ni un extraviado. Del mismo modo el policía que castiga, deshumanizado e irracional, cree a pie juntillas cumplir con su deber.
Hay una línea invisible pero dramáticamente viva que vincula a quienes crearon y dirigen este país y el desenlace fatal del 16 de abril y del 21 de mayo.
La responsabilidad primera es de quienes pudieron hacer algo distinto pero terminaron siendo como quienes decían aborrecer. Porque los responsables no somos todos, como el sentido común transfigurado en una respuesta corta y fácil y con tintes de autocrítica alude con cierta frecuencia.
No. Los responsables son los que ofrecieron alegría para todos y finalmente torcieron sus destinos por el fulgor de la riqueza y la vibración excitante del poder.
Responsables son los que no fueron capaces de limpiar las instituciones armadas de la filosofía sobreviviente del “enemigo interno” que dominó en dictadura y que aún reina en los cuarteles.
Responsable es la escuela que no existió para criminales y abusadores que viven convencidos de que la violencia es razón y medio. Y que en subsidio, alimentó sus certezas y conocimientos a través de la truculencia, de los cerros de billetes y del auto enchulado en el caso civil, y en el reforzamiento ideológico de las escuelas norteamericanas en el caso de las policías colonizadas por criterios del imperio.
Estos sujetos son hijos de una transición que nada ha hecho de lo que ofreció, y que solo transó la alegría de todos por la algarabía de la riqueza de unos pocos.
No es extraño que los presidentes que ha tenido el país hayan cultivado un perfil de prepotentes como símbolo trastocado de un supuesto modo republicano de ser.
Los responsables de esas muertes y castigos son los mismos responsables de esas otras muertes y castigos que se suceden a diario sin la dramática espectacularidad de esos días aciagos de Valparaíso.chile represion est1
¿Cuántos otros muchachos son víctimas de la violencia en los guetos castigados por la pobreza, la delincuencia, el tráfico y el desprecio? ¿Cuántas balas locas y leyes cuerdas cobran sus víctimas a diario?
¿A cuántos jóvenes inocentes alcanzan los tiros de otros Giuseppes o son castigados por otros capitanes, que esgrimen idénticas o parecidas razones?
Y eso que se muestra en forma de una dramática tensión ha sido impuesto por los que mandan, no por los que han debido obedecer. Este país convertido en una mierda, no se ha hecho solo, ni mucho menos por sus víctimas. Ha sido posible y se ha mantenido intacto solo por medio de un sistema configurado de tal manera, que entrega al desprevenido la idea de una inmodificable y eterna estructura social: las cosas son así porque sí, y no pueden ser de otra manera.
Se ha instalado esta certeza como un destino invariable en el que cada cual no tiene sino cabida en razón de su ubicación en el rígido sistema de castas que la cultura del capitalismo construyó.
De las antiguas consignas de libertad, fraternidad e igualdad, no queda nada y sus añejos impulsores, travestidos en poderosos, las habrán colgado en las salas de estar como recuerdos de un pasado que no volverá. Como un inútil cacharro de greda que solo recuerda el uso del barro.
En la muerte de Diego Guzmán y Exequiel Borvarán y en el ataque cobarde a Rodrigo Avilés, Paulina Estay, Luciano y tantos otros, hay también responsabilidad de los ex revolucionarios que surcan un universo paralelo al mundo real, desde donde cultivan una mirada distorsionada y travestida de las consignas y los puños en alto.
La rendición necesita de muchas explicaciones. No tanto la derrota. Y el abandono de las causas que alguna vez fulguraron de rojo, requiere una gran dosis de no ver, de no saber, de no escuchar. Así, resulta mejor refugiarse en razones cada vez más difíciles de sostener, pero que justifican una adhesión y un rédito.
Ha quedado demostrado en estos últimos vertiginosos meses que la casta que controla el país es una sola y que se alimenta de una única teta generosa, que habla un mismo idioma y cultiva y comparte con celo su desprecio al perdedor.
En su barbarie, el capitalismo es un todo armónico. Quien piense humanizarlo, intenta humanizar la barbarie.
En nuestro país hay 250 librerías y 2.924 farmacias. Da la impresión que es más frecuente enfermarse que cultivar algo el alma. Y eso no se hizo solo, ni vino de una galaxia lejana. Llegó de una cercana indolencia.
chile represion estQue en los dramáticos como penosos hechos en que mueren dos jóvenes y en los que se ataca con saña a otros, haya sido en un caso un civil y en otro, agentes del Estado, hace que aumente la real dimensión de la violencia en contra de la gente: la intolerancia está en todas partes y no hay quienes protejan de ella.
No olvidemos que Diego y Exequiel no son ni por lejos los primeros muertos en este remedo de democracia, en esta burla colectiva. Las cuentas de los asesinados en esta dictadura de la casta política suman demasiados cuerpos e historias olvidadas. Entre estudiantes y mapuches ya se pierde la cuenta.
Hay una pena muy extendida que busca la manera de expresarse en forma más decidida y eficiente que el llanto, la congoja y el pesar, pero que aún no encuentra el mejor derrotero para que abusos y muertes dejen de ser tan baratos.
Y también hay un miedo que nos obliga a pensar que dentro de poco, quizás hasta antes del siguiente muerto, ya no recordemos a los que hoy cayeron víctimas más que de un prepotente civil o uniformado, de una manera de entender un país del que ya debiéramos estar hastiados.

*Publicado en “Punto Final”, edición Nº 829, 29 de mayo, 2015

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