Jun 14 2017
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Cultura

Raúl Artola:“Llevo viviendo en la Patagonia más de 40 años”

Periodista y gestor cultural, el escritor Raúl O. Artola, nos habla de su modo de ir deslizándose hacia un compromiso más pleno con la literatura y con sus circunstancias: Arte y Cultura desde la Patagonia. Jorge Luis Borges y Abelardo Castillo identifican a la literatura con la palabra destino, dice. “No destino con el sentido griego de fatalidad y arbitrio de los dioses; destino como rapto de la imaginación cazada al vuelo en alguna siesta de niñez o adolescencia; destino como determinación y voluntad, como trabajo y reparación en un solo acto; destino como sendero apenas entrevisto que intuimos es camino central; destino como el derrotero marcado en un boleto de ida; destino como pasaje, rito y juego”.

— ¿Cómo, por dónde fuiste circulando, tanteando, hasta que de un modo pleno te advirtieras involucrándote, ya no sólo como lector, con la poesía?

Suelo decir que las dos cosas más importantes las aprendí entre los cinco y los seis años: leer y escribir, por lo menos sus rudimentos. Y son las más importantes porque nunca he dejado de practicarlas. (De paso, recuerdo que Petrarca le decía a Bocaccio: “Ya que debo morir, espero que la muerte me encuentre ocupado: leyendo o escribiendo.”)

A partir de entonces la palabra aburrimiento desapareció para siempre de mi lenguaje coloquial. Mi padre y mi abuela materna, polos del poder familiar entre los que debíamos oscilar para no ser aplastados en el medio, tenían sendas bibliotecas, bien diferenciadas, que fueron mis fuentes de placer y aprendizaje, refugios ante el oleaje interior y las mareas exteriores. Salgari, Verne, Arthur Conan Doyle, Mark Twain, Emile Zola, Espronceda, Bécquer, Amado Nervo, Almafuerte, Carlos Guido y Spano, Alfonsina Storni, enciclopedias, diccionarios, manuales de anatomía, botánica y zoología, la historia antigua y sus mitos, fábulas de Esopo y Samaniego, “Las mil y una noches”, Corazón” de De Amicis, integraron el primer arcón de lecturas, que con pocas variantes me nutrió hasta la adolescencia.

Mis primeros textos fueron intentos de salir de los moldes escolares, a pura intuición, precisamente dentro de la educación formal, en clases de lengua e iniciación literaria. Allí fue decisiva la sutil inteligencia y el entusiasmo de una profesora, Nieves Alonso, que me enseñó a los grandes españoles y latinoamericanos: García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, Vallejo, Nicolás Guillén, Roberto Arlt, Cortázar, Horacio Quiroga, Borges, Sábato, Juan Rulfo, Onetti…

Casi enseguida descubrí a Hermann Hesse y Walt Whitman, Poe y Kafka, pero también a Susana Esther Soba [1922-2011], la poeta de la ciudad de Saladillo, cuyos libros circulaban de mano en mano (el inolvidable Militancia del corazón” fundía, para mi asombro y gusto, dos movimientos del alma que parecían contradictorios en aquella época). Y le siguieron Montale, Pessoa, Cesare Pavese, Raúl Gustavo Aguirre, Vicente Huidobro, Rilke, César Fernández Moreno, Artaud, Baudelaire, Georg Trakl, Pizarnik, Conrado Nalé Roxlo, Olga Orozco, Elizabeth Azcona Cranwell, Jaime Sabines, Rafael Cadenas.

En cuanto a escribir con la conciencia de estar usando un instrumento, el lenguaje, con la definida intención de buscar una expresión que conjugara verdad y belleza, creo que fue por los 21 años, en algunas crónicas de sucesos de mi pueblo, Las Flores. Por eso digo que para mí la primera estructura textual fue la del periodismo, un género en sí mismo —si es que todavía podemos hablar de géneros— que además puede ser un banco de pruebas para forjar una escritura literaria, artística. Después vinieron algunos relatos y un premio con jurado de lujo: Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y María Elena Walsh, que tuvo sabor agridulce porque entendí que habían distinguido al menos malo de los textos, no al mejor. Eso era en 1972.

Recién en la primavera de 1974 se hizo presente la poesía, en una irrupción tan violenta que me sorprendió y conmovió para siempre. Fue como una revelación; en el momento en que sucedió yo no sabía lo que estaba pasando. Estábamos en la quinta de mi tío Juan, en la bonaerense ciudad de General Belgrano. Recuerdo que disfrutaba viendo a mi hijo mayor, Ignacio, de tres años, correr sin alcanzar a don Miguel, un hombrón que surcaba la tierra con arado a mancera en la huerta familiar. A contraluz, recortadas las figuras en el horizonte cercano, me atravesó un rayo de ternura que se transformó en palabras en el papel donde pensaba hacer la lista de las compras. Supuse que mi mano escribía por un extraño conjuro, como si no la condujera yo, ajeno a las emociones conocidas, transido de un espíritu nuevo y oficiante de un rito que creía prestado. Lo cuento ahora y me conmuevo como entonces. Hoy sé que cuanto más somos nosotros mismos, menos creemos ser. Estar totalmente afuera, en esa “intemperie sin fin” que es la poesía, según Juanele Ortiz, es habitar nuestra esencia más íntima e impostergable.

Debe de ser por eso que hoy tengo la confianza de que las voces que suelen visitarme y que se abren paso en forma de poema o de relato ya no habrán de abandonarme. Aprendí a escucharlas y a obedecerlas.

No puedo decir si hay un asunto o varios que me ocupen con preferencia, pero en todo caso confluyen en un punto: el amor. Cuando algo se mueve en el mundo, es el amor (o su contracara, el odio) quien lo impulsa; y vale especialmente para todas las manifestaciones del arte. Juan Carlos Onetti dijo: “Escribir es para mí un acto de amor; y no me pregunte en qué sentido. Tómelo como quiera”. Y Onetti era uno de los tipos más ásperos de la historia de la literatura, pero también uno de los más inteligentes, lúcidos y sensibles, por lo que podemos suponer que sabía de lo que hablaba.

En cuanto a contenido y forma, estoy convencido de que una idea, una obsesión, adquiere cuerpo, se materializa con felicidad si el ejecutante opera según las reglas del arte, de su arte. Y encuentra la matriz textual propia de las imágenes que lo acosaban al punto de vencer su natural desconfianza y la escasa paciencia de los novatos. De manera que si hay una primera frase que dice, por ejemplo, “Me viene, hay días, una gana ubérrima, política”, el resultado será seguramente un poema, y si surge algo como “El tape Burgos era un troperito que se había conchabado en Tapalqué”, lo más probable es que sea el comienzo de un cuento o de una novela. (Sé que estoy parafraseando a un gran escritor, que lo ha dicho antes y mejor.)

Reconozco influencias y hasta filiaciones bastante transparentes en lo que escribo, sobre todo en poesía, con relación a los autores que fui leyendo y me provocaron asombro, admiración y estímulo.

En los últimos años hay poetas argentinos que uno necesita leer siempre, como Hugo Diz, Joaquín Giannuzzi, María Teresa Andruetto, Juan Gelman, Irene Gruss, Liliana Lukin, Jorge Aulicino, Daniel Freidemberg, Alberto Szpunberg, Alejandro Schmidt, Graciela Cros, entre muchos otros, y en particular Jorge García Sabal, muerto muy joven, y Juan Carlos Moisés, de Sarmiento, Chubut. Para mí ellos dos han plasmado una obra de gran rigor, precisión formal y capacidad de conmoción, voces claras sin pretensiones ni altisonancias.

 — Mencionaste a Chubut, provincia que limita con Río Negro.

Llevo viviendo en la Patagonia más de 40 años, lo que equivale a más de la mitad de mi vida. Durante este tiempo he viajado bastante por pueblos y ciudades de varias provincias de la región, casi siempre para encontrarme con escritores, poetas y otros artistas, en reuniones, ferias, certámenes, ocasiones de celebrar la palabra. En un par de lugares me quedé hasta un año e hice amigos entrañables. En todos lados aprendí de las más variadas clases de gente, anduve alerta, con los sentidos abiertos, igual que el corazón. Me enriquecí con la única riqueza que no se esfuma con un golpe de mala suerte, de adversidad climática o de gobiernos incompetentes o perversos: adquirí conocimientos de vida, lenguajes nuevos, compartí alegrías y tristezas, tuve compañeros de camino y amigas de entrecasa. Hasta donde me dio el cuero, no me privé de experiencias.

Salvo los paréntesis aludidos, he vivido estos años en Viedma, capital de Río Negro, casi en el límite norte de la región. Llegué mayor, no digo hombre hecho sino más bien deshecho, pero ya de 27 años, con mi primer hijo y pronto a nacer el segundo. El destino fue azaroso y necesario, casi como cerrar los ojos y tantear el mapa en un terreno menos perforado por las balas y sembrado de muertos que la ciudad de La Plata, donde empezaba su corto reinado de terror la Triple A de José López Rega, y hacían su bautismo criminal los comandos paramilitares, precursores de la dictadura instaurada poco después.

Desde que me establecí en Viedma ejercí el periodismo en varios medios gráficos, en radios y agencias de noticias. La literatura era un berretín de lector empedernido, habiéndome atrevido a probar el cuento con rápida y engañosa fortuna un par de años antes. Y la poesía, un sobresalto tan gozoso como liberador en medio de trabajos y familia.

Todo lo que he publicado fue escrito mientras vivía en la Patagonia. Sin embargo, nunca pude entender ni vencer la sensación de ser un extraño en tierras extrañas. Aunque jamás añoré los pagos al punto de hacer planes concretos de regreso. Es más: si he fantaseado con algún nuevo domicilio lo imaginé dentro de la Patagonia.

Esa sensación encierra la paradoja de extrañamiento y pertenencia a la vez, como la ha definido Diana Bellesi, en su caso para referirse a lo experimentado en sus viajes por América Latina.

Tal ambigüedad, por muchos años, no se reflejó en mi escritura o al menos yo no la podía ni puedo detectar. Por más que relea textos de mis primeros quince años en la Patagonia no encuentro motivos, palabras, giros lingüísticos que hagan suponer al eventual lector un lugar de residencia determinado de su autor. A lo sumo, podrá inferirse que se trata de un argentino, acá sí por múltiples marcas.

Con el tiempo, antes en la narrativa que en la poesía, aparecieron situaciones y personajes ambientados en Río Negro, sobre todo entre Carmen de Patagones y Viedma, siempre en el siglo XIX. Para urdir esas ficciones me había apoderado de retazos de historia, o mejor dicho de grietas en la historia de la vida comarcana en las primeras décadas desde su fundación. Me sorprendí mucho al haber encontrado este camino narrativo, pues no lo planeé ni preví que eso sucedería alguna vez. Quizá porque creía no haber acogido con suficiente fuerza, afecto ni autoridad el paisaje del lugar donde vivo, lo mismo que su pasado y rasgos culturales.

Estos materiales, ingresados naturalmente entre mis recursos a mano para la escritura, me resultaron gratos en su recreación y sirvieron para desmentirme un desarraigo que consideraba fatal, irreversible.

Para la misma época mudé de casa, me afinqué en la zona sur de Viedma, a muchas cuadras del centro, en un barrio popular recién inaugurado. Fue el cambio de ambiente y vecindario más abrupto que afronté, simultáneo con una ruptura amorosa que se llevaba toda mi energía. Supuse que la mudanza no hacía demasiada huella en mi ánimo comparada con el desbarajuste emocional. Sin embargo, un año después me encontré recopilando textos que aludían inequívocamente a mi nuevo entorno, poemas del barrio de variados tonos y colores, muchas veces irónicos y hasta divertidos, con descripciones un tanto bucólicas. Esta vez la satisfacción fue mucho mayor ante el hallazgo: el lugar donde vivía había logrado conmoverme más allá de toda esperanza y previsión.

Bien adaptado, entonces, para la escasa tolerancia que para lo social tiene un solitario, poco asimilado a usos y costumbres, con un distante respeto por las tradiciones y veneración de próceres locales y sus gestas, había al menos aprovechado algunas historias para reescribirlas a mi modo y pude reflejar en varios textos el heterogéneo barrio que me tocó en suerte.

En todo lo demás, seguía siendo el chico y el muchacho de la pampa bonaerense que crió sus ojos en el campo verde y llano con molinos y aguadas constantes, poblados próximos signados por ríos, arroyos y lagunas silvestres, patos silbones y teros escandalosos, atardeceres mansos y rojos, arcoíris después de cada lluvia, los olores del jardín familiar que perfuma todo el aire e inspira el croar de las ranas y el canto de los grillos, con casas altas y antiguas como sólo tiene Carmen de Patagones, ciudad hermana de El Carmen de Las Flores (que así se llamaba mi ciudad natal cuando todavía era un pueblo), para reconfortar mis recuerdos. Aún hoy, cruzar en lancha de Viedma a Carmen de Patagones, subir la cuesta de sus primeras calles hasta el centro, pisar la Plaza 7 de Marzo y llenar mis pulmones con los aires bonaerenses, es un placer tan hondo cual entrar en un oasis privado que no ha sufrido mella con el paso del tiempo.

Estas reflexiones las hice a partir de una confesión inesperada y pública, ocurrida en el mes de mayo de 2008.Me tocaba coordinar una mesa sobre “Narración y Patagonia” en la Feria del Libro en Buenos Aires, organizada por el suplemento cultural del diario “Jornada” de Trelew. Mis compañeros de panel eran todos chubutenses nativos, aunque dos de las escritoras viven desde hace años en Buenos Aires. Sobre el final de una larga conversación, y animado por la inteligente pregunta de un joven estudiante de Letras nacido en Puerto Madryn, me escuché decir: “Tengo una fuerte ambigüedad de sentimientos: amo a la Patagonia pero me cuesta mucho decir que me sienta un patagónico. Vivo en Viedma, donde asiento un pie firme, para nada vacilante, pero el otro planea entre Las Flores y La Plata, donde nací y me crié, estudié, tuve militancia política y gremial y fundé familia. Con esa dualidad convivo sin angustias pero con cierta perplejidad y no puedo dirimirla ni resolverla en otro lugar, en otro plano, que no sea en el de mi escritura. Y allí ya no puedo opinar; tendrán que hacerlo los lectores de mis textos”.

Por todas estas cosas, y por muchas más seguramente, de las que a veces tomamos apuntes para intentar borradores de futuros textos, ha de ser que el tema de la identidad regional es motivo de conversaciones, coincidencias y disensos, lo mismo que origina facturas de distinto sabor a la hora de tejer un poema o esculpir un relato o novelar personajes o investigar sucedidos.

El profesor Virgilio Zampini, enConstrucción literaria del espacio patagónico” (Trelew, 1996, agotado), dijo: “Habitar es dar sentido a un espacio. Es construir, por la palabra, un ámbito de significados. Vivimos en los espacios que, de un modo peculiar, han creado los textos literarios”, para concluir más adelante que “el espacio que hoy llamamos Patagonia es también la resultante de una construcción literaria”.

Dicho con otras palabras, tal vez valdría la pena preguntarse si antes que esperar o aspirar a que una región produzca una prefigurada literatura, de colores, contornos y perfumes más o menos previsibles, no sería saludable suponer que la literatura es la que va generando la fisonomía, los rasgos y el carácter de la región desde la que se escribe. Como todos los aportes que hace el arte para perfilar una cultura.

Si bien la patria es la infancia por imperio natural, en tanto sustrato sensorial, emocional y afectivo, para los que construimos nuestro mundo interior, intelectual pero también afectivo, mediante la palabra escrita, como lectores primero y luego como escritores y siempre lectores, la patria elegida es el lenguaje, la lengua madre, la combinación permanente de unos sonidos y sus significados, que dan sentido a nuestra vida.

De allí puede proceder ese raro extrañamiento respecto de la tierra, del lugar que habitamos, que no nos colma, no termina de enamorarnos, nunca termina de ser “nuestro” lugar. Creo que para el artista el sentido de pertenencia a la materialidad de un espacio físico es ilusorio cuando no voluntarista, y hasta político en su sentido más amplio, que es cuando adquiere entidad y potencia, en el mejor de los casos. Porque, con más fuerza, quien trabaja con los lenguajes simbólicos del arte se remite constantemente a ellos, sus herramientas son el único sitio seguro de referencia y cobijo, de arduo placer, de trabajo en la vigilia y durante el sueño, de desvelo constante y rumbo cierto.

Jorge Luis Borges y Abelardo Castillo, por citar a los que tengo más a mano, identifican a la literatura con la palabra destino. No destino con el sentido griego de fatalidad y arbitrio de los dioses; destino como rapto de la imaginación cazada al vuelo en alguna siesta de niñez o adolescencia; destino como determinación y voluntad, como trabajo y reparación en un solo acto; destino como sendero apenas entrevisto que intuimos es camino central; destino como el derrotero marcado en un boleto de ida; destino como pasaje, rito y juego.

 — Del título completo, desplegado, de la revista-libro que dirigiste, la palabra que más me atrae es “desde”.

En 2004 pasé a dirigir la revista-libro “El Camarote”, una creación de mi hijo Ignacio, propietario de la marca y editor responsable, de la que salieron 15 números (los dos primeros, artesanales) y publicó textos de más de cien narradores, poetas y ensayistas patagónicos, además de reseñar casi noventa libros en su sección “Biblioteca”.

El lema fue “Arte y Cultura desde la Patagonia”, cuya intención podría justificarse con la consigna de Tolstoi (“pinta tu aldea y serás universal”). Pero es más complejo el asunto, porque en los ‘70 y hasta bien entrados los ‘80 predominaba una regla implícita entre la gente de letras (“ley del Coirón” la llamó astuta e irónicamente la poeta Graciela Cros, de la ciudad de Bariloche) que imponía un costumbrismo, poner “color local” en toda composición textual. Y crecieron los jóvenes rebeldes, nos sumamos los migrantes internos, y en veinte años cambiaron tanto las cosas que ya no nos repugnaba que se motejara de “patagónicas” nuestras todavía incipientes obras. Aunque no lo fueran, porque es algo en construcción permanente una cultura tan nueva, con perfiles difuminados, no tributarios de nadie y de todos.

Estoy convencido de que dialogamos con todos y abrevamos en cualquier fuente interesante para construir un nosotros, sin voluntarismos ni apriorismos, y desde un lugar propio, nuevo. Con antecedentes numerosísimos y difusos, intercambios constantes y radiales pero sin centros obligados donde referenciarnos, salvo las preferencias, tendencias, vocaciones de cada autor, que edifica heterogéneamente sus cánones personales en el devenir del crecimiento en su oficio y de su obra. Ese lugar propio nos ubica en un sitio relevante dentro de la literatura nacional, con una pujanza diferente a regiones más antiguas y tradiciones arraigadas, donde seguramente se están dando luchas generacionales y de corrientes estéticas más arduas que aquí.

Por tanto, diría que ese lugar o posición que ocupamos en el nivel nacional es muy distinto al que teníamos hace treinta o más años, cuando había un puñado de creadores de escasa resonancia en el resto del país y poco reconocimiento por la calidad relativa de sus obras, juzgadas por las autoridades porteñas, la Academia, la Crítica y el mundo editorial, los negocios. Pero ya hace más de veinte años tuvimos un indicio fuerte de la consideración que merecía la producción literaria de la región, a la que me quiero referir documentadamente.

Con motivo de la edición 1992 del Concurso Anual Patagónico organizado por la Secretaría de Cultura de Neuquén y la Fundación del Banco Provincia de Neuquén, el director de ese concurso, Raúl Mansilla, publicó en el diario “Río Negro” el sábado 12 de diciembre de aquel año, una crónica y análisis del acontecimiento. El jurado (compuesto por Susana Silvestre, Jorge Aulicino y Carlos Levy) tuvo “importantes apreciaciones sobre la literatura de la región”. Los tres dijeron, deja constancia Mansilla, “estar sorprendidos por el muy buen nivel literario que existe en la Patagonia”. Aulicino dijo no saber las causas de este grato fenómeno y dio algunas cifras para explicar su punto de vista, ya que él acababa de ser jurado en el Concejo Deliberante de Buenos Aires. Dijo que de seiscientos trabajos de poesía enviados a dicho certamen capitalino, sólo treinta pudieron ser recuperados como muy buenos; “en cambio, en este concurso patagónico, con cerca de ochenta trabajos enviados, había veinte realmente muy buenos, de primer nivel, lo que demuestra claramente la diferencia”. Susana Silvestre, por su parte, “opinó del mismo modo, dijo que hasta el cuento más elemental de los enviados tenía cierto nivel, y destacó fundamentalmente a los jóvenes (menores de 20 años)”. Levy, mendocino, “opinó que lo que ocurría en la Patagonia era superior en calidad a lo que se hacía en la región cuyana”.

La “comarca” poética que sentimos propia abarca el norte y centro de la Patagonia (Neuquén, Río Negro y Chubut), con ramificación de hermosas amistades en La Pampa, algunos pueblos de Santa Cruz y creadores individuales de Tierra del Fuego. Con un agregado fundamental: el sur chileno, la Patagonia trasandina, donde se producen integraciones asombrosas y mutuas influencias, progresivas con el paso del tiempo. Es admirable apreciar —sobre todo escuchar— la musicalidad y el lenguaje con que se fueron impregnando en los últimos años las obras de Jorge Spíndola y Raúl Mansilla, por ejemplo, que además de tener ancestros chilenos han viajado asiduamente, fortaleciendo lazos fraternales y estéticos con poetas y otros creadores del sur de Chile.

También despunta una vertiente de “oralitura”, como da en llamarse a una poesía de genuina raigambre mapuche, en castellano y mapuzungun (o mapudungun), cuya creadora y promotora más conocida de este lado de la cordillera es la comodorense Liliana Ancalao, una gran poeta.

Me fui por las ramas pero me pareció pertinente dar todas estas explicaciones. Volviendo a “El Camarote”, puedo decir que fue la aventura más apasionante que emprendí en estos años. Tuvimos efímero equipo colaborador integrado por una profesora de Letras del Comahue y un puñado de alumnos que hicieron una pasantía como reseñistas bibliográficos, pero no duró porque era un compromiso escaso y poco vocacional el que establecieron con la revista. Volvimos a ser dos para todo: mi hijo y yo.

Alrededor del número 11 perdimos como auspiciante al gobierno de Río Negro, único sostén de cierto peso, por el capricho burocrático y el desinterés por las manifestaciones culturales ya proverbiales en el Estado, al menos en estas latitudes. Fue el turno del Fondo Nacional de las Artes, que nos dio una beca que hicimos estirar para solventar los números 12, 13 y 14, para recurrir finalmente a la Agencia Española de Cooperación Internacional, que financió la salida del 15, ejemplar de despedida. Aclaración necesaria, pero común a las publicaciones literarias: jamás ganamos un solo peso, salvo para algún pasaje destinado a llevar la revista para presentarla en ciudades patagónicas, Buenos Aires y La Plata.

Tengo el orgullo de decir que el periodista y escritor Salvador Biedma, cuando era estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires, realizó un trabajo monográfico parangonando a “El Camarote” con la mítica “Tarja” de la provincia de Jujuy. Es el elogio más grande que hemos recibido.

Ficha

Raúl Artola nació el 5 de diciembre de 1947 en la ciudad de Las Flores, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside desde 1975 en Viedma, capital de la provincia de Río Negro. Es Licenciado en Ciencias de la Información, por la Universidad Nacional de La Plata. Obtuvo diversas distinciones en narrativa breve y poesía: destacamos el Primer Premio del Concurso Internacional de Poesía “25 Años de Lucha”, convocado por la Asociación Madres de Plaza de Mayo, en 2002, por su libro entonces inédito “Croquis de un tatami”. Relatos, artículos y poemas suyos fueron difundidos en numerosas publicaciones periódicas, de las que citamos una de su país, “Diario de Poesía”, y dos de Latinoamérica: “Arquitrave” de Colombia y “Fórnix” de Perú. Fue director del Fondo Editorial Rionegrino (1988-1990) y del Centro Municipal de Cultura de Viedma (1992-1993). Entre 1995 y 2010 coordinó talleres de escritura creativa en su ciudad y en Carmen de Patagones, provincia de Buenos Aires. Dirigió la revista-libro “El Camarote – Arte y Cultura desde la Patagonia” (2004-2010). Durante cinco ediciones sucesivas (2009-2013), fue jurado del Concurso Nacional “Adolfo Bioy Casares” de cuento y poesía, organizado por el municipio de Las Flores. Administra www.mojarradesnuda.com.ar.

Ha sido incluido en las antologías “Poesía y cuento patagónicos” (1993), “Abrazo austral. Poesía del sur de la Argentina y Chile” (2000), “Nueve monedas para el barquero” (Verulamium Press, St. Albans, Inglaterra, 2005), “La frontera móvil” (con selección de Concha García, en España, 2015). Fue el compilador del manual “Normas de estilo y Técnicas de redacción” (1998) y de los volúmenes “Poesía / Río Negro, Antología consultada y comentada” (Fondo Editorial Rionegrino, 2007) y “Las nuevas generaciones” (Universidad Nacional de Río Negro y Fondo Editorial Rionegrino, 2015).  En 2006, la Secretaría de Cultura del Chubut dio a conocer su libro de narrativa breve “El candidato y otros cuentos” (premiado por el XXIII Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn, Chubut). Publicó los poemarios “Antes que nada” (1987; Segundo Premio Literario Regional de la Secretaría de Cultura de la Nación (1985-1988), “Aguas de socorro” (1993; Segundo Premio del Concurso Patagónico de Poesía 1992, organizado por la Fundación Banco Provincia de Neuquén y la Secretaría de Cultura de Neuquén), “Croquis de un tatami” (Asociación Madres de Plaza de Mayo, 2002; con segunda edición en 2005 a través de El Camarote Ediciones), “[teclados]” (2010), “Registros de hora prima” (2014).

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