Mar 30 2005
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Sociedad

Recuerdos de guerra, temor y amistad

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Me he despertado al escuchar las hojas de las palmeras golpear una con otra, o a causa de la lluvia que azota los protectores de madera de mis ventanas francesas, oyendo el ruido de la marea bajo mi habitación.

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Llegu√© a L√≠bano en 1976, cuando ten√≠a s√≥lo 29 a√Īos; como he vivido aqu√≠ desde entonces, y porque siempre he trabajado haciendo cr√≥nica de las traiciones, la alevos√≠a y el enga√Īo en la historia de Medio Oriente durante todo este tiempo, siempre me sent√≠ de 29 a√Īos.

Abed, mi chofer, se ha hecho m√°s viejo. Noto lo mucho que se ha encorvado cuando en las ma√Īanas me trae los diarios matutinos de Beirut y el ejemplar de The Independent, llegado desde Londres con un d√≠a de retraso.

Mi casero Mustaf√°, quien vive en el departamento de abajo, tiene ahora m√°s de 70 a√Īos. Sigue siendo esbelto como un atleta y se ha vuelto m√°s astuto, pero a veces parece m√°s cansado de lo que sol√≠a estar.

Los periodistas que conoc√≠ en 1976 han ascendido a editores asociados, editores ejecutivos o editores administrativos. Uno fund√≥ una cervecer√≠a y se volvi√≥ millonario. Se han casado, tienen hijos. Algunos han muerto. Leo los obituarios de los peri√≥dicos porque no hay nada tan satisfactorio como la narraci√≥n de una vida que tiene tanto un fin como un principio, y noto que los a√Īos de nacimiento de los que mueren empiezan a aproximarse cada vez m√°s al m√≠o.

Cuando llegu√© a Beirut, las columnas de los obituarios a√ļn rese√Īaban la vida y muerte de veteranos de la Gran Guerra, como mi pap√°. Entonces los a√Īos de nacimiento estaban entre los a√Īos 20 y 30, y manten√≠an una c√≥moda distancia de al menos 10 a√Īos de mi primera d√©cada. Pero ahora, el muy amistoso ¬Ľ1946¬Ľ aparece al pie de la p√°gina.

A veces he conocido a estos recién fallecidos, hombres y mujeres, que en algunos casos son soldados, estadistas, maleantes y asesinos con los que coincidí en las pasadas tres décadas en Medio Oriente, Yugoslavia e Irlanda del Norte. A veces soy yo quien escribe estos obituarios.

Aun as√≠, tuve 29 a√Īos. Entonces pod√≠a ver los a√Īos anteriores con recuerdos apesadumbrados, pero sin sue√Īos ni dolor. L√≠bano ten√≠a una historia brutal, pero para m√≠ era un lugar de enorme generosidad. Me ense√Ī√≥ a mantenerme vivo.

Entre todos los recuerdos de guerra, amistades, temor, libros leídos pasada la medianoche y hasta la madrugada, cuando el amanecer aparece de entre las cortinas, siempre estuvo la idea de que Beirut era el lugar al que llegaba, cuando debía volver a mi hogar.

Cu√°ntas veces he estado a bordo de un peque√Īo avi√≥n de Middle East Airlines, un viejo 707, proveniente del Golfo, Egipto, los Balcanes y otras partes de Europa, y visto el promontorio de Beirut surgir del Mediterr√°neo ¬ęcomo la cabeza de un anciano marino¬Ľ y escuchado la voz met√°lica que pide permiso para acercarse a la pista de aterrizaje.

Cuando esto sucede pienso que en media hora estaré pidiendo un gin and tonic y salmón ahumado en el restaurante Spaghetteria, en la calle Eil el Mreisse, tan cerca de mi casa que puedo mandar a Abed con su familia y volver caminando a mi departamento a lo largo de la costera, sintiendo el olor del cardamomo, del café y del maíz en mazorca.

Por supuesto me doy cuenta de la verdad. A veces, cuando me levanto de la cama por las ma√Īanas, oigo crujir los huesos de mis pies. Noto que el cabello que ha quedado en mi almohada es casi todo plateado. Cuando me voy a afeitar, me miro al espejo y veo, ahora m√°s que nunca, que me devuelve la mirada el rostro del viejo Bill Fisk. Sin embargo, estoy tan rodeado de tanta historia que una edad individual no parece tener mucho significado.

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Los caballeros de la Primera Cruzada, después de masacrar a casi toda la población de Beirut, se han desplegado a lo largo de la orilla del Mediterráneo hacia Jerusalén para evitar las flechas de los arqueros árabes, y muchas veces me imagino que debieron haber caminado sobre las mismas rocas que están frente a mi balcón, que el mar todavía lame y llena de espuma.

Tengo en mi departamento fotograf√≠as de la flota francesa en Beirut, en 1918, y de la llegada del general Henri Gouraud, el primer gobernador del mandato franc√©s. El gobernador viaj√≥ a Damasco, se par√≥ sobre la tumba m√°s llena de musgo de toda la mezquita de Omayyad, y en lo que debi√≥ ser una de las declaraciones m√°s incendiarias de toda la historia moderna de Medio Oriente, le dijo a la tumba: ¬ęSaladino, hemos vuelto¬Ľ.

Un amigo me regal√≥ unos binoculares navales franceses que datan de la √©poca del mandato. Bien pudieron haber colgado del cuello de alg√ļn oficial franc√©s, y en las noches los uso para divisar la silueta sobre el horizonte de buques militares israel√≠es o de barcos de guerra de la OTAN que circulan por la bah√≠a de Beirut.

Cuando la calamitosa fuerza multinacional llegó aquí en 1982 para sacar a los combatientes de Yasser Arafat y proteger a los sobrevivientes de la masacre de Sabra y Chatila, conté 28 barcos de la OTAN desde mi departamento. Desde uno de ellos, los estadunidenses dispararon sus primeras bombas contra Líbano.

Una noche vi un extra√Īo resplandor transitar por encima de un vecino complejo de departamentos, y s√≥lo un minuto despu√©s me di cuenta de que eran las luces provenientes de un buque de guerra estadunidense, que se alzaban sobre la ciudad.

La guerra le confirió cierta simetría a Beirut. El olor de basura quemada se volvió un símbolo de las noches veraniegas. Los cortes de energía hicieron que me viera obligado a subir y bajar a trote las escaleras en edificios. Alguna vez le comenté groseramente a un amigo que la guerra te mantiene en forma.

Recuerdo otra ocasión en la que volaba hacia Ginebra para ver a una hermosa joven (casualmente junto a mí en el avión viajaba un tal Ahmed Chalabi, pero ésa es otra historia). Reflexioné que Suiza, donde no se puede tirar una cajetilla de cigarros por la ventanilla del auto, era irreal, falsa; una burbuja de lujo dentro de un mundo cruel. La realidad y la normalidad me recibirían cuando regresara a Beirut, con sus basureros quemándose y el tronar del fuego de artillería.

Estuve aqu√≠ el √ļltimo d√≠a de la guerra civil, cuando segu√≠ a los tanques sirios bajo los bombardeos de Baabda. En medio del conflicto uno nunca cree que la guerra vaya a acabar. Sin embargo termin√≥. En medio de cad√°veres y de una √ļltima matanza, pero termin√≥. Y qued√© libre del miedo por primera vez en 14 a√Īos.

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Después me quedé a ver cómo renacía todo. El lodo que rodeaba mi edificio fue limpiado y ahí plantaron flores y palmeras. Las ruinas dignas de Dresde fueron derribadas y yo podía salir y cenar en lo que había sido el frente principal, ahora poblado de restaurantes italianos. Podía tomar café cerca de las ruinas romanas; comprar chocolates belgas, camisas francesas y libros ingleses.

Lentamente, mi vida se estaba reconstruyendo. Ahora me doy cuenta. No s√≥lo amaba la vida, sino que pod√≠a disfrutarla en todos los a√Īos por venir.

Claro, hasta esa ma√Īana de D√≠a de San Valent√≠n cuando en la avenida que est√° a unos metros de mi casa se escuch√≥ el temible rugido de una explosi√≥n que lanz√≥ al cielo lenguas de humo caf√© oscuro. Ese fue el momento, creo, en que termin√≥ mi hermoso sue√Īo, como ocurri√≥ a decenas de miles de libaneses. Y ya no me siento de 29 a√Īos.

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* Periodista, corresponsal del diario inglés The Independent. Uno de los profesionales más respetados de Europa. El presente artículo se publicó en castellano en La Jornada de México.

Fisk fue corresponsal en Irlanda de The Times de Londres entre 1972 y 1975; para el mismo diario en Oriente Medio entre 1976 y 1987. Desde 1988 lo es para el periódico The Independent. Su trabajo ha merecido 24 premios y reconocimientos, británicos y de otros países.

En cuanto escritor publico dos vol√ļmenes sobre historia irlandesa contempor√°nea y un recuento de la guerra civil en L√≠bano (1975 1990 (Pity the Nation).

Además cubrió las dos invasiones israelíes a Líbano (1978 y 1982), la guerra entre Iraq e Irán (1980-1988), la Guerra del Golfo, en 1991, los conflictos en Argelia y la guerra en la ex Yugoslavia (Bosnia y Kosovo).

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