Dic 21 2018
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Ciencia y TecnologíaCultura

Redes sociales digitales: un gran negocio

Uno de los elementos centrales que incide en c√≥mo se dan estos cambios es el modelo corporativo privado dominante en las plataformas digitales. Ese modelo de desarrollo de Internet y las tecnolog√≠as digitales no era el √ļnico posible. Por un lado, hubo grandes inversiones p√ļblicas para desarrollar la tecnolog√≠a, que luego se entreg√≥ al sector privado para su usufructo. Por otro, las interfaces de intercambio en l√≠nea nacieron mucho antes de las plataformas de redes sociales y fueron parte de Internet desde sus inicios, por lo general en espacios creados y autogestionados por los usuarios/as, como, por ejemplo, las listas electr√≥nicas tem√°ticas, los murales (‚Äú bulletin boards ‚ÄĚ), los grupos de noticias ( newsgroups) , o las bases de datos de acceso abierto.

La entrada en escena, hacia inicios de este siglo, de la llamada Web 2.0 -cuyo discurso promocional habla de ‚Äúdescentralizaci√≥n radResultado de imagen para redes digitalesical, confianza radical, participaci√≥n‚Ķ experiencia de usuario, control de la informaci√≥n de cada uno‚Ķ‚ÄĚ‚Äď coincide con las grandes inversiones de capitales en las nuevas empresas tecnol√≥gicas de Silicon Valley y ‚Äďluego del estallido de la burbuja burs√°til de los ‚Äúpunto.com‚ÄĚ‚Äď la necesidad de buscar formas de rentabilizarlas, lo que no parec√≠a tan f√°cil en un √°mbito donde los contenidos se comparten libremente.

Con las redes sociales digitales, que hab√≠an comenzado a aparecer en la √ļltima d√©cada del siglo pasado, las empresas encuentran una soluci√≥n: crear plataformas donde las personas se interconecten, compartan contenidos y generen datos, a partir de los cuales crean perfiles de cada usuario que, a su vez, se venden a anunciantes. La l√≥gica que se impone implica que, a mayor uso de la plataforma, m√°s usuarios acuden, m√°s datos se acumulan, m√°s ventas se generan. Por lo mismo, se crean espacios cercados para que los usuarios no salgan de la plataforma sino que realicen la mayor parte de sus actividades en l√≠nea dentro de la misma. Por ello, en muchas redes sociales empresariales, solo se puede intercambiar con quienes tienen una cuenta en la misma red, hecho que va en contra del esp√≠ritu con que naci√≥ Internet, como protocolo que permite intercomunicar entre todas las plataformas.

Estas pr√°cticas se prestan a la conformaci√≥n de ‚Äúmonopolios naturales‚ÄĚ debido al ‚Äúefecto red‚ÄĚ: es decir, los usuarios optan de preferencia por las redes digitales m√°s concurridas, donde est√°n sus amistades, clientes, temas de inter√©s. Estas hoy se llaman YouTube, Facebook, Twitter, Instagram‚Ķ cuyo poder es tal que van eliminando o absorbiendo la competencia.

La trampa de los algoritmos

Desde la lógica de la rentabilidad, lo que los usuarios hacen en la plataforma importa poco, con tal que la sigan alimentando con sus datos, generando tráfico y consumiendo publicidad. De hecho, son los propios usuarios que dan sentido, contenido y orientación a los usos predominantes de cada plataforma.

Con el pretexto de mejorar la experiencia para sus usuarios, las empresas desarrollan algoritmos (o sea, conjuntos de instrucciones o reglas computacionales que permiten llevar a cabo una serie de operaciones) cuyas funciones incluyen determinar lo que ser√° visible ‚Äďo no‚Äď para cada usuario, supuestamente en funci√≥n de sus intereses identificados, pero muchas veces incorporando otros criterios orientados a vender m√°s publicidad o incluso a motivar niveles de adicci√≥n al uso constante de la red y comportamientos compulsivos.

Se ha constatado, por ejemplo, que las emociones negativas conllevan a tendencias de acci√≥n en l√≠nea m√°s fuertes que las emociones positivas; por lo tanto, ciertos algoritmos terminan priorizando aquellos contenidos que provocan reacciones de ira u odio en el usuario. Tambi√©n, cuando un usuario muestra inter√©s en contenidos con posiciones pol√≠tico-sociales extremistas, el algoritmo le ofrece nuevos contenidos a√ļn m√°s extremos. Con ello, estos sistemas contribuyen a radicalizar posturas y a agudizar antagonismos existentes en la sociedad, al punto que, en contextos de fuerte conflictividad, han llegado a catalizar acciones colectivas (offline) de violencia f√≠sica e incluso casos de linchamiento. Como consecuencia, se estrecha el espacio para el debate pol√≠tico y la confrontaci√≥n de ideas, programas, tesis y la b√ļsqueda de consensos m√≠nimos entre puntos de visto divergentes que son fundamentales para la convivencia democr√°tica.

A ello se a√Īade el constante acoso al usuario para que no se desconecte, que siga consumiendo contenidos y alimentando su perfil. Snapchat, por ejemplo, una de las redes preferidas por la juventud, donde las fotos duran un tiempo limitado, incita al usuario a estar permanentemente conectado: que no se vaya a perder algo que los panas han posteado o han visto. Tiene incluso un sistema de puntaje que penaliza a quien se desconecta. As√≠ se tiende a generar niveles de adicci√≥n y dependencia.

Poco conscientes del poder de estos algoritmos, por lo general usamos acríticamente las plataformas de RSD, confiando en empresas que no rinden cuentas ante nadie, dejando que influyan, con algoritmos opacos, en las relaciones que formamos, en la información que consumimos, en las audiencias a las que llegamos, en quien conoce sobre nuestra vida privada, e incluso en por quien votamos.

¬ŅSe agota el actual modelo de RSD?

Los recientes escándalos sobre la proliferación de noticias falsas, la falta de ética y transparencia, el abuso de datos personales y la injerencia en procesos electorales han comenzado, sin embargo, a socavar esta confianza.

Los esc√°ndalos cada vez m√°s frecuentes en torno a los abusos de ciertas plataformas, particularmente explotando datos personales, han sido uno de los catalizadores que han terminado generando una reacci√≥n negativa. El p√ļblico usuario comienza a sentirse utilizado, ve vulnerada su privacidad, se da cuenta que no controla qu√© contenidos puede ver ni qui√©nes ven los contenidos que coloca, o se siente hastiado con la publicidad. Como resultado, cada vez m√°s usuarios deciden cerrar sus cuentas en ciertas RSD o migran a otra plataforma que parece ofrecer mejores garant√≠as. Facebook ha sido una de las redes m√°s afectadas por tales esc√°ndalos.

Un estudio reciente registra por primera vez un descenso en el n√ļmero de usuarios en algunas RSD (Twitter y Snapchat), en el segundo trimestre de este a√Īo, y crecimiento casi est√°tico en otras (como Facebook, que perdi√≥, adem√°s, un mill√≥n de usuarios en Europa). Ello evidencia, tal vez, lo ef√≠mero que puede ser una plataforma u otra, m√°s no el sistema en s√≠, pues son las mismas empresas transnacionales que est√°n creando las plataformas alternativas a las que migran la mayor√≠a de usuarios. La juventud, en particular, est√° migrando de preferencia a plataformas gr√°ficas como Instagram (Facebook) o Youtube (Google); y muchos usuarios prefieren usar plataformas de mensajer√≠a con encriptaci√≥n para compartir informaci√≥n, como Whatsapp (Facebook).

Ahora bien, en el caso, por ejemplo, de sistemas de mensajer√≠a como Whatsapp, ha costado a las empresas encontrar un modelo que permita monetizar su uso de la misma manera que las RSD, ya que responden a otras l√≥gicas. De hecho Facebook ha anunciado hace poco que a partir de 2019, introducir√° publicidad en Whatsapp; ello podr√≠a comprometer la privacidad de las comunicaciones, ya que se ha revelado que la empresa planea extraer palabras clave de los mensajes (supuestamente cifrados) para orientar la publicidad. Queda por ver cuantos usuarios terminen migrando de Whatsapp a alg√ļn otro sistema de mensajer√≠a. Vale destacar, tambi√©n, que con respecto al uso de las redes sociales en la pol√≠tica, la migraci√≥n a mensajer√≠a implica que no se puede evaluar p√ļblicamente el uso ni impacto de estos sistemas para difundir noticias falsas o mensajes de odio, ya que son mensajes privados.

Entonces, en el fondo se plantea la pregunta de si la solución pasa por mudar cada vez de plataforma comercial para esquivar los inconvenientes, o si es más bien el actual modelo comercial en sí que plantea un serio problema, no solo en términos individuales, sino para la sociedad y la democracia misma.

En este contexto, las redes sociales libres presentan una alternativa interesante (ver el art√≠culo de Miguel Guardado en la edici√≥n 536 de Am√©rica Latina en Movimiento) especialmente para proteger las interacciones privadas y din√°micas internas de organizaciones o comunidades, donde es clave mantener el control y garantizar privacidad; pero tambi√©n, cada vez m√°s, se est√°n convirtiendo en espacios de difusi√≥n p√ļblica alternativa.

Un espacio de disputa política

En todo caso, en la realidad actual, quienes act√ļan en los √°mbitos medi√°tico, pol√≠tico, social o cultural dif√≠cilmente pueden hacer caso omiso de las RSD comerciales m√°s concurridas. Nos guste o no, ya ocupan un lugar cada vez m√°s central en la vida p√ļblica y como tal constituyen un espacio de disputa para interactuar con p√ļblicos amplios.

Imagen relacionadaDe hecho, numerosos actores sociales, sectores organizados, medios alternativos o artistas han convertido a las RSD comerciales en espacios que potencian la organizaci√≥n y la resistencia. Al apropiarse de estos canales de difusi√≥n e intercambio, han podido convocar movilizaciones con un alcance mucho mayor que con m√©todos anteriores, compartir creatividad, opiniones y versiones de la realidad excluidas de los medios hegem√≥nicos, amplificarlas mediante procesos virales, o generar nuevas expresiones culturales. La tecnopol√≠tica y la tecnocultura ya son parte de la nueva realidad, particularmente entre la juventud, y desbordan los par√°metros fijados por los due√Īos de las plataformas, generando formas organizativas y comunicacionales novedosas, que fluyen entre el mundo online y offline .

Toda vez, para tener una participaci√≥n efectiva en esta disputa, es importante entender que es un terreno minado, sembrado de algoritmos opacos que responden a intereses particulares, por lo que se requiere actuar con cautela y con entendimiento de las l√≥gicas que all√≠ operan. Entre ellas, podemos mencionar la facilidad con que se difunden rumores y noticias falsas, y la dificultad de identificar sus fuentes; la limitaci√≥n que implica reducir el pensamiento e ideas complejas al tama√Īo de un tuit de 280 caracteres; y tambi√©n la tendencia de los algoritmos a exacerbar la polarizaci√≥n de opiniones, al dar a los usuarios m√°s de lo que les ‚Äúgusta‚ÄĚ. Tambi√©n es importante entender que los sectores de poder ya tienen todo un arsenal desarrollado, con fuertes inversiones, para imponerse en esta disputa.

Justamente, un reciente estudio de la Universidad de Oxford, constata evidencias de manipulaci√≥n formalmente organizada de las redes sociales en 48 pa√≠ses de todos los continentes, (20 m√°s que lo constatado el a√Īo anterior), principalmente bajo la forma de campa√Īas de desinformaci√≥n en per√≠odos preelectorales. Esta manipulaci√≥n es practicada principalmente por parte de agencias gubernamentales o partidos pol√≠ticos, y apunta, entre otros: a crear y amplificar discursos de odio o difamaci√≥n personal o grupal; generar narrativas e informaci√≥n falsa; desviar la atenci√≥n tem√°tica; recolectar datos en forma ilegal; o minar procesos democr√°ticos, censurando contra-narrativas. Existen, adem√°s, numerosas empresas consultoras especializadas en estas pr√°cticas.

Las recientes elecciones en Brasil ponen en evidencia, nuevamente, la gravedad de esta manipulaci√≥n para el futuro de nuestras democracias. Se ha denunciado que la campa√Īa electoral de Jair Bolsonaro en Brasil ha contratado l√≠neas telef√≥nicas en el exterior del pa√≠s para encaminar mensajes que se propagan a trav√©s de un sinf√≠n de grupos Whatsapp, alcanzando decenas de millones de brasile√Īos con mentiras y mensajes de odio contra el PT, que han calado en la conciencia popular.

Entonces, es un serio reto para actores sociopolíticos que luchan por la democracia y la justicia social pensar cómo enfrentar y contrarrestar estas manipulaciones, evitando caer en los mismos procedimientos cuestionables.

¬ŅSe debe legislar sobre las RSD?

Ante la evidencia que ha salido a la luz p√ļblica sobre el alcance de tales pr√°cticas, particularmente a ra√≠z del esc√°ndalo de Cambridge Analytica/Facebook y su injerencia en las elecciones estadounidenses con datos obtenidos ileg√≠timamente, los legisladores de ese y otros pa√≠ses han comenzado a reconocer la necesidad de regular la pr√°ctica de las plataformas digitales. El problema es que las propuestas que plantean a veces podr√≠an resultar peores que el problema en s√≠.

Una cosa es la necesidad de regular lo que las empresas pueden y no deben hacer con los datos personales y en qué casos se requiere de la autorización de la persona concernida. Otra cosa es regular lo que los individuos pueden o no hacer en Internet, más allá de lo que ya está estipulado en las leyes nacionales y normas internacionales referidas a los derechos humanos y la libertad de expresión.

Asimismo, preocupan las (falsas) soluciones que est√°n proponiendo las mismas empresas para combatir el fake news, cuando se otorgan arbitrariamente el poder de censurar mensajes y fuentes seg√ļn sus propios criterios; o pactan acuerdos con supuestas ‚Äúagencias de chequeo de noticias‚ÄĚ para que revisen la ‚Äúveracidad‚ÄĚ de las noticias en las RSD, (siendo que en varios casos estas agencias son los mismos grandes medios que se han mostrado poco √©ticos en materia de noticias falsas). Incluso hay pa√≠ses donde se propone encargar, por ley, este rol de juzgar contenidos a la polic√≠a.

F√°cilmente tales mecanismos se convertir√°n en nuevas formas de acallar voces disidentes. Por lo mismo, es urgente abrir un amplio debate p√ļblico sobre el sentido de las posibles regulaciones, manteniendo como principio central la defensa de la libertad de expresi√≥n como derecho de la ciudadan√≠a, no como derecho de unos pocos grandes medios ni otorgando a las empresas medi√°ticas o tecnol√≥gicas el rol de jueces o censores.

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