May 14 2011
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Cultura

Roberto Reyes / Hubo una vez en Chile una escuela experimental de educación artística

A la luz de una vela y después de un chonchón, en el fundo de Tagua Tagua me enseñaba todas las noches Monjito gancho Monjo (mi padre) a leer con un librito chiquito de letras grandes llamado “El ojo” (para qué les voy a contar que a veces yo lo escondía y después debía encontrarlo con la ayuda bien asustada de mi madre).

Me golpeaba casi todas las veces y me echaba para afuera, a lo oscuro del campo que nos rodeaba para que “me comiera el Diablo” sino le sabía decir por ejemplo, cómo se lee la "L" con la "A" o la "L" con la "O".

Quiero aprovechar de paso y contarles que mi padre en aquella época trabajaba en ese fundo dentro de la categoría increíble de inquilino “obligado”; es decir que no era directamente esclavo pero… A cambio el patrón le pasaba la casa y un par de potreros para sembradío y pastoreo. En el caso nuestro, estos quedaban bien cerca del río.

Es probable que el patrón se haya enojado porque mis padres no se hacían tiempo para asistir a la iglesia y me dejaban ir a mi sólo, en los colosos que nos alzaban a la oración y me parece que para los tiempos de la novena.

Así, a la edad de seis años entré a la escuela del fundo donde compartía la sala con los grandotes que estaban en segundo grado. Me dieron un libro para colorear de loros y zorzales —y además uno troquelado que se llamaba Corazón, porque saqué ese año el primer puesto, ganándoles a los de primer y segundo año juntos; (yo entré ya sabiendo leer y escribir a costa de cachetazos y por antojos y caprichos, que ahora entiendo, de mi padre.

A los cinco o seis años era yo el orgullo de la casa por "ahombrao" y andar ya de chiquito echao pa’tras y en ojotitas.

La cuestión es que este patrón alemán, escapado tal vez de la guerra, le sacó a mi padre la contrata de unos cuarteles de viña (cabernét, pinót, semillón y moscatel negra) y lo echaron por comunista, cuando él todavía no sabía absolutamente nada de eso y ni siquiera había escuchado antes esa palabra.

Así caímos todos a una pieza de paredes hollinadas en la casa de mi agüelo en el barrio de los Callejones, famoso por ser católicos y buenos para la piedra. Entré entonces a la Co-educacional Nº 3 de Pencahue, cuya escuela tenía acceso directo a la cancha del club del barrio agujereada entera por los camarones.

Tres años estuve sacándome también los primeros puestos hasta que llegó la posibilidad de participar de un examen para el ingreso a la Escuela Experimental de Educación Artística.

Nunca me había gustado el dibujo, pero al parecer las profesoras me veían ciertas condiciones y les gustaba lo que yo hacía; igual que a mi padre, que medio me obligaba para que le dibujara entre los cerros, en pedazos de papel que recortaba de las bolsas de azúcar en pan de aquella época.

Una de ellas; la señorita Gloria Leyton, me llevó a Santiago a la calle Agustinas y quedé seleccionado según “el Vea”, representando bien a mi pueblo; San Vicente de Tagua Tagua.

En 1965 entré becado a esta escuela en la calle Dieciocho, donde todos los alumnos tenían aptitudes plásticas o musicales, y recuerdo lo difícil que me resultaba comer los tallarines con salsa, el consomé de ave y la sopa roja de tomate (y menos mal que la guëlita Marta sabía hacer el nudo de la corbata azul de mi uniforme obligatorio).

Yo no tenía familiares en condiciones de ayudarme, pero quiero recordar a mi tío Juan del Carmen Caro, que me tuvo un tiempo en una pieza de recién casado en la casa de su hermana Olaya y sus tres hijas —que protagonizarán más tarde otra linda historia.

Por la mañana me llevaba en los primeros días la tía Carmen a la escuela, y después él a la tarde me pasaba a retirar, a veces todo meao, porque me daba mucha vergüenza ir al baño (era un huasito; no había salido nunca del campo y sólo conocía el "güater"). 

Me dieronn todos los elementos, ropa, comida e internado sostenido por el Estado, en el gobierno de Nicanor Montalva. Después entré al internado, en Manuel Rodríguez 260, de lunes a viernes y de entrada nomás me empezaron a llamar "chico o huaso Reyes", por la altura supuesta que tenía y porque venía recién saliendo del campo. Esto me traía algunas dificultades que me solucionaba con su porte y amistad un compañero llamado Miguel Toro Vásquez, quién además me sabía contar, especialmente y como actuando, los capítulos diarios de Batman y las películas de pistoleros y apaches.

(Aprovecho para contar de paso, que en cuanto yo pueda nos encontraremos en su casa, para degustar junto a Leal, unas ricas almejas chilenas con cilantro).

En el internado de hombres, siempre estuvimos al cuidado del Señor Raúl Pérez Castro y su esposa, la señora María Angélica Ramírez; (dos personas inolvidables que me apreciaban y me ayudaron mucho, incluso hasta después que me tuve que ir de la escuela, en septiembre del año 73). Recuerdo que los mayores de aquel internado eran Pedro Sepúlveda y Alejandro González; extraordinarios dibujantes y muralistas y de quienes escuché las primeras conversaciones relativas a la pobreza, injusticia y luchas sociales.

Una noche, y no se por qué, andábamos jodiendo arriba del techo; el Pedro Sepúlveda se había puesto un delantal blanco de la Gabriela Mansilla; nos descubrió el señor Pérez y pidió que se presentaran nuestros apoderados porque al parecer la falta era demasiado grave. El día que debíamos presentarnos en la oficina del director en la calle Dieciocho, estábamos tan asustados que el Pedro nos sugirió que con una "gillette", nos cortáramos un poco la yema del dedo gordo y que así estaríamos, según él, más tranquilos y no tan nerviosos.

Al final no pasó nada y a lo mejor se cortó él solo, porque era más grande y un poquito más loco.

Después, en el año 1967, la escuela se cambió a unos pabellones ubicados al pie de la cordillera, en Peñalolén, comuna de La Reina y el internado pasó a una casa de dos pisos detrás de la Casa de la Cultura de Ñuñoa y al lado del parque Juan XXIII, donde jugábamos.

Ahí a los 12 años, entre los compañeros de internado estaba Ricardo Aguilera que es uno o dos años mayor que yo y de familia campesina y pobre, igual que la mía. Con él empecé la militancia estudiantil y ganamos al año siguiente con él a la cabeza, la dirección del Centro de Alumnos de la escuela.

Después, y en pleno proceso de integración con el barrio y los trabajadores de la zona, ganamos otra vez la dirección del centro y paradójicamente con Iván Carrillo a la cabeza y yo como secretario de Cultura. Recuerdo que pintamos toda la escuela y yo organicé una exposición en la biblioteca del señor Martínez con trabajos de todos los profesores.

En el año 65, la única mujer internada era Gabriela Mansilla, que venía de Castro ó Ancud, provincia de Chiloé. Después de 1967 hubo más mujeres internadas y compartían la casa que ocupaba don Osvaldo Reyes, también en Ñuñoa y cerquita de nosotros. De ese grupo sólo recuerdo bien a Anita Leiva Lohaus, porque era la más chiquita y andaba noviando con un compañero nuestro que tocaba el violín, llamado Héctor Wímmer.

Como yo no tenía casi dónde ir, muchas veces me quedaba los fines de semana en el internado o me iba a la Plaza de Armas y me pasaba ahí todo el día con una bolsita de pan ideal y volvía a la noche a dormir al internado o me iba hasta La Reina y entraba por las rejas y después por alguna ventana sin vidrio sin ningún problema, a cualquier sala u oficina. Conocía todos los recovecos.

A falta de familiares que vivieran cerca, mi apoderada fue desde que entré y hasta que me fui, la abuela Filomena González, que me ayudó otro montonazo y que nos visitaba en los veranos compartiendo los choclos cocidos, las humitas y la chicha de mi casa.

Eran otros tiempos y el compromiso social era como la demostración práctica de lo aprehendido en la escuela de aquella época; pintamos en murales portátiles asesorados por don Osvaldo Reyes las 40 medidas del gobierno de la Unidad Popular que encabezaba Salvador Allende Gossens. Esas pinturas fueron expuestas por todo el país y también en el Patio de los Naranjos de La Moneda.

En la escuela siempre había un diario mural que yo hacía y grandes carteles que colgaban detrás del arco sur de la cancha que teníamos entre el comedor y los baños. Hacer estas cosas era tan común y aceptado, que nadie te decía nada, aunque fuera en horario de clases (era como que nos mandábamos solos o que se respetaban mucho nuestro compromiso social y político evidente.

Hacíamos prácticamente lo que queríamos. Yo no sé por ejemplo, si Carrillo le pidió permiso a alguien para vivir en la misma escuela como lo hizo durante un buen tiempo.

Después, y con motivo de la nacionalización del cobre, participamos en un concurso organizado por la Editorial Quimantú y los de la escuela sacamos todos los premios. Yo saqué esa vez el primer premio por un trabajo que había hecho en cerámica y por eso nos llevaron en el año 71 con la abuela Filomena, el señor Pérez, Rudiberto Canales y otros, hasta el mineral El Teniente en la provincia de Rancagua. Ahí, en medio de la cordillera, y en lo que era el paraíso de los usurpadores yanquis ahora convertido en la casa de los trabajadores de Chile, nos dió la bienvenida el famoso cantaautor cubano Carlos Puebla —con humitas, canapés y varias canciones alusivas al Che Guevara.

Las ganas que teníamos algunos de participar y con todo en el proceso de cambio popular, hicieron que en verdad descuidáramos algunas materias en la escuela y fuéramos los mejores en otras. Estimo que las clases de ciencias sociales con el "chico" Cancino, eran espectaculares y han resultado determinantes en la postura que finalmente he adoptado ante la vida. Pero a otras ni siquiera asistíamos porque priorizábamos en ese momento otras actividades; así ocurrió, me acuerdo, con dibujo técnico, donde el profesor Basulto, y vaya a saber porqué, finalmente y para que aprobara me puso un cuatro. El tema es que después en la prueba de aptitud académica ni siquiera aprobé el apartado de arte.

Yo pensaba que a nosotros, artistas en formación, se nos evaluarían otros aspectos, como composición o creatividad, y no por cuánto sabíamos de geometría y de rompecabezas.

La situación social de aquel entonces y la postura que aparecía en general de la escuela, hacía que nos tildaran de rojos, y que algunos de nosotros, alumnos y profesores, hayamos adoptado posiciones abiertamente políticas que, después del golpe de Estado, hicieron que nos cambiara drásticamente la vida y el futuro. Otros compañeros cayeron presos y Gastón Vidaurrázaga apareció muerto con 16 balazos (según Clarín de Buenos Aires).

No alcancé a entrar a la universidad porque me faltaron los 100 puntos que hubiera tenido si egresaba de la Artística, por tener doble jornada.

Para nuestro sueño se perdió todo cuando doblaron hacia nosotros los tanques que bajaban de Peñalolén el día 11 a eso de las 11 de la mañana. No podíamos hacer nada y después de tirar lo que había, nos diluimos en la población. A la noche entraba y dormía arriba de las mesas del comedor de la EEEA; no me vieron, pasaron de largo y todavía soy.

Y que lástima, me acuerdo que un día de octubre del año 75, se agotaron todos los diarios, y nosotros con Aguilera, re-quete sorprendidos, caminábamos como que no quiere la cosa, tranquilamente por la Quinta Normal, cuando vimos que venía y de frente a nosotros, el "Mono" González. Fue una sensación muy linda verlo tan vivo y bien, puesto que él había sido un personaje bastante conocido por su trabajo artístico-popular en la Ramona Parra.

Algo nos dijo que no debíamos abrazarnos y simplemente nos cruzamos como si nada, y nos cerramos un ojo. Nosotros con el “hímio” seguimos caminando, pero de este gesto, tan lleno de alegría y solidaridad contenida, no me olvidaré nunca.

Pasó el periodo de convulsión política y hoy andamos, bien o mal, repartidos por el mundo, pero vinculados en lo más profundo por el tiempo social compartido y la experiencia extraordinaria, que ganamos en nuestra querida e inolvidable Escuela Experimental de Educación Artística.

Desconectados después por el desastre, llegué a trabajar de pinche a un taller mecánico en la ciudad de Rancagua, dónde ya sabíamos que estaba detenido mi padre, por haber participado activamente en la expropiación del fundo Los Maitenes y la expulsión de los patrones, para hacerse cargo ellos mismos, como trabajadores directos; de todo el proceso productivo.
A los meses salió pelado y blanco, para que nos diéramos tal vez el único abrazo, después de habernos sentido ambos orgullosos ante la posibilidad de haber caído, pero cumpliendo cada uno con su deber.

Los militares implementaron un sistema de puntos entre los campesinos para el otorgamiento de las parcelas. Mi padre y Monchito Pardo, sacaron los dos primeros puntajes de toda la provincia, pero por haber estado preso, no solo que no le dieron parcela, sino que además lo dejaron sin trabajo.

Me dio una cosecha entera de papas que había conseguido y después, con lo que le saqué en la feria, crucé la cordillera solo y con la idea de comprar ropa de jeans, para volver después y venderla. Pero agarré un contrato de viña, trabajando hasta la noche; llorando de rabia sólo y viviendo como un perro. Les cuento, y para que me crean, que si buscan en Toronto encontrarán de testigo al compañero Braulio del Liceo 15.

Un día no aguanté más el aislamiento y me fui a la capital, dispuesto a pasarla como sea y a trabajar de cualquier cosa.

Pasaron 28 años y volví por desgracia, para encontrar todo bien diferente; acomodo, silencio, ignorancia, olvido y a lo sumo; más de lo mismo.

Éramos los chilenitos bien mirados en Buenos Aires y más queridos que ahora, pero igual será una historia, llena de sufrimientos, de lágrimas que se lloran; de sueños sostenidos en la clase, y también de amores.

Finalmente y después de andar patiperreando 35 años en el mismo lugar inmenso, puedo decir que he aprendido muy bien un oficio que se termina y que por suerte sigo siendo un obrero en el sector que piensa; haciendo recuentos y traspasando sueños, con hijos que me llaman Chile, una chiquilla hermosa que me dice Tata puta maire y otra flor de jazmín de la que soy abuelo.

Esta entrega, es sólo un resumen de lo publicable; porque podría nombrar y contar muchas cosas que involucran bien a mucha gente amiga de aquel entonces, y otras que hoy parecerían un disparate pero que entenderían bien, ubicándonos exactamente dentro de la situación social y política de aquel momento. Todavía no me parece prudente, pero sé que entre todos haremos nuestra historia completa.

Por último resaltaré; aparte de los ya nombrados, a Néstor del Pino, Robinson Reyes, Margarita Iglesias, Juan Mayor, Luis Gutiérrez, Ana María Reyes, Pedro Inostroza, Jorge Leal y a Mario Arancibia como actores destacados y testigos en gran parte de esta historia. (Esto al margen de lo que hayan hecho después o hagan ahora).
 
Mis disfrutados "homenajes" y recuerdos

A los 6 años miraba nomás como mis compañeros de curso jugaban a la pelota en los recreos; yo no podía porque de pegarle siempre de puntéte y andar para todo en ojotitas, tenía para mi desgracia las uñas re podridas y sobre todo las del dedo gordo. Pero así y todo fui el único que pudo llegar a la punta del palo de la bandera y además me saqué ese año el primer puesto. Fue el primer "homenaje" recibido.

El segundo lo recibí como tal de parte de una profesora de la escuela de Pencahue llamada Gloria Leyton; ella me llevó a Santiago a dar los exámenes de admisión para la EEEA, y cubrió ella sola todos los gastos además de pasearme por la ciudad, donde recuerdo haber visto en una vidriera como desfilaban mujeres re-flaquitas en traje de baño. Ahí pude ver de pronto a una mujer igualita a ella y conmigo de la mano, sin reparar a mis 10 años que se trataba de grandes espejos a la calle. Con ella vi los primeros monumentos a los que yo me refería como grandes “monos negros”.

Me preparó para los exámenes de dibujo y pintura que aprobé con una naturaleza muerta y la piscina del pueblo de San Vicente de Tagua Tagua, a la que por ser pobre y del campo, sólo había visto de pasada y desde la calle en bicicleta ó desde la carretela con mi agüelo Roberto Ramos, “Ramito”. Hombre de gran autoridad y paternalismo; una vez me llevaron preso por insultar a un paco y él me fue a sacar al otro día, y  en vez de retarme; dio toda una vuelta por el pueblo, para llegar a una especie de barcito de campo donde me combidó con una enorme caña de chicha. Yo creo que con ese gesto sin palabras me dio la bienvenida, a lo que él estimaba ser un hombre.

Y mi madre, pobre, que me cuenta siempre la misma historia familiar de miseria y sufrimiento con la esperanza de que yo la escriba; ó mi padre que presentándome como el hijo profesional y más inteligente no pudo seguir hablando y casi se desmaya.

La señorita Gloria me regaló por haber aprobado aquel examen de admisión, un hermoso teléfono de plástico amarillo con adornos en azul. Después la gente del barrio fue juntando ropa y cosas para que yo pudiera estudiar en Santiago y el compañero Carrillo me invitó a su casa de la población 6 de Mayo donde pude comer por primera y única vez un erizo amarillo, inolvidable, preparado seguramente por su profesora madre y por su padre, hombre serio, cariñoso y grande.

La abuela Filomena fue siempre mi apoderada en la escuela y, para que sepan, me llevó y me compró el uniforme entero, sin solapas, en Los Gobelinos..

Raúl Pérez que también llegó a mi casa y nos fuimos hasta Los Maitenes pedaleando en busca de las piedras de indios que yo le contaba. Porque viví mucho tiempo con el y su esposa de Ovalle, y porque fueron siempre cariñosos conmigo y responsables. Ella, la señora María Angélica, me regaló una estampita que todavía conservo de la virgen protectora de los estudiantes, cuando en Chile pasábamos días muy difíciles y como que el peligro nos perseguía.

Y, dónde se ha visto en el mundo; también nos reuníamos en la casa del director de la escuela, pero este homenaje ya no era porque dibujábamos bonito, sino porque soñábamos cosas parecidas y le poníamos todo el empeño y el cuerpo.

Un tal Rubén del liceo 15 que nos cedió a mí y al Róbinson, me parece, su plato calentito de porotos un día de invierno en la población de atrás de la escuela (alguien me ha dicho después que tal vez murió de tuberculosis).

La oportunidad que teníamos de ir como uno más y sobre todo por las noches, a las obras de construcción dónde aprendíamos y también enseñábamos algunas cosas.

Las 40 medidas de la Unidad Popular, que pintamos de manera muy consiente y la música que escuchábamos en las salas y en el patio.

Sepan que en septiembre del año 73 algunos debimos dejar en principio la escuela porque analizábamos que la situación así lo exigía. Volví al año siguiente con la intención de terminar mi ciclo en la escuela pero de nuevo debí “retirarme” con un certificado; en él puso la señora María Cares, que era por motivo del servicio militar obligatorio.

Algunos saben que andábamos por quinta normal “trabajando” sencillamente en un taller de fierros que debía asentarse en el barrio; hasta que Miguel cayó y quedamos todos destartalados y en banda.

Yo no soy artista ni nada que se le parezca; la vida de pobre me metió a los empujones y a la fuerza por otros callejones. Esta no es, aunque parezca, una historia de pobreza, pero antes era peor, según mi padre, que me contaba que él pensaba cuando chico, que no se llenaría nunca con pan.

En fin, no todos hemos tenido la misma suerte; tampoco pensaba casarme ni tener hijos pero después con el advenimiento de la “democracia” saludada especialmente por lo que había del Mir chileno cambió el tiempo y el espacio, y me permitió ir conformando una familia.

Para vivir debo trabajar muchas horas para un patrón y en condiciones re malas, pero sé que lo aprehendido en la EEEA, me ha servido siempre para todo, menos para vivir: ese día parece que falté a clases. Igual estábamos embarcados en otro proyecto y en el futuro haríamos muy otras cosas.  Nuestra postura era sólo entrega y solidaridad a cambio, naturalmente, de lo necesario para vivir. Así era nuestro sueño y cambió de golpe.

Hoy, si tuviera otra posición, probablemente me dedicaría a la confección de libros por mi cuenta; los ilustraría yo mismo, los armaría y los imprimiría para regalarlos. Sé que si tuviera más tiempo y capacidad también escribiría alguno. Eso es lo que me gusta y sé cómo hacer; son 30 años de experiencia y oficio. He trabajado en los lugares más importantes de Buenos Aires y me creo en esto el mejor del mundo.

Soy un obrero de verdad, genuino y feliz, a pesar de vivir re-mal, resultado de las consecuencias de haber hecho siempre lo debido en función de la clase y los derechos pisoteados de mis compañeros de trabajo.

Los patrones te echan, incluso a veces por sugerencia de los sindicatos y te quedás solo “en pampa y la vía”; sin nadie que te pueda dar una mano ó que simplemente te pregunte, aunque sea una vez sola, si come o no tu familia. Nadie te ofrece nada, nadie te visita ó te llama y te vas sintiendo sólo un estorbo, algo inútil, algo que está demás y que no hace falta. Cambian de pronto los colores y se empieza a ver todo de otro modo; ya no sabes dónde ir, a quién reclamarle y andas cabeza gacha dispuesto a trabajar en lo que sea y por dos mangos.

Sé lo que se siente y no se lo deseo a nadie; lo he sufrido muchas veces. Los puestos de trabajo deberían ser de por vida y este derecho uno de los más sagrados, al margen de que nosotros por la formación que tenemos podríamos mejorar todo y hacer algo bonito de cualquier cosa.

Y al final, varios homenajes y sensaciones muy gratas e inolvidables hacen que la vida tenga un sentido y la direccionan siempre al ejemplo y al mayor esfuerzo; para y de última, ser entre los iguales tenido en cuenta y debidamente agradecido.

Por ser o haber sido contemporáneo de lo mejor de éste y el otro siglo.

Porque a un joven de Chile le han puesto Roberto Salomón Carrillo y pude conocerlo para contar el uno con el otro, siempre.

Por la amistad y el cariño que siento de todos. Y por la vida finalmente que nos espera juntos, les presento a mis hijos:
 
Sandra Lorena (29), Lautaro Caupolicán (24), Ayelén Violeta Celeste (20), (Eluney Hermógenes Quimey que falleció en el 2004, a los 10 añitos de leucemia; hoy tendría 17 años), y la última; Eleanor Suyay Susana (13). Ellos son mi legado artístico social y sanguíneo y ésta, mi historia de joven, será especialmente para ellos.

Las imágenes:
– De apertura y cierre: Roberto Reyes.
El niño del volantin, de Victor Canifru
(acrilico, 100 x 150 cms. Coleccion privada).
– Nocturna
Pequeña Luna de vidrio con bruja, de Canelyn
(base de vidrio 20 x 11 cms. de alto. Pieza única).

Todos ex alumnos de la EEEA.

Addenda.

Un grupo —que entiendo crece cada día— de ex alumnos de la Escuela Experimental de Educación Artística, juntado un poco al azar de la internet y por la voluntad de algunos, ha resuelto escribir una suerte de Memorias colectivas de su paso por ese establecimiento, desde su fundación hasta que —muchos de ellos, quizá la mayoría— en setiembre de 1973 debieron irse o fueron expulsados por las autoridades designadas por la dictadura militar-cívica entonces instaurada en Chile. El texto precedente es uno de los que integrará ese volumen.

Entendemos también que el deseo del grupo no es únicamente preservar la memoria de esos días (los de la escuela, no los de la dictadura) y en cierto modo mostrar que el salvajismo si bien pudo quitar vidas, no mató lo esencial que les dejó su paso por la EEEA: simplemente su formación de mujeres y hombres con los sueños intactos, abollados tal vez por lo vivido, pero intactos,

Muchos ex alumnos de esa escuela, en Chile y repartidos por una docena de países, han adquirido nombradía internacional en las artes visuales, la escultura, la música, la danza, otros han escalado posiciones de respeto en sus oficios. Probablemente todos mantienen los principios de solidaridad que les fueron inculcados y los expresan ya en su vida cotidiana, ya en la militancia política (o en su independencia de la política contingente).

La EEEA ya no existe; hoy es un Liceo en los extramuros de Santiago, con sus instalaciones en su mayor parte cerradas o en proceso de derrumbe y en el que no es la formación artística e integral de sus alumnos lo principal. Toda una metáfora de estos días aciagos que vive la república.
(Surysur).
 

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3 Comentários - Añadir comentario

Comentarios

  1. Jose Pablo Lopez
    18 noviembre 2012 21:40

    Fui alumno de la EEEA en la década de 1950. No fui músico, salí periodista, pero la escuela me dejó como herencia una envidiable cultura artística que me ha acompañado toda la vida. Hoy vivo en Madrid. Me gustaría contactar a mis ex compañeros diseminados por todo Chile y el mundo entero. Y si alguna vez los ex-alumnos de la EEEA se deciden a una acción colectiva, que cuenten conmigo.

  2. Margarita
    21 agosto 2013 21:37

    Querido y recordado Roberto, gracias por esta historia, tan necesaria para recordar especialmente a quienes nos han dejado, y sobre todo, rendirle un homenaje a Gaston Vidaurrázaga que fué asesinado y fue tan importante como cada unx de nosotrxs en la continuación de los centros de estudiantes en la época y en la formación del Frente de estudiantes revolucionarios, donde la mayoría de nosotrxs empezó a militar y a conocer la vida de adolescentes y jóvenes comprometidos al alero de la maravillosa EEEA, que buena idea la de reconstruir esa historia en común, porqué además es la historia de la educación experimental artística desde el Estado para las y los jóvenes chilenos sin distinción de clase, etnia ni religión, nos unían los supuestos talentos artísticos y sobre todo, una idea social y comunitaria de la existencia humana, con muchas diferencias sociales, políticas y religiosas, pero que no fueron impedimentos para convivir en ese espacio escolar maravilloso y de solidaridad en que nos formaron y nos formábamos con la paciencia e impaciencia de profesores con vocación de servicio público educacional.

  3. mario monasterio calderon
    11 agosto 2015 20:55

    Sólo quería que visitaran este sitio en la web.
    Les traerá recuerdos y nostalgias:

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