Abr 6 2009
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Ambiente

Sueño del turista perfecto: la Antártica se deshace

Rivera Westerberg

La Placa de Wilkins, 14.000 kilómetros cuadrados, entró en fase terminal: perdió el puente congelado que la unía al continente en la Península Antártica. El fenómeno lleva meses –o años– y se precipitó durante el reciente verano del Hemisferio Sur. El cambio climático ya no es discusión teórica.

La placa es una isla de hielo flotante, que se irá derritiendo en el futuro cercano –y que cada cuál busque el temor más adecuado para observar el desastre antártico.

En los campos de hielo de la Patagonia es grato –todavía– beber un whisky o un vodka con hielo de agua dulce de millones de años (si puede pagarlo, claro está); a nadie le importa la perturbación a la ecología del lugar, ni siquiera existe la pregunta, y la contaminación que provocan en los canales y fiordos los barcos-crucero de turismo. Más temprano que tarde esa sofisticada costumbre será recuerdo de muy pocos.

Más al sur, dejando atrás el estrecho de Magallanes, la Isla Grande de Tierra del Fuego, el canal de Beagle y los últimos islotes americanos, se abre el Océano Antártico. Penetra en él, como una aguja helada, la península antártica, que los chilenos llaman Tierra de O’Higgins.

Alguna bases meteorológicas y de investigación científica, cuyas dotaciones se renuevan todos los años. son la única presencia humana. Que de vez en cuando se acrecienta con el anclaje, por algunas horas, de los nauseabundos cruceros de turismo y, más al norte, por los pesqueros japoneses y su cruel cacería de ballenas y los barcos recolectores de krill, suerte de casi microscópicos crustáceos –que son el alimento de las ballenas.

No demasiado lejos de las bases, a 77º.5′ S, 167º.2′ E, se alza el Erebus, sin duda es uno de los volcanes activos de mayor influencia, por sus efectos, en el mundo. No es el único.

En los vastos territorios de la Antártica –que algunos empecinados llaman Antártida vaya uno a saber por qué– situó Lovecraft el inquietante y aterrador refugio de los Antiguos; antes en los mares antárticos escribió Allan Poe se perdía Arturo Gordon Pym. Y porque ficción, fantasía, imaginación y realidad conforman un nudo, en la actualidad la Antártica se desvanece.

La Placa de Wilkins, una masa de 14.000 kilómetros cuadrados de hielo flotante adosada al oeste de la Península Antártica, ha entrado en fase terminal. Las últimas observaciones satelitales de la Agencia Espacial Europea fotografiaron nuevas y enormes –monstruosas– grietas en el puente de hielo que se creía eterno y sujetaba la plataforma a tierra firme.

Es el último capítulo de una agonía anunciada.

La Península Antártica es la región del planeta donde más notorio es el calentamiento global. En los últimos 50 o 60 años la temperatura del continente aumentó medio grado por década, muy por encima de la media mundial. Las centenares de fisuras en el hielo llevan meses soltando al océano témpanos del tamaño de islas.

El desmoronamiento del puente significa que a Placa de Wilkins queda a la deriva; su desintegración es inminente. El puente tenía una extensión de casi 100 kilómetros de ancho en 1950. Otras nueve placas se han roto o retroceden aceleradamente en la Antártica desde hace medio siglo, como la Larsen A en 1995 o la Larsen B en 2002, modificando bruscamente los mapas del continente helado y contribuyendo a la subida del nivel de los mares.

Pero no importa, nuevos turistas fotografiarán la paulatina desnudez árida y rocosa del suelo antártico, habrá reuniones de políticos autodenominados "líderes" –reuniones que por alguna estúpida razón han dado en llamar cumbres–, los científicos y ambientalistas advertirán de otros desastres –documentos que nadie parece leer– y el planeta Tierra rodará por los cielos hacia el encuentro de un nuevo comienzo; ahora sin seres humanos.

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