May 14 2008
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Sociedad

Sueños de cartón

María Eva García Simone, APM

 Son cada vez más los que encuentran en el cartoneo una manera de ganarse la vida. Con dignidad, los cartoneros se abren paso para recolectar lo que se transformará en el alimento de sus familias.

Año 2001, un año que quedará marcado en la mente de los argentinos. Año de crisis económica, año de más pobreza, año de desilusiones. Muchas cosas dejaron a este país aquel 2001 (se puede hacer una lista de gran extensión), pero hay, una que irrumpió en el paisaje urbano de las grandes ciudades argentinas.
Los cartoneros: hombres, mujeres, niños, familias; que en rústicas carretas -movilizadas con un caballo, a veces a fuerza humana- circulan las grandes urbes argentinas.

Revuelven la basura: ¿pero qué es lo que buscan? Buscan cartones, buscan ese elemento que se transformó en un fuente se subsistencia. Buscan poder seguir viviendo.

Año 2008, la oscuridad avanza, el frío resulta un rival crudo para esta actividad, la gente se refugia en sus hogares luego de una jornada laboral, y los cartoneros se disponen a comenzarla. Recorren las calles de las ciudades, en busca de lo que para muchos es basura: el cartón.

Los cartones, junto con otros materiales reciclables, se encuentran en las aceras esperando ser recolectados por decenas de personas, que hacen de él la manera de llevar el pan a sus viviendas. Levantan uno a uno los cartones que se encuentran en la calle, luego de que algún comerciante los arroje allí, sin considerar que lo que para ellos es basura, para otros representa una fuente de trabajo.

En determinadas ocasiones son mirados con recelo por los peatones, vecinos y conductores de vehículos que circulan por los lugares dónde ellos realizan la recolección. Algunos los insultan abiertamente o lanzan injuriosos susurros, otros los miran como sujetos extraños y hasta muchas veces peligrosos, a otros les resultan indiferentes y los ignoran, y están a los que les causan pena o lástima, pero muy pocas son las personas que los observan.

Observar la labor que realizan estos trabajadores callejeros, puede brindar grandes pistas que conducen a conocerlos, a reflexionar sobre el lugar que ellos ocupan dentro de la sociedad que los creó, y no ignorarlos tal como si fueran sólo un componente más del paisaje urbano.

Esta sociedad les presenta diversos obstáculos. El sistema que los creó, a la vez, los expulsa. Son trabajadores, realizan una actividad diaria y digna como cualquier otra, pero paradójicamente no poseen ninguno de los derechos que deberían: salario mínimo establecido, vacaciones, jubilación, aguinaldo, entre otros beneficios que si poseen algunos “agraciados”.

La mayoría de los adultos juntan los cartones en la vía pública acompañados de sus hijos. Ellos se encuentran en la plaza, pero no para jugar como haría cualquier otro niño en ese lugar, sino para ayudar a sus padres a acomodar el cartón en los carros. Observan cómo sus padres realizan esta tarea a través de diferentes mecanismos y, en la mayor parte de los casos, los imitan para sentirse útiles.

Cada vez que juntan una cantidad considerable de cartones, los acumulan en algún sector de la plaza céntrica San Marín (en el caso de Moreno, ciudad ubicada en el oeste de la provincia de Buenos Aires, a unos 50 Km. de la Capital Federal), y es allí dónde comienza el proceso: cada caja es desdoblada y acomodada en los carros de manera tal que ocupen el menor espacio posible para poder transportar lo más que puedan, de acuerdo al tamaño de sus rudimentarios “vehículos”.

Dejando de lado la niñez, esos chicos que en lugar de jugar se encuentran en las calles juntando cajas pequeñas, medianas y grandes tal como si fuesen piezas de un rompecabezas que busca componer algún aspecto de sus vidas, aprenden este mecanismo como si fuera un oficio. 

 Muchos, descreídos en el futuro que les espera en Argentina y desesperanzados ante la ausencia de oportunidades, ven en el hecho de cartonear un porvenir similar al de sus padres. Si bien, ninguno de ellos desea que su hijo trabaje de lo mismo, implícitamente les traspasan “el arte de recolectar cartones”, pero a su vez, los incitan a que estudien ya que ven en la escolaridad la única manera de esquivar ese destino que a ellos les tocó.

Ellos juntan cartones, así como las abejas reúnen el polen para brindarles alimentos a sus crías. Cada cartón ganado les representa un ingreso; cuanto más pesa lo recolectado, mayor es la ganancia que obtienen, pero casi nunca suficiente para satisfacer las necesidades básicas de sus familias.

Deben trabajar a diario durante muchas horas para llegar a recolectar cuantías que les sean significativas, debido a que -como el peso argentino- los cartones han devaluado su valor. “El cartón bajó un montón, nos da bronca porque tenemos mucho guardado pero de 40 centavos bajó a 33”, contó una cartonera de 43 años que trabaja conjuntamente con su esposo.

Paradójicamente, los alimentos aumentan sus precios mientras los salarios continúan manteniéndose en el mismo nivel. En este caso, no se puede hablar de salario, pero sí de un costo que cada vez es menor en detrimento de estos trabajadores independientes.

Si bien la palabra “independiente”, generalmente simboliza la libertad para realizar tal o cual cosa por propia decisión, estos trabajadores se vuelven independientes ante la falta de oportunidades, ante la ausencia de un sistema laboral formal que los incorpore, o ante la necesidad de buscar otras fuentes de ingreso. Es decir, no son independientes por elección, sino por obligación.

Esta tendencia laboral se acrecentó a partir de la crisis socioeconómica suscitada en Argentina a fines del año 2001. La exclusión y el empobrecimiento se agudizó conformando a esta nueva clase trabajadora: los trabajadores del cartón.

Así como el cartón se recicla, los cartoneros debieron reciclar sus cotidianeidades y adecuarse a la nueva realidad que les tocó vivir, producto de las reiteradas políticas gubernamentales que terminaron por poner en crisis a la mayoría de los argentinos.

Muchos perdieron sus trabajos y con ellos sus esperanzas de un futuro mejor. Con el aumento incesante de la desocupación que alcanzaba a millones de argentinos, el cartoneo se planteó como una posibilidad de trabajo, a la que muchos llegaron con vergüenza, resignación y, hasta, humillación. Pero se conformaron, se acostumbraron al cartoneo, porque este trabajo les da la dignidad que no les hubiese brindado “salir a robar”.

Los cartoneros son trabajadores en negro, no contemplados por ningún sindicato o gremio y, utilizados por las grandes papeleras y acopiadoras ilegales que multiplican por varias veces lo que llegan a ganar estos trabajadores de la calle.

Un matrimonio cartonero que realiza esta actividad desde el año 2002 para darle de comer a sus dos hijos, comentó su dura realidad, la misma realidad que le toca vivir a miles de argentinos: “No hay trabajo y los que hay pagan poco y no alcanza para vivir. Por semana juntamos más o menos 100 pesos si la recolección es buena. Nos tenemos que conformar porque del Estado no recibimos ningún tipo de ayuda”.

El ingreso promedio de un cartonero por mes es de 400 pesos argentinos, una ganancia que se encuentra muy por debajo del valor establecido para alcanzar la obtención de la Canasta Básica Alimentaria.

Desde que el cartonero recolecta los materiales, estos continúan un camino que culmina en las grandes papeleras, empresas de intereses transnacionales que los explotan indirectamente, sin redistribuirle ningún tipo de beneficio y sextuplicando los burlescos pagos que reciben los cartoneros al inicio de la cadena.

A pesar de todos estos trances, ellos continúan con su lucha y trabajando dignamente, prefiriendo el trabajo antes que el delito. Así, uno de ellos, que circula por las noches de la ciudad de Moreno, afirmó con un dejo de abatimiento pero orgulloso de su decisión: “no me gusta salir a robar y lamentablemente tengo que hacer esto”.

Muchos ven sesgado su porvenir y deciden cambiar el rumbo de sus actos. “Yo me había comprado un caballo porque después de quedarme sin laburo (término que designa al trabajo) en la construcción, me ilusionaba con ser el verdulero ambulante del barrio; pero nunca se dio y tuve que salir a revolver las bolsas de basura”, recordó uno de ellos. Francisco Monzón, contando también una penosa anécdota dijo: “al principio me daba vergüenza salir con el carro, por eso iba por las calles mas oscuras”.

Precisamente, “oscuridad” es el antónimo de lo que representan estas personas, ya que el trabajo que realizan si bien lo hacen de noche, lo llevan a cabo de una manera tan digna y reconfortante para cualquiera que lo observe que no tiene nada de oscuro, ni sucio; sino, que por lo contrario, plasma la decencia de la necesidad.

“A los 50 años ya soy viejo para este país, ya no le sirvo”, es una expresión perteneciente a uno de los cartoneros, pero recurrente en la mayoría de ellos que transitan la quinta o sexta década de sus vidas, ya que no se los incluye dentro de la demanda laboral.

“Yo siempre fui gastronómico pero con 58 años ya somos abuelos, no nos toman en ningún trabajo. Lo que gano me alcanza para subsistir, saco 25 pesos por día aproximadamente después de caminar seis horas la calle”, contó Pedro con una mirada cansada luego de recorrer más de 15 Km. para llegar al centro de Moreno y juntar los cartones que se hallan en las veredas de los comercios.

Pedro vive en Merlo (una localidad vecina al partido de Moreno) pero trabaja en Moreno porque allí son menos los cartoneros que velan por conseguir el “sagrado” cartón. Igualmente, reconoció un lamentable panorama: “ahora somos muchos más que hace tres años atrás.” Este hombre de 58 años, vuelve caminado a su hogar con el peso de los cartones pero con la satisfacción de llevar lo que después se convertirá en dinero para su familia.

En la mayoría de las grandes ciudades, incluyendo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Capital Federal), los cartoneros cuentan con horarios establecidos para realizar su actividad. Tal como si fuesen trabajadores reconocidos por el sistema, el Gobierno establece la franja horaria con que éstos pueden circular por las calles porteñas.

Como si faltasen restricciones en sus vidas, las autoridades crean diferentes disposiciones que restringen aún más su trabajo. Excusados en la necesidad de una regulación, fomentan leyes y decretos que no tienen en cuenta ninguno de los aspectos que deberían considerarse para mejorar las condiciones de vida y de trabajo de estas personas.

Muchos de ellos, al revolver la basura, se lastiman, se hieren con elementos cortantes que pueden derivar en infecciones. Nadie contempla estas condiciones insalubres de trabajo y son muy pocos los que los ayudan y colaboran separando lo reciclable de los desechos y, más aún, de aquellos que pueden resultar peligrosos.

Éstos, llamados “recicladores urbanos” por la Legislatura porteña, se encuentran desprovistos de regulaciones tendientes a mantener la sanidad y la dignidad de los que trabajan revolviendo la basura.

Las disposiciones sólo surgen de intereses externos y no de las propias necesidades de los cartoneros. Así, por ejemplo, son considerados “molestos” para el normal funcionamiento del tránsito de las calles metropolitanas, sobre todo cuando el medio de transporte utilizado por ellos es una rústica carreta comandado por un caballo.

A su vez, a los cartoneros que desean trasladarse desde el Conurbano Bonaerense, incluyendo la ciudad de Moreno, hacia la Capital Federal se les restringió un servicio con el cual contaban desde hacía años: “El tren blanco”.

Éste era un tren perteneciente a la empresa privada Trenes de Buenos Aires (TBA), la cual es subsidiada en decenas de millones de pesos por el Estado argentino, y que transportaba a los cartoneros y a sus familias junto con sus carros hacia la “gran ciudad”, dónde los cartones abundan tanto como la cantidad de personas que ven en ellos el alimento para sus mesas hogareñas.

La estación de trenes de Moreno, formaba parte de la cotidianeidad de los cartoneros; agrupados en el andén ferroviario con sus rústicos carros esperando el “tren blanco” que los lleve al centro porteño.

Tras el cierre del servicio decidido por la empresa ferroviaria -con claro consentimiento del Gobierno porteño- se han quedado sin un medio de transporte esencial para movilizarse. Por este motivo, muchos optaron por quedarse a recolectar en las zonas dónde habitan y otros por ocupar espacios públicos en precarios asentamientos cercanos a la Ciudad de Buenos Aires, dónde viven hacinados y en la miseria total.

Pero, éstos últimos, meses pasados, fueron desalojados por la fuerza pública a pedido de la Legislatura porteña y ante la mirada de aval de muchos vecinos que afirmaban que los cartoneros “ensuciaban la ciudad y degradaban el paisaje urbano, sobre todo, el de las zonas residenciales”.

Ramón Camino, un cartonero jubilado que trabaja en Moreno y tiene muchos amigos que viajan hacia la Capital, manifestó su postura: “A la política de Mauricio Macri (actual Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), la veo muy mal. Porque le saca el sustento de vida a la gente. Eso no es humano”.

Se les prohíbe el tren sin tener en cuenta que en esos vagones no sólo se transportaban cartones, sino también ilusiones, sueños rotos que pretendían resurgir en esperanza a través del esmero y la perseverancia con que cada uno de estos cartoneros camina y camina incesantemente para lograr su cometido: juntar la mayor cantidad de cartón posible, para darles una vida digna a sus familias.

Esos carros armados con diferentes materiales –caños, bolsas, ruedas de bicicleta, palos, entre otros- que se rejuntan para conformar lo que se convertirá en el medio de transporte de los cartones recogidos, se entremezclan con el silencio de la oscuridad y con el ruido de los motores de los vehículos que transitan las mismas calles, por dónde los cartoneros circulan esquivando insultos y miradas incomprensivas de aquellos que los consideran una “molestia”.

Los carros, algunos más pequeños, otros más grandes, son trasladados por la fuerza humana o por algún caballo que fiel a su dueño trabaja a pesar de su deterioro físico o de las condiciones no aptas para su traslado. No son animales de ciudad pero deben recorrer las calles urbanas para serle útil a su amo.

Así como el cartón se moja con la lluvia y pierde su valor, las ilusiones de estas personas se desvanecen y renacen las penas con cada prohibición o contrariedad que se les presenta producto de las decisiones de unos pocos, que se olvidan de estos muchos “otros” que cada vez son más. 
 

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